domingo, 22 de abril de 2012

Villaverde


VILLAVERDE
 (Cuento preseleccionado en la primera edición del concurso Miguel Artigas en 2001 y publicado en la revista de la Asociación Cultural del Torrijo del Campo en 2002)


     No hace demasiados siglos, en el fondo de un estrecho y fértil valle, a caballo entre los términos de Torrijo del Campo y Rubielos de la Cérida, se asentaba un bonito y pequeño poblado de piedra, habitado por unas cuantas familias dedicadas por completo a la ganadería de caprino y lanar.
     Villaverde, cuyas ruinas aún hoy se conservan o por lo menos en parte, estaba rodeado de montes salpicados de carrascas y rebollos que los resguardaba del frío viento en invierno y del sol en verano, donde sesteaba plácidamente el ganado en las horas de más calor. El abastecimiento de agua estaba asegurado con la balsa, una pequeña depresión ubicada medio kilómetro más arriba, que se llenaba con las fuertes nevadas de invierno. Más abajo e incluso en el mismo poblado se construyeron pozos para el abastecimiento humano y para el riego de los pequeños huertos sembrados principalmente de legumbres y hortalizas.
     La vida allí transcurría relativamente tranquila. Los adultos, en su quehacer diario ocupaban al completo las horas de luz solar. Las mujeres, en su mayoría, se dedicaban a las tareas domésticas y al cuidado del ganado joven, mientras cultivaban la huerta. Los hombres, en cambio, cuidaban del ganado en el monte, iban de caza, recogían la leña y bajaban de cuando en cuando al valle para comprar harina y vender corderos o algún que otro choto.
     Los más pequeños permanecían en el pueblo hasta que se consideraban adultos para ayudar en el trabajo.

     Leonor nunca conoció a su madre, murió nada más dar a luz a su hermano Luis. Los dos mellizos vivían en casa con su abuela Romualda y con su padre, al que no veían en casi todo el día. Romualda les enseñaba a leer en un viejo libro de misa, que el último párroco le regaló y aunque Luis ponía empeño, Leonor aprendió antes todo lo que su abuela les decía.
     Por la noche, al calor de la hoguera del fogón, la abuela contaba viejas historias, con las que hasta el padre de los mellizos, a pesar de haberlas oído ya más de cien veces, quedaba boquiabierto. Decía que en Villaverde siempre había existido un duende, un hombrecillo invisible a su antojo, que salía a rondar aprovechando la penumbra nocturna. Por el día se escondía en el interior de un gran chopo seco en los aledaños del pozo "El Puntal", allí dormía y soñaba con las maquiavélicas travesuras que haría en la siguiente ronda. Subía al pueblo alrededor de las doce y entraba en las casas para alimentarse con pan, huevos y leche de cabra, ya que éste era su menú favorito. Algunas noches bebía vino y a menudo se enfurecía maldiciendo su soledad y comenzaba a romper cacharros en la cocina. -"Una vez estando en casa de la Marcelina, bien entrada la media noche, empezamos a oír ruidos en la sala de arriba, salimos al patio aterrorizadas y vimos bajar una silla por las escaleras andando como si fuese un hombre"- contaba con entusiasmo y voz sigilosa la abuela Romualda.
     A Leonor le fascinaban las historias que su abuela contaba a la luz de las llamas y que después de oírlas les enviase a la cama advirtiéndoles que se durmieran rápido con los puños apretados para que no los encontrasen los duendes despiertos.
     Le encantaba ser niña, pero sabía muy bien que eso no duraría siempre. Su abuela cada día se hacía más mayor y su padre pronto necesitaría que le echasen una mano.
     Pronto fue llevada al ganado para aprender a ordeñar a las cabras y empezaba a estar menos tiempo en casa con su abuela y con su hermano, al que le daba pena dejar sólo.
     Luis siempre fue más débil, nació pesando mucho menos que Leonor, y nunca tuvo tanto apetito como ella, ni tanta vitalidad y por ello casi siempre caía enfermo al entrar el invierno.
     Aquella mañana de Noviembre Leonor salió con su padre para recoger la leche, de la que siempre, a escondidas de regreso a casa, bebía buena parte. Al contrario que a su hermano, le encantaba abocarse al cántaro caliente para saborear aquel tierno sabor de la leche recién muida.
     Al llegar a casa, la abuela ya se había levantado y acercándose a Leonor y le dijo: -"Hija tu hermano está muy enfermo y tiene muy mal color, ve a avisar al curandero"-.
     Se asomó a la habitación donde reposaba Luis y salió corriendo para avisar a Serafín el curandero.
     Largo rato estuvo Serafín observando y tocando a Luis con cara de preocupación, duda y desconcierto. Nunca había tenido un paciente de estas características, aunque comentó que en la casa de al lado también había caído enfermo el tío Bartolo. Sin saber muy bien que hacer, aconsejó seguir la receta que siempre había funcionado con los enfermos de estados febriles y diarreas.
     No había pasado un mes cuando el vecino murió y el estado de salud de Luis cada día era más grave, lo que desconsolaba a la familia y en especial a Leonor.
     Además en el pueblo habían aparecido más casos.
     A finales del mes de noviembre un desgarrador escalofrío, recorrió el infantil cuerpo de Leonor, arrancando dolorosamente parte de su alma, al enterase por medio de las lágrimas de su padre que había ocurrido lo inevitable.
     Leonor salió corriendo como fuera de sí hacia el bosque y subida en una enorme piedra, rompió a llorar desconsoladamente.
     Pasó la noche fuera preguntándose por qué a su hermano, por qué a ellos. Cuando pudo serenarse intentó hablar con las brillantes estrellas del firmamento procurando comunicarse con él y con su desconocida mamá. - "Se que estás ahí Luisico, pero no te vayas por favor"- pensó en voz baja, suplicando con los susurros entremezclados de llanto y lágrimas que le hacían ver las luces más puntiagudas. 
     Cuando el frío caló por completo en su alma y en sus huesos, las lágrimas ya se le habían secado y la cruda y cruel realidad le hizo regresar al pueblo maldiciendo aquel lugar infectado por una enfermedad mortal que afectaba ya a más de medio vecindario.
     Llegó a casa y su padre la estaba esperando sentado en la vieja silla de la entrada, se miraron, comenzaron a temblarles los labios y fuertemente abrazados rompieron a llorar de nuevo, después salió Romualda y los abrazo a su vez a los dos.
     La epidemia no tardó mucho en extenderse a casi la totalidad de las gentes de Villaverde y cada día había dos o tres entierros. La situación era alarmante y desolador. A Serafín el curandero, ya con indicios de estar infectado, no le daba tiempo de recoger las escasas plantas medicinales que en esta época salían. Pero aún así y a pesar de saber que sus pócimas no servían, el seguía con empeño y auténtica devoción intentando salvar a sus paisanos.
     -"Hija mía"- dijo Romualda a su nieta, con mucha seriedad y la sabiduría de la experiencia, -"Dios ha querido que tú y yo no estemos infectadas todavía, pero has de saber que tarde o temprano nos llegará, así que deberás estar preparada para marcharte......creo que tu padre, también está cayendo enfermo, esta mañana ha vomitado dos veces"-  La niña rompió a llorar y se tiró a abrazar a la abuela que con caricias, besos y sonrisas intentaba disfrazar tanta desolación y tristeza.
     El mismo día que su padre murió lo hicieron cinco más y se podían contar con los dedos de una mano las personas que quedaban en el pueblo.
     -"Leonor, Leonorcita, ven aquí, siéntate conmigo"- dijo con voz dulce la abuela Romualda. La niña se sentó a la orilla de la cama. La abuela acarició su cara, retirando el pelo de su flequillo muy suavemente, y con voz baja y muy grave dijo:   -"¿Te acuerdas de aquella paloma que empujada y arrastrada por el viento de una gran y feroz tormenta apareció solita en una isla desierta y que su espíritu lleno de valentía y serenidad le hizo decidir atravesar el océano guiada por una estrella en la noche?"- La niña asintió con la cabeza esperando a que la abuela prosiguiese. -"Bien, pues ahora tú eres esa paloma, busca la estrella en tu corazón y agárrala con fuerza"- dijo la abuela acentuando el tono de voz con las últimas fuerzas que le quedaban.
     -"Coge la manta de lana que hay en mi armario, llena la cestilla de pan, huevos, longanizas y queso, ponte ropa de abrigo y llévate las dos cabras-" dijo tapándole los labios con el dedo índice para evitar que llorara: -"Aquí no vamos a quedar nadie, es el momento de que te marches"-.
Sin poder evitarlo los ojos se les encharcaron y con voz tintineante le dijo: -"Partirás  mañana al amanecer, cogerás el camino del pozo "El Puntal", rambla abajo, y al poco verás otro más pequeño con brocal de piedra maciza, allí pararás a almorzar y descansar. Divisarás un amplio valle con alamedas en el centro. Después partirás yendo siempre en la dirección del sol poniente hasta llegar a un pueblo llamado Torrijo del Campo, allí te acogerán."-
    
     A la mañana siguiente la niña se despertó al alba y tal y como había indicado la abuela preparó todo con el cuidado y el orden que le caracterizaba y con una serenidad pasmosa en una niña de nueve años, se acercó al lecho de su moribunda abuela y la beso en la frente. Se retiró lentamente caminando hacia atrás. Su último gesto recíproco fue una sonrisa de esperanza, que la abuela devolvió como diciendo "Hasta luego, cuídate bonita".

     Al salir del pueblo echó la vista atrás, deteniéndose un instante cogió gran cantidad de aire por la nariz y con los ojos cerrados decidió seguir el consejo de su abuela.

     Llegó a Torrijo poco antes del mediodía, tal y como había predicho la abuela la acogieron en una casa de gente humilde y buen corazón.

     Tardaron muchos años en subir a Villaverde, el pueblo del que Leonor partió para no volver jamás. Las tierras fueron repartidas entre los vecinos de Torrijo y decidieron no reconstruir aquel lugar que un día asoló una mortal epidemia de las que por entonces contagiaban y arrasaban esta parte del mundo.