sábado, 10 de agosto de 2019

Sobrevolando los cielos de Icaria


No debería contarlo pero ha pasado demasiado tiempo, demasiados años sin atreverme a transmitir a nadie los minuciosos detalles que pude sentir y presenciar sobre el caso Icaria, cuya investigación formó un enorme revuelo en los medios de comunicación de aquel verano del año 2000, cuando el Juzgado de instrucción nº3 de Teruel decidió archivarlo, dando por sobreseída la causa por falta de pruebas.
Aún tengo miedo, sí. Creo que mis declaraciones todavía pueden levantar ampollas, pero necesito sacar de dentro de mí estos recuerdos y compartirlos con alguien ajeno a todo lo que en realidad ocurrió, para no seguir asfixiándome con este pesado secreto que no ha dejado de oprimirme hasta hoy.

I
Anochecía bajo las faldas de Peña Palomera. Me disponía a subir al coche para volver a casa extasiado, tras haber presenciado uno de esos mágicos atardeceres que solo se pueden contemplar sobre los amplios horizontes anaranjados del alto Jiloca. Nunca suelo contestar a la primera a un número desconocido a no ser que espere algo importante. Si el teléfono móvil me hubiese sonado mientras conducía, quién sabe, igual lo hubiese cogido sin mirar aunque fuese al volante, pero me lo dejé en la mochila y por eso ni lo oí ni lo pude descolgar. Así que fue al llegar a casa cuando vi que la llamada perdida era de un número que no estaba en mi agenda. Lo miré de nuevo con desinterés y lo dejé sobre la mesa junto a las llaves. No me apetecía volver a marcar para preguntar: “Hola soy Jesús ¿me has llamado antes?”. No quería preguntarle quién era, aunque en el fondo me picara la curiosidad. Para nada deseaba hablar de nuevo con ningún comercial de otro seguro o con una alocución automática de una compañía telefónica ofreciéndome magníficas ofertas y regalos. Me había pasado en varias ocasiones y aunque tenía la agenda tan incompleta que podría ser cualquier conocido aunque no fuese amigo íntimo, decidí quedarme con la duda.
Acababa de estar aquella tarde con Juan el pastor, tan solo una hora antes de marcharme. Con él, solía verme cuando me acercaba a aquella pared de pendiente exponencial por la que nos encaramábamos a menudo escalando y en la que utilizábamos sus canales y senderos verticales para ascender rápidamente a su vértice geodésico desde donde se contempla una maravillosa estampa del Teruel oriental y su frontera castellano-aragonesa con San Ginés y el Castillo de Peracense al fondo sobre el conjunto de crestas de Rodenas. Podría haber sido él quien me llamara, avisándome de haberme dejado algo olvidado o quizá queriéndome contar alguna confidencia controvertida, últimamente lo había notado algo más inquieto y pensativo que otras veces.
Cuando salí de la ducha, un mensaje de texto me confirmó que quién me había llamado me buscaba de verdad por algo importante.
“Hola Jesús, perdona que te moleste. Soy Tomás Galiú. Mi hermano Gabriel lleva dos semanas sin aparecer por casa y no nos coge el teléfono, hemos pensado que quizá estuviese contigo, si sabes algo de él por favor comunícanoslo. Dile que nos llame, nuestros padres, mis hermanos y yo estamos muy preocupados”.
Inmediatamente lo llamé y le dije que no tenía ni idea de que hubiese venido por Calamocha. La última vez que lo había visto fue cuando vino a contarme, por cierto bastante enojado, lo de la ferrata que se encontró recién instalada cruzando una de sus habituales vías de escalada libre aquí en Palomera. Recuerdo que Gabriel me preguntaba insistentemente por quién habría podido cometer semejante atrocidad y lo cierto es que yo no tenía ni la más mínima idea de su existencia. Para despedirme le dije a Tomás que intentaría localizarlo y le aseguré que en cuanto diese con él le diría que llamase a su casa porque le estaban buscando. Me dio las gracias y nos despedimos.

Gabriel era un tipo extraordinario, una persona totalmente independiente y libre. Había sido el mejor en su terreno y a sus 42 años todavía era muy bueno. Yo le había conocido tardíamente, a pesar de que veraneaba a pocos kilómetros de donde yo vivo, una zona en la que por aquel entonces los escaladores no abundaban demasiado,  pero desde que le vi enfrentarse sin titubear a la vía “El hombre de cristal” que tanto me había costado encadenar, aun sacándome casi veinte años de edad, supe que era un gran escalador. Acostumbraba a desaparecer varios días para realizar alguna de sus locas aventuras, en las que a menudo iba solo y sin cuerda, pero siempre salía airoso de cualquier reto que se proponía. Gabriel era inmortal.
Pero… a quién no se le ha soltado una piedra y se ha quedado colgando del arnés tras un resbalón mirando con cara de pasmado sin saber lo que ha pasado. Para eso se inventaron las cuerdas ¿no?, por si acaso fallas o falla la piedra. Incluso en la escalada en bloque de poco más de 4 metros todo el mundo utiliza colchoneta para evitar riesgos innecesarios.
Aunque Gabriel era diferente, decía que la verdadera escalada, lo más puro de nuestra actividad era no dejar rastro alguno de tu paso por la ruta, ningún anclaje, ni siquiera clavar en las grietas tacos o pitones que aunque pudiesen recuperarse después marcaban la roca. De hecho, él aseguraba que lo más auténtico era subir descalzo y sin cuerda. Aseguraba además que un verdadero escalador puro, jamás alardearía de sus logros ante otros humanos menos hábiles en ese terreno, por lo que admiraba muchísimo a aquellos que no hacían públicas sus ascensiones fuera del círculo más íntimo de sus amigos. Y lo cierto es que resultaba muy difícil adivinar por donde había pasado él escalando. Parecía una salamanquesa aprovechando las más mínimas asperezas de la roca y las minúsculas grietas grabadas en ella e intentaba hacerlo sin modificar lo más mínimo el lienzo donde dibujaba sus coreografías trepadoras.
Él había sido uno de los principales precursores de los famosos manifiestos contra el uso del taladro y los anclajes expansivos. Se vertieron acusaciones contra él intentando implicarlo en la muerte de un equipador, cuando restaurando una vía que supuestamente había sido saboteada ya por segunda vez con el robo de los anclajes, cayó hasta el suelo, pero nunca se esclarecieron las causas.
La fuerte controversia de escaladores defensores de la autoprotección, entre los que se encontraba Gabriel, con los equipadores deportivos hizo que estos últimos acusaran a los primeros de haber dejado a medio romper los anclajes sobre los que se descolgaba el equipador, pero en realidad nadie pudo demostrar que esta fuese la causa de su caída. Lo cierto es que Gabriel reconocía orgulloso haber arrancado en varias ocasiones anclajes que habían sido colocados sobre alguna ruta abierta por él.
“Nadie tiene derecho a modificar una vía abierta por otro, ¿o es que la montaña es suya?” argumentaba Gabriel, “la aparición de taladros ligeros está haciendo mucho daño cayendo en  manos de cualquiera, porque los utilizan sin piedad”.

Mientras tanto los escaladores deportivos, afines a la seguridad y a colocar anclajes fijos en la pared justificaban sus montajes diciendo que nadie podía apropiarse de una pared por el mero hecho de creer que había subido el primero, porque que ellos deseaban escalar pero sin jugarse la vida.
El tema estaba muy candente incluso se llegaron a desequipar itinerarios enteros, a fin de que nadie pudiese repetirlos si no era en las mismas condiciones que el aperturista. Incluso, con mala saña, se quitaron anclajes alternos a cierta altura que habían provocado algún que otro accidente a escaladores confiados de que la ruta estaba bien protegida.
Gabriel era una persona de fuertes convicciones sobre la ética, la ecología y el respeto a la naturaleza, su marcada ideología se manifestaba en todas sus conversaciones en las que a menudo tenía cierta tendencia a pintar un mundo apocalíptico. Estaba convencido de que el comportamiento del ser humano actual, tan alejado de la naturaleza y sin el más mínimo respeto hacia ella nos iba a llevar a todos juntos abocados hacia la extinción.
-“De todos modos”- concluía, “el tiempo, lo arreglará todo”.
Pero los buitres no entienden de ideologías, ética ni moral y no miran de quién es el cuerpo sin vida que van a comerse mientras se pelean por empezar a picotear. En Palomera abundan muchísimos y algunos de ellos incluso instalan sus nidos en las repisas. Vuelan hambrientos debido a la absurda y sospechosa normativa que obliga a los ganaderos, bajo cuantiosas multas, a no abandonar sus reses muertas en los antiguos muladares, sino que deben meterlas en un contenedor verde de plástico hasta que llega, casi siempre con demora de varios días, un camión perteneciente a una empresa creada a la sombra de los gobiernos, cuyos gerentes son amigos íntimos e incluso familiares de los políticos de turno, que cobran grandes sumas de dinero cada vez que son avisados para recoger una res muerta, ya putrefacta, dejando una hedionda estela allá por donde pasan.
Con Gabriel habíamos hablado más de alguna vez de este tema, él prefería ser inmolado ya sin vida en el estómago de un buitre que ser sometido a un clásico y teatral funeral cristiano donde te meten en una caja, que luego entierran bajo el suelo o se quema emitiendo sustancias contaminantes a la atmósfera. Desde luego si le hubieran dejado él hubiera elegido esto, lo más natural para su testamento, lo más limpio. Que sus despojos sirvieran por lo menos para alimentar a los famélicos buitres, que a la fuerza se estaban viendo obligados a atacar a reses enfermas y por ello los ganaderos estaban empezando a culparlos como depredadores, cuando realmente, el buitre es una de las pocas especies necrófagas, es decir se alimentan de lo inerte, de lo que ya no sirve a las almas de cuerpos ya fallecidos. “-¡Tengámoslo en cuenta! Los demás robamos la vida de otros para alimentarnos”.- afirmaba Gabriel.
Escalando se veía como un guerrero celtíbero, cuya tradición funeraria, en caso de caer en el campo de batalla, consistía en ofrecer el cuerpo a los dioses, sin retirarlo del lugar del deceso, para que las aves carroñeras elevasen su alma al cielo.
Claro, todo esto imaginado mientras charlábamos quedaba muy exótico y revolucionario, pero de ahí a sufrirlo tan de cerca va un trecho.
Cuando aparecieron sus roídos restos junto a sus últimas pertenencias al pie de una pared de más de 100 metros de altura, nadie de los que habíamos escalado con él podíamos creernos que Gabriel se hubiera caído.
Sólo se encontraron su calavera y algunos huesos entremezclados con la ropa a unos metros de su mochila en la que por cierto había una carta.


                                                                               II
Decidí llamar también a Jaime, para contarle lo ocurrido. Ambos eran amigos míos, aunque entre ellos hacía un tiempo que había surgido cierta acidez extraña que los había separado por completo hasta el punto de no llegar a llamarse ni siquiera por teléfono y claro todas las críticas y las quejas hacia el otro recaían sobre mí cada vez que salíamos al monte.
Jaime era un tipo entusiasta y soñador. Contagiaba al resto con sus ganas de emprender nuevas aventuras, sabía muy bien transmitir su pasión por lo que le apetecía probar y sin notarlo te empujaba a acompañarlo y a participar de la experiencia. Con Gabriel también habían hecho algunas escaladas pero no compartían el mismo estilo. Aunque sí que habían tenido una amiga íntima en común cuyos recuerdos no ayudaban en nada a su reconciliación.
-Jesús yo no puedo ir al funeral. Creo que no debo estar allí. Ya sabes cómo acabó nuestra relación. No me apetece verle la cara a sus hermanos a los que seguro les hablo muy mal de mí, ni a Laura. Últimamente me ponía a parir delante de todo el mundo, lo notaba cuando me cruzaba con conocidos por sus insinuaciones y sus miradas, los había puesto en contra mía. Así que pienso que mañana, el cementerio no va ser un lugar adecuado para mí, me voy a sentir observado y apartado por todo el mundo. Me duele que sea así, pero he decidido evitar una situación que puede convertirse en algo muy incómodo para todos. Además él tampoco acudió al funeral de Luis y ambos se conocían. Gabriel no respetaba a nada ¿y si fue él quien rompió los anclajes? ¡Ya le vale…!
- Eso nunca se probó Jaime.
-¡A mí me destrozó los anclajes de Skalibur! Por poco me mato intentando destrepar. Cuando me di cuenta estaba a más de quince metros del suelo. La caída allí nos es nada fácil, se sale de una repisa muy aérea. Si lo llego a pillar martillando los tensores químicos que solo pudo doblar contra la piedra, no sé lo que le hago… igual le ahorro el trámite de mañana. Mira Jesús esta gente cree que las montañas son suyas y que solo pueden escalar ellos. Esto es equivalente a que si Colón levantase la cabeza y pretendiera que todos los viajes a América se realizasen solamente con Carabela, porque fue con lo que viajaron ellos en 1492, sin darse cuenta de que los vikingos ya habían pisado ese continente en la actual Canadá quinientos años antes y también los chinos y los fenicios llegando a las costas del Brasil en el siglo I antes de cristo, e incluso los pobladores autóctonos de las indias que creyó encontrar Colón eran descendientes de los asiáticos. Como para que ahora me vengan estos cantamañanas a decirme que han subido ellos primero una pared y solo se puede repetir a su estilo, ¡Qué los jodan! Sobre la antigua vía Augusta del Imperio Romano se construyó la nacional II y ahora hay una autovía, si no nos queda sitio para los que estamos ahora, no podemos dejar intactas las obras y las hazañas del pasado, los tiempos cambian y la evolución debe seguir. Los muertos ya no pintan nada aquí.
-Esto ha sido un golpe muy duro para todos los que le conocíamos, el funeral es mañana a las cuatro de la tarde, lo van incinerar, eres libre de ir o no, pero…
-Pero nada Jesús, acuérdate de lo que yo te decía, cualquier día le tenía que ocurrir algo así. En cierto modo se lo ha buscado, no se puede ir de “sobrao” por la vida, yo intuía que no podía durar mucho. No le tenía miedo a nada, parecía que no le importara la muerte, pero al final, ¡Toma! Ves, ocurre lo que tiene que ocurrir. Cántaro que mucho va a la fuente una vez u otra se rompe. Y luego Laura se me va con él, eso ya fue el colmo. ¡Cómo quieres que me entristezca su muerte si he llegado a desearles lo peor millones de veces! Aún no había pasado medio año de romper conmigo y se lía con él. Estoy convencido de que lo hicieron por joderme. ¡Pero si hacen una pésima pareja! Él no hacía nada más que putearla constantemente, la metía en rutas peligrosísimas, un día me contaron que estuvo a punto de matarse, se le soltó un bolo y tuvo una caída de veinte metros en una vía de conglomerado. La detuvo de milagro un triste cordino requemado por el sol, abrazado a un puente de roca. Ella estuvo a punto de abandonarlo entonces y él empezó de nuevo a escalar solo y sin cuerda hasta que ha pasado esto.

III
Hacía días que no miraba el correo electrónico, llevaba una temporada en un intento por quererme apartar de la dependencia informática a la que ya por aquel entonces estábamos llegando. Dejar de consultar internet dos veces al día y no estar siempre pendiente de lo que se publicaba en las web más visitadas y de lo que te enviaban por el Messenger o el correo electrónico los amigos. Pero aquella tarde lo abrí.
“No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió” escribió Sabina y aquel correo me reafirmó la cita que tantas veces canturreé “Con la frente Marchita” al filo de la madrugada pegado a un reproductor con el disco de Mentiras Piadosas que me regaló Estéfani dos semanas antes de abandonarme perdiendo así al primer gran amor de la adolescencia. Me lo dijo cantándome al oído "la pasión no puede durar" antes de marcharse de vacaciones a su Italia natal y de que yo me quedara solo para "echarme a llorar”, fue una ruptura muy triste, pero sin rencor, nunca dejé de amarla.

Aquel mensaje era un correo póstumo de Gabriel, me dio mucha rabia no haberlo leído antes de su partida. Rabia entremezclada con la tristeza que ya arrastraba tras su accidente, algo que me hizo arrepentirme de no haber estado al tanto y más pendiente de mi amigo. No eran demasiados días pero se convirtió en una eternidad insalvable que nos separó de él, todo un vacío hasta un universo que ahora ocupaba y que no coincidía ya con el nuestro.
Un nudo se me agolpó en el estómago y casi me arranqué a llorar de nuevo, pero al empezar su lectura, el chismorreo de su peleas con Jaime me devolvió el ánimo y en cierto modo la alegría de poder saborear aquellas sus últimas gotas de vitalidad regaladas ante mis ojos.
25 de mayo de 2000
Asunto: Vuelta a Calamocha.

Hola Jesús:
¡Qué alegría volver de nuevo al Jiloca! Quería haberte llamado antes, pero el tiempo se me escurre entre los dedos, como el agua en una cesta al sacarla de un río y ya ves se me han hecho otra vez las dos y media de la madrugada. Esta no es hora decente para llamarte. Así que cuando leas esto me das un toque y quedamos para escalar cualquier tarde de estas.
¿Te apetece que vayamos por Palomera, así charlamos un rato, paseamos y escalamos? Si quieres podemos hacer alguna vía fácil, llevo yo la cuerda en una mochila por si acaso.
No sé si habrás hablado con Jaime, lo digo por si estabas pensando en llamarle para que se venga con nosotros. Te lo comento para que sepas que probablemente te rechazará la invitación. El otro día cuando montamos aquella bronca descomual, lo llamé después varias veces para disculparme intentando arreglar aquella salida de tono pero ya no me coge el teléfono.
Claro, que si no es cara a cara, como no se transmiten, la mirada ni los gestos uno se ve abocado a imaginar la cara de su interlocutor. Así que esperaré a que me llame él.
Está otra vez con los parabolts que limpié en la que llama su vía Skalibur, que en realidad no era suya porque yo siempre que voy a Palomera me subo por allí para calentar. Se me puso como un energúmeno.
No entiendo como además trata de hacerme creer que la escalada de autoprotección es más insegura y peligrosa que la deportiva. Él, por ejemplo, ha tenido un montón de accidentes en vías equipadas, muchos más que yo y que cualquier escalador. Y no por la dificultad que entrañaban las vías en las que le ocurrió, sino más bien por negligencia, por no mirar donde se metía, por no estar atento ni preparado para las circunstancias y tomar la escalada como un juego de niños.
Luego te cuenta que le ocurrió en un paso dificilísimo y expuesto, y en realidad era una chorrada. Lo que le pasa a Jaime es que es un poco alucinado, un tanto manipulador y algo mentiroso.
No sé si te he contado algunas aventuras de vías que quiso hacer conmigo y otras que hizo en solitario. Quizá lo hayas visto en sus publicaciones, pero en realidad sólo busca que la gente le admire por lo que parece que ha hecho, aunque sea con trampas. Tiene un afán de protagonismo desmesurado.
Una vez, escalando la aguja del alimoche, estando yo arriba asegurándole los pasos de la fisura sacó el taladro y puso tres parabolt, mientras yo le gritaba que no lo hiciera. Decía que esa vía había que dejarla equipada para que otros pudieran escalarla con seguridad, más bien creo que los colocaba para poder repetirla sin mí, pues bien a mitad del tercer agujero se le acabó la batería y lo dejó a medio meter y todavía no ha vuelto por allí a arreglar aquello. Cuando se acerque cualquier chaval a probar la vía siguiendo sus reseñas, que siempre publica con un montón de fotos saliendo él en primer plano, se encontrará con que parece que está equipada y al llegar al tercer seguro tendrá que descolgarse de un peligroso parabolt que no está anclado del todo. Si el escalador, confiado con encontrar todos los seguros puestos, no lleva otro material para seguir hacia arriba se meterá un susto tremendo. Eso sí que es un atentado traicionero, no hubiera sido mejor dejarla sin nada para no confundir al personal.
Y claro luego hablas con él y parece que no te engaña, pero a la piedra de la hoz, esa aguja puntiaguda de tres cuernos que nos dijo que subió, te juro que no pudo estar arriba. Encontré un cintajo suyo semanas después anclado a la rama de una sabina, a media pared, desde la que abandonaron, porque en la cima no había ni rastro de él. Tampoco mostró sus fotos de cumbre y tú bien sabes que si la hubiese conseguido nos la hubiese enviado a todos.
Hace muchas de estas cuando no le ves, se sube de segundo con la cuerda por arriba y luego te cuenta que la ha encadenado, atreviéndose incluso a graduar la dificultad de la vía, para luego arremeter contra mí porque le he decotado alguna o porque la he limpiado si ya la había subido yo anteriormente. En fin una joya.
El otro día venía insultándome porque le quité los parabolt y a mí se me fue la pinza, ya lo viste. ¿Por qué tiene que taladrar donde otros han pasado sin hacerlo? Si no puede subir que se entrene más o que no vaya.
Además no tiene por qué dar a nadie lecciones de seguridad, pero tendré que andar con ojo, me llegó a decir que si tocaba una vía de las que considera suyas me las iba a tener que ver con él y no me fío.
Sólo se dirige a mí para montarme la bronca, estoy seguro de que si yo me accidentara sacaría un enorme partido en sus opiniones para desprestigiarme.
De todos modos me la suda, hace tiempo que me tiene aborrecido “Amigo que no aporta y cuchillo que no corta aunque se pierdan no importa”.
Bueno nos vemos estos días, espero tu llamada. Ya tengo ganas de escalar contigo un rato.

Cuídate tiaco.
Salut i força al canut.
Un abrazote con cipote. Jejeje.

IV
Llegó a casa poco antes de las cuatro, justo cuando yo terminaba de comer. La jornada continua, tiene grandes ventajas para poder disfrutar de las tardes libres, pero retrasa mucho la hora de la comida, así que le ofrecí un café, porque a pesar de todo nos quedaba mucha tarde por delante. Había empezado a lloviznar, no había prisa por salir, pero sí inquietud. Laura había venido para ver el lugar exacto donde todo ocurrió.
El día de la despedida de Gabriel, Laura me suplicó que la acompañase a Palomera y no pude negarme a pesar de que sabía que la reconstrucción de los hechos no le iba a sentar nada bien y de que yo sospechaba que al verlo todo de tan cerca podría derrumbarse anímicamente de nuevo.
La tarde era soleada a intervalos nubosos que dejaban alguna que otra melena acuosa descolgándose de las nubes, nada típico en los calurosos veranos del Jiloca acostumbrados a calores extremadamente secos, pero la meteorología de aquel día de final de primavera nos permitía gozar a ratos de alguna sombra y de un cielo con luces cambiantes que daban mayor profundidad a un paisaje ya de por sí muy extenso y de extremos horizontes en lontananza.
Llegamos a la base de la pared donde hacía ya tres días encontramos los restos de Gabriel y a Laura casi le dio un desmayo. Tras mirar varias veces hacia arriba nos sentamos abatidos, contemplando aquel magnífico panteón, cuyo espolón calcáreo le iba a servir a partir de ahora de ciclópeo peirón.
-¿Y si  Gabriel no se cayó?- Prorrumpió al fin, tras serenarse.
-¿Qué quieres decir?
-¿No te has parado a pensar que alguien pudo tirarlo o hacer que se precipitase al vacío?
-No lo sé Laura. Cuando lo vi, no me creía lo que había podido pasar, quizá porque le conocía demasiado bien o porque lo tenía idealizado. Él era el mejor, eso todos lo sabemos, bailaba en la roca como una lagartija y estas paredes las conocía mejor que nadie. Le he dado mil vueltas, pero al cabo de estos tres días he terminado rindiéndome a la evidencia, hay muchísimas circunstancias que pueden haber provocado que se precipitara al vacío, que se le echara a llover como hoy, una roca suelta, un desmayo, una avispa, un pájaro saliendo asustado del nido en un agujero en el que te has agarrado…
-¿Pero pudo pasar no? No sé alguien con un disparo desde la distancia, el águila de un cetrero adiestrada para atacar, una roca arrojada desde arriba, una serpiente, que sé yo… algo provocado con mala intención que hiciera que se soltase sin remedio.
-Sí, pero las pruebas de la autopsia, no reflejan ningún daño adicional a los de la propia caída.
-El forense se ha limitado a hacer un trabajo rutinario, además en el estado en el que lo encontraron no hubieran podido determinar gran cosa. Mira lo que hizo con la data de la muerte, escribió “cinco días antes del levantamiento del cadáver”, y tú recibiste un mensaje que Gabriel te había enviado al correo electrónico dos días más tarde. Esta gente no quiere complicaciones, si nadie protesta todo se resuelve como “muerte natural o accidente” y a correr. Yo creo que no hacen ni análisis de los restos si no hay sospechas. Estoy convencida de que hizo un copia y pega con el informe de otras autopsias.
-Y a ti Laura ¿no te contó nada? ¿No te llamó para decirte que se venía, ni para informarte si había visto a alguien por aquí? Porque imagino que llevaría varios días escalando en esta montaña, cuando le pasó.
-Últimamente cogía la autocaravana y desaparecía por completo, desconectaba el móvil casi todo el día. Yo estaba en casa de mis padres. Hacía unos días que no le había visto y no habíamos hablado. La verdad es que no estábamos en nuestro mejor momento, pero me ha partido por la mitad que me deje así, no puedo terminar de creérmelo.- Laura comenzó a llorar de nuevo.
Cuando se consoló un poco le apoyé una mano en el hombro y la invité a que se levantase.
-Ven Laura, te enseñaré una ruta muy fácil por la que se accede a la parte superior de este espolón, para que veas el sitio y te quedes más tranquila. Luego subiremos al vértice geodésico, la vista del atardecer desde allí es inigualable.
Subimos hasta la base del cable que surca las cornisas más accesibles de Palomera, donde varios tramos de cuerdas fijas y sirgas sirven de pasamanos para evitar el vértigo del desnivel que se va alcanzando a medida que se gana altura.
Cuando llegamos al balcón que hace cumbre con el espolón desde donde pudo caer Gabriel y donde ambas rutas se cruzan nos detuvimos a recuperar el resuello. Al cabo de un rato nos asomamos hacia abajo y pudimos ver el final de la vía que recorre verticalmente una magnífica placa de dura y compacta roca caliza donde los sólidos cantos se yerguen enhiestos con minúsculas protuberancias de gran consistencia. Pero Laura advirtió un detalle que a mí se me había pasado por alto. Una marca blanca como el estallido de una roca contra la pared se adivinaba unos metros más abajo.
-¡Mira Jesús! Ahí golpeó una piedra ¿y si en ese momento estaba asomando Gabriel por la roca?
Me quedé mirándola a los ojos intentando leer sus pensamientos ocupados en  recomponer la situación. De pronto se levantó y comenzó a buscar por el suelo como un sabueso y al poco señaló un hueco donde faltaba un roca piramidal del tamaño de una pequeña mochila que hubiese encajado perfectamente con sus caras planas contra el evidente molde. Ella me miró convencida y siguió buscando. En el barro fresco había una huella. Sacó su móvil e hizo varias fotos.
-Hay que denunciarlo Jesús, esto no puede quedar así, pero ¿Quién…quién ha podido ser tan canalla y tan cobarde de hacerle algo así?
Cuando hubo dado mil vueltas a la cornisa, mirando aquí y allá cualquier pista que pudiera acercarla a su hipótesis guardando imágenes de todos los rincones, le propuse que buscásemos a Juan el pastor, quizá él pudiera haber visto algo o a alguien aquel fatídico día.
Cuando llegamos a la cumbre, el rebaño de Juan estaba camino de su aprisco, al menos a dos kilómetros de distancia entre nosotros, al otro lado del profundo valle que nos separaba de él. Gritamos con fuerza e hicimos aspavientos para que nos esperase, pero el ruido del balar de las ovejas y sus esquilas colgadas de sus tambaleantes cuellos hizo que quizá no nos oyera.
Comenzamos a correr ladera abajo por ver si lo alcanzábamos, pero poco antes de llegar vimos partir su todoterreno camino abajo. Me pareció que nos había mirado antes se subir al coche, pero arrancó como si llevase prisa.
La tarde caía, pero estábamos tan cansados y habíamos gritado tanto que a pesar de seguir agitados decidimos volver hacia el coche. Cuando pasamos por Torremocha, Juan tampoco estaba en casa, así que no nos quedaba otro remedio que volver al día siguiente, para contarle lo que intuía Laura y completar una información que quizá solo se sustentaba en conjeturas de autosugestión postraumática.


V
Por un instante pensé que iba a ver a Gabriel al volante de su autocaravana, me resultaba tan familiar e inconfundible esa visión, que los recuerdos trajeron al instante esa imagen tan habitual y repetida para mí.
“Qué tonto” me dije, “Gabriel se ha ido y ya no está con nosotros”. A veces uno se olvida momentáneamente de los hechos traumáticos más recientes porque en el fondo aún no eres capaz de hacerte a la idea de la cruda realidad.
Aquella tarde bajé a Calamocha y casualmente el vehículo que aparcaba delante de mí en la explanada del hiper era el suyo. La pegatina contra el Fracking junto a la gran lagartija que recorría la parte trasera de la autocaravana bajo el letrero McLOUIS no daban lugar a error.
Parecía mentira que hubiesen pasado ya dos semanas, uno no termina de acostumbrarse a ese fugaz y veloz discurrir del tiempo. Cuando vi bajar al hermano menor de Gabriel volví a la realidad. Nos saludamos y nos pusimos a charlar. No quise comentarle nada sobre la última visita que hice con Laura hasta Palomera. No habíamos podido dar con Juan el pastor ni siquiera en las dos semanas siguientes. Por lo visto habían vuelto a ingresarlo en el centro de desintoxicación de Teruel. Quizá se puso nervioso al vernos merodear por allí o quizá tuvo otro ataque de psicosis paranoide de los que solía aquejarse a menudo y volvió a refugiarse en las drogas con más fuerza. Seguro que había vuelto caer en manos del Doctor López, al que siempre le gustaba “recomendar” unos días de estancia confinada hasta que se estabilizara. Ahora las ovejas las sacaba su hermano Mariano, que fue quien nos contó donde se “hospedaba” Juan, pero él no sabía gran cosa del suceso ni tenía detalles nuevos que aportar sobre lo de Gabriel. Por eso no dije nada a Tomás, era mejor no alarmar hasta que supiésemos algo en concreto.

-Hola Jesús, ¿qué te trae por aquí? Yo también he venido a comprar, me he dicho “voy a sacar la furgo de Gabriel para que se mueva algo y no se quede tanto tiempo parada”. A mis hermanos les da cosa cogerla. La verdad es que es un vehículo alucinante, superespaciosa por dentro y muy bien acabada, todavía huele a nueva, da gusto conducir con ella. Este fin de semana Walter y yo nos vamos al Pirineo, a sacarla de paseo y probar como se vive dentro aunque haga mal tiempo. Por cierto ¿Te he contado que hemos pensado en solicitar la adopción de una niña? Aunque claro, no sé si nos la concederán exigen muchos requisitos y todavía andan los servicios sociales anclados en tiempos de Franco, a las parejas heterosexuales les conceden más fácilmente la idoneidad, pero aunque sea difícil conseguirlo yo estoy muy ilusionado.
Con lo de Gabriel… no sé lo que va a pasar, el forense guardó algunas muestras adicionales de sus restos para analizarlas exhaustivamente y obtener datos más precisos, pero tardarán más de un mes en concluirlas y emitir un nuevo informe. Lo que nos van a entregar esta semana son sus últimas voluntades. Ya sé que si no hubiera pensado morirse, no las hubiese redactado, alguien sano que no espera la muerte no tiene planeado su final pero quizá estaba aterrorizado por algo, yo lo notaba muy extraño últimamente y luego apareció esa carta en la mochila, cuyo contenido custodia el juzgado de instrucción. No sé qué pensarás tú, pero esa dichosa misiva me hace sospechar en al menos dos hipótesis que me traen verdaderos quebraderos de cabeza. A mí lo que más me dolería es que lo hubiesen envenenado horas antes de ponerse a escalar y le hubiese dado un mareo justo a media pared. Me corroen esos devaneos. No puedo dejar de pensar y pensar. Si aparece un testamento dejándole todo a alguien va a ser muy duro y sospechoso. Le han podido chantajear emocionalmente para que aceptara compartir sus bienes en caso de accidente. No digo que esto haya pasado exactamente, sino que cabe la posibilidad de lo hubiesen manipulado hablándole incluso mal de su familia, instigándole para que no nos dejase nada. Con Laura solo llevaban seis meses, pero hay personas que solo buscan aprovecharse de los demás. Pasa en muchísimas parejas, “mujer quince años más joven que él se queda con su fortuna, porque haciéndole creer que se ha enamorado de un hombre maduro, lo utiliza para exprimirlo”. Hay montones de casos y todas van a por lo mismo. Tú sabes que Gabriel no era un cualquiera, había sabido invertir el dinero después de prejubilarse en Telefónica. El piso de Madrid, su chalet de Calamocha, sus campos de cerezos en Burbágena… propiedades, todas ellas, que se había ganado con el sudor de su frente y que nos corresponden más a mis hermanos y a mí que a nadie ¿no? Y menos mal que no llegaron a casarse, sino estaba todo perdido. Además estoy convencido de que Laura lo estaba intentando atar muy corto. Esa brillante y envidiable vitalidad con ansia de libertad que Gabriel emanaba por los poros de su piel se estaba viendo ya muy mermada. Últimamente, no era el mismo. Gabriel había nacido águila y ansiaba volar. Verse enjaulado en las garras de una mujer como ella, que le controlara a dónde iba, a qué hora pensaba regresar y con quién había quedado, no le dejaba respirar. Para él, verse controlado con preguntas intimidatorias, era como minar su voluntad y le contrariaban porque jamás había tenido que dar explicaciones a nadie, pero estaba entre dos mundos, el amor es capaz de dar con una mano lo que quita con la otra, de atarte con nudos invisibles a alguien que puede apagar el brillo de tus ojos. Y si tuvo dudas con esto, pudo mostrar su más grande debilidad: La indecisión. Debatirse entre abandonarla o seguir esclavizado con ella, pudo no dejarle seguir adelante y quizá le hizo sentirse tan derrotado que decidió lanzarse desde arriba y escapar de esa opresora vida que le agobiaba y a la que se abocaba sin dejarle respirar, cerrándole todos los posibles caminos. Estamos todos tan afectados que estos tormentos no nos dejan pensar con claridad, no sé si se llegará a esclarecer lo que realmente pasó, pero tenemos ganas de acabar con esta incertidumbre tan pronto como sea posible”.

Nos separamos y cada uno llenó su carro de la compra, a mí me tocó pagar tres puestos más atrás en la fila de la caja, desde donde Tomás se despidió afablemente, prometiendo que ya nos veríamos y quedaríamos para hablar más tranquilamente. Sé que soy un cobarde. No me atreví a defender a Laura ni a rebatirle ninguno de sus argumentos.




VI
Han entrado en el chalet de Gabriel. Sí, sí, me ha llamado Estéfani esta mañana y me lo ha contado todo. La policía ha llegado a primera hora con la unidad canina, han irrumpido en la casa de Gabriel y han encontrado dos kilos de cocaína, una balanza de precisión y no sé cuántos fardos de billetes de cincuenta euros en unos armarios del sótano. Pero se les ha escapado el traficante. Los muy lerdos, traían una orden judicial con el número equivocado y han tirado la puerta del vecino abajo que estaba desayunando tranquilamente. Se ha montado un buen jaleo en la calle y cuando la policía se ha dado cuenta del error, han empezado a pedir disculpas. Para entonces alguien estaba saliendo por la cochera de Gabriel. No lo han podido detener y ha escapado por la calle de atrás a toda velocidad en un coche.
Por lo visto venían siguiendo una pista desde hacía varias semanas porque de algún modo sabían que venía mucha gente a pillar a casa de Gabriel, habrán detenido a alguien en una redada y le habrán hecho cantar o quizá un chivatazo de algún vecino harto de ver tanto movimiento de gente rara por la casa de un recién fallecido. No sé si los traficantes habían ocupado su casa o quién narices se habría instalado allí para pasar la droga, porque solo yo y su familia teníamos las llaves y creo que  su hermano Tomás era el único que  iba a menudo por allí. Pienso que no les ha podido dar tiempo a alquilarlo tan deprisa, así que me resulta muy extraño que Tomás no se hubiese dado cuenta de que allí entraba alguien ilegalmente.
Supongo que nos harán ir a declarar a todos, nos tratarán como a delincuentes comunes. La presunción de inocencia ya hace tiempo que se fue a la mierda en este puto país. Seguro que encuentran a alguien a quien echarle la culpa de todo. Ya, ya sé que Walter le pega a todo y le gusta ponerse hasta el culo de vez en cuando, pero de ahí a traficar hay un trecho y no se hubiera atrevido a utilizar el chalet de su cuñado recién fallecido de tapadera. De lo que sí estoy segura es de que Gabriel no tenía nada que ver con esto, en seis meses juntos le hubiese notado algo, de todos modos a él ahora ya no pueden implicarlo en nada, algo bueno tenía que haber en todo esto, por lo menos se ha evitado el disgusto.
Todavía no puedo dejar de pensar en lo que vimos en Palomera, mis pensamientos obsesivos solo hacen que crezca la sospecha.
Debemos contactar con Juan el pastor, todavía tengo esa espina clavada y quiero que me ayude a solventar mis dudas, sino lo sueltan pronto habrá que buscar la manera de entrar en el hospital como sea.
VII
Al final Jaime terminó reequipando su vía Skalibur, ahora nada ni nadie podía detenerlo y estaba tan ansioso por realizar su primera ascensión y ya se encargaría posteriormente él mismo de pregonarlo a los cuatros vientos, autoproclamándose aperturista de la misma.
Después de ser saboteada por Gabriel, que se dedicó a romper todos y cada uno de los anclajes antes incluso de que fuera estrenada, Jaime no se había atrevido a restaurarla. Otro enfrentamiento como el anterior, en la puerta del refugio, podría haber tenido consecuencias catastróficas.
-Eres muy hijo de puta, ¿cómo se te ocurre…?
Antes de que terminara la frase, Gabriel se había abalanzado sobre él cogiéndolo con una mano por el cuello y amenazándole con el otro puño cerrado en alto para estrellarlo contra su cara, -¿A quién le dices hijo puta? Tío mierda ¿A quién?- Le gritaba mientras arrastraba a Jaime que intentaba soltarse del atrapamiento forcejeando.
Menos mal que allí estábamos pendientes algunos colegas de ambos y nos tiramos a separarlos, porque sabíamos lo tensa que era la situación y la gravedad del conflicto que se iba a generar después de todo lo que nos habían contado ambos. Yo me agarre del brazo de Gabriel, pero me veía en apuros para bajarlo, tenía una fuerza increíble y lo notaba muy nervioso, nunca imaginé que pudiese reaccionar tan violentamente aunque sabía que si lo hacía era un tipo muy peligroso, mejor no meterse con él. Fue una suerte que no le sacudiera el puñetazo, estoy seguro de que Jaime le habría denunciado por agresión y las cosas se hubiesen puesto peor de lo que ya iban, por aquel entonces.
-Muerto el perro, muerta la rabia- me llegó a decir  Jaime cuando me llamó para decirme que le había quedado incluso más bonita que con el anterior equipamiento. Esta vez había colocado los anclajes más estratégicamente y no había ningún aleje comprometido. También me invitó a probarla como coautor de su apertura- Ves al final el tiempo se encarga de arreglar la mayoría de los problemas que creíamos eternos e insalvables-.
Rechacé la invitación, Jaime me tenía un poco agobiado, siempre estaba llamándome para ir solo donde él quería y casi nunca admitía ninguna otra propuesta alternativa, estaba un poco harto de su actitud manipuladora y narcisista. Nunca te decía abiertamente que no, sino que intentaba llevarse el gato al agua con razonamientos absurdos sobre la importancia de sus rutas y la urgencia de subirlas porque si no otros los harían antes quitándonos la primera ascensión. Si la estrategia no le funcionaba pasaba a chantajearte emocionalmente diciendo que deseaba hacer vías nuevas como aquella, no le apetecía nada repetir rutas que, según aseguraba, ya había hecho y comenzaba con sus rogativas antes de pasar al ultimátum, diciendo que si empezábamos a dejar de quedar al final acabaríamos por no vernos.
Pero yo siempre he creído que una relación no es más sana por la cantidad o la duración de los encuentros sino por su calidad, ese desear encontrarse de nuevo, esa sensación de brevedad en las conversaciones que no sabes cuándo parar y que luego añoras porque hubieses preferido que durase un poco más. La nostalgia de los encuentros fugaces e intensos es lo que le da la chispa a una buena amistad y acrecienta las ganas de hacer cosas juntos de nuevo. Pero Jaime siempre me ponía entre la espada y la pared intentando convencerme de que era una oportunidad única y que no sabría cuando podríamos volver a quedar, luego me rogaba que le hiciese el favor de ayudarle a cumplir uno de sus sueños, pero los suyos eran sueños caprichosos y fugaces como las flores primaverales, al principio incipientes, en su máximo esplendor como pétalos maquillados de vivos y atractivos colores, capaces de embaucar a todo el mundo, y luego marchitas. Ponía un excesivo énfasis en el sensacionalismo que podríamos transmitir a los demás si conseguíamos el reto. Intentaba transformar las opiniones de sus interlocutores diciendo que todos los que le habían escuchado estaban maravillados con su grandioso proyecto.
Si al final la cosa fructificaba y me ofrecía a acompañarle debía ser con la condición de ir solo los dos, porque si proponía yo invitar a algún amigo más para que viniese con nosotros, ponía excesivas excusas, argumentando que ese primer número impar superior a dos era muy difícil de organizar, quizá porque es donde la democracia puede empezar a funcionar y eso no le gustaba demasiado. Prefería ir conmigo a solas porque la pluralidad en pareja le resultaba más simple y casi siempre favorable, si los dos estábamos de acuerdo no era necesario votar, pero si había desacuerdo terminaba imponiéndose el más recalcitrante y yo a menudo me dejaba llevar aunque no me gustase demasiado su idea o me apeteciera ir más a escalar otra vía.
Por el contario si no lograba convencerme a mí ni a ningún otro escalador para desarrollar su ansiada actividad, la idea se le quedaba anclada con enfado y al cabo del tiempo acababa desechándola, pero poco después volvía de nuevo a la carga con otra falacia que se le hubiese cruzado por la mente, y por descabellada y absurda que fuese comenzaba de nuevo a insistir.
Yo para entonces ya estaba demasiado cansado, confundido e indeciso. Tampoco le dije que, junto a Laura, habíamos quedado para ir a visitar a Juan el Pastor al centro de desintoxicación ni los indicios que habíamos visto en Palomera.
Llamé a Mariano, el hermano de Juan para preguntarle los trámites y el horario de visitas. Todavía quedaba la posibilidad de conseguir un número de teléfono llamando a cualquier casa de un pequeño pueblo como Torremocha. A Juan le tenían restringidas las llamadas.
Tan solo un cuarto de hora debía durar el vis a vis que nos concedieron en la sala de estar del hospital. Se extrañó al vernos, pero al menos no se puso nervioso, la mediación mantenía sus ojos apagados y los párpados a medio abrir. Su voz era lánguida y somnolienta.
-Pronto me sacarán de aquí. Me ha dicho el doctor López que ya estoy estabilizado, tan sólo le tengo que prometer que no voy a recaer en las conductas de riesgo. Ahora estoy limpio. No recuerdo el día exacto del accidente de Gabriel, pero sí que me extrañó que no viniese a hablar conmigo como hacía habitualmente después de terminar una de sus vías. Su caravana permaneció aparcada en el barranco de la Virgen del Castillo todo el tiempo, junto al pozo. Tan sólo un coche rojo, que vi a lo lejos la última tarde que estuve con él, apareció por el camino del refugio, pero se fue como había venido. No estuvo parado ni una hora, quizá fuesen cazadores que estaban rastreando para preparar una batida de fin de semana, pero no se oyó ni un solo disparo. De todos modos la Policía está investigando a mí me vinieron a preguntar.
Laura sonrió con sarcasmo y para demostrar que la Policía no tenía nada que hacer, debido a su baja capacidad resolutiva, le contó el caso de la fallida redada antidroga que habían protagonizado en Calamocha.
-Quizá lo hayan hecho adrede, puede que tengan a alguien cercano a quien encubrir- exclamó Juan con la máxima exaltación que le permitían los fármacos. Por cierto- continuó bajando el tono hasta convertirlo en un susurro casi imperceptible- ¿lleváis algún porrete o un cigarro al menos? Aquí no te dejan tomar ni café. Podemos abrir un poco la ventana y dar unas caladitas echando el humo por la rendija, nadie se enterará.




VIII
Aquella misma tarde al volver de Teruel, no sé si por casualidad o por coincidencia, vimos un coche rojo, como el que acababa de describirnos Juan, sobre el puente que cruzaba la recién estrenada autovía camino de Palomera.
Autosugestionados como estábamos, no hizo falta que Laura me dijese nada para que en la salida de Torrelacárcel diese la vuelta y por la antigua nacional volviésemos sobre nuestros pasos camino de Torremocha. Cogimos la misma pista y cruzamos también el puente sobre la autovía siguiendo la estela polvorienta que se extendía a los lejos avanzando hacia el este, pero cuando llegamos al refugio no había ni rastro del coche rojo.
El único modo de saber dónde había ido era subirnos a un alto. Entre los carrascales es muy difícil seguir la pista a nadie.
Le propuse a Laura, ascender esta vez, por el barranco de la Hiedra, es el acceso más directo y rápido a la cumbre de Peña Palomera. Tan solo tiene unos pasos de tercer grado en la parte más angosta del cañón, en los que no se requiere el uso de cuerda debido a la escasa altura de los resaltes. Este corredor te deja en una cresta bajo el enorme vértice geodésico en poco menos de media hora. Desde allí, a vista de pájaro, las encinas se ven como pequeños hongos circulares salpicando las pedregosas y empinadas laderas que acarician la base de los paredones. Es un magnífico mirador para los guardas forestales pues desde arriba se pueden observar todos y cada uno de los movimientos de los que deambulan por abajo, coches aparcados, rebaños de cabras, cazadores apostados para disparar, senderistas, escaladores y todo tipo de gente que se acerque hasta allí.
Desde este punto se vigilaba y protegía una parte del Frente de Teruel en la Guerra Civil Española. Los republicanos se atrincheraron en esta atalaya y desde aquí apoyaron operaciones tan importantes como la reconquista de Teruel en diciembre de 1937 o el asalto a Singra en febrero del 38, pueblo situado sobre una colina que se divisa perfectamente como una pequeña isla elevada en medio del amplio valle del Jiloca.
Sobre la cumbre de Palomera, las trincheras apenas picadas en la propia piedra y bajo las condiciones de un invierno atroz como aquel, muchos soldados se hicieron pequeños refugios con las tejas de una antigua ermita, por entonces ya derruida, en los que bajo la nieve intentaban luchar contra las congelaciones. Lástima que, antes de que llegase la primavera, fuesen barridos de aquel maravilloso punto de observación por la última carga de caballería de la historia bélica europea a cargo del general Monasterio, en la que ellos denominaron maniobra del Alfambra, aunque fuese una chapucera escaramuza. Me imaginé a mí mismo defendiendo aquella posición sin miedo a los jinetes, no dejando pasar ni uno. Me pregunto asombrado cómo pudieron vencer unos caballeros al más puro estilo medieval a miles de máuser atrincherados, pero me rindo a la evidencia histórica con fastidio.
La ermita, en honor a Santa María Magdalena, se había derrumbado muchos años antes de la contienda. 1918 es la fecha que aparece en la imagen recuperada de la Virgen que ahora se guarda en la iglesia parroquial de la localidad. El deterioro del edificio fue a consecuencia del casi total abandono. En aquella altitud, soportando fuertes vientos y grandes heladas cada invierno cualquier cemento, mortero o argamasa se resquebrajaba y era necesario un mantenimiento anual que dejó de hacerse debido a un curioso suceso el día de Palomera. Todos los años el primer domingo de mayo, los habitantes de Torremocha celebraban una romería hasta la ermita de la cumbre de Palomera. Subían en procesión rogando a la Virgen para que les ayudara a que las cosechas fueran prósperas. Así hacían varias paradas para las rogativas: la carrasca gorda, el collado de la cruz y el Pocico del aceite, una pequeña sima situada detrás de la cumbre, que guardaba además de un minúsculo aljibe bajo unas piedras, la lata del combustible de las lámparas de aceite que servían para alumbrar el eremitorio. El cura siempre iba por delante cantando los salmos responsoriales -“Santa María Magdalena”. -“Ora pro nobis”- contestaba el pueblo casi al unísono. Pero solo procedían así mientras subían, porque de bajada cuando se habían comido el almuerzo dando buena cuenta del vino que traían en sus botas, algunos jóvenes jocosos y risueños contestaban “Zorra pro nobis”-.
El jolgorio se adueñaba del final de la fiesta e imprimía tal valentía en los mozos que un año, unos jóvenes apuestos y fanfarrones se retaron para ver quién era capaz de cortar la sabina más grande. Cogieron sus hachas y se dispusieron a buscar el preciado trofeo. El hijo menor de los Ibáñez, la familia más rica e influyente del pueblo, tenía localizada una en medio del risco, así que ni corto ni perezoso se encaramó por el acantilado para cortar el árbol más hermoso de los alrededores, con tan mala suerte que cuando se disponía a comenzar la faena perdió el equilibrio y se despeñó, muriendo en el acto como mi compadre Gabriel. Su madre blasfemó diciendo que la Virgen había dejado desamparado al muchacho, su hijo más querido, y juró que jamás subiría nadie a adorar a la Santa. Así que la fiesta desapareció, por lo menos subiendo hasta la cumbre, porque años más tarde se reanudó otra romería mucho más corta, pero exenta de riesgos hasta las afueras del pueblo, justo donde se ubica hoy el puente de la autovía que acabábamos de cruzar, en un peirón con una cruz de hierro en la cúspide que fue recuperada de las tumbas de dos jóvenes hermanos, hijos de un sindicalista de la azucarera de Santa Eulalia, cuyas lápidas fueron ya destruidas tras la Guerra Civil por haberles puesto por nombre Progreso y Libertad.
Cuando en el año 2000 se comenzó con la construcción de la autovía los ingenieros la habían trazado justo por donde estaba situado el peirón con la cruz y si no llega a ser por los vecinos que decidieron trasladarla un poco más abajo hubiera desaparecido también sucumbiendo bajo las fauces de la maquinaria pesada.

Embebido en estos pensamientos me volví hacia Laura que estaba escudriñando todo el carrascal desde lo alto de su otero sobre el acantilado.
Tras unos minutos de observación, descubrió lo que buscábamos. Alguien andaba de vuelta hacia el coche rojo. Traía la dirección de la pequeña gruta situada en la base de la pared de las buitreras. El coche arrancó y lo vimos alejarse hacia el refugio camino abajo. Tan pronto como comprendimos que ya no volvería aquella tarde, corrimos ladera abajo hacia el sur para descender por los canales meridionales hasta alcanzar la base de la pared por la zona más cercana a la pequeña cueva. Nos acercamos con sigilo buscando señales sobre lo que había estado haciendo por allí y llegamos a la entrada de la gruta. Nos asomamos con cuidado y entramos dentro. Casi no cabíamos los dos juntos, era una cueva muy estrecha, creada entre el ensanchamiento de dos estratos que por distensión se habían separado. Yo había estado cientos de veces por allí, incluso en alguna ocasión buscando refugio ante una tormenta, pero jamás se me había ocurrido mirar detrás de la laja del fondo, por donde se abre una diaclasa vertical a través de la cual se puede descender a un piso inferior. Alguien había allí colocado unos anclajes para descender, pero aquella tarde no llevábamos, cuerda ni lámpara frontal. Así que decidimos dejarlo para otro día pero nos moríamos de curiosidad al no saber dónde conducía aquel tubo vertical y qué se escondía allá abajo. Tiramos una pequeña piedra y estimamos que no había más de diez metros metros de bajada contando los rebotes entre las paredes. Así podríamos elegir mejor el material necesario. Salimos de allí elucubrando los macabros planes que imaginábamos en la mente del conductor del coche rojo. Se nos hacía tarde, el gran disco anaranjado estaba bañándose ya con medio cuerpo metido en el horizonte, así que apresuramos el paso, para llegar pronto al coche. Aquellos carrascales son muy complicados para orientarse bien y más aún si se te hace de noche, en poco más de doscientos metros se pierde la vista y a ras de suelo es prácticamente imposible encontrar el camino de vuelta.


Al llegar al coche teníamos las cuatro ruedas pinchadas, con un agujero por el que cabía un dedo en el flanco de cada una. A quien fuese el dueño del maldito coche rojo, nuestra presencia le había resultado muy molesta, de algún modo sabía que le estábamos siguiendo la pista. Maldije nuestra suerte y al cabrón que nos había hecho aquello, pero era muy tarde para avisar a nadie ya, ninguna grúa de asistencia en carretera se arriesgaría a buscarnos de noche por un camino que estaba a más de siete kilómetros de Torremocha en dirección este. Aun de día nos pondrían pegas para venir a recogernos, ya que no está claro que tengan el deber de asistirte fuera de una vía asfaltada. Así que decidimos pasar la noche en el refugio y llamar a la compañía de seguros al día siguiente.
La caseta es un lugar muy acogedor, tiene dos grandes mesas tras unos ventanales orientados al sol de mediodía y un buen fogón. El agua de lluvia desde el tejado se recoge a través de un canalón hasta un aljibe adosado a la pared que suministra agua con un grifo mientras el depósito tenga reservas.
Recogimos leña seca y algunas aliagas de los alrededores y encendimos un buen fuego. Yo siempre llevo en el coche varias mantas y el saco de dormir. Así que solo quedaba repartirnos el material disponible y buscar un rincón acogedor donde pasar la noche.



IX
Me desperté al alba con un escalofrío recorriéndome la espalda. Una ráfaga de viento, se colaba por la rendija debajo de la puerta llegando hasta mí. Se me habían enfriado las lumbares, así que intenté taparme de nuevo con la esquina de mi manta.
Me costó unos segundos darme cuenta de dónde estaba y cómo había ido a parar allí. No me sonaban la luz ni el mobiliario ¡Y para colmo estaba abrazado a una chica! Cuándo me di cuenta de que era Laura la que permanecía pegada a mí con sus nalgas apoyadas contra mis muslos, retiré la mano rápidamente e intenté apartarme antes de que se despertara. Pero Laura hacía rato que no tenía el sueño muy profundo. Yo creo que más bien dormitaba a gusto y sonriente. Pero cuando volvió a coger mi mano para conducirla de nuevo hasta su vientre, me quedé estupefacto e inmóvil, muy parado, sin saber que hacer mientras mis ojos se esclarecían ante aquella realidad. Mi asombrada mente recuperaba la consciencia poco a poco y alejándose cada vez más de un posible último sueño tomaba conciencia de la palpable situación.
Contuve la respiración, porque aunque Laura aparentemente no se movía, parecía retozar levemente como un bebe en su cuna. No me atrevo a asegurar si realmente estaba tan despierta como yo o se había quedado en un trance onírico perezoso, deseosa de que no acabara la noche.
No me lo podía creer ¿qué había ocurrido durante las horas nocturnas? Nos habíamos acostado separados por lo menos a un metro de distancia, cada uno con su manta y ahora estábamos pegados. No podía recordar nada, hacía tiempo que no dormía de un tirón tantas horas seguidas. El fuego estaba totalmente apagado y tan solo las mochilas se apoyaban contra la pared tal y como las habíamos dejado.

Intente separarme de sus cálidos glúteos apoyados bajo mi vientre con un movimiento casi imperceptible. Lo hice muy levemente, tan solo unos milímetros, para que cesase el contacto físico sin despertarla. Pero Laura retrocedía al mismo ritmo como atraída por el calor. Lo intenté de nuevo, más despacio todavía, pero volvía a suceder. De repente su mano se movió hacia atrás y se posó contra la parte trasera de mi muslo, amarrándome. El olor de sus cabellos pareció airearse inundando toda la estancia embriagándome las pituitarias. El frío del alba estaba tornándose en un cálido amanecer y comencé a percibir los latidos de mi corazón en el pecho y en los pulsos de las sienes. Su ritmo se agitaba entre el nerviosismo y la indecisión. Sentía el fluir de la sangre, pero temía un despertar de Laura impredecible. Entre mis piernas se empezaba a manifestar un abultamiento incipiente. Estaba confuso no sabía si ella era tan consciente como yo de lo que estaba pasando o por el contrario solo la sugestión propia a la que soy propenso me hacía imaginar aquello. Por sorpresa, creí oír desde fuera de la casa lo que me parecieron unos pasos y casi de inmediato la puerta metálica del refugio chirrió.

-Buenos días es suyo el coche que hay ahí fuera-. Al darme la vuelta el forestal me reconoció- ¡Hombre Jesús! ¿Qué le han pasado a tus cuatro ruedas?-
El forestal nos bajó hasta el pueblo tras la grúa. No daba crédito a que los gamberros hubiesen llegado ya hasta Palomera. Eso era más propio de otras zonas de escalada, montaña o descenso de barrancos ya masificadas, donde los ladrones esperan escondidos a que abandones el vehículo calculando con precisión cuantas horas te costará volver. Así ellos pueden operar con tranquilidad y sin agobios. Tampoco gastan excesiva profesionalidad. Rompen un cristal y ya tienen todo abierto para “trabajar” a sus anchas. El forestal no comprendió que lo nuestro pudiera ser algo más que una gamberrada. Parecía no escuchar nuestro relato y nuestras insinuaciones cayeron en saco roto.



X
-Menos mal que no ha habido últimas voluntades, la carta que apareció en la mochila de Gabriel y que requisó la policía solo era una factura de los últimos pies de gato que se había comprado vía web. Seguro que los estrenó aquel día. ¡Maldita sea la dichosa escalada!- me dijo Tomás con cara de fastidio cuando me lo encontré al salir del taller. Le pregunté por el estado de los trámites legales y la resolución definitiva del informe del forense.
Él había ido a cambiar el aceite del motor de la autocaravana de Gabriel.  Le estaba cogiendo gustó al hecho de salir todos los fines de semana con el grandioso vehículo heredado de su hermano.
-Parece ser que la hipótesis que aceptan como más probable es la de accidente fortuito inesperado, así que creo que no hay nada que hacer- Ahora tenemos otros problemas con la gestión de sus propiedades, el otro día unos traficantes ocuparon su chalet y tuvo que intervenir la Policía, pero huyeron por el garaje. Las cerraduras no estaban forzadas y hemos tenido que cambiarlas todas. ¿A saber a quién le dejaría Laura las llaves?-
-Laura solo ha sido una víctima más de la pérdida de Gabriel, no la culpes de lo que está pasando, no tiene nada que ver. Ella también ha sospechado que aquello no fuera un mero accidente. Cree que unas piedras movidas y unas marcas que hallamos en una cornisa por encima de donde encontraron su cuerpo fuesen la causa de su caída, puede que alguien las lanzara contra él-. Le conté que estábamos indagando algunas pistas, pero Tomás parecía asombrado, no encontraba la absurda relación entre una y otra causa.
-Estamos yendo todas las semanas a Palomera para ver si averiguamos quién es el que nos reventó las ruedas y porqué lo hizo-.
Al despedirnos el teléfono móvil volvió a vibrar en mi bolsillo. Me había entrado un nuevo mensaje. Era de  Jaime. “¡Qué pesado! ¿Qué querrá otra vez?- pensé .

“Mañana voy a probar la vía, por si has cambiado de opinión y todavía te apetece ;-) ”

No quería contestar. Deseaba pasar desapercibido, que nadie nos molestase. Pero ya lo había leído y como habíamos quedado con Laura para explorar la cueva y era posible que nos viésemos, no tuve más remedio que excusarme diciendo que iría con ella para dar una vuelta precisamente por allí.

XI
Algunos clasifican la desconfianza como una de las principales actitudes causantes de la infelicidad, cualidad impropia de personas sanas y alegres. Los expertos en autoayuda aconsejan que para conservar las buenas amistades y una correcta sintonía con los demás es necesario confiar en la gente. Yo intento hacer caso a estas recomendaciones e incluso me esfuerzo por creer que son muy válidas para alcanzar la paz con uno mismo, porque, en realidad, yo padezco la desconfianza como una enfermedad cuyo trastorno psicológico no alcanzo a precisar a qué edad empezó a manifestarse en mí ni donde fue la primera vez que dudé de quién me llamaba amigablemente. Quizá desde que nací o cuando dejé de ver la abeja Maya y empecé a escuchar las letras protesta de los grupos de música a los que todavía sigo y de los que aún soy fan. Porque todo aquello también nos lo debieron enseñar nuestros padres y porque además de Willy, Flip y la señorita Casandra en la famosa serie de dibujos animados también estaban la araña Tecla y el Avispón. Pero ahora, a mi edad, desearía curarme por completo ya de este demonio que llevo dentro y que me impide ser compasivo. Desearía sonreír más de lo que lo que habitualmente hago, mostrarme con un tono más amable cuando me dirijo a los demá, utilizar un lenguaje menos mordaz e irónico y conseguir conservar unas relaciones personales más profundas, sanas y duraderas. Pero también es cierto, que de nada me ayudan a la curación aquellos que me dan la razón con sus actos cuando surge en mi interior un mal presentimiento o percibo un pensamiento malintencionado que llega a materializarse en una traición. Sería mucho más fácil si los ataques de duda se disiparan como absurdos que son, cuando el tiempo terminara por demostrar que no hubo premeditación, ni alevosía y que la maldad que mis pensamientos habían cultivado, dando lugar a la sospecha, solo fueron imaginaciones mías. Incluso podría llegar a ser una curación definitiva y completa ver como a nivel global la humanidad alcanzaba ese nivel de sinceridad y fidelidad tan deseado y necesario entre iguales donde sobrarían controladores, vigilantes, militares, policías, jueces y carceleros. Nadie obraría de mala fe contra otros y sería innecesaria la parte opresora del estado y los regímenes sancionadores, por fin ninguna persona tendría motivos para sentirse inseguro.
Pero desgraciadamente algunas me devuelven a mi dolorosa rutina llena de suspicacias: una trama de corrupción donde los políticos detraen dinero público para sus propias arcas particulares y donde se deduce que está metido hasta el máximo representante del estado y gran parte de su familia guardando el dinero sustraído en paraísos fiscales; una red de narcotraficantes donde se encuentran policías implicados que sirven de tapadera; un grupo de guías espirituales de nuestra más popular religión donde se promulgan el amor y respeto según la doctrina de cristo mientras algunos se hallan metidos en asuntos de pederastia; mi jefe que planificó una suspensión de pagos porque decía que la empresa estaba arruinada, juato antes de irse de vacaciones a las Bahamas, dejándonos a su encargado, como delegado sindical, intentando que no protestemos mucho porque nos podía ir peor, no cobrábamos desde hacía tres meses y me mantuve firme para no aceptar un expediente de regulación de empleo injusto, cuando me di cuenta que mis compañeros habían firmado ya y era yo el único que se iba al paro y por fin estaba Jaime del que hacía tiempo que intuía que solo me invitaba a escalar las vías más difíciles donde siempre me tocaba a mí el largo más peligroso. Jaime le había vendido también un piso a mi hermana y después de sellar el trato le desmontó hasta los muebles de la cocina.
Este tipo de noticias, comentarios y pensamientos macabros me hacen polvo el cerebro y no me permiten bajar en ningún momento la guardia, que tanto daño me hace mantener siempre activa. Me obliga a estar constantemente en tensión, con la mandíbula apretada, esperando ver dónde se esconde el entuerto engañoso de un trato o una proposición, porque presiento que voy a tropezar y me la van a dar. Sé que tendré que buscar un especialista que me ayude a superarlo, pero lo gracioso es que, en mi estado mental, tampoco confío en ninguno porque no los veo capaces de curarme, así que no sé cómo voy a conseguir sobrevivir en este mundo sin volverme loco.
No, no me fiaba de Jaime ni lo más mínimo y presentía en las palabras de nuestra última conversación que no le hacía ninguna gracia que yo saliera ahora al monte con su ex, a pesar de haber tenido entremedio una dolorosa relación con Gabriel, pero aun así me daba miedo cuál podría ser su reacción.

Aquella mañana amaneció demasiado fría para estar todavía a principios de septiembre. Arranqué mi coche y con los neumáticos nuevos recién instalados me acerqué a recoger a Laura a Calamocha. Cuando llegamos a Palomera el paisaje estaba tan limpio y desierto como siempre. Esta vez no dejamos el coche al lado del refugio, sino que lo escondimos tras un denso bosque de matorral alto sobre una vaguada oculta por la que no pasa nadie.
Llegamos a la cueva con el material necesario para descender. Antes de introducirnos en ella echamos un último vistazo al horizonte para comprobar que no venía nadie por la pista y encendimos nuestras lámparas frontales para iniciar el descenso y la exploración.
Colocamos unas chapas, tipo plaqueta, encajadas en la parte saliente de las espigas roscadas de los parabolts que habíamos encontrado dos días antes y anudamos allí la cuerda.
Descendimos a rápel con cuidado. No había nada más de cinco metros de bajada, donde una sala estrecha y alargada constituía el piso inferior.
Cuando llegué al suelo, Laura ya había comenzado a explorar. Observaba maravillada la cantidad de cosas que se apilaban sobre los rincones de la cueva, donde unas losetas servían de aparadores:
Una bolsa grande con pastillas de colores, grandes fardos de un polvo blanco que a la luz del frontal tenía un aspecto escamoso y brillante, varios botes blancos cuyos nombres terminaban en ina y de los que solo recuerdo el de fenacetina en polvo, una pistola Glock, una envasadora al vacío para empaquetar, una batería de coche y un inversor, imagino que para conectar la envasadora con cientos de bolsitas de plástico transparente metidas en una caja.

Mientras nos asombrábamos como un espeléologo novato recién estrenado en la gruta de las maravillas, abrumados por el cuantioso arsenal psicotrópico y narcótico  escondido en aquella cavidad y muy nerviosos por la peligrosidad del asunto, creímos oír un ruido en la parte superior de la sima, como si alguien estuviese arrastrándose por la estrecha entrada. Rápidamente apagamos nuestros frontales y esperamos en escrupuloso silencio para comprobar que era lo que había entrado allí. Yo rezaba por que fuese un zorro en busca de comida o cualquier otro animal, pero al poco la cuerda se movió, casi al instante un haz de luz penetró descendente por toda la grieta iluminando el suelo con un irregular círculo desdibujado por la protuberancias de la roca. Yo intenté apartarme a un lado para no ser visto pero con tan mala suerte que tropecé en un bloque provocando un ruido considerable capaz de oírse arriba y fue entonces cuando oímos la voz:

-¿Quién anda ahí?-
Fue algo muy rápido, todo pasó en medio segundo, no sabíamos dónde meternos. Nos iba a pillar de todos modos así que reaccione de aquella manera tan vulgar y poco coherente, gritando al más puro estilo americano:
-Alto ahí Policía, deténgase, queda usted arrestado-.
Yo esperaba un tiroteo, piedras cayendo, luces alumbrándonos sin escapatoria y nuestro terrible final. Así que abracé a Laura y nos acurrucamos lo más arrinconados posible bajo una grieta ciega que se cerraba bajo el techo. Fue entonces cuando oímos caer los mosquetones al suelo tras la cuerda que habíamos amarrado y volvimos a escuchar el arrastrar de la ropa a través de la rendija de entrada. No cabíamos en nuestro asombro, nos había dejado allí atrapados como unos simples ratoncillos caídos en una jaula. Pero -¿A dónde habría ido? Sin duda alguna a por algún instrumento para acabar con nuestras vidas sin dejar ni rastro.
Estábamos tan aterrorizados que no podíamos casi ni hablar. -¿Quién nos mandaría a nosotros meternos en aquella gruta?
Lo cierto es que no nos quedaba otro remedio que intentar escapar de allí, así que me encordé al arnés y pedí a Laura que me asegurará con el ocho, como en los viejos tiempos. Con los cordinos que llevaba en bandolera intentaría poner algún seguro de nudos empotrados y puentes de roca. La verdad es que solo eran cinco metros de escalada y la estrecha chimenea ofrecía varios pasos de empotramiento que no resultaban muy difíciles de superar. Lo único que restaba era pedirle a la suerte que el intruso no volviese mientras escalábamos hacia la salida, así que mis plegarías hacia la diosa esperanza se dirigieron con esa petición. Cuando llegué arriba aseguré la cuerda para que subiese Laura lo más rápido posible. En poco más de un minuto estábamos los dos asomados a la puerta vigilando recelosamente y con cuidado para comprobar que nadie estaba apuntándonos para dispararnos nada más salir. Vimos a alguien corriendo ladera arriba hacia el cable, era un individuo que se volvía de vez en cuando hacia nosotros. Sin duda había salido huyendo quizá por miedo a que llamasen por radio a más efectivos policiales que pudieran acorralarlo.
Sin saber por qué, con instinto animal y contagiados por la innata reacción de perseguir al que huye, nos lanzamos tras él como ignorantes.
Al poco de comenzar nuestra ridícula persecución, él ya había comenzado a subir por el cable y cuando nosotros llegamos a la base le habíamos perdido de vista.

Para nuestra mayúscula sorpresa, al llegar al paso clave, el presunto delincuente había soltado el cable de la pared y volvíamos a quedarnos de nuevo atrapados, sin conexión para seguir subiendo.
Para entonces ya nos había reconocido y estaba observándonos divertido desde una cornisa superior.

-¡Carambra! si son mi parejita feliz. Qué Laurita ¿Ya se te ha acabado el luto o le ponías los cuernos a Gabriel antes de su muerte?

-Walter ¿fuiste tú? ¿Cómo has podio? Canalla, traidor- contestó Laura desconsolada y rabiosa.

-Fue un asesinato muy limpio ¿no? ¡Cabrón!- dije yo gritándole desde abajo -Sin dejar rastro de agresiones, que todo pareciera un accidente. ¿Quién te asesoró? ¿Algún criminólogo tan corrupto como tu padre?-
-Jajaja, a mi padre no lo metas en esto, bastante tiene con aguantar a sus colegas de partido, que están saliendo imputados como moscas. No me caía nada bien ese hermanito mayor de Tomás, que me llamaba cuñado y que quería parecer nuestro colega y a la vez nuestro padre. Tú tampoco lo querías mucho últimamente ¿no? Laurita. Estaba claro que tenías mal follado a Gabriel y por eso quiso entrometerse en asuntos que no le importaban. Yo solo le dije que me enseñara la cueva, pero no que volviese a husmear en su interior, por eso le pasó lo que le pasó, por curiosón y ahora os va a ocurrir a vosotros lo mismo- gritó- Y dejó caer contra nosotros un enorme bolo que chocó contra la cornisa en la que nos hallábamos los dos. No nos dio de milagro pero notamos en los pies el fuerte temblor de la pared y el olor a piedra quemada por el estallido contra la roca. Nos agazapamos contra la tapia bajo un pequeño saliente y el segundo bloque arrojado golpeó contra nuestra pequeña mochila arrastrándola al vacío, perdiendo nuestros teléfonos móviles y la única botella de agua que habíamos cogido. Walter estaba intentando buscar un mejor ángulo con el que alcanzarnos, estábamos atrapados, tarde o temprano nos golpearía tal como hizo con Gabriel.
Oímos un grito más arriba, no era la voz de Walter. -Pero que haces tirando piedras ¿estás loco?, puedes darle a alguien que esté caminando o escalando más abajo-. Era Jaime, que había venido a rapelar su vía para aprenderse los pasos, probando a subirla de segundo autoasegurado para ensayarla.
Laura conoció su voz y grito -¡Socorro Jaime ayúdanos nos quiere matar!-
Jaime que no se había percatado de que realmente hubiera gente en la repisa inferior, al oír los gritos de auxilio venidos de abajo, se asomó y nos reconoció, comprendiendo la gravedad de la situación. Es cierto que por Laura sentía un profundo desprecio. Después de que acudiera a aquella clínica dermoestética para aumentar ligeramente sus pechos por recomendación suya y como regalo de cumpleaños para que así se sintiera más guapa, más mujer decía él, se había fugado con Gabriel y le reconcomía ver ahora desde arriba sus respingones tres mil euros abultando desde dentro de su camiseta. Todo el morbo que antes hubiera podido producirle se había convertido literalmente en rabia, y por eso deseaba más bien que se fuera al infierno antes que ayudarla.
Pero en vez cometer un delito por omisión de socorro, negándonos el auxilio prefirió, cantarle un “Ojalá no te hubiera conocido nunca” y cogió su teléfono dispuesto a llamar al 112 y a los Greim.
Walter sacó una pistola, apuntó hacia arriba y disparó, por suerte al cielo, para ahuyentar al intruso, que se retiró andando en péndulo por la pared  quedando a salvo de las balas que aún no había querido utilizar contra nosotros ni utilizó contra Gabriel para no dejar rastro del asesinato consumado.
Walter comenzó entonces a correr lateralmente por la repisa desde donde había cortado el cable para conseguir diferentes ángulos de visión y tenernos a los tres a tiro. Estaba muy alto y los pasos por la cornisa a menudo eran muy estrechos, así que debía agarrarse a la piedra con una mano y con la otra sostener la pistola preparada para disparar. Cuando llegó a un cruce con la canal norte volvimos a tener contacto visual con él, pero la cornisa se cerraba un poco más adelante fusionándose con la pared, cuestión que quizá Walter no tuvo en cuenta, como tampoco pensó en la sorpresa que le esperaba tras el espolón siguiente. Entre los gritos y los choques de las piedras arrojadas contra las rocas hacia el abismo y también los disparos de su pistola, varias cabras se habían ido apartando hacia atrás intentando protegerse al final de la repisa, pero llegó un punto en el que no cabían todas allí, las cabras intentaban encaramarse pared arriba y Walter seguía buscando esa posición favorable desde la que atacarnos para no dejar testigos. Un choto de cabra perdió el equilibrio y a punto estuvo de despeñarse  cuando se agarró con las patas delanteras a un guillomo que crecía en una grieta. El macho cabrío que dominaba la manada, se plantó en la cornisa con intención de escapar por donde estaba Walter que nos miraba intentando apuntar de nuevo para disparar. Tan pronto como oyó los pasos del animal se volvió para ver que ocurría pero sin dar tiempo a reconducir su bala, el macho cabrío se abalanzó a la carrera contra él chocando sus enormes cuernos abiertos en forma de corazón contra su delgado cuerpo, que se precipitó inevitablemente al vacío gritando aterrorizado, hasta que entre los primeros choques contra las piedras y los espeluznantes crujidos de huesos, astillados como tablas de madera seca dejó de oírse su desgarradora voz.
Laura estaba sollozando apoyada contra mí y al poco rato apareció Jaime que rapelaba con sus cuerdas hacia nuestra cornisa.
Cuando volvieron a llamar los de emergencias para pedir su ubicación, aseguró que había un accidentado probablemente muerto por una caída de escalada.
-Hay que denunciar todo lo que hemos visto- propuso Laura- seguro que se destapa una gran red de narcotráfico y así se esclarecerá de una vez por todas el terrible asesinato de Gabriel.

Intenté convencerla de que eso no nos serviría de nada. Habíamos perdido lo que más nos importaba y el asesino había recibido su merecido.
Aunque Laura tenía razón, porque nuestro deber como ciudadanos era denunciar el delito que conocíamos, insistí tanto que llegué a convencerla de que lo mejor para todos era el silencio. En realidad, volví a ser un cobarde. No tengo la suficiente valentía para afrontar los problemas cara a cara, me faltan agallas. Protesto, pero tengo miedo de meterme de nuevo en líos. Para mí siempre es preferible dejar pasar las cosas, aunque sienta una ira incontenible por dentro contra quienes me están intentando oprimir. Pero le tengo miedo a la gente, a la Justicia y a la Policía, y doy mil rodeos para evitar un conflicto directo. Prefiero vivir aislado y siempre huyendo a decir lo que me molesta a la cara. Para nada me apetecía empezar ahora con otra suerte de juicios que nos llevaran a un proceso con dos mil folios de sumario. ¿Qué íbamos a ganar nosotros con eso? Probablemente nos viéramos envueltos en una serie de nuevas amenazas incluso de muerte solo para que el Gobernador Civil, que acababa de perder a un hijo, no se viera envuelto en una trama de narcotráfico que pudiera manchar su imagen.

La pistola que jamás encontraron, quedó probablemente encajada en una grieta y respecto del contenido de la cueva, bien sabría Juan el pastor qué hacer con él, porque probablemente era conocedor ya de su existencia.

Estaba muy claro que con Jaime me equivoqué. Quizá volví a personificar en él  a ese enemigo constante que mi mente necesita inventar. Un personaje diablesco a quien poder echar las culpas de todo lo que me pasa. Una rutina mental despreciable que he debido estar cultivando sin darme cuenta durante muchos años. Cuánto daño derramado. En vez de agradecer su presencia junto a mí, aunque fuese a su modo, yo le había despreciado en silencio y él había venido a salvarnos la vida.




VOLVERÁS EN NOVIEMBRE

1
            Cuando el comisario Álvarez llamó a mi puerta yo estaba preparándome para una ducha como las que solía darme después de salir a correr.
Venía para preguntarme si había visto algo que pudiese resultar relevante sobre el asesinato en nuestra propia calle hacía ya cinco noches.
Yo esperaba que viniesen, tarde o temprano, puerta por puerta, a fin de sonsacar más detalles y recabar datos sobre la víctima y el posible asesino. Ellos no tenían acceso directo a los rumores que se hablaban en los corrillos silenciosos del vecindario. Nadie había visto nada aquella noche o por lo menos eso me dijo. Le invite a pasar a pesar de estar vestido ya con el albornoz y le ofrecí un café, pero se negó agradeciéndome la hospitalidad. Sólo estaba teniendo una primera toma de contacto con todos los que vivíamos en el barrio, por lo que deduje que volvería.
-Dígame solo una cosa, señor Aguirre. La noche de autos ¿Oyó usted algún disparo o algún ruido extraño, no sé, un grito, un coche a gran velocidad o cualquier otro movimiento que pudiera ser sospechoso?
Negué moviendo la cabeza con expresión de ignorancia sin saber que contestar.               -Hoy solo he venido a presentarme, vamos a estar unos días investigando por el pueblo y puede que se les cite a declarar, sólo por descartar, es sin ánimo de molestar a nadie, pero por favor si van a salir de viaje les ruego lo comuniquen al cuartel de la Guardia Civil, llamando a la comisaría de Policía o a mí personalmente. Tome, aquí tiene mi tarjeta, para cualquier cosa puede llamarme a este teléfono.
Pasé toda la tarde pensando en la situación. Las cavilaciones me quitaban el sueño, el barrio entero estaba conmocionado, solo se hablaba por lo bajo, mirando de soslayo, como si la gente estuviese paralizada por el miedo.
Los demás agentes iban por otros portales pero a mí siempre me tocó el comisario Álvarez. Sus frías preguntas, aparentemente indiferentes, se repetían en mi mente.
Parecía despistado como si aún no hubiese hallado ningún rastro. Todos sabíamos que la víctima estaba muy relaciona con la delincuencia y el mundo de las drogas.
¿Por qué la policía no seguía esa línea de investigación? ¿Acaso ellos no estaban al corriente de esto? Deberían saber el estilo de vida de cada ciudadano y a qué se dedica, para eso les pagan ¿no?
Cualquier persona del vecindario había visto incontables personajes extraños trapicheando con la víctima. No era un embrollo muy difícil resolver. El móvil más probable que se barajaba era un ajuste de cuentas entre traficantes, pero ¿Quién sabe? Los delincuentes no acostumbran a pasar por los juzgados para solucionar sus querellas, tienen su propio código penal. En su funeral no hubo manifestaciones multitudinarias como cuando asesinan a sangre fría a alguién, esta vez nadie salió a la calle pidiendo justicia para vengar a un personaje tan pendenciero. Aún así, la gente estaba intranquila, había ocurrido en la misma acera frente al kiosco, una noche cualquiera, en un callejón cualquiera y eso dejaba al descubierto la desprotección a la que todos estábamos sometidos, sobre todo porque se intuía que la policía no iba a encontrar nunca al asesino y al final el caso se daría también por sobreseído.


2
-Es usted el candidato perfecto, posee unas cualidades y una experiencia que me hacen pensar en uno de los mejores directores que va a tener este Centro, además en los tiempos que corren necesitamos a alguien de fuerte carácter y con la plena convicción de que va a ser firme en sus decisiones, alguien comprometido con la legalidad y que no admita saltarse la normativa. Usted conoce tan bien como yo, como algunos de sus compañeros…
-Perdone que le interrumpa, Señor Inspector, le agradezco el ofrecimiento, pero he de confesarle que no me interesa el cargo. La verdad es que estoy pasando una etapa delicada de mi vida en la que no deseo enfrentamientos con nadie y mucho menos con mis compañeros, tengo bastante con mis propios problemas personales.
-Ya veo Sr. Aguirre, pero en este caso debe primar el interés general, debemos dar prioridad a la continuidad del Centro, necesitamos a alguien como usted y créame, no quedan demasiadas alternativas, los que son válidos para el cargo ya han cumplido con su deber en nombramientos anteriores y no querrá que repitan cuando también han manifestado su deseo de no volver a ocuparlo.
Me encogí de hombros como si aquel no fuese mi problema
-Yo no soy Jesucristo ni William Wallace-pensé.
Él continuó:
-Esta vez le toca a usted hacerse cargo de la función directiva, que por otra parte he de confesarle, por experiencia propia, que es algo muy gratificante. Ha llegado su momento para poder demostrar que esta Institución puede llegar a lo más alto. Es ahora su tiempo para desarrollar una línea propia de actuación, cambiar aquellas cosas del pasado que siempre deseo mejorar, cultivar un terreno del que a largo plazo obtendremos grandes frutos y de los cuales podrá estar usted muy orgulloso, sentir que ha aportado algo grande y valioso para la sociedad, crecer como persona y como profesional. Estoy seguro que dentro de cuatro años me dará la razón y quizá deseé volver a repetir, porque estoy plenamente convencido de que usted va a disfrutar ahí y se llevará consigo la gran satisfacción de un trabajo bien hecho.
-De verdad, Sr. Inspector, le agradezco sus palabras, pero yo, en realidad, no deseo el cargo, no me interesa. Nunca me esforcé para llegar a ser director, yo quiero seguir  haciendo mi trabajo actual, las tareas que he venido desarrollando hasta ahora. Sólo deseo seguir dando clase a mis alumnos, esa es la única parte de mi profesión con la que disfruto realmente, si piensa que me está haciendo un favor, se equivoca, para mí este nombramiento llega como un gran castigo sin argumentos.
-Sí, pero alguien tiene que ser, no puedo admitir su negativa, lleva más de 15 años destinado en este Centro y todavía no ha pertenecido nunca a ningún equipo directivo, alguna vez tiene que tomar las riendas usted, además no es tarea gratuita, tendrá una reducción horaria de nueve horas y una retribución extra de trescientos euros mensuales, sin contar con la satisfacción personal de la que ya le he hablado, un ascenso en su carrera profesional es lo más grande a lo que puede aspirar un trabajador. A partir de ahora ya no va a tener jefe, porque va a ser usted quien mande.
-No deseo cobrar más dinero, estoy bien así y no tengo aspiraciones a gobernar nada. Una responsabilidad de este calibre va a caer sobre mí como una losa que degenerará en un problema de salud mental. Tengo antecedentes de familiares cercanos con circunstancias parecidas que lo han pagado muy caro, hereditariamente somos muy sensibles al estrés y muy nerviosos y no debo anteponer mi trabajo a mi salud. No lo haga, se lo suplico, conmigo solo encontrará problemas. No voy a colaborar, sepa usted que estoy dispuesto a hacer cualquier cosa por librarme de esto y le haré directamente responsable de todo lo que pueda ocurrirme derivado de esta opresión a la que intenta someterme. No podría Ud.-dije rebajando el tono- buscar a alguien a quien pudiera causar menos trastornos este cargo, yo no voy a poder con él.
-¡Es lo mismo que me han dicho todos! Usted también quiere eludir la obligación, hoy día no hay nadie con el suficiente arrojo como para coger el toro por los cuernos, en mis tiempos esto era recibido con gozo, entusiasmo e incluso agradecimiento, pero debo advertirle de que mi deber hoy es salir de aquí con un director.
-¡Entonces porque no solucionan ese problema!- protesté airado- Está claro que si nadie quiere ocuparse de esto es porque el peso de responsabilidad que conlleva no compensa con las cuatro migajas que ofrecen a cambio. ¡Suban la apuesta! A alguien le resultará suculento y seductor. Incrementen los complementos salariales, reduzcan la jornada, ofrezcan premios, un año sabático… ¡Yo que sé! pero no venga a amenazarme porque no encuentra a nadie. Yo no deseo nada más que paz y tranquilidad, a mí no me interesa el dinero. No deseo ningún premio que me haga ser diferente a mis compañeros. Nos recortaron el suelo y después lo congelaron, nos subieron la jornada, nos quitaron la paga extra, suprimieron de un plumazo los derechos laborales conseguidos en décadas de reivindicación social y ahora como recompensa quiere condenarme a un puesto que nadie desea. Si quiere salir sin cargos de conciencia deje el Centro sin director, todo el mundo hará lo que debe hacer sin necesidad de que se lo ordenen, sabremos organizarnos, estoy seguro, pero no pretenda encontrar un reo que colabore con su verdugo- terminé diciendo en un tono muy poco apropiado ante un superior.
El inspector me miró distante y contrariado quedando unos instantes en silencio y al fin dijo muy frío y aparentemente tranquilo:
-Solo se lo digo por su bien,  pero la orden la firmará el Director Provincial. El Estatuto Básico del Empleado Público establece como falta muy grave la desobediencia abierta a las órdenes de un superior, así que le ruego medite su situación y vaya haciéndose a la idea de lo que le va a tocar dirigir. Le aconsejo que lo reconsidere, lo llevará mejor si acepta e intenta trabajar a gusto con él. Sólo de ese modo, podremos descartar situaciones embarazosas para ambos.




3
Era imposible asistir a las dos citas, por eso aquella mañana mis plegarias hacia la nada se concentraron en pedir que se aplazara una de ellas. Mis amigos Jaime y Rodri habían planeado una escalada al Morrón de Bordón y yo había prometido a Laura que ese fin de semana pintaríamos el comedor y la cocina.
Me sentí un incomprendido, ellos habían decidido ir a escalar con o sin mí a pesar de mis suplicas y yo me debatía en un conflicto de compromisos. Deseaba reprocharles no esperarme, pero no podía, a pesar de todo eran mis colegas y a los amigos hay que cuidarlos.
Abstraído y con desgana metía el rodillo en el bote de pintura. Soñaba que estaba frente a la grieta en la que vi ascender sin éxito a Rodri con sus cuñas, teniendo que bajarse de una que aún permanece allí empotrada. Conozco esa fisura por eso le tengo tanto miedo. Me había estado preparando física y psicológicamente para enfrentarme a ella. Sabía que era muy dura, pero también sabía que tenía una mínima posibilidad de liberarla si el ambiente y mi decisión me eran propicias. Aquel día reunía todo lo necesario. No solo por la temperatura y el sol, sino por la compañía con dos de mis mejores “coaches” y compañeros de cordada.
Conforme avanzaban las horas se afirmaba la posibilidad de que a pesar de no acompañarles habían partido hacia el Morrón y aunque resignado, yo creía que aún podría ocurrir el milagro de aplazarlo. Tanto recé que se me pasó estar al tanto del teléfono y me oculté de lo que podía estar ocurriendo. El caso es, que cuando me confirmaron que ya habían empezado a subir, era ya tarde para ir y no pude tomar una decisión acertada porque sentía que cualquiera de las dos me conducirían al fracaso. Me dejé llevar arrastrado por las agujas del reloj, no pudiendo evitar que mi mente viajase de un lado a otro, sin lograr detenerse más de tres segundos allí donde permanecía mi cuerpo. Cuando vi la foto que desde la cumbre me enviaron, lejos de alegrarme como correspondería a un buen amigo, la envidia me corroyó por dentro.
No creí que el golpe contra el cristal pudiese romperlo por completo, pero así son los ataques de ira. Cuando te das cuenta de lo que has hecho es tarde para arrepentirte. Si los nervios se apoderan de mí, cualquier cambio de planes que ahogue mis deseos de libertad o una intención que pueda parecerme injusta me desatan una furia incontrolada.
Mi falta de capacidad para la negociación y el diálogo al intentar interferir en los planes de mi esposa hiriendo su sensibilidad al demostrarle que prefería la compañía de ellos ante la suya, había convertido la mañana en un debate espeso y absurdo que me remordía por dentro. Puede que sea una enfermedad, una droga de fuerte adicción, un potente síndrome de abstinencia, pero mis escaladas han venido siendo desde hace años mis únicas vías de escape a la realidad. Una alternativa a la opresora rutina del día a día, una llave de la puerta trasera de cualquier agobio.
Aquella vez lo necesitaba como nunca. Era nuestra primera ascensión a la cumbre más representativa del Maestrazgo. El Morrón de Bordón. ¡Cuántas veces había deseado pisar su cumbre!  Plantarte sobre él significa convertirte en viento, deslumbrarte con las celestes aguas de Santolea, dominar la lejanía hasta la provincia de Castellón y sentir que sobrevuelas la tierra del Bajo Aragón.
Sé que aquel no fue el comportamiento lógico de una persona civilizada, que una reacción violenta, aunque sea contra un objeto, puede ser entendida como una agresión hacia los sentimientos de otra persona. Sé que me comporté como un niño enfadado que patalea. Como un desequilibrado. Sé que esos sentimientos son egoístas, miserables y mezquinos, pero aún así la sinceridad no me hace mejor persona.
Cuando ocurre todo esto me siento derrotado, me doy asco a mi mismo y quiero desaparecer. La culpabilidad cae sobre mí como una espesa y fría escarcha que me nubla el pensamiento y comienza una agonía que no se me va ni cuando arranco a llorar. Sólo el dormir tras un cansancio extremo haciendo deporte o una larga y acelerada caminata por senderos escabrosos, pueden darme algo de alivio, hasta que el arrepentimiento logra hacer las paces con mi corazón relajando la tensión mental poco a poco. No estoy bien, lo sé, necesitaría la ayuda de un especialista, pero después de tantos años sigo sin confiar en ninguno de ellos.
Lo peor de todo es que aquella vez, añadido al fuerte estruendo de la caída de cristales y al derramamiento de lágrimas en los ojos de Laura, hubo un profundo corte en mi mano derecha que sangraba profusamente con un alarmante rojo oscuro, al poco de abrirse en la piel un amplio surco de labios anaranjados. Me apreté en la muñeca con la izquierda y goteando por las baldosas salí de la cocina hasta el lavabo. Laura asustada vino en mi auxilio y me pidió que le enseñase la herida. Solté mi mano y se la cedí tapando mis ojos más de vergüenza que de dolor. Me regañó llamándome la atención por lo que había hecho, pero compadeciéndose y apiadándose de mí, me lavó la herida e intentó contener la hemorragia con una venda. No paraba de sangrar, se empapaban las gasas al instante, así que Laura, a pesar de mis rogativas, decidió llevarme al Centro de Salud.
El médico me dijo que no me había tocado los tendones de milagro y justificó lo aparatoso de la herida diciendo que los cortes en la mano son muy escandalosos por la cantidad de capilares que terminan en ella. Mientras me cosían, pidió a Laura que saliera para hablar con él. Yo estaba más inquieto por lo que pudiera preguntarle que por los pinchazos de los puntos.
Cuando la enfermera terminó de vendarme y me colocó el cabestrillo, el médico nos dio un volante para acudir al hospital de Teruel, -sólo por descartar- dijo.



Palomera fue nuestro primer paraíso y también el principio de nuestro infierno. Un lugar para soñar en los albores de nuestra vida escaladora y amorosa y el terrible escenario de la pérdida de un gran amigo. Dieciséis años después, Laura y yo habíamos perdido casi por completo ya, la tenue pasión de nuestros primeros encuentros, fruto de los cuales había nacido nuestra única hija, que en plena adolescencia nos estaba martirizando con sus comportamientos, contestaciones y variados problemas juveniles. Aun así hubiésemos dado la vida por ella, era un encanto y sobretodo nuestro motivo principal por el cuál seguir luchando juntos. Dicen que hay quince momentos para ser feliz en la vida, yo al menos había gastado dos de los más importantes. Uno de ellos fue su nacimiento el otro, casi acto seguido en el tiempo, aprobar las oposiciones a Profesor de Enseñanza Secundaria.
Muchas personan piensan que los escaladores somos gente dedicada al vagabundeo que aparentan algunos de los más apasionados por este deporte, pero en realidad la mayoría de nosotros tiene una vida normal paralela, con trabajo, familia, hipotecas… en fin circunstancias mundanas que hacen nuestra existencia a veces insatisfecha, a veces oscura, otras con inmensa felicidad aunque sea bastante fugaz.
En realidad, yo siempre quise escapar, vivir como vivió mi viejo amigo Gabriel, volar y volar sin parar, abandonar la rutina para entregarme por completo a la vida natural en cualquiera de los pequeños pueblos del Maestrazgo, disfrutando de sus paisajes y de su eterna tranquilidad, de las tenues luces de sus calles, de las escasas chimeneas humeantes y la magnífica silueta de sus crestas rocosas recortada contra el anaranjado crepúsculo de noviembre. Su inmensa paz, su amable gente acogedora, sus impresionantes paisajes de valles encañonados y fértiles huertas que me llamaban para no marcharme pero me faltaba el valor para enfrentarme a las garras del atroz materialismo que necesita de una rutinaria esclavitud hacia el trabajo remunerado y su pequeña dosis salarial adictiva. Solo algunos cortos periodos de tiempo me permitía el lujo de acercarme a alguno de estos pequeños núcleos prácticamente deshabitados para quedarme a vivir allí un fin de semana, acaso algún puente largo, pero todo para al final terminar haciendo caso a mi vana obligación de volver a la civilización capitalista, donde ocurren historias urbanas propias de las relaciones humanas menos venerables, donde la vida se convierte en una repetición de tareas automáticas y los días se suceden muy semejantes unos a otros.
Pero esta vez, tras casi tres lustros apalancado en la rutina, me volvía a la mente la tragedia de nuestro amigo común Gabriel.





4
Me desperté atado a una cama. Al principio no recordaba nada. Me sentía tan aturdido que no sabía si estaba todavía al final de la última pesadilla o despierto. Comenzaba a amanecer. La grisácea luz mortecina del final de la noche se iba tornando al púrpura del amanecer con un horizonte cada vez más incandescente. Yo seguía intentando levantar los brazos, pero la lentitud de mi letargo hacía que los músculos no pudieran obedecer a una fuerza que requería una voluntad también trastocada.
Confundido y sin tener claro cómo había llegado hasta allí, intenté hacer un esfuerzo por recordar, pero mi mente tenía una resaca descomunal. Me encontraba tan extraño en ese lugar que no quería creer lo que había pasado.
Entre los retazos de las imágenes entrecortadas que llegaban a mi memoria empecé a deducir lo ocurrido para reconstruir los hechos. Asustado, vi mi mano derecha vendada y empecé a tener miedo por la situación real.

Cuando Laura me llevó a urgencias la tarde anterior, me dejaron a solas con una enfermera que exploraba mis heridas y a ella la llevaron de nuevo aparte para hablar con otro médico. Yo los oía cuchichear en el box de al lado. Me estaban poniendo otra vez nervioso, más preocupado con el interrogatorio, que con el alcance de mis lesiones en las que se corroboraba que no había ningún corte de nervios ni tendones. Mi vergüenza crecía exponencialmente con el tiempo de su ausencia y afloraban en mí unas ganas locas de que nos dejasen volver a casa para descansar junto al calvario, ya conocido, del arrepentimiento. Pero al oír sollozar a Laura comprendí que las cosas iban a ponerse peor de lo que ya estaban.
Entró de nuevo el médico y me dijo que quería que me viese el psiquiatra. Estupefacto, torcí el gesto y le dije que deseaba volver a casa. Les agradecí su atención y las observaciones a mis heridas, pero les pedí que me dejasen descansar.
-Tranquilícese, solo será un momento, es bueno que le vea el especialista.
Yo relacionaba la palabra psiquiatría directamente con la locura, y los sanatorios mentales con cárceles blancas de personas que molestan y con la reclusión de lo que se considera basura social. Aquello me puso cada vez más molesto hasta que me planté de la cama y exigí a gritos que me dejasen salir. Cuando pedí mi ropa arrancándome el camisón azul, con intención de largarme, entró el psiquiatra con cinco celadores que parecían gorilas y con la serenidad de la rutina ordenó: “¡Conténganlo!”
La palabra contención es otro de los múltiples tecnicismos utilizados en medicina, que hacen más preciso el lenguaje entre sanitarios, pero que sigue confundiendo a los profanos, haciéndonos creer que lo que acabamos de oír es algo muy específico e importante, para que al llegar a casa todos tengamos que buscar en el diccionario afecciones tan comunes como exantema o cefalea y terminar dándonos cuenta que solo se trata de un simple sarpullido o un dolor de cabeza.
La contención consiste en coger a una persona entre varios forzudos que saben manejar muy bien a un detenido, tirarla al suelo e inmovilizarla mientras otro le clava rápidamente una aguja e inyecta un líquido tranquilizante vía intramuscular, que paraliza al reo hasta deja de gritar desconsolado, agarrotado por sus inútiles forcejeos, exhausto, jadeante, asustado e impotente contra quienes ahogan sus intentos de libertad.
De ahí me venían los dolores en mis brazos y los hematomas que me veía en los bíceps a través de la abertura del pijama.
El sol acababa ya de salir y entraban los primeros rayos por mi ventana. Seguía sin poderme mover. Al poco entró la enfermera con el desayuno.



5
La primera vez que vinieron a verme fue un viernes por la tarde, tres días más tarde de mi ingreso. En la hora y media reglamentaria que dejan para las visitas pasaron a verme casi todos mis allegados, siempre de dos en dos, no se permite más gente.
No sé si será el pijama azul, el ambiente enclaustrado o la mueca aletargada de la medicación, pero hasta mi hija me veía extraño. Es curioso, pero a cualquier persona, aparentemente cuerda, que la vistan así en la unidad de agudos de salud mental parecerá un demente. Los primeros días veía a mis compañeros realmente tarados, pero cuando los conoces más a fondo te das cuenta de que son como tú, cada uno con sus peculiaridades y sus problemas particulares.
Quizá fuese Laura la única que sabía que yo seguía estando tan loco como siempre, tan cuerdo a veces. En tantas ocasiones me había visto irritado y fuera de mis casillas que se había acostumbrado a aguantar a una personalidad tan voluble e irascible como la mía. Nunca se había atrevido a traerme aquí, a pesar de que el daño físico que yo me provocaba con las autoagresiones esporádicas a ella le sentaran como un puñal clavado en su corazón.
En la primera consulta el médico nos dijo que en unos días me darían el alta, que una vez estabilizado con la pauta del sueño y la medicación, todo volvería a la normalidad y podría llevar la vida de antes. Pero yo empezaba a impacientarme, había pasado más de una semana y seguía sin ni siquiera dejarme salir al paseo al que tenían derecho muchos de mis compañeros.
Yo me veía encadenado a aquellas paredes y a las decisiones de un facultativo que valoraba subjetivamente mi estado de acuerdo a lo que observaban las enfermeras en mi comportamiento. Nunca sabré lo que le contaba mi familia sobre mí, ni si aquello pudo influir en las prescripciones de mi tratamiento.
Me sentía fatal, derrotado, arrepentido y traicionado por todos. Creían que aquello era lo mejor para mí, pero yo no lo aceptaba. Decían que permanecer ingresado unas semanas me ayudaría mucho y que saldría de allí fortalecido si me tomaba en serio un cambio de conducta. Pero yo comprendía muy bien que, aunque algo aturdido y paralizado por las pastillas, en el fondo seguía siendo el mismo de siempre. Estos entuertos mentales ocasionales los solía curar yo poco a poco, andando por el monte, que es donde mejor me siento, y reflexionando sobre mi mal comportamiento. Pero ahora estando retenido y encerrado, dejando que sólo las cosas pudieran venir a mí y nunca yo a ellas, la situación se me hacía insoportable. Lejos de sentirme mejor, el ansia por salir de allí me superaba. Quizá el médico al verme cada vez más nervioso creyera que aún no estaba curado. Además si en adelante, cogía otro cabreo tendrían que volver a encerrarme y me advertían, amenazándome, con que el segundo ingreso sería peor. Estaba perdido, como en un círculo vicioso. Sentía que jamás podría salir de allí, por eso tomé la firme determinación de acabar con todo aquella misma noche. Necesitaba desaparecer. No podía soportar volver a la vida normal. Una vez que has pasado por aquí todos te miran buscando algo raro en tu mirada, una diferencia. Sabía que me sentiría muy observado tras el alta médica, como si alguien vestido de luto se pusiese a bailar en una verbena.
La despedida con Laura en la visita de la tarde anterior fue emotiva, pero muy distante y distinta a las demás. En su mirada percibí que adivinaba mis intenciones, pero solo una lágrima en su ojo derecho resbalando por su tibia mejilla protestó para que no lo hiciera, mientras nuestras manos se separaban para siempre.
Cuando me dieron la medicación después de la cena, hice un giro rápido con la lengua y oculté bajo ella los dos comprimidos que debía tomarme, agarré el vaso de agua y fingí que las tragaba. Repentinamente, simulé una tos y las escupí con disimulo en mi mano para volver a beber agua inmediatamente. Al mismo tiempo, las deposité bajo el colchón sobre el que estaba sentado procurando que no se diera cuenta la enfermera. Necesitaba estar bien despierto esa noche para mis propósitos o vería de nuevo amanecer entre las rejas de aquella cuarta planta de hospital.

A eso de las dos de la mañana todo estaba en silencio. A oscuras, me arrastré sigiloso desde la cama. La puerta ya no chirriaba porque me había encargado de echarle un poco de aceite de la ensalada soplando con los labios en la unión de la bisagra. En el pasillo tampoco había nadie. Solo la luz inmóvil del control iluminaba de forma tenue y sin sombras la parte central. Se intuía que quizá la enfermera y el celador también dormitaban sobre sus sillas.
Volví a cerrarla muy despacio, soltando suavemente la manilla y de nuevo en el interior empecé a preparar la sábana que me iba a servir de cuerda. Abrí la ventana despacio y la até al radiador dejándola descolgar hacia abajo.
Salí de nuevo al pasillo dejando la puerta abierta de par en par, para después ocultarme en la sala de juegos de mesa que hay justo enfrente. Por la ventana de mi habitación entraba una brisa que empujaba hacia adentro la cortina dejando a entender que ya me había escapado. Siempre tuve muy buena puntería, así que agarré una caja de fichas de dominó y con todas mis fuerzas la estrellé contra los cristales haciéndolos saltar en mil pedazos, con un estrepitoso choque que sonó por toda la planta. Yo me escondí en la penumbra como un gato al acecho.
A los pocos segundos se oyeron movimientos en el control. El celador y la enfermera sobresaltados avanzaban rápidamente por el pasillo hacia donde habían creído oír el ruido y al ver mi habitación abierta se colaron dentro encendiendo la luz. La ventana abierta les alertó y se acercaron a mirar la sábana que colgaba pared abajo. En ese momento aproveché para salir de mi escondite y avanzar hacia el control.
Me colé en la salita y con un fuerte tirón, arranque los cables del teléfono y la alarma. Cogí un trozo de esparadrapo, levante el microteléfono del portero automático de la planta y  lo dejé pegado presionando el pulsador de apertura de puerta. Entonces corrí por el pasillo hacia la salida. El chicharreo del desbloqueo sonaba como un zumbador en el silencio de la noche y cuando estiré para abrir, percibí que alguien me perseguía. El celador tenía intención de detenerme. Pensé que era inútil intentar escapar en chanclas con una persecución en los talones. Así que me agaché tras la puerta y en el momento en que asomó su cuerpo arremetí con todas mis fuerzas aplastándolo entre las dos hojas y dejándolo tirado en el suelo medio inconsciente.
Aprovechando que la enfermera no podía abandonar la planta ni activar la alarma, enfilé la escalera de emergencia por la puerta que utilizan a hurtadillas los sanitarios fumadores y baje hacia la salida de la parte trasera del hospital. Procuré que nadie me viera, aquel pijama azul me hubiera delatado enseguida. Tuve que cruzar como un rayo la puerta de urgencias, afortunadamente la noche estaba muy tranquila, solo se oía el murmullo ronco de la sala de calderas. Salté la valla y a la carrera desaparecí de las inmediaciones del hospital por el sendero que baja a la cuesta de Cofiero.
Mi hermana siempre tiene el coche en el portal de su edificio. Sabía que ese fin de semana se habían ido a Villarluengo con el pickup de su marido. Aprovechando la arraigada costumbre en nuestra familia de esconder una llave cerca del portal, por si se pierden las habituales, fui a buscarla porque en alguna ocasión me había mostrado ese secreto. Entré en su piso, el mismo que le vendió Jaime cuando se sintió estafada y yo arrepentido de haberle dado su teléfono. En efecto no había nadie. Me quité el pijama hospitalario y busqué ropa de mi cuñado en el armario y unas botas. Tomé prestada también una mochila que le habíamos regalado la primavera anterior y un saco de dormir, cogí de la nevera una botella de agua, dos cuchillos del cajón de los cubiertos, tenedor, cuchara, una taza y una cazuela, por último las llaves de su coche. Ahora solo tenía que lograr escapar de Teruel sin que ninguna patrulla alertada por mi fuga me parase. Era sábado y los controles de alcoholemia blindaban todas las salidas de la ciudad.
Salí por la carretera de Alcañiz y al bajar la cuesta hacia el río Alfambra vi las luces azules de los coches patrulla situados en el cruce -ya están ahí- pensé, pero giré deprisa el volante y volví dirección al Planizar por una pista de tierra. Apagué los focos y circulé muy despacio con miedo a salirme del camino o tropezar con una piedra iluminado tan solo con la luz de la luna llena. Aquel camino lo había recorrido cientos de veces para ir a la Peña del Macho y para salir de la fiesta de la Vaquilla sin tener que soplar.
Pase por debajo de la autovía y me incorporé a la carretera por la vía del puente Minero, con miedo a que hubiesen visto mi sospechosa maniobra y viniesen a por mí.
Nervioso aceleré a fondo y cogí rumbo hacia Cantavieja. Al llegar a Corbalán ya me había cansado de mirar por el retrovisor, no se veía ni un alma por aquella retorcida carretera y me centré en mi destino.
Poco antes de las cuatro de la mañana ya estaba en Villarluengo.



6
Aparqué el coche dos portales más abajo, a veinte metros de la segunda residencia de mi hermana, una casa heredada de la madre de mi cuñado que habían arreglado hacía dos veranos. Cogí la mochila y cerré el coche. Observé el maletero por si había algo que pudiera serme de utilidad, tenía unos mecheros de propaganda, una linterna frontal, un pequeño rollo de alambre y una navaja multiusos con alicate incluido. Me acerqué con sigilo a su buzón y deposité en él las llaves. Junto a ellas metí un papelito que decía “Me he fugado, por favor haz como si no supieras nada”.
No quería molestarles era muy tarde y tampoco deseaba un interrogatorio del porqué ni adónde me dirigía.
Salí andando bajo el balcón de los forasteros. El río Guadalope sería a partir de entonces mi guía espiritual, mi santuario y mi hogar.

Siempre tuve la Cueva de los Baños como un refugio personal en caso de fuga. Un zulo abierto a la soledad, a lo desconocido. Pensaba siempre en ella como una alternativa al exilio de otra posible Guerra Civil. Me hubiese ido también a vivir allí sin motivos, aquello me parecía un paraíso, pero me quedaba la duda de si encontraría suficiente comida para subsistir a lo largo del año, qué hacer cuando se me rompiera el calzado o cómo soportar las temperaturas muy por debajo de cero en las peores noches del invierno o a quién recurrir si caía enfermo…
Ahora que me tocaba venir a la fuerza, no había dudas de que tenía que intentarlo y la herida de la mano con la que rompí el cristal, estaba cerrada y ya no me dolía, me quitaron los puntos dos días antes de la fuga. De todos modos pensaba que no podía ser tan complicado establecerse allí, en plena naturaleza, de otro modo a los primeros pobladores les hubiese sido imposible ocupar este territorio, lleno de abrigos y con las pinturas rupestres que no dejaron en su legado. Nuestros ancestros salieron de África hace más de cien mil años con tan solo unas herramientas de piedra y mucha ilusión por conocer un mundo nuevo. El problema que tenemos los humanos actuales es similar al del elefante de Bucay atado a una estaca desde que nace, después, cuando es adulto, no se atreve a utilizar una minúscula parte de su fuerza para arrancarla, porque cree que no podrá hacerlo. Nos han acostumbrado a todo tipo de hábitos que llaman comodidades convertidas luego en necesidades. Ataduras que generan un bienestar ficticio cargado de normas y obligaciones, de modo que nacido en buena cuna y no faltándote alimento ni calor alguno, ni uno solo de los días de tu vida, no te imaginas como puede ser la existencia sin eso que crees esencial e imprescindible. Nos han domesticado. La sociedad organiza todo para complicar lo simple: lactancia artificial, aseos cerrados, comida embolsada, recogida de residuos, agua embotellada, ducharse todos los días, calefacción central, gimnasios, adelgazar, dos juegos de vajilla, tres de sábanas, diez pantalones, esclavizarte con un trabajo para poder comprarlo todo… quien no dispone de tiempo suficiente para disfrutar padece de la más absurda de las pobrezas. Yo observo a los animales del bosque y veo que no utilizan pieles de otros para guarecerse del frío, ni tienen más herramientas que las extremidades con las que nacieron y no creo que piensen que vivir así sea una tragedia, más bien al contrario poseen algo muy grande que nosotros perdimos con las primeras civilizaciones neolíticas: la libertad. Además allí no iba a tener una competencia tan atroz como en una ciudad, donde solo consigues alimento si te dan limosna, si te ayudan los escasos viandantes apiadados de tu exclusión, mientras miras con súplica a los bien vestidos que hartos de ver a tantos indigentes pidiendo te ignoran, te miran mal o te llaman vago. También eso lo había pensado, llevaba meses diciendo que acabaría durmiendo en la calle bajo una caja de cartón. Estaba iniciando desde hacía tiempo un proceso de desintegración social. Pero en este tramo del valle, donde se ubica la cueva junto al río, no se veía a nadie que pudiera hacerme desprecios, probablemente pasaban muchos meses sin que ningún ser humano se adentrara por allí. El sendero de descenso al profundo cañón que ha labrado el Guadalope a lo largo de milenios está casi borrado, crece tanta maleza de por medio que despista al que lo recorre y puede hacerle perder el rumbo. Es muy difícil llegar si no conoces bien el camino.

Llegué a Los Baños al amanecer, tras haber recorrido en una maravillosa marcha nocturna con luz de luna, los senderos de Las Calzadas y el Azagador, pasando por el puente  medieval, que llaman de la villa sobre el río Cañada, hasta la masada de la Sisca, donde comienza el sendero de descenso al río. Yo ya no tenía sueño y el sol comenzaba a brillar anaranjado sobre el horizonte. A pesar del aire frío se estaba muy a gusto caminando. Dejé la mochila en la cueva y me paré a descansar saboreando por fin mi libertad. Estaba muy ilusionado, tenía muchas ganas de empezar una nueva vida en los Baños.
Aquel día deseaba remontar el río para ir al Pozo del Invierno, otro precioso tramo encañonado del río Palomita que en su parte superior posee una era con un antiguo pajar. Sabía, por las veces que había estado allí practicando barranquismo, que sobre sus estrechas gargantas y sus largas cascadas, hay una caseta medio derruida donde el último dueño, ya fallecido, guardaba una dalla, un azadón, un serrucho y una segur que me iban a hacer un papel perfecto para prepararme un sitio, lo más habitable posible, en la zona selvática en la que había decidido instalar mi hogar. A menos de quinientos metros de la cueva, río abajo, se halla también medio en ruinas la casa de un antiguo balneario, donde llegó a vivir la tía Rosa ahora ingresada en un residencia de ancianos en Alcorisa. A sus más de noventa años todavía cuenta cómo los paisanos de su época aquejados de reuma, bajaban en burro hasta el balneario para tomar sus hidroterapias termales en las minúsculas piscinas de agua caliente y que aunque les cobraban por el hospedaje, ellos mismos traían pollos vivos, huevos, hortalizas y otros víveres para autoabastecerse de comida. Sí, sí, hay una fuente de aguas termales allí mismo. Siempre me dio pena ver caer una obra de arte como esta. Solo con arreglarle el tejado se podría volver a hacer habitable aquella construcción y yo iba a tener todo el tiempo del mundo para ella. Se acababan de terminar de golpe los horarios, las prisas, los quehaceres domésticos, consultar los correos, las compras, ver telediarios, películas de estreno, reuniones… nadie que no lo haya experimentado antes puede hacerse una idea de lo que da de sí el tiempo fuera de la civilización. La verdadera sensación de libertad es aquella que te permite elegir la dirección que te plazca porque nadie va a intentar pararte, preguntándote adónde vas ni pediéndote que no lo hagas. Nunca antes me sentí como entonces.
En el camino río arriba comí uvas, higos, frutos de un madroño que hay tras la casa y algunas nueces caídas ya maduras que a principios de noviembre saben a gloria. Pero a mi regreso, esa misma tarde, cargado con toda la herramienta rescatada de las ruinas del Pozo del Invierno, se habían metido en la cueva unos inquilinos tan extraños como inquietantes.



7
Mi hermana rasgó el papel que le había dejado en el buzón junto a las llaves de su coche en mil pedazos. Sé que no le gustó hacerlo pero su carácter comprometido le impedía traicionarme y aunque no le gustara mentir, cuando Laura la llamó para avisarle de que me había fugado del hospital intentó poner voz de sorprendida. Eso sí, tenía la firme convicción de cantarme las cuarenta cuando volviéramos a vernos, tarea que yo no escribí en mi agenda, pues no tenía la más mínima intención de volver. Claro que a su marido tuvo que contárselo todo, sino ¿cómo le explicaba que su coche hubiera aparecido aquella  mañana en Villarluengo?
-No te preocupes Laura en cuanto sepa algo te llamo, este hermano mío siempre las está liando. Y no llores cuñada que pronto se arrepentirá y volverá ¿Qué va a hacer por ahí sin más compañía que su sombra?
Bien sabía mi hermana que podía cuidarme yo solito y aunque estaba preocupada sabía, por lo que le escribí en la nota, que no había cometido ninguna atrocidad contra mi vida. Pero aún así le parecía una barbarie abandonarlo todo a tan pocos días de recibir el alta médica. Dejaba sola a mí mujer, a mi hija, un trabajo estable, la casa, el coche… todo aquello por lo que un hombre “decente” lucha en la vida.



8
Estaba tumbada jadeando, levantaba la cabeza y miraba hacia atrás, yo no sabía si acercarme o dejarla tranquila, asomaban por detrás las pequeñas pezuñas blancas de un nuevo ser. Salí de la cueva y me dediqué a buscar leña para hacer una fogata antes de que cayese la noche, a la vuelta vi que la pobre vaca apenas había avanzado con su parto, yo temía que no pudiese acabar con éxito y empecé a preocuparme por cómo sacar aquel enorme animal de la cueva si se malograba el alumbramiento. Así que me acerqué con sigilo e intenté acariciar su lomo, la vaca volvió a levantar la cabeza intentando hacer esfuerzos para sacar a su cría aunque fuesen en vano. Me arremangué y con cuidado empecé a estirar de las patas del ternero, pero aquello parecía anclado a las entrañas de su madre. Decidí estirar con más fuerza y me fui entregando tanto a la tarea que a los pocos segundos mi cuerpo se volcaba por completo colgado hacia atrás. La vaca seguía empujando, ahora parecía que con más fuerza al verse ayudada por mí. Tantos esfuerzos conjuntos hicimos que al final vi salir el hocico de la criatura y sus orificios nasales. Entonces empecé a estirar todavía con más pasión, metí las manos casi hasta el codo para ayudar a sacar la cabeza y en el momento que asomaron las orejas, como si de un atasco se tratase, todo el cuerpo del jato salió de un tirón. Yo me alegré muchísimo de haberlo conseguido y creo que la vaca también. Fui a lavarme al río y encendí la fogata al otro lado de la cueva, la vaca se levantó despacio y empezó a lamer al ternero retirando la membrana amniótica adherida a su piel. Entre el calor del fuego que ahora empezaba a subir y el de su madre, el ternero se fue levantando y se acercó a la ubre para empezar a mamar un nutritivo y sabroso calostro.
Estaba anocheciendo y la estampa me pareció tan sublime como la de algún belén viviente en mi más tierna infancia. Cogí la dalla, pasé la piedra de afilar de atrás hacia adelante tal y como me enseñaba mi abuelo y salí a la puerta de la cueva a cortarle un montón hierba a la vaca para que pudiese pasar la noche.
Cuando el fuego se fue extinguiendo y solo quedó el pequeño resplandor de las brasas en forma de gigantescos rubíes, los tres empezamos a buscar un rincón donde tumbarnos para descansar y pasar la noche. Había sido un día realmente agotador.

A la mañana siguiente me desperté mirando feliz al ver como el ternero se aferraba a mamar de nuevo moviendo alegremente la cola. Su apetito y su fuerza me abrieron también el mío y me acerqué sigilosamente, con la taza que traía en la mochila. Me senté al otro lado y acaricié la barriga de la vaca, se me hacía la boca agua. Quedaban tres ubres libres todavía. Lentamente cogí una teta con la mano y en la otra la taza. Apreté suavemente pero solo obtuve una minúscula gota, volví a hacerlo pero por más que apretaba no salía el chorro esperado. Me amorraba de vez en cuando a chupar directamente las gotitas obtenidas, pero si pretendía desayunar así me iba a costar un buen rato. Mientras el ternero engullía a borbotones, o eso es lo que a mi vista y a mi estómago se les antojaba, me pareció oír una especie de mugido lejano fuera de la cueva. Otra vaca pensé. Al poco rato, lo volví a oír, pero esta vez más largo y más cercano. Estuve a punto de salir de la cueva para ver qué era lo que producía aquel escándalo, pero cuando escuché voces humanas entremezcladas con aquellos sonidos, me quedé paralizado.                                      
-Hortelana, pero si estás aquí- gritó el ganadero contento de haberla encontrado cuando se asomó por la puerta de la cueva. Llevaba un cuerno hueco en la mano para llamar a sus reses, solté rápidamente la ubre, pero no me dio tiempo a esconderme, permanecí tras la vaca y su ternero. Todavía no me había movido, cuando el pastor se dio cuenta de que detrás de su res había algo extraño.
-Pero… ¿quién anda ahí?
Me levante despacio pegado a la pared e hice un pequeño gesto de saludo con una leve sonrisa.
-¿Qué haces por aquí, maño?- me preguntó en tono amigable.
No sabía que contestar, iba a decir que estaba dando un paseo, pero el saco de dormir todavía extendido delataba que había pasado allí la noche.
Vio mi taza y la cara de hambre que ponía y comprendió que estaba intentando ordeñarla.
Tendió su mano y me dijo: -Trae te enseñaré a muirla-.
El ganadero se sentó en la misma piedra que yo había estado y acarició la piel de la vaca susurrándole: -Tranquila, hortelana bonita- a la tercera compresión secuenciada y enérgica que hizo con sus dedos sobre la ubre, ya empezaba a salir un chorrito como para llenar la taza.
-¿Y de dónde eres?
-Vivo en Monreal del Campo- contesté sin dudar -Me llamo Jesús, estoy de ruta por aquí-.
-Marcos, mucho gusto. Monreal del Campo está al lado de Calamocha, ¿no? El otro día salió en la tele lo del hombre ese que mataron en plena calle y que por lo visto no encuentran al asesino. 
-Ah, sí- asentí sin añadir ningún comentario y me amorré a la taza para beber la sabrosísima leche recién ordeñada. Él me miró tranquilo.
-Hacía ya tres días que no volvía a casa la Hortelana y yo sabía que estaba a punto de parir. Me dije… esta se ha bajado al río y ...¡Justo! aquí estaba. ¡Toma bébete otra!- y me pidió la taza de nuevo para volver a llenarla.
Le dí las gracias, pero me limité a escuchar mientras la muía.
-No te iría mal una vaca así en la cueva ¿eh?, pero a la Hortelana me la tengo que llevar al establo no se vaya a perder por estas laderas llenas de maleza. ¿Qué te parece si le ponemos al ternero de nombre Durruti?-
Asentí con la cabeza fingiendo que me parecía un nombre de lo más acertado. Le agradecí la atención y me disculpé diciendo que no tenía nada que ofrecerle, pero no le importó demasiado.
-Bueno si necesitas cualquier cosa yo estoy todos los días en la masada de la Torre Soriano, subes por aquel sendero y ahí me tienes.
Me quedé pensativo viendo como Marcos se llevaba a Durruti y a su madre.
-Me costará toda la mañana subirlos, pero ¿qué importa? no tengo prisa- me gritó a modo de despedida.
-Puedo ayudarte si quieres- me ofrecí.
-No gracias, yo creo que los manejaré bien, la Hortelana es muy tranquilaza, pero muy obediente.
La vista sendero arriba cada vez los hacía más pequeños e invisibles, hasta que desaparecieron por completo entre la maleza.
Me quedé de nuevo solo pero tenía que ponerme en marcha para aprovechar la luz solar que tanta vida me da.



9
Estaba pensativo cuando recordé el segundo día que el comisario Álvarez llamó a mi puerta. Venía con la intención de acusarme, estoy seguro. Sentí que me trataba como a un sospechoso, quizá fuese esa su manera de ir descartando.

-¿Usted lo conocía?
-Más bien, no.
-Pero, sabe quién era a la víctima- me dijo apoyado de nuevo en el portal.
-Solo de vista.
-Tengo entendido que era muy conocido en el barrio y por cierto no muy bien recibido por su conducta.
-Según se rumorea ha debido de ser un ajuste de cuentas entre traficantes, tema de drogas- me precipité a decir.
-También se dice que acosaba a las chicas jóvenes.
-No voy a negarle que aunque nadie le deseará lo que ha pasado, para el vecindario, en cierto modo, haya caído como un alivio.
-Comentan las amigas de su hija, señor Aguirre, que a ella también la seguía y que en una ocasión sufrió un ataque de este hombre, llegando a sujetarla por los brazos y a manosearla.
-Mi hija ha estado bastante afectada con este tema, le ruego que no la interrogue, está muy sensible.
-El forense en la autopsia ha descubierto que la herida del cráneo no es de bala, más bien de una herramienta afilada estrellada con velocidad contra la parte trasera de la cabeza. La víctima murió en el acto- afirmó el policía dejando un largo silencio con la mirada como para que yo comentase algo.
-¿Un hacha?- pregunté dubitativo al fin.
No más bien debía ser como un pincho, abrazado a un mango corto, tenía una trayectoria limpia de tres centímetros en el cerebro.
Le miré asombrado.
-No se asuste señor Aguirre, pero vamos a tener que mirar casa por casa, todos los utensilios de cocina y herramientas, por si el presunto asesino lo guardó o lo arrojó a un tejado o por encima de un muro. Mañana pasaremos con una orden judicial para poder investigar en sus viviendas, necesitamos encontrar el arma homicida.
-¿No creerá usted…?
-Solo estamos descartando vías de investigación, no se preocupe.

Tampoco aquella noche pude dormir, la mirada del comisario se clavaba en mi frente cada vez que cerraba los ojos para intentarlo. ¿Por qué no buscaban en las casas de los que se relacionaban con él? Podían encontrar a alguien que le debiese dinero o que hubiese sido engañado en alguno de sus trapicheos.

A las diez de la mañana del día siguiente, tocaron de nuevo al timbre, esta vez no venía solo. Al comisario Álvarez le acompañaban otros dos policías más y una secretaria que me enseñó la orden judicial en la que se daba permiso para registrar mi casa y en la que se me instaba a no retirar nada de ella mientras durase la investigación. El comisario me dijo que estuviese tranquilo que este no iba a ser un registro violento ni de requiso.
Me pidieron que les mostrase los cajones de la cocina, cosa que hice de buen grado, luego me pidieron que enseñase los utensilios de la huerta y el jardín. Los bajé al patio y abrí la caseta de madera donde los guardo, después las herramientas de bricolage, para las cuales tuvimos que entrar en la cochera. El comisario pronto se fijó en el material de escalada que tengo colgado de los ganchos de la pared cerca del techo y me preguntó.
-¿Es usted aficionado al alpinismo?
-Más bien a la escalada- le contesté yo.
-¿Tiene usted piolets?
-No.
-Hemos visto en su blog que ha practicado alguna vez con unos de color plateado. ¿De qué marca son?
-Los fabriqué yo mismo.
-¿Y ya no los tiene?
-Se los regalé a mi amigo Jean Pierre de Perpignan este verano.
-¿Jean Pierre es el mismo JP que aparece como amigo suyo en Facebook?
-¡Oiga! Protesté enfadado- No irá ud. a interrogar también a todos nuestros contactos.
-Estamos solo descartando posibilidades, de todos modos estaría bien que intentase hablar con su amigo y en la medida de lo posible explicarle lo que ha pasado… y le recuerdo que antes de retirar cualquier objeto de esta casa debe comunicárnoslo.

10
El hambre es muy buen estimulante para la creatividad humana. De hecho, junto con la maldad, podrían considerarse como dos de los mejores catalizadores de inventos en la gestación de ideas macabras, pues agudizan el ingenio hasta niveles insospechados, sobre ellos la humanidad ha conseguido avances increíblemente siniestros a lo largo de la historia.
Después de la repoblación del corzo aparecen los lobos. De todos ellos quizá fuese yo el primer depredador de este siglo que se había instalado en la cueva. Hacía ya tiempo que había visto algunos huir despavoridos a saltos mostrando su blanco trasero ante mi presencia inesperada. Poco a poco la despoblación humana de estas sierras y la casi total pérdida del pastoreo ha favorecido el crecimiento del bosque y la introducción de especies como esta. Aquella mañana me encontré cuernas recién desprendidas al lado del río, junto a unos manzanos silvestres descortezados. Anduve observando los rastros río abajo y al poco vi un ejemplar ascendiendo por la ladera.
Volví a la cueva y cogí los utensilios que había tomado prestados del coche de mi hermana.
Mucha gente cree que hay muertes mejores que otras y probablemente estén en lo cierto pero los depredadores buscamos un único objetivo y el procedimiento debe ser lo más rápido y seguro para no arriesgar demasiado.
Mientras preparaba los lazos con alambre entre dos troncos de manzano, habiendo sacudido previamente las pocas frutas amarillas y arrugadas que quedaban en las ramas. Oí fuertes chapoteos en el agua del río y me dí la vuelta inmediatamente.
Me sorprendió un pescador que cruzaba con su vadeador dirigiéndose hacia mí. Yo estaba tan seguro de la soledad de esa zona, que me sorprendía haber visto ya a dos personas en mis dos primeros días aquí. Quizá la gente ociosa estemos en expansión y ya no haya rincón que se nos resista.
Me preguntó si había visto a algún otro pescador río arriba y yo le dije que no.
-Menos mal, así podré seguir un rato más. Las truchas no estarán asustadas, porque hasta aquí no ha picado ni una-.
Temiendo que viese mi cueva, le dije que había estado cruzando por el río un pastor y dos vacas, así que sería mejor que no continuara. Me miró con cara de extrañeza, como sospechando una mentira. Para romper el hielo le enseñé los cuernos de corzo que había encontrado y le ofrecí un trueque si le gustaban, yo necesitaba un poco de sedal y tres o cuatro anzuelos para intentar pescar también. A él le pareció un precio muy ventajoso, pero accedió más por pena que por rentabilidad. Nos despedimos y se fue con una expresión de duda sobre mi cordura y mi forma de actuar. Él sabía tan bien como yo que el cebo natural y los lazos están prohibidos.



11
A la mañana siguiente amaneció con un sol tan espléndido que cualquiera hubiera negado que estuviésemos tan cerca del invierno. No había escarcha en el suelo y el inmaculado azul de cielo prometía que iba a hacer un gran día. Me dije que sería esta mi primera jornada de búsqueda de trufas. Puede que a esas alturas ya hubiese alguna madura bajo el suelo y que las moscas truferas posasen al sol por decenas sobre las piedras que tapaban el preciado tesoro. Siempre me gustó ese halo de misterio, clandestinidad y furtivismo que envuelve la caza de trufas en el monte. Secretismo sobre los lugares más fértiles, territorialidad y pillaje, maldiciones y amenazas, como la del tío Roque en Ejulve a quien le mataron el perro mientras se adentraba en el bosque de encinas en busca del preciado hongo obligándole a marchar si no quería ver un segundo disparo contra sí mismo. Por eso preferí siempre ir solo para garantizar la máxima discreción y ayudarme únicamente de los insectos salvajes que la intentan parasitar para alimentar sus larvas. Yo, emulando a los hombres del pasado disfrutaba jugando a ocultarme entre las carrascas, intentando pasar desapercibido, aunque en realidad por aquellos montes no deambulaba nadie ya.
Salí tras tomarme un poleo caliente, cuyas ramas recogí de una mata seca en las inmediaciones de la cueva, y crucé el río por los pedregales para subir al carrascal de la ladera sur. Un centenar de metros más arriba rebasé la línea de sombra y comencé a sentir ese calor que a finales de otoño resulta tan reconfortante. “Este año las carrascas están repletas de bellotas” me dije feliz, y comencé a recogerlas del suelo, primero probándolas, pues algunos árboles dan frutos amargos y después recogiendo sólo las más dulces para llenarme los bolsillos y llevar provisiones a la cueva. Estaban sabrosísimas no recordaba haber comido otras tan buenas en toda mi vida, está claro que son muy nutritivas, pero sin duda el mejor ingrediente para saborear una buena comida es el apetito.
Cuando llegué al trufero que mejor conocía, por lo bien marcado de su círculo quemado, comencé a observar detenidamente. Palmo a palmo y con paciencia, escudriñé el suelo que tenía delante de mis pies, dejando siempre atrás mi sombra para no ahuyentar a ningún insecto. Delante de una aliaga y encima de un pequeño canto, me pareció ver un bultito de color marrón, me acerqué mejor y me quedé observando la mosca, feliz y orgulloso por haber encontrado tan pronto la primera. De repente oí una fuerte  explosión, algo así como un trueno cercano. Sobresaltado dejé de prestar atención y me levanté.

12
Aquel mismo día el comisario Álvarez volvió a tocar a la puerta de mi casa, estaba buscando a mi mujer y a mi hija para interrogarlas porque no podía hacerse a la idea de dónde me había escondido yo. Solo necesitaba hacerme unas preguntas más y me hubiera descartado como posible cómplice de asesinato, les dijo. Ahora que me había escapado del hospital, no iba a dejarlas tranquilas, necesitaba encontrarme, porque la fuga me convertía directamente en sospechoso. Había conseguido una orden judicial para ir a visitarme a la planta aquel mismo lunes, pero por suerte para mí y desgracia para él yo me había fugado unas horas antes.
Por eso registraron mi casa, la de mis padres, también las de mi hermana y la de mis suegros, pero no pudieron encontrar ni rastro de mí.
El comisario empezaba a impacientarse  y no sabía por dónde seguir, creía que todos me encubrían y amenazó a mis familiares advirtiendo que el simple hecho de ocultar pruebas o a un testigo era constitutivo de delito, pero poco podían hacer ellos cuando deseaban conocer mi paradero antes que nadie.



13
Al otro lado de la ladera bajaba hacia el río un cazador con una jauría de unos veinte perros, me agazapé para no ser visto. Cuando pasaron de largo volví a las andadas, pero algo más inquieto y precipitado que antes. Eché las narices a tierra y comencé a olisquear el suelo donde había divisado la mosca. Normalmente espero a ver tres o cuatro para decidir el lugar exacto donde cavar, pero esta vez me adelanté y no puede dar con el profundo aroma que emana allí donde se oculta el hongo. Me levante nervioso para ver la dirección que tomaban el cazador y sus perros, pero por encima de mí escuché otros ruidos extraños, varios cazadores más se estaban apostando sobre las rocas a la espera para disparar cuando pasasen los jabalíes por delante de sus narices. Nunca hubiese pensado que este lugar fuera a concentrar a tantas personas juntas en un mismo día. Jamás había visto a nadie cuando había venido a visitarlo antes de convertirse en mi hogar. Estaba confuso y no deseaba que nadie me viera. En las batidas uno de los cazadores envía a la jauría de perros para asustar a las presas y conseguir que huyan despavoridas delante de los otros, que se colocan escondidos dispuestos a disparar por sorpresa a los animales que intentan escapar. Dicen que los lobos tienen un sofisticado sistema de caza muy parecido, a excepción de que no llevan escopetas ni rifles. La tecnificación del hombre ha consistido en ser capaces de pasar de padres a hijos, no solo genes, sino conocimientos que se van acumulando generación tras generación pudiendo catapultar el saber de una persona, en tan solo sus primeras décadas de vida, al nivel de lo investigado por su ancestros durante siglos, heredando la herramientas construidas por sus padres. Eso es lo que nos ha llevado a la cumbre de la cadena trófica situándonos como el superdepredador absoluto.
Yo estaba asustado, intenté moverme muy despacio para no alertar de mi presencia, pero al girar para ocultarme de nuevo tras un arbusto uno de ellos me divisó y gritó: -¿Quién anda ahí? ¡Vamos a llamar a la Guardia Civil!- amenazó. Desde que aprobaron la nueva Ley de caza se les permite tomar una zona de monte y nadie puede adentrarse en ella durante la batida, dicen que para evitar accidentes. Argumentan que sería un disgusto muy grande para el cazador alcanzar con sus disparos a otra persona. Pobres no deben estar preparados para ver morir a alguien tan horriblemente.
Yo fui escurriéndome lateralmente entre la maleza, sin contestar nada, hasta que estuve a salvo de su vista tras unas rocas. Intentaba esperar a que se fueran a otro lado, pero pronto empecé a oír los ladridos de los perros ladera arriba. Siempre les he tenido pánico a estos animales que te ladran sin parar enseñando sus terribles fauces plagadas de enormes colmillos. Determiné subirme a un árbol frondoso lo más rápido posible que pude y recé porque pasasen de largo sin detenerse bajo mis pies. Lo primero que vi pasar veloz fue un jadeante jabalí cuesta arriba de cara a las escopetas y ahora temía que pudiesen disparar hacia donde estábamos el pobre animal y yo. Detrás de él pasó toda la reala rozando el pie del árbol que me mantenía a salvo y medianamente escondido. Es curiosa la obediencia de estos animales hacia sus dueños, ninguno de ellos hizo por ladrarme ni detenerse a mirar, estaban tan enteramente entregados en la tarea de perseguir a sus presas que no me vieron, incluso creo que felices y agradecidos a sus dueños por haberlos sacado aquella mañana de las jaulas en las que pasan semanas encerrados. Solo algunos domingos como aquel pueden dar un paseo y correr por el monte. Muchos dicen que el perro es el mejor amigo del hombre, yo creo que es el paradigma del buen esclavo obediente. Desde cachorros se les cría junto a personas, dándoles la comida e impidiendo que la busquen por sí mismos hasta que inevitablemente están condenados a vivir junto a la mano que les da de comer. Lo curioso es que no se sienten oprimidos, al revés, cumplen con el deber que se les encomienda con gran responsabilidad y gozo, aunque se les castigue cuando se equivocan. Son magníficos guardianes, pastores, guías, sabuesos buscadores de rastros, drogas o trufas e incluso gladiadores contra otros animales monstruosos con más del doble de su peso, como el que acababa de pasar bajo mis pies.
En eso mismo consisten la domesticación y la educación. Cortar cualquier esbozo de espontaneidad desde la cuna con la posterior introducción de la disciplina a base de normas coercitivas que terminan siendo un premio para el que las cumple y un castigo para el que las cuestiona. Fabricamos de esta manera seres automatizados que se comportan del modo esperado ante ciertos estímulos dejando la creatividad relegada a un minúsculo espacio residual no previsto.
A los pocos segundos, inmóvil y silencioso como estaba, oí dos estruendos provenientes de los cazadores que tenía sobre mí a escasos cien metros y casi al unísono una ráfaga de perdigones golpeando las hojas y las ramas de los árboles más cercanos a pesar de estar prohibidos los cartuchos de posta.
Me estremecí y no respiré cuando debí haber gritado para que dejasen de disparar evitando matarme.
A través de sus radios oí que habían abatido a dos jabalinas y estos ordenaban al de abajo que subiera ya para poder llevar las piezas hasta el coche.
No me atreví a bajar, estaba muerto de miedo, no me moví hasta que dejé de oír sus voces y se silenciaron los jadeos de su jauría apagados por completo mientras se alejaban ladera arriba. Yo también me he sentido en ocasiones como un jabalí acorralado y en muchas otras como un perro amaestrado.
La paz volvió igual que se había ido, me senté en una piedra al sol a tranquilizarme y a curarme del susto hasta que fui capaz de escuchar el murmullo del río allá abajo entre las piedras entremezclado con la brisa y el silencio. Solo entonces decidí volver al trufero a buscar mis moscas. Ahora veía tres formando un triángulo casi equilátero, me arrodillé para olisquear en su centro y resucité al aspirar el perfume tan deseado y perseguido por mí, invierno tras invierno. Me acerqué hasta la señal de coto de caza, que estaba al lado de los puestos donde se habían colocado los disparadores y la arranqué de un fuerte tirón hacia arriba. Su extremo angular inferior me sirvió de machete para horadar el agujero necesario y descubrir el preciado hongo, al que adoré como un premio ofrecido por los dioses tras superar un difícil reto.
No sabía con quién compartir mi trofeo. Era demasiado grande para mí. Siempre que he cogido trufas ha sido para regalar algunas o aderezar platos sencillos haciendo láminas finas sobre los alimentos, intentando impresionar con su profundo y dulce aroma a algún invitado especial.
Me acordé de mis amigos escaladores de Ladruñán, Rodrigo, Jaime y su actual pareja Estéfani, estos dos últimos custodiaban el refugio del Higueral que no dista mucho de allí. Tras la muerte de Gabriel consiguieron alcanzar uno de sus grandes sueños, venirse a vivir a un paraíso rodeado de rocas donde podrían escalar todos los días sin apenas moverse. Subsistir y obtener los recursos de la propia tierra y de la pequeña aportación económica que les aportaban de los que pernoctaban en el refugio, al margen de la sociedad capitalista y sus impuestos, autogestionando su huerto, sus gallinas y sus colmenas en plena naturaleza.
Todos nosotros habíamos pertenecido al legendario club de escalada turolense “Regatesna” que a finales de los noventa fundamos los que frecuentábamos Palomera y otras zonas de escalada de los alrededores del Teruel capital, aunque poco a poco nos fuimos desmembrando porque como en un pequeño clan ancestral y endogámico, la mayoría encontraba pareja dentro del club y al tiempo se separaban y volvían a liarse mezclándose con otros miembros, cuestión que generaba no pocas tensiones entre nosotros ya que si tu antiguo novio o novia se enrolla con tu mejor amigo o amiga, los traicioneros celos afloran ininterrumpidamente y a borbotones como el agua de los manantiales del Latonar que se encontraba a cinco minutos del refugio.
Corral de Bielsa se leía en los antiguos mapas topográficos, pero una vez restaurado por ellos mismos decidieron cambiarle el nombre y hacerle coincidir con el de la masada contigua del Higueral que es donde residen mis amigos. En el corral restaurado duermen los caminantes, es un acogedor edificio con fogón, literas corridas y un comedor soleado al pie del famoso sendero de gran recorrido GR8 Beceite-Villel, con vistas al cañón sobre puente natural de la Fonseca y las hoces del Guadalope. En menos de dos horas podía estar allí, era el siguiente pueblo río abajo, y total, ya me habían visto varias personas, así que mi secreto debía de empezar a desvanecerse. No creía que nadie pudiera alertar de mi presencia a las autoridades si yo no era molesto e impertinente con ellos. Naturalidad y discreción podrían ser suficientes.
Rodri era otro gran escalador aventurero. Con él tuve la suerte de recorrer la impresionante cresta de Vallfollé. Una estirada pared caliza de tres kilómetros que termina en la Hoz Baja coronada con un delgado canto como el filo de un cuchillo entre dos abismos por el que se ha de pasar en equilibrio de trapecista. También, y en rigurosa alternancia de largos, abrimos dos vías de quinientos metros a ambos lados de Bocainfierno. Pasé mucho miedo la última vez y le dije: “Cuando terminemos esta vía, me corto la coleta”. Rodri no salía de su asombro, maldiciendo a la suerte por acabar de conocer a un compañero que desea retirarse de la escalada de autoprotección, tal y como la llama él. Tan sólo tres rutas, aunque de las de mayor calado que yo haya subido en mi vida, fueron las únicas oportunidades que le di para escalar conmigo. Pero como en tantas otras relaciones, quizá fuese mejor quedarnos ahí y dejar que el recuerdo y la imaginación maquillaran nuestras figuras soñando hasta donde podríamos haber llegado. Ponernos el uno al otro en un lugar privilegiado junto a otros mitos, bajo la hornacina mental de nuestros dioses o nuestras musas intocables, era mejor que apurar nuestros intensos encuentros hasta convertirlos en una rutina donde podían llegar a aflorar algunas miserias humanas, de las que yo ando sobrado.
Los cuentos de príncipes y princesas siempre acababan en el momento del primer beso, dejando un final abierto a ser feliz y comer perdiz, sin entrar en el día a día posterior de cualquier pareja. Por eso consiguieron poblar nuestra fantasía infantil de ilusión y esperanza y os aseguro que ese sentimiento es mucho más placentero que cualquier momento de amargura por pequeño que sea el desengaño. Así que decidí dejarlo ahí, siempre pensaré en el gran amigo y escalador con el que subí aquellas magníficas cumbres. Tan magníficas, que nunca antes creí poder subirlas: ese impresionante murallón que separa Aliaga de Montoro de Mezquita, infranqueable si no es nadando o por el aire; ese tajo o cluse tan aserrado y grandioso que destaca desde varios kilómetros por el vaciamiento y el corte del río Guadalope; esa maravilla natural que tantas veces he admirado con pasión como si estuviese contemplando un milagro.
Ahora comienzo a comprender un poco las palabras de José Giménez Corbatón cuando le comenté mi intención de subir la Crebada en su Algecira natal: “No puedo dejar de sentir esa escalada, como tantas otras, como una violación de algo que siento muy íntimo. Yo subí desde niño muchas veces a la Quebrada, pero me limité siempre a cruzar por su hueco, admirando y respetando su altura.”
Por qué alcanzar todas las cumbres apostando la piel, por qué explorar todos y cada uno de los rincones de algo que se nos tiene oculto y reservado. Es verdad que fue algo grandioso, muy grandioso, pero no deja de salir de una obstinación por alcanzar algo inaccesible, algo que una vez conseguido pierde un ápice de magia y encanto, porque ya no queda nada incierto por averiguar ni ver allí.
Tenía razón Giménez Corbatón, era más bonito contemplar su grandiosidad que sentirte orgulloso desde allá arriba, observando el resto del mundo y el paisaje a tus pies.
Aunque a veces cuestione y reproche a mis allegados más queridos y cercanos por ese atisbo de incomprensión hacia mi ansia de libertad, la cual que creo desarrollar escalando, veo que esa búsqueda de superación quizá esté muy cerca de una obsesión que puede dañar muchas cosas básicas de las que no quiero prescindir. Salud, sentimientos, amor, amistades e incluso la vida están en juego con la práctica de la escalada clásica o de autoprotección y aunque nada te garantiza la plena seguridad en el periodo vital en el que nos toca existir, este tipo de disciplina “deportiva” deja palpable y muy al descubierto la gran exposición al riesgo al que te sometes.
Claro que el subidón de adrenalina y las estrecheces, te hacen saborear mejor las cosas simples: un sendero, el agua fresca de una fuente, una manzana, dos nueces y una simple cama, parecen los más ricos manjares y los mejores lujos del Rey Midas, pero siempre podremos rememorar aquellos momentos críticos para valorar lo bien que estamos, a pesar de todo. Y aun así volvería allí cada tarde a sentarme a contemplar una estampa, que creo insuperable, de afiladísimas crestas interminables y canales profundos que parecen los pasillos del averno, coronados de altísimas torres que simulan los cuernos del mismísimo Diablo que aquella vez quiso darnos alojamiento en el entorno de Bocainfierno.
Ahora Jaime era compañero suyo de cordada, se había vuelto a arrimar a buen árbol. Rodri era tanto de escalada clásica como de deportiva y no le importaba nada que Jaime fuese con su taladro metiendo algunos parabolts en los largos que le tocaban subir a él de primero por fáciles que fuesen.
En verdad, Laura y yo, le debíamos la vida a Jaime. Sin él, Walter habría conseguido perpetrar otro doble asesinato y camuflarlo para que pareciera de nuevo un trágico accidente de montaña hacía ahora más de tres lustros. Eso nos volvió a unir en cierto modo y cuando decidieron montarse el refugio vine varias veces a ayudarles. Pero aun así su peculiar forma de ser no había cambiado en nada. Quizá volvía a ser yo quien veía en él reflejados mi egoísmo y mi soberbia, pero tras su aparente afabilidad se escondía una cierta falta de respeto por los intereses de los que le rodeaban, aunque a la mayor parte de la gente que seguían yendo con él no les importaba demasiado porque ya le conocían. Estéfani le perdonó cuando en la ascensión al Laila Peak la dejó atada a un tornillo de hielo a tan solo cien metros de la cumbre porque le faltaba confianza para hacer la última travesía mientras él coronaba la montaña diciéndole que era su última oportunidad. Con Rodri publicaron una guía de escalada del Maestrazgo y justo antes de llevarla a imprenta Jaime cambió sin consultárselo la foto de la portada donde sólo se veían los dos, sustituyéndola por la que habían pactado donde aparecía también la novia de Rodri y que según le dijo Jaime tenía peor luz. Siempre andaba manipulando con sus argumentos falaces buscando mayor protagonismo que el resto. Pero Rodri terminó también por perdonárselo. Por lo demás no era un mal tipo, cuando nos gastaba alguna de la suyas yo me limitaba pensar que por alguna razón su nombre y el mío empiezan con el mismo fonema que la palabra gilipollas.
Aun así me apetecía verlos de nuevo, estar con ellos un rato, charlar de nuestras antiguas aventuras y preguntarles cómo les había ido por el Morrón de Bordón, al que tanto lamenté no haber podido asistir. Y aunque al contarme sus extravagantes y exageradas sensaciones me llenase de envidia, les propondría, si se terciaba, ir a escalar un rato, aunque fuese algo fácil.
Rodri habitualmente se despedía de mí riendo: “Cuando vengas por aquí tráete un garrafón de vino que contigo en el refugio siempre vamos escasos”. Ahora le llevaba algo mucho mejor, una trufa que podríamos emplear para una cena exquisita.
Conocía bien el terreno y sus senderos principales.
Cuando llegué al Higueral, el perro de Jaime me ladró, pero olisqueándome desde la distancia me reconoció. Salió a recibirme Estéfani sorprendida y con el rostro alegre.
-Hola Jesús- me dijo-¡Cuánto tiempo!¡Qué sorpresa! ¿Vienes solo?- nos dimos dos besos.
-Sí, me he dicho voy a hacerles una visita a estos colegas de Ladruñán.
-Pero ¿has llegado andando? No veo tu coche. Pasa no te quedes en la puerta.
Estéfani estaba tan guapa como siempre, era una mujer de una gran belleza. Aunque su encanto no tuviese un motivo principal de atracción, en su conjunto era perfecta. Su eterna sonrisa, su brillante mirada, su largo pelo, el tatuaje de Shiva en su hombro derecho y su vestimenta multicolor con aspecto andrajoso le daban un cierto aire de misterio, mágico y de embrujo. Un hada buena diría yo. Desde que me dejó cuando entre los dos no llegábamos a sumar la cuarentena que aún no tenemos ahora por separado, no he dejado de soñar que algún día volvería conmigo, pero nunca me atreví a hablar sinceramente con ella de lo que nos pasó ni preguntarle en secreto si en el fondo me había seguido queriendo tanto como lo había hecho yo en silencio con ella. Ahora era la tercera pareja con la que convivía Jaime. ¡Qué suerte tenía! Con lo demacrado que estaba él y siempre en compañía de una joven y atractiva mujer.
-¿Dónde tienes a Jaime?
-¡Buah estos no paran! Se ha ido otra vez con Rodri a escalar a los Órganos de Montoro y yo aquí sola custodiando el refugio por si viene alguien, así que hasta mañana por la tarde no volverán.
-Haberte ido con ellos, no creo que hoy venga nadie por aquí.
-Ya… no me han dicho que no vaya, pero tampoco me han invitado.

Yo no sabía en qué día me hallaba, había perdido la cuenta, porque en el monte nunca necesitas reloj ni calendario.
-Os he traído esto- y desplegué un pañuelo con el preciado hongo en su interior.
-Anda ¡Qué bueno!- Y lo cogió para llevarlo hasta su nariz y aspirar profundamente su aroma con los ojos cerrados. Su cara de satisfacción me llenó de orgullo.-Si quieres podemos esperar hasta mañana a que vuelvan Jaime y Rodri y hacemos una cena con ellos, aunque no se lo merecen mucho, la verdad. Quédate esta noche en el refugio, te invito yo y me echas una mano mañana con la huerta para recoger las calabazas y lo que quede por ahí, antes de que alguna helada lo eche todo a perder.-
Antes de contestar a tan sugerente invitación, tuve serias dudas, porque no deseaba implicar a nadie en mi fuga y que lo acusasen por encubrirme.
Me disculpé contándole a medias mi situación, pero le prometí que volvería al día siguiente para la hora de la cena. Le dije que me había instalado allí cerca, en una vieja masada abandonada.
Me escuchó en silencio sorprendidísima y a veces divertida celebrando mi atrevimiento, pero me prometió que por ella nadie iba a saber nada.
-Puedes estar muy tranquilo, que de esta boquita mía no va a salir nada que diga que yo te haya visto por aquí. En cierto modo nosotros también somos unos proscritos-.


14
Laura debía estar muy alterada con la presión de la policía, la de mis padres y la de las preguntas del vecindario, aunque por otro lado mi ausencia fuese en cierto modo una liberación. Creo, que al igual que yo, sentía que nuestra relación se había ido enfriando hasta quedarnos tiesos. Sabía que no podía resistir tanto estrés y que yo ya no encontraba el refugio que en otro tiempo había sentido a su lado. Intuía que mi fuga era por muchos más motivos que el simple confinamiento en un hospital. Me escapaba de la agobiante vida social, del trabajo, de los amigos encontrados desde la infancia en un aula de escuela sin más afinidad que la edad y sabía que me escapaba también de ella, de nuestra hija y de la ley. Puede que sintiera cierta descarga, pero aún así le parecía una actitud muy irresponsable. Dejar que una adolescente se desarrollara sin sus dos progenitores, con los momentos tan difíciles que tendría pasar, los cambios bruscos en su personalidad y en su cuerpo, las contradicciones mentales que se harían cada vez más insoportables y una rebeldía desbocada que utilizaría en forma de chantaje emocional contra cualquier adversario que la quisiese controlar, era poco menos que huir como un cobarde.
Nunca entendió ese comportamiento a tirones tan mío, tan convulso, arrebatos sin meditar que arrasaban todo un trabajo de reconciliación periódica, llevándose por la borda cualquier atisbo de sosiego y reflexión.
“¿Qué era lo que me llevaba a esa agresividad?” Se echaba la culpa a sí misma y no podía soportar pensar que se había equivocado en todo desde el día en que nos conocimos. Ese enamoramiento a ciegas, maquillando al ser amado hasta convertirlo en el modelo perfecto que desearíamos ver ante nuestros ojos, y esa obnubilación emocional de la realidad, que entorpece la visión y la difumina como la niebla al sol, aparecían ahora como un encantamiento maldito.
Aunque nosotros hubiésemos superado ya muchas veces ese trance y nuestra relación sentimental hubiera llegado a un equilibrio tácito de respeto sobre nuestras diferencias, esto dejaba a Laura fuera de juego, sola y con la carga de un marido desaparecido que podía volver en cualquier momento.



15
No llegó nadie más a cenar, la había llamado Jaime para comunicarle que se quedaban un día más a intentar escalar una ruta recientemente abierta por la cordada Gálvez-Torrijo en el pozo de Valloré. Estéfani se enfadó un poco con él y decidió que cenaríamos igualmente aunque fuese los dos solos y así lo hicimos. Nos supo todo muy delicioso. Habíamos preparado una ensalada de escarola con granadas silvestres que habíamos salido a recoger como cada noviembre y unos creps con grandes láminas de trufa casi transparentes sobre la fritura aún caliente. El intenso aroma que despedía nos cautivaba elevándonos a las fragancias más ocultas de las montañas. Da gusto ofrecer sutiles estímulos a quién sabe apreciarlos de verdad.
Las veladas en el Higueral siempre fueron lo mejor de la noche, contábamos historias alrededor del fuego hasta altas horas de la madrugada, cuando la tenue luz de las brasas ya ocultaba nuestros rostros con rojizas sombras y el frescor de la profunda noche entraba por las rendijas para empujarnos hacia los aposentos donde nos encontraríamos con el calor de nuestros dulces sueños.
Aquella noche mientras yo miraba hipnotizado el bamboleo de las llamas sentado en la cadiera, Estéfani me preguntaba sorprendida e interesadísima por los detalles de mi fuga. Lo hacía al mismo tiempo que mezclaba tabaco de liar con un cogollo de marihuana que deshacía entre sus dedos.
Lo terminó de liar y se lo llevó a la boca. Su suave lengua acariciando la pega y un rápido giro de muñeca deslizando sus manchados dedos a través de la húmeda costura de papel denotaban una maestría perfecta. Así terminó por cerrar un cilindro casi perfecto, luego sacó un palito largo y delgado ardiendo de las brasas y aspiro con profundidad exhalando un humo tan espeso que inundó la habitación nublando nuestro contacto visual.
No sé si fue el vino o el THC al que yo no estaba acostumbrado, pero me sinceré más de lo que lo hubiese hecho en condiciones normales.
Siempre soñé que Estéfani y yo podíamos volver a entendernos muy bien y lo percibí de forma muy palpable desde el momento en que la vi aquella tarde. La noche, la soledad, el tedio apático con nuestras respectivas parejas ya gastadas por el tiempo y el calor decreciente de la leña en el hogar, hizo que ocurriera lo inevitable.

A quien sea pudoroso le sugiero que se salte estos párrafos, pero os confesaré que me he masturbado cientos de veces rememorado aquellas horas con Estéfani.
No fue lógico lo que ocurrió, tampoco sé si hubiese funcionado cualquier otro mecanismo, pero quizá estuviesen los astros confabulados para que todo se desencadenara de aquella manera tan maravillosa.
-Bueno… ¿Nos vamos a dormir?– propuso ella mientras me cogía la mano con suavidad.
A mí me estaba subiendo un calor interior como si volviéramos a insuflar aire nuevo en las brasas. Lo estaba deseando, pero no sabía con certeza si me estaba proponiendo dormir a solas o irme con ella a su cama. Puede que fuera una de esas veces que sólo escuchas lo que quieres oír, incluso cambiando las sílabas para adaptar el sentido de las palabras que deseas escuchar.
-Yo me tendría que duchar antes- interrumpí.
-Vale nos ducharemos los dos- dijo aceptando mi condición- El agua todavía estará calentita. Al depósito negro del tejado que nos ayudaste a subir el año pasado, le ha dado el sol durante todo el día.
Su voz era la más dulce de las melodías que había escuchado nunca.
La ducha era una losa de piedra rodeada por una cortina. En el suelo tenía un agujero que daba directamente al exterior. Eso sí, cuando se acababa el agua había que esperar a que se llenase con la manguera de la fuente del Mas de la Tejería y dejar que se calentase al sol del nuevo día. Nos quitamos la ropa despacio. El cuerpo de Estefani apareció en la penumbra como el de una sirena que acabara de salir del mar. Nos miramos profundamente y juntamos las palmas de nuestras manos. Estéfani cogió mis dedos y apartó suavemente la cortina, invitándome a entrar. La noche era fría pero la adrenalina mantenía activa e intensa la circulación de nuestra sangre. Podíamos sentir nuestros furtivos latidos acompasándose entre sí junto a la clandestinidad. Abrió el grifo que colgaba de la manguera proveniente del techo y dejó al descubierto junto a su axila un pecho erizado mientras caían minúsculas y tibias gotas de agua desparramándose por nuestra piel. Mi acto reflejo, como un bebe hambriento de cariño y ternura, fue buscarla besándole.
Ella se dejaba abrazar mientras cogía el jabón natural de losa y lo frotaba contra sus manos para enjabonarme el cabello con un masaje capilar que me transportaba a un vuelo entre las nubes.
Nos frotamos todo el cuerpo el uno al otro, no dejando ni un solo rincón por explorar. Las manos se deslizaban entre el jabón y nuestra piel, confundidas entre las pompas. El aroma a espliego y a deseo lo inundaba todo. El agua caía pausadamente y nuestros labios se entretenían por construir los besos cada vez más largos, como si nuestras bocas luchasen por fusionarse en un solo ser ayudadas por la compresión de la piel, intentando recuperar todo el tiempo perdido.
Estéfani cerró el grifo y salimos a suaves empellones de entre las cortinas. Me cubrió con una gran toalla mientras me dirigía a su cama caminando hacia atrás para sumergimos en un laberinto mágico de sábanas y mantas, de cuyos pasillos jamás podrían salir mis recuerdos.



16
Ya había cantado dos o tres veces el gallo que reinaba en aquel corral y yo seguía como un polizón dormido. El sol se había tendido ya por toda la montaña y se veía entrar la luz a través de las rendijas de la ventana. Se estaba tan a gusto y tan calentito junto a ella que no deseaba que amaneciera nunca.
De pronto se oyó un ruido de motor a lo lejos y mi oído se agudizó tanto que creí elevar la oreja como si fuese la de un asno. Me cercioré de que realmente se acercaba alguien cuando oí el crujir de las piedras aplastadas por las ruedas en el camino y salté de la cama despavorido buscando mi ropa desparramada por el suelo.
Estéfani se despertó también, pero se limitó a dejar que huyera con un halo de tristeza y preocupación en la mirada.
Me escapé corriendo a medio vestir y salí a la puerta para alcanzar lo antes posible el frondoso romeral que me iba a servir de trinchera, pero al intentar cruzar el camino, el conductor del todoterreno que venía hacia mí se asustó y dio un volantazo metiendo su rueda en la profunda cuneta para terminar volcando el coche en medio de la pista. Yo logré saltar al otro lado, pero al oír el estrepitoso accidente, no pude sino volverme a mirar lo que había pasado. Bajé despacio de nuevo al camino. Estéfani salía entonces envuelta en una bata. Dentro del coche había un revuelo tremendo. El conductor no era Jaime en su temido regreso anticipado, sino un apicultor muy mayor que transportaba en el interior tres cajas de colmenas y al volcar se habían abierto. Por suerte para nosotros y por desgracia para él, no se había roto ni un solo cristal del vehículo, pero no podíamos abrir las puertas para sacar a aquel buen hombre de allí al que le cubrían la cara y las manos cientos de sus abejas.
Estéfani tuvo buenos reflejos y dijo: -Vamos a ponernos las escafandras- ellos también tienen algunas colmenas cerca del Higueral. Así que entramos corriendo a la casa y nos protegimos con sendos trajes de apicultor, guantes incluidos y después fuimos a socorrer al accidentado abuelo.
Parecía un eccehomo, la cara y las manos estaban llenas de aguijones, pero el aseguraba que ya estaba inmunizado contra el veneno.
Lo sacamos de vehículo y lo sentamos en un sillón a la entrada de la casa.
–¡Pero si es que la gente joven no sabéis por donde vais! ¿Cómo te cruzas de esa manera en medio de la curva de un camino? ¿Y ahora qué hacemos? Lo peor no es el coche, no, ni el susto que me has dado, sino que mis hijos me volverán a decir que estoy muy mayor para conducir, que tengo que entregar el carnet y que cualquier día me ocurrirá una desgracia y mataré a alguien. Esta va a ser la gota que colma el vaso, la escusa que les faltaba para presionarme más y más. Y yo sin coche no soy nada, cómo voy a mover mis colmenas, que son lo que ahora mismo me da la vida. Necesito llevarlas a sitios más cálidos en invierno y a los más frescos en verano y los que nos hemos acostumbrado al motor... ya no sabemos ir de otro modo ni tenemos mulos de carga para transportarlas como hacían mi padre y mi abuelo. La mayoría de los jóvenes quieren que nos quitemos de las carreteras, les molestamos, que si vamos muy lentos, que si somos un peligro sin reflejos… ya veremos lo que dicen ellos cuando lleguen a mi edad. Yo no mato a nadie, mira lo que ha pasado hoy, al contrario, me he caído yo y no tú que eras el cruzaba imprudentemente. Anda, vosotros que lleváis el traje, sacad esas cajas del coche, abrid las puertas y poned las colmenas al sol para que se vayan tranquilizando las pobres abejas y se metan dentro, yo voy a ver si llamo con mi móvil a algún amigo del pueblo para que venga con el tractor y nos ayude a plantar el coche.

Después de pedirle disculpas repetidas veces al pobre anciano hicimos como nos dijo y volvimos junto a él, que acababa de pedir ayuda por teléfono. -“Enseguida vendrán a ayudarnos”. En el aire revoloteaban demasiadas abejas y no podíamos quitarnos la escafandra, Estéfani y yo nos mirábamos con preocupación por la cantidad de gente que me iba a ver, así que se acercó a mi oído y me susurró:
-¡Vete ya!- Me dio un beso fugaz en los labios a través de la malla de plástico que cubría nuestros rostros mientras me agarraba de la pechera, obligándome a marchar.
Me escabullí por el sendero del Raspador, camino de la fuente de los mases de la Torrecilla, donde me quité el traje de apicultor que había llevado puesto hasta allí. Quería volver a la Cueva por el Puntal de la Tochada en la cara sur del río, pero al pasar por el corral de Villaseco advertí un coche de la Guardia Civil y dos motos del Seprona allá en lo más alto de los tres mojones. Al verme, los dos motoristas arrancaron camino abajo y yo salté a ocultarme en el barranco de la Covatica. Corrí durante un buen rato cauce abajo y cuando llegué a la cascada me paré a descansar. No sabía si iban en auxilio del apicultor o si era a mí a quien buscaban, pero yo estaba realmente asustado y me sentía acorralado, pero ¿quién podría haber denunciado mi paradero? ¿Marcos el de las vacas? ¿El pescador? ¿Los cazadores? ¿El apicultor? ¿Estéfani? Estaba hecho un lío. Mi cabeza navegaba a la deriva en medio de un conflicto tormentoso de desconfianza, pero ¿cómo podía dudar de Estéfani o de Marcos si me habían ofrecido lo mejor de sí mismos? El resto no podía sospechar siquiera quién era yo ni que hacía por allí. Sea como fuere, estaba otra vez muy nervioso, no ganaba para sustos. Sentado ya, relajando mi acelerada carrera y el caos mental que me producía la gran confusión, empecé a reflexionar más pausadamente sobre la situación. A la sombra del acantilado que flanquea el barranco me quedé escuchando el rumor del silencio en la brisa que acariciaba las copas amarillentas de los chopos de la ribera al fondo del profundo cañón. Ya no advertía ruido de motores, acaso el zumbido de alguna abeja solitaria pecoreando las primeras flores de romero. Estas pertenecían, seguro, a un apiario cercano, probablemente propiedad del señor al que le había hecho volcar con su coche por evitar atropellarme. Y entonces se me ocurrió una idea infalible.




17
-Tiene que estar por esta zona- dijo el comisario Álvarez señalando el mapa que tenían colgado de la pared.
-Ese hombre ha podido fugarse a las Américas si ha querido durante estos cinco días- contestó su ayudante.
-Yo creo que no puede estar muy lejos- replicó el comisario frunciendo el ceño.
-Sí, pero ha podido refugiarse en cualquier ciudad como Zaragoza y ahí ¿quién lo va a encontrar?
-Jesús Aguirre siempre detestó el mundo urbano, se adivina en sus escritos, estoy seguro de que ese hombre no ha salido de la provincia de Teruel. Siempre está alabando sus rincones perdidos y la soledad de sus paisajes… me apuesto algo a que se ha refugiado en alguna de las sierras turolenses.
-Sí, pero hemos explorado todos los barrancos que aparecen en su libro y no hay ni rastro de él. Todos los abrigos habitables de los alrededores han sido explorados y ningún agente ha visto rastro reciente de fuego en ellas. Y en estos días de otoño… si está por ahí ha tenido que hacer fuego, seguro.
-El Maestrazgo es lo que más adoraba, siempre estaba con sus pequeños pueblos, sus senderos colgados y sus encañonados ríos, parece que anhelaba retirarse a vivir para siempre en el Guadalope.
-Los pastores de la zona tampoco han visto nada y en Pitarque se ha mirado la casa de sus suegros de arriba abajo.
-Está claro que fue él quien mato al violador. Se puso muy nervioso en la tercera vez que lo interrogué, a los tres días ingresó en el psiquiátrico por una crisis de ansiedad y justo cuando consigo otra orden judicial para ir a verlo al hospital y poder seguir con mis pesquisas, me dicen que se había fugado la noche anterior. Ya estuvo implicado hace muchos años en el caso Icaria, aunque aquella vez se fue de rositas por falta de pruebas, pero ahora le va a tocar pringar porque todo se esclarecerá.
-Se encontraron los piolets en el fondo de uno de los ojos del nacimiento del Jiloca a dos kilómetros de su casa, las pruebas de ADN de los restos hallados en la hoja coinciden con el de la víctima y comparando las fotos de su blog, donde aparece escalando con ellos en Bielsa, son idénticos a los que se han encontrado. Está muy claro, no hay ninguna duda de que fue él.
-Solo queda peinar de nuevo todas las zonas donde haya una fuente. ¡Tenemos que encontrarlo!  
Tocaron a la puerta y esta se entreabrió. Una secretaria asomó la cabeza, pidiendo permiso para entrar y casi sin esperar a la contestación dijo: -Comisario, he encontrado algo que quizá le puede interesar.
El comisario Álvarez y su ayudante salieron tras ella. Tenía el ordenador abierto con una página web, en el muro de presunto asesino Jesús Aguirre.
-Mirando sus antiguas publicaciones, he encontrado esta ruta que proponía el susodicho a la Cueva de los Baños, es curioso pero esta es la única que no aparece en ningún capítulo de su libro.



18
Queramos o no, los insectos siguen dominando el planeta, tienen el mayor número de especies y de individuos por encima de cualquier otra clase de animales con muchísima ventaja. Aparecieron en La Tierra muchos millones de años antes que el hombre y ninguno de nosotros los sobrevivirá.
Siempre me fascinó el mundo de las abejas. Me quedaba largos periodos observando los panales hasta que mi cuñado me llamaba la atención, por tener la colmena demasiado tiempo abierta.
-Jesús cierra que se van a enfriar y luego me aparecerá pollo escayolado. ¿No sabes que la cría es muy sensible al frío? Recién operculadas no puede variar su temperatura fuera de los treinta y cuatro o treinta y cinco grados.
Me encantaba observar absorto los movimientos de las obreras y los de las nodrizas. Me gustaba localizar a la reina en los panales de cría y lo que ellos llaman pollo del día, esos minúsculos huevos recién puestos, alargados y ligeramente curvados como un pequeño gusano, que se ven a trasluz en las amarillas y perfectamente hexagonales celdas de cera limpia. Si no quedaban huecos sin rellenar, acaso alguno suelto para que almacenasen polen, decía mi cuñado que era un buen síntoma de que la colmena gozaba de una buena salud con una reina joven, fuerte y fértil.
Es curioso el nombre que le hemos puesto los humanos a la mamá de estos insectos, porque aquí la reina no vive como tal, sino que es más bien la que lleva toda la carga de la reproducción y la responsabilidad de generar la nueva vida que se debe renovar constantemente. Es como esa madre esclava, que no sale de su casa y se abandona a una vida enclaustrada para atender a su familia numerosa ininterrumpidamente. De hecho, no está nada claro que sea ella quien gobierne, más bien al contrario, debe poner los huevos al ritmo que las nodrizas limpian las celdas e incluso es rechazada y maltratada cuando envejece y se dan las condiciones de enjambrazón obligándola a que se marche de la colmena acompañada de una buena parte de las abejas para fundar otra colonia lejos de allí. Esa es su verdadera reproducción, porque la colmena en realidad debe ser considerada como un solo organismo, cuyas partes no están atadas a un solo cuerpo sino que pueden separarse en minúsculos individuos que realizan funciones diferenciadas, pero en la que ninguno de ellos sobreviviría en solitario.
Cuánto  nos falta a los humanos por aprender de ellas, la unión y la colaboración las hace eternas e invencibles.
Todos los cientos, incluso miles, de huevos que a diario pone la reina eclosionan a los tres días y las larvas son alimentadas con la nutritiva y ácida jalea real durante otros tres días más. A partir de ahí sólo las larvas de las futuras reinas van a seguir alimentándose con la misma jalea real para terminar de desarrollarse por completo al decimosexto día, en el que nace la nueva reina con un abdomen mucho más grande que el de las otras. A las abejas obreras les cuesta nacer cinco días más y a los zánganos nueve, puesto que la naturaleza ha dado prioridad a aquellas que tienen la responsabilidad de la procreación, además de tener el privilegio de vivir varios años. Los zánganos, surgidos de huevos sin fecundar, podrán vivir algunos meses, pero las obreras, organizadas para dividirse las diversas tareas de mantenimiento, defensa y alimentación de la colmena, solo duran unas pocas semanas. Somos lo que comemos.

De entre todas las actividades que realizan las obreras a lo largo de su vida había una que me tenía pensativo diseñando cómo podría servirme para defender mi posición. Tras haber pasado por limpiadoras de celdas y alimentadoras de larvas y antes de salir al campo para convertirse en pecoreadoras, las abejas obreras pasan unos días como guardianas apostadas cerca de la entrada de la colmena. Vigilan la llegada de posibles intrusos y darán su vida por defender la colmena al menor estímulo de alarma. El aguijón es un sofisticado mecanismo de defensa que actúa aún cuando la abeja se ha desprendido de él arrancando parte de sus músculos e intestinos motivo por el cual termina muriendo poco tiempo después. Sus arpones móviles se clavan alternativamente en la piel del intruso avanzando hacia el interior e inyectando un veneno por debajo de una lanza superior desde una bolsa que si se presiona aumenta la dosis. La abejas se estimulan más al ataque con el olor del veneno que han depositado su hermanas las anteriores guardianas habiendo dejando ya su aguijón clavado, así que la picadura puede ser múltiple y provocar cuando menos fuerte dolor e inflamación y en algunos casos incluso la muerte.

Me coloqué de nuevo el traje de apicultor de Jaime y bajé tres cajas del apiario del Raspador hasta las inmediaciones de la cueva. Las coloqué estratégicamente al pie del sendero de acceso. Me costó un gran esfuerzo porque cogí las que más pesaban, las más activas, las más populosas, y tuve que llevarlas de una en una por aquel tortuoso camino de descenso al río. Pretendía ahuyentar a cualquier explorador que se intentase acercar por allí. Dicen que con los años se pueden seleccionar las reinas y buscar una línea genética más o menos agresiva, pero yo no disponía de mucho tiempo para elaborar concienzudamente una estrategia tan compleja. Si me estaban buscando por el Raspador, podían dar con la cueva en cualquier momento. Soñaba con prepararme más colmenas cuando llegase la primavera, para multiplicar mi propio apiario, obtener rica miel de sus panales y devolverle las cajas robadas al abuelo, yo me construiría mis propios troncos huecos con tapas a medida y un agujero como piquera.
Me acordaba del premio Nobel en Fisiología y Medicina otorgado a Karl Von Frisch por su descubrimiento en los bailes de comunicación de las abejas. Las obreras se muestran unas a otras la posición y el lugar exacto donde se encuentra las flores, fuente del preciado néctar. Lo hacen bailando respecto del sol y de su colmena, mediante la famosa danza del círculo o del ocho. Soñé que quizá fuera capaz de enseñar yo un baile de ataque y proponerles objetivos para aguijonear, moviendo una abeja a través del panal atada a un palito. Pero las abejas no tienen rencores ni maldad, ellas no se enfadan ni se irritan, no son vengativas ni traicioneras y raras veces pican lejos de la colmena si no se les oprime el cuerpo. Las que ocupan el puesto de guardianas solo atacan a unos cuantos metros de la colmena. Su comportamiento es meramente defensivo para intentar repeler a los intrusos invasores. Por eso empalmé un alambre atado a cada tapa de las colmenas y lo uní discretamente a la base de un romero cruzando el sendero a la altura de los tobillos.
De ese modo quién pasase por allí tropezaría abriendo la colmena sin darse cuenta y tendría que retroceder huyendo con algún que otro aguijonazo en el cuerpo.
Y así les ocurrió a la primera pareja de la guardia civil que apareció buscándome a la mañana siguiente.
La guerra estaba declarada y cuando se hubieron ido corriendo sendero arriba sobre sus pasos, me apresuré a colocarme el traje de nuevo y salí corriendo hacia allí para cerrar la colmena y trasladarla a otro lugar del sendero donde no lo pudiesen recordar. No quería desperdiciar el factor sorpresa.
Pero para mi desgracia, la reacción que provoqué en mis perseguidores no fue el desistimiento, sino más bien al contrario. Lejos del efecto disuasorio que buscaba, pronto se dio la voz de alarma sobre la existencia de colmenas y se apresuraron a protegerse, también con trajes de apicultor, para la nueva incursión hacia la cueva a fin darme captura.
Para mí la patria reside en ese lugar al que amas y no en el conjunto de territorios que han trazado un grupo de personas apropiándose de lo que realmente no es suyo. Yo no quería volver al hospital ni a los forzados interrogatorios del comisario Álvarez, me sentía perdido, me caerían más de veinte años por el agravante de haberme dado a la fuga, la cárcel podría ser aún peor que todo lo que había conocido hasta entonces.
Yo estaba nerviosamente horrorizado por la rapidez con la que habían encontrado mi escondrijo.
Desde mi posición estratégica pude contar hasta seis personas vestidas de blanco. Venían por varios lados, parecía una invasión extraterrestre con escafandras avanzando hacia mí entre los espinos y romeros, y lo peor era que su inmunidad anulaba mi defensa premeditada.

Me abracé a la colmena que tenía a mis pies y la besé como si fuese el arca de la alianza. Me juré que jamás me sacarían de allí con vida. Estaba dispuesto a abrir la tapa de la colmena y quitarme lentamente la escafandra. La primera picadura sería la más dolorosa, un fuerte olor aromático llegaría hasta mi nariz y también al resto de las guardianas que excitadas por el perfume del veneno acudirían en ayuda de su compañera sacrificada. Yo me desvanecería, notando un fuerte calor en la cara y su aumento imparable de volumen. Pero pronto la propia inflamación anestesiaría mi cabeza. Ya no me preocupaba que los policías quisieran llevarme, pronto me habría fugado eternamente. Me recostaría sobre un tronco y dejaría que hiciese efecto la apitoxina, hasta que poco a poco dejara de sentir los aguijones.

En aquel trance de rendición frente a la vida, mi mente volvió al oscuro callejón.

Estaba bien entrada la noche. Yo venía de mi habitual ruta en bici hasta los chopos de Villacadima, donde todos los principios de invierno entrenaba y probaba mis piolets contra la madera seca de un gran chopo, ascendiendo por él hasta las primeras ramas donde colocaba una cuerda para descender una y otra vez. Me iba al atardecer si encontraba un hueco libre en mi agenda y volvía ya con las primeras estrellas de la noche, de ese modo practicaba también con la linterna frontal. Las cascadas de hielo se escalan habitualmente horas antes del amanecer, son más seguras de madrugada cuando el termómetro roza el mínimo negativo. Me pareció ver una mochila estudiantil tirada en la acera y un pálpito me sobrevino a la mente. Me detuve unos metros más adelante, los colores coincidían con los de la de mi hija. Entré en el oscuro callejón y pude advertir un bulto que se movía a forcejeos en un rincón.  Los pataleos se entremezclaban con intentos guturales de alarma silenciados por el agresor, que con sus manos tapaba brutalmente su boca. Cuando mis ojos se fueron acostumbrando a la falta de luz. Vi que el violador la retenía inmovilizada con las rodillas sobre sus manos, y una pistola apuntándole para que no gritara. Yo no sé si habría deseado que todo acabara de otro modo o agradecía que se me brindase aquella oportunidad única para vengarme de todas las vejaciones, trastornos y persecuciones que había sufrido ya, pero en aquel preciso instante no pude contenerme.
Ahora recaerían sobre mi dos asesinatos, porque estaba convencido de que el comisario Álvarez con su sagaz suspicacia sabría hurgar en mi pasado y reabrir el caso Icaria. Tratarían también de culparme con la muerte de Walter. Yo solo le empujé  para apartar su tétrica mirada agonizante de nuestros rostros y que continuara su camino hacia el infierno, pero ya estaba totalmente desencajado y destrozado cuando se quedó enganchado en nuestra repisa después de ser arrollado por el macho de cabra montés veinte metros más arriba. Laura y Jaime juraron que jamás dirían nada, pero después de todo lo ocurrido, quién sabe, a lo mejor les servía para deshacerse de mis desplantes y  mis ataques de ira.

Salí de mi ensimismamiento cuando oí el avance cercano de la guardia civil abriéndose paso entre la maleza. Me incorporé y una rama de zarza me enganchó el pantalón.



19
No era precisamente yo de los que reciben a la muerte esperándola postrados en una cama.
Así que rechacé la idea de la rendición, cogí rápidamente la navaja y corte dos ramas de zarza ocultándome detrás del gran tronco en el que se apoyaba la colmena. La malla que cubre la cara de un traje de apicultor es lo suficientemente resistente para que no la puedan romper las abejas, pero muy sensible a los enganchones. Los dos guardias civiles seguían avanzando por entre la maleza. Al llegar a mi altura, yo permanecía oculto y pegado al tronco. Nada más tropezar con el alambre justo cuando la caja se abría y ellos se daban la vuelta sorprendidos, me levanté y les pasé la rama de zarza por la escafandra estirando con ímpetu para rasgar sus mallas protectoras. Acto seguido pegué una patada a la colmena y salí corriendo. Los dejé allí solos, gritando y dándose de manotazos para intentar sacar las abejas de su rostro.

Corrí ladera arriba sin descanso dejando que el resto de guardias acudieran en su auxilio. No paré hasta llegar a los Llanos del Puerto, el corazón parecía que se me iba a salir por la boca y me volví a quitar la escafandra dejándola allí abandonada. Era mi única salida, huir lo más lejos posible. El que me había parecido un lugar oculto e inaccesible, ya no era un sitio seguro para mí y no quería ver la sonrisa del comisario Álvarez con aire de triunfador, cuando le condecoraran por haber encontrado mi zulo, resolviendo el caso con su pericia diabólica.

Así que continué camino abajo hacia La Algecira. Al fondo se veía La Crebada con su grandiosa roca afilada que tanto nos costó escalar y que aparenta bascularse sobre el río sirviendo de jalón a los caminantes sobre la cola del recién estrenado pantano del puente de Santolea y las pinturas rupestres del Torico. Al pasar el río por la palanca donde el Guadalope entrechoca su caudal contra las grandes piedras redondeadas por el arrastre de las tormentas, un renault 12 blanco que no pude advertir a tiempo por el rumor del agua, llegó muy veloz y frenó levantando gran polvareda. Se paró junto a mí abriendo de golpe la puerta del copiloto. La sorpresa me hacía difícil creer que Estéfani hubiese venido a por mí.
-¡Vamos sube! ¡Rápido!
Me metí en el coche sin saber a dónde iba.
-¿Cómo me has encontrado?
-El anciano apicultor les contó que te habías cruzado en el camino y luego habías desaparecido hacia el Raspador. Yo dije que no te conocía, que no te había visto nunca. Pensé que te buscarían por la misma zona desde la que te marcharte y sabía que huirías por esta parte de río.
-Muchas gracias Estéfani, pero ahora ¿dónde me escondo?
Ella me sonrió. -Te llevaré con mis hermanos, han estado de gira todo el verano por España, hoy duermen en Foz Calanda, hacen un pase especial porque están enamorados del Festival de Circo de Foz y de la acogida del público que tuvieron allí a finales de Agosto. Mañana vuelven para Italia. Te ocultarás con ellos, son muy buena gente, hasta seguro que te enseñan algún truco de esos que tanto te gustan, como tirar llamaradas por la boca o a manejar las cariocas de fuego. Yo en cuanto pueda iré a buscarte.
Volvió a sonreírme, alargó su cuello e inclinándose hacia mí me dio un beso en los labios. Casi nos salimos a la cuneta, pero Estéfani estaba muy acostumbrada a conducir velozmente y a volantazos, esquivando los baches de aquellos caminos de tierra, como si estuviese participando constantemente en un rally. No me podía creer lo que me estaba pasando.
Me estaba volviendo a enamorar profundamente de Estéfani o quizá en realidad nunca había dejado de estarlo, así que me dejé llevar ante esa perspectiva tan bella de emprender un nuevo camino a su lado.
-No sé cómo han podido dar conmigo tan rápido.
-Te dije hace tiempo que no publicaras tantas cosas sobre los lugares exóticos del Maestrazgo. Nos emocionamos con contar que somos los protagonistas de nuestras propias aventurillas y que el resto nos aplauda, que nos inunden  a “me gustas”. Has estado demasiado tiempo conectado a Internet diciendo a todo el mundo donde vas, lo que haces y con quién. Hay cosas que es mejor que no sepa nadie. Yo hace años que me quité el móvil, el ordenador y toda esa porquería tecnológica que nos hace esclavos. ¡Son juguetes tapadera! Instrumentos  infalibles para tener controlado al personal, por dónde andas, qué te gusta comprar, con quién te relacionas… pero no te preocupes, les costará mucho averiguar que estoy contigo, no tienen por donde pillarme, ni siquiera creo que sepan que soy italiana. Y para cuando descubran algo ya hará tiempo que habréis salido a Francia por La Junquera-.
Llegamos a Foz Calanda a eso de las diez de la noche y Estéfani me presentó a sus hermanos, Luigi y Matteo.
Estéfani se apartó con Matteo, para pedirle que me llevara con ellos. Cuando le contó el porqué de mi necesidad de escapar, Matteo protestó. En la distancia intuí que había bronca e interpreté que le recriminaba de nuevo su carácter voluble e independiente para solo acudir a la familia cuando se veía en apuros o necesitaba ayuda, poniendo a todos en peligro. Le preguntó por Jaime en tono inquiridor y le dijo que todo había acabado:
-Ahora Jesús está conmigo- Matteo se echaba las manos a la cabeza y se preocupaba sobre todo por lo que pudiese pasarles si nos paraba la Policía, pero al fin accedió.

Saldríamos al amanecer, nos dirigíamos a Luisetto, una pequeña aldea del Piamonte italiano, al sur de Alba su pueblo natal. Cuna de la trufa blanca. Me prometió que cuando llegara a buscarme me enseñaría todo Turín, subiríamos al Cervino, la montaña que yo siempre tenía metida en la cabeza y que Estéfani había escalado varias veces. Allí tendríamos tiempo de contarnos pausadamente todos los secretos escondidos del sentir de nuestras almas, envueltos entre los intensos aromas que tanto nos cautivan a los dos. 
Nos dejaron una cama pequeña en el ático de la casa rural que tenían alquilada y la noche volvió a envolvernos con su mágico velo enredando nuestros cuerpos hasta incendiar nuestra piel solo sofocada por los besos.

Al amanecer nos despedimos entre sollozos, pero con la esperanza cercana de volver a vernos, Matteo nos miraba de reojo con cierto enojo.
Por fin partió el convoy hacia Italia, pero a la salida de Alcañiz la guardia civil había montado un control. Nunca hubiese creído que se organizara un despliegue policial tan grandioso para coger a un pobre diablo como yo.
Nos hicieron bajar a todos y fueron revisando la documentación de los vehículos y la de cada uno de nosotros, al fondo en el último coche patrulla puede reconocer al comisario Álvarez.
Seis meses después salió el juicio, mi abogado alegó que el día de autos su cliente ya estaba afectado por un trastorno mental y mi hija testificó todo lo ocurrido, aunque con mucho esfuerzo y dolor, al rememorar aquellos angustiosos detalles.
La audiencia comprendió que todo lo que hice fue en legítima defensa.
El tiempo de prisión preventiva en la cárcel de Daroca se me pasó más rápido de lo que nunca hubiera imaginado, la sentencia determinó que cometí un homicidio en defensa propia por lo que recibí la absolución de la condena de ocho años que pedía el fiscal y fui liberado sin cargos.
A la salida de la vista todos me vitoreaban como a un héroe. La administración todavía me reservaba mi antigua plaza de profesor a partir del próximo curso y Laura estaba esperanzada con empezar una nueva etapa en nuestra relación. Un nuevo amanecer en nuestras vidas.



20
Desperté sobresaltado, Estéfani todavía dormía, me asomé por la pequeña ventana. Estaba a punto de salir el sol. Me froté los ojos y recordé vagamente los últimos detalles de la reciente pesadilla.
¡Qué iluso! confiar en la indulgencia de la justicia española. Recuerdo esta misma sensación en mi arresto militar por haber bebido demasiado alcohol. En algún rincón de mi cerebro una esperanza muy poco convencida aún pretendía que me perdonarán, pero al final los hechos no se sucedieron como mis sueños habían planeado para mí.

La carta de despedida que dejó Estéfani para Jaime encima de la mesita de entrada del Higueral, no dejaba duda.

Querido Jaime.
 Tras muchos meses de ausencia, aunque estuvieras físicamente a mi lado, he comprendido que mi camino está en otra dirección a la tuya. No puedo seguir así, abandonada a la resignación de una vida monótona sin más compañía que la del sol y las estrellas. Necesito más aire, nuevas sensaciones, alguien que me escuche, que desee compartir inquietudes conmigo. Alguien con quien vuelva a sentir que la vida es maravillosa. Sé que se nos han gastado las ganas de aguantarnos, por eso procuras estar cada vez menos tiempo aquí conmigo, pero todavía me siento joven, espero vivir más del doble de lo que he vivido hasta ahora. Nos queda muchísima existencia por delante, pero no podemos desperdiciarla. Como tú dices “Sólo se vive una vez”. Me vuelvo a Luissetto. Seguro que puedes arreglártelas mejor sin mí. Encontrarás la forma de rehacer la vida que tanto te gusta, libre, sin ataduras. No trates de encontrarme sabes tan bien como yo que esto tenía que pasar. Si alguna vez deseo volver a verte ya me pondré en contacto contigo.
           Un abrazo.
           Fdo. Estéfani.

Por fin partió el convoy hacia Italia, pero tal y como predijo mi sueño a la salida de Alcañiz la guardia civil  había montado un control. Nunca hubiese creído a nadie que presumiese de adivinar el futuro a través de los sueños. La aventura del génesis donde José el israelita conversa con el faraón para interpretar sus pesadillas siempre me pareció un cuento infantil. Pero, sea como fuere, allí estaban. Yo no podía dejar que me atraparan y esperar en la cárcel a que saliera el juicio al cabo de dos años o más, ni confiar en que surtieran efecto las alegaciones de mi abogado incluyendo las eximentes de miedo insuperable y trastorno mental. Aunque mi hija testificara todo lo ocurrido, nuestra justicia solo perdona a los peces gordos y es probable que no aceptaran mi reacción como de legítima defensa.
Sería demasiado cándido si esperara la absolución del juez anulando la petición del fiscal. Mi intento de eludir la justicia, la fuga del hospital y dos ataques a las fuerzas del orden, son suficientes agravantes como para aplicarme nocturnidad, premeditación y alevosía. Probablemente nadie me vitorearía a la salida de la vista como al padre coraje y la administración harta ya de mí y de mis desplantes hacia los superiores aprovecharía con saña para inhabilitarme en la función docente. Mi estrategia al esconderme tenía que ser infalible.
El comisario Álvarez no podría comprender que se les estuviera escapando alguien a quién le habían estado pisado los talones. Algo fallaba en la búsqueda intensiva que se estaba realizando, controles en todas las carreteras, dos helicópteros y tres unidades de guías caninos con sus perros de rastreo. Decidió volver sobre sus pasos para intentar recomponer los hechos. No creía que la casualidad me hubiera hecho pasar aquel amanecer por el Higueral ¿Qué hacía yo saliendo de una casa corriendo y provocando un accidente en medio de un camino rural? Así que cuando volvió al Higueral y tocó en el gran portón de madera se dio cuenta de que la puerta estaba entreabierta.
-Buenos días ¿Hay alguien?- gritó. Sólo obtuvo el silencio por respuesta. Empujó el portón y volvió preguntar. Como nadie le contestaba penetró y merodeó observando los detalles de la casa. Varias figuras de madera tallada decoraban las paredes, un viejo atrapasueños colgaba del techo junto a una bandera pirata. A su lado había una antigua mesa de madera sobre la que había un papel plegado, se acercó, miró a los lados y cuidadosamente lo abrió. Estéfani hacía ya por lo menos tres horas que se había marchado dejando aquella misiva para Jaime.
-Luisetto, Luisetto, ¿dónde coño está Luisetto?- y sacó su teléfono para buscar en la red. La espera en la pantalla se hizo demasiado larga, creía que no habría suficiente cobertura, hasta que al final el buscador mostró a un lado la palabra Italia.
Cuando se dio cuenta de lo ocurrido salió deprisa al coche y comenzó a dar la voz de alarma por la radio.
-A todas las unidades, a todas la unidades, les habla el comisario Álvarez, el perseguido puede estar camino de Italia, hay que detener a todos los vehículos sospechosos en dirección Barcelona, cambio.
-Le habla el cabo Gutiérrez del control de Alcañiz, esta mañana hemos revisado un convoy de circo con dos furgonetas y un camión, pero entre los ocupantes no se hallaba el sospechoso, cambio-
- ¡Hay que detener a ese convoy!- Gritó el comisario Álvarez -Repito hay que detener a ese convoy, cambio.
-Han pasado a las nueve de la mañana, ahora estarán al menos en Gerona, cambio-
-¡Hagan lo posible por detenerlo esté donde esté! Corto y cambio- ordenó el comisario.

El camión que conducía Matteo, era el más lento de todos. Subiendo hacia La Jonquera se quedó retrasado por lo menos dos kilómetros respecto de las furgonetas. Las veía alejarse poco a poco, pero él no tenía prisa. El último camión que había heredado de su padre debía durarle otros diez años o más y para eso había que tratarlo con cuidado, sin apurar.
Poco antes de llegar a la frontera justo cuando iba a coronar el puerto vio como un mosso d´esquadra salía corriendo hacia el centro de la calzada para echarle el alto, Matteo pisó el freno y lamentó otro registro más pues habían pensado parar en Perpignan para descansar y ahora aún le cogerían más ventaja su hermano Luigi y los demás.

-Bona tarda, documentació si us plau.
Llegaron otros tres mossos más y empezaron a desmontar todo el camión. Matteo protestaba con fastidio, pero en el fondo estaba feliz porque sabía que yo no estaba allí.

El cambio de planes fue una decisión que me esforcé por meterle en la cabeza a la pobre Estéfani poco antes de bajar a desayunar. ¡Con lo que le había costado convencer a su hermano para llevarme!
 Yo no quería meter en líos a nadie, acababa de tener un horrible sueño. Nos cazaban en el control en Alcañiz y detenían a Luigi, a Matteo, a Estéfani por cómplices de mi intento de fuga. Sabía que volverían a registrar el Higueral y sabía que dejar pistas falsas de por donde nos habíamos fugado podría despistarles.
Me hubiera gustado ver la cara de frustración del comisario Álvarez cuando le comunicaron que solo les había dado tiempo de parar al camión de cola, las furgonetas acababan de pasar a Francia cuando dieron el aviso.
Europa, el viejo continente superindustrializado, esta lleno de rincones perdidos, maravillosos y prácticamente despoblados, zonas rurales totalmente abandonadas con grandes extensiones deshabitadas, donde si encuentras a alguien suele ser amable, hospitalario y con ganas de ayudarte. Dicen que en 2050 el setenta por cierto de la población mundial vivirá en grandes ciudades, pero nosotros detestamos la vida urbana. Solo en el Maestrazgo existen cientos de masadas y aldeas abandonadas como las Casas de Alconzal, Torremocha, El Latonar, Hoya Serbal o Casas del Manzano, que hasta hace cuarenta años eran centros de actividad económica para alimentar a varias familias. En todas ellas hay una fuente y recursos suficientes para darse vida y subsistir. De hecho pasaron siglos viviendo así nuestros antepasados. No nos creemos que ahora sea imposible hacerlo. ¿Qué ha cambiado en el universo realmente?

Aquel día, Estéfani estaba esperándome con el coche a la salida de la Foz Calanda, me llevó lejos de allí siempre por carreteras secundarias y alguna pista de tierra. Ella había vivido en varios de esos poblados que llaman abandonados y conocía muchos más. Me voy a dejar la barba tan larga que ahora dirán que me parezco a Jaime. De lejos cualquiera podrá confundirnos. En la foto del carnet de identidad que le ha cogido prestado Estefani del Higueral, hasta yo me encuentro parecidos. Su DNI va a servirme de salvoconducto.
¿Volverás?
Su mirada fija en mí me atravesó el corazón porque comprendí que su alma solo podía volar libre.
FIN






15 de junio de 2016
Fdo: Jaguirre

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