lunes, 8 de junio de 2020

CACERÍA NAVIDEÑA



23 de Diciembre de 2001.

     Aquella mañana la camada se despertó poco antes de salir el sol. Un extraño ruido de motores desde la lejanía les robó el último y dulce sueño nocturno, algo que odiaba el perezoso Gruñi, el pequeño jabalí, primogénito hijo del gran colmilludo Jost.
     La pequeña cueva estaba caliente, a pesar de que las mañanas ahí afuera eran muy frías en esta época del año. Allí dormía toda la familía: papá, mamá jabalí, Gruñi, su hermana Jana y los siete hermosos rayones nacidos hacía apenas unas semanas.
     La puerta era un espeso y túpido muro vegetal que a modo cortina los protegía de intrusos y del frío del invierno. Jaras, abundantes zarzas y alguna que otra mata de carrasca ocultaban este lugar desde el viejo roble hasta la boca de la cueva.
     Arrancar raices y buscar trufas hurgando con el hocico, entre acebos llenos de rojizas bayas y encinas repletas de sabrosas bellotas era el principal entretenimiento de la familia aprovechando los primeros rayos de sol de la mañana.
     Pero el alba traía aires extraños y malos presagios para Jost que había salido a saborear el fino y puro aire de la aurora. Algo le decía, a su aguda nariz, que habían llegado intrusos a la zona y que no podrían tomar su diario baño de barro al calor del sol de mediodía en los cañizares de la laguna Honda.
     De pronto se empezaron a oír más ruidos de motores y también múltiples y enloquecidos ladridos de las jaurías de perros que otras veces le habían perseguido. Pero esta vez no estaba solo, detrás tenía a los suyos, a los indefensos y vulnerables jabatos.
Volvió su cuerpo hacia la cueva y sin hacer el más mínimo ruido, hizo una señal a Gruñi para que le siguiera. Al salir a la loma empezaron a escuchar ensordecedores ruidos de cuernos soplados por cazadores y los infernales ladridos se intensificaron.
     -"Gruñi, tenemos que despistarlos, no pueden descubrir la madriguera, hay que alejarlos de aquí"- dijo Jost en voz baja a su hijo que le atendía sin pestañear.
     Se alejaron despacio adentrándose en las sombrías laderas del rebollar. Pronto empezaron a divisar hombres que se dirigían a colocarse en lo alto de los peñascos. De pronto un ensordecedor estruendo cruzó todo el valle dejando un eco desolador. Cada vez se oían más cerca los ladridos y aquellos truenos se repetían constantemente y por numerosos sitios.
     Gruñi se sentía acorralado, y muy nervioso veía como los hombres de las piedras levantaban sus varas de fuego y las hacían vomitar relampagos mortales. Su padre permanecía muy atento a todo lo que se movía cerca de allí, alerta, planeando el plan de huida.
     -"Gruñi, cuando nos huelan esos malditos perros no podremos quedarnos aquí. A la señal sal corriendo tanto como puedas torrentera arriba, no te detengas ni mires hacia atrás. Si cruzas la línea de los cazadores estarás a salvo. Yo saldré inmediatamente después hacia  el río, espero despistarlos corriendo por el agua, Nos reuniremos en las peñas del castillo al otro lado de la colina"-. Gruñi asintió con la cabeza, aunque su corazón latía muy deprisa y fuerte.
     Pronto divisaron a los perros que empezaban a olisquear el suelo intentando encontrar su rastro. Dos hombres iban detrás, con expresivo rostro de agresividad, rasgando de cuando en cuando el aire con sus escandalosas y asesinas armas.
     De pronto uno de los perros levantó el hocico y miró hacia la espesa maleza. Al instante comenzó a ladrar amenazante y salió corriendo hacia Gruñi y Jost que aún permanecían escondidos. A Gruñi le corría un frío sudor por la nuca y esperaba ansisoso que su padre dijera algo.
     Diez metros antes de llegar, Jost gritó:-"Corre Gruñi"- .
El perro se abalanzó hacia el grito y justo cuando iba a penetrar en la túpida espesura, el gran Jost salió de estampida asestando un duro golpe con sus colmillos en el vientre del perro, y corrió como había planeado hacia abajo perseguido por una docena de temibles perros y por los dos verdugos que los guiaban.
     Gruñi seguía corriendo hacia arriba, agachando la cabeza y sin mirar lo que ocurría atrás. El pánico le hacía volar ladera arriba. No hizo caso a los numerosos estallidos ni a los fuertes silbidos  de las balas que oía sobre su cabeza. Su batalla solo podía ganarse tal y como su sabio padre le había enseñado, correr para escapar si estás en desventaja.
     Pronto alcanzó ileso la cima de la montaña y corrió, ahora más seguro hacia las peñas de castillo. Se refugió encajado en el interior de una oscura y profunda grieta y el terror le hizo permanecer inmóvil y en silencio largas horas, hasta bien entrada la noche.
     El frío se metió en sus huesos, ya debía hacer mucho tiempo que los hombres y su infantería de perros se habían ido de allí. Pero lo cierto es que su padre no había acudido a la cita.
     Emprendió sigilosamente camino hacia la madriguera y a cada metro paraba a observar y comprobar que no existía peligro. Pocas horas antes del amanecer llegó a la cueva donde se reunió con su familia. Pero el gran colmilludo Jost no había llegado.

     Gruñi comprendió que ahora era él quien debía proteger a la familia. Había aprendido de su valeroso padre cómo se debe defender tu territorio y con él la vida de los tuyos.

miércoles, 13 de mayo de 2020

LA ÚLTIMA NOCHE DEL "OTTLAMPA"


No había pasado demasiado tiempo desde la caída de las primeras nieves. A Pulk, el duende de las praderas altas, no le gustaba demasiado el frío, aunque lo soportaba bien, sobre todo cuando atravesaba la umbría del Valladar, pisando con sus tímidos y puntiagudos zuecos de piel, la crujiente hierba cubierta de escarcha. Las mañanas eran frías y Pulk maldecía el invierno cada vez que se disponía a salir de su guarida para ir a visitar a sus vecinos del Hontanar.
     Su casa era pequeña, y un trozo de madera, labrado de formas y motivos arbóreos a punta de punzón, era su portezuela, colocada entre dos grandes rocas orientadas hacia el Sur.
     Aquella mañana recogió bien su cuarto, ahueco el cómodo colchón de paja, barrió las cenizas del fogón y ordenó sus ropas y cacharros dentro de los estantes que, empotrados en la roca a modo de armarios, tenía. Se había vestido con una casaca verde, los pantalones de seda rojos, y su sombrero negro de cuero.

     Salió hacia el mediodía, pero antes de cerrar la portezuela, se acordó de los bizcochos de chocolate, que había preparado para los Moldi, los duendes del Hontanar. Frist y Brasl Moldi le habían invitado a pasar juntos la última noche del "Ottlampa", que en su idioma significa "la caida de las hojas", justo cuando la luna llena camina más alta por el cielo y sin embargo el día es muy corto. Además aquel año coincidía con el plenilunio y todos los duendes del monte asilvestrado se reunirían en el rincón del zorro, para contar historias y charlar al son del rebotar de las llamas en el calor de la hoguera.
     A Pulk le agradaban las Congregaciones de Luna Llena, pero lo que más le fascinaba era terminar la noche charlando horas y horas con Brasl, la hermana de Frist Moldi. Durante todo el camino fue pensando en la última velada y una sonrisa iluminó su rostro cuando recordó su eterna conversación con Brasl. Era tan simpática... Así que decidió detenerse en la encrucijada del roble a recogerle flores en la orilla del sendero.
     Llegó a media tarde, con el sol ya muy avanzado, los Moldi se alegraron mucho de verle y le recibieron con su simpático saludo, frotando sus puntiagudas orejitas. Recogieron sus cosas, mientras Pulk descansaba en el viejo sillón de nogal, y partieron hacia la congregación.
     Con las primeras estrellas sobre sus cabezas, llegaron al rincón del zorro, cuando ya se estaban encedendiendo las primeras fogatas. Todos les recibieron muy amablemente y Struidut, el miembro más antiguo del clan, dio comienzo al festejo.
     Contaron historias maravillosas hasta medianoche, la más fascinante la del milano de dos picos, que “Struck de Hades” narró apasionadamente ante el silencio y la admiración boquiabierta de todos y todas. Después bebieron el Mistla, licor de Té caliente que la anciana Fastli preparaba como nadie. Echaron más leña al fuego y los más hábiles y atrevidos comenzaron con sus trucos.
     Brasl y Pulk estaban emocionados, pero el calor del ambiente y el jolgorio de la fiesta los fue apartando poco a poco de la multitud, y sentados en un alto peñasco con la hoguera a sus espaldas y la impresionante luna al frente, vieron pasar una brillante estrella fugaz de color azul rosado, que se perdió segundos después hacia el horizonte oeste. Sobrecogidos por la ternura de la noche y el placer del momento, apretaron sus manos con fuerza y mirándose uno al otro fijamente, con los ojos brillantes, pensaron que algo bueno debía estarle ocurriendo al mundo entero, -"DEBE SER TIEMPO DE PAZ"- susurró Pulk.

miércoles, 15 de abril de 2020

DIARIO DE UN CONFINADO


Hacía una tarde espléndida de final de primavera cuando llegué a las inmediaciones de Cueva Sorda. Me paré a descansar en las paredes donde crece grande el té todos los veranos y desde donde se otea un amplio horizonte meridional del valle hasta lo alto de la sierra de PalomeraTanto tiempo de confinamiento nos ha dejado extenuados y en vez de organizar la fiesta con la que todos soñaban, solo nos han dejado alejarnos en solitario en estos primeros días en los que empezamos a recuperar parte de la libertad que alguna vez creímos tener. En Cueva Sorda parece que uno se ha apartado completamente del contacto con los humanos, se desdibujan los caminos y no llegan las labores agrícolas porque un manto de piedra y arbustos lo cubre todo. Me senté a disfrutarlo simplemente contemplándolo despacio. Una aromática fragancia ascendía hasta mi nariz cada vez que rozaba un tomillo, a lo lejos vi correr dos corzos con sus blanquecinas nalgas saltado en una agitada pero grácil carrera y la silueta de un águila apareció sobrevolando las rocas de los colmenares por encima de mi cabeza. La idílica composición inundaba mis sentidos y me llené de plenitud en el gozo de un escenario tan perfecto.
Cueva Sorda es una cavidad generada por disolución de la roca en la parte baja de un pequeño acantilado de tan solo cuatro metros de altura. Su tamaño de habitación pequeña te permite estar plantado y bien podría albergar una cama de matrimonio. La relativa espaciosa estancia permanece siempre muy luminosa porque su puerta da al sur con una boca redondeada donde se puede pasar de pie y observar desde dentro gran parte lo que hay en el exterior.
Aquella tarde, dos meses después de la desaparición de Miguel Hontanar, encontré algo que me sorprendió muchísimo al asomarme al interior de cueva. Al lado de unos palos chamuscados ya fríos había una pequeña cacerola apoyada sobre unas piedras. Un saco de dormir colgaba de un saliente en la roca y en una grieta vertical que bajaba desde el techo hasta un hueco donde se alojaba una taza metálica de porcelana había encajada una pequeña libreta. El cuadernillo estaba totalmente en blanco salvo en la última hoja donde unas letras en lápiz me llamaron la atención, “miguelhontanar@gmail.com” y a renglón seguido “miguel74hont”.

Hice una foto a las anotaciones y merodeé por los alrededores durante el resto de tarde hasta la puesta de sol, cogí algunas ramitas de tomillo muy florido y regresé de nuevo al pueblo con la bicicleta. En cuanto llegué a casa, encendí el ordenador e introduje en la aplicación de correo electrónico esas letras escritas en la última hoja de la misteriosa libreta. La cuenta existía y su contraseña coincidía. Se abrió el correo. En principio no había nada extraño en sus mails: la factura de la luz, un mensaje del banco y propaganda de amnistía internacional para colaborar económicamente. Esos eran los últimos tres correos. Todo era normal, ningún mensaje del paradero posterior a su desaparición.
Decidí clicar en el Drive y en el documento más reciente me encontré con una serie párrafos, a veces inconexos y otras repetitivos, con ideas que sin duda le iban surgiendo a Miguel y las grababa por voz desde su teléfono móvil mientras caminaba o descansaba, para dejar constancia de su aventura. El texto decía así:

Día 1 La Fuga 
Hoy mientras huía, a la hora en que todo el mundo aprovecha para la siesta, he cruzado por encima del puente de la carretera que va a Molina de Aragón. No puedo dejar de pensar en la expresión de aquel camionero con cara de pocos amigos que ha pasado pitando largamente y señalándome con el dedo. Los disidentes tenemos ya un estigma imborrable marcado con un rechazo social totalmente generalizado. El miedo de saberme perseguido, no solo por la justicia sino por la mayoría de mis congéneres, me ha hecho verme completamente solo sin ningún apoyo donde refugiarme, apestado por quienes no quieren saber de mí, si no es para comprobar que sigo encerrado, aislado y confinado, sin posibilidad de contacto físico con nadie, excepto para aplaudir a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y a los sanitarios cada anochecer a modo de homenaje. Si intento salir de casa me veo viviendo como un forajido, aunque tenga muy clara la certeza de no estar haciendo nada absolutamente malo. Sé que no soy culpable de nada, pero me quedo con la sensación de estar pecando, al menos desde su doctrina. 
Yo creía que con escapar fuera de las fronteras del pueblo donde ya nadie me reconozca podría estar a salvo, pero está claro que existe un consenso contra aquellos que no comulgan con las normas. No existen ya la indulgencia ni la comprensión. Los convencidos repudian a aquellos que pensamos diferente, nadie nos quiere escuchar. Nunca fue tan potente ni tan generalizada una unidad sin complejos hacia la intransigencia de las objeciones. Palabras como emergencia, pandemia, crisis sanitaria, alarma, contención se han convertido en las letanías de un credo que se repite constantemente y no dejan lugar en la mente de los humanos para sopesar otras opciones de pensamiento.
Maldita enfermedad y maldita humanidad. Cuando nos diagnosticaron como positivos nos apartaron a un hospital de campaña improvisado en un viejo pabellón a las afueras de Guadalajara. Los militares nos sacaron del pueblo como medida de prevención y urgencia. Iban vestidos como astronautas y algunos se quedaron fumigando toda la casa. Yo no sé si nos contagió aquel turista inglés que alquiló la casa rural del al lado o fue mi vecina que había venido de Italia hacía unos días, ¿qué más da? Quizá nos llegó por el aire o por el agua, pero dicen que algunas personas que no manifiestan síntomas, son los portadores más peligrosos. Yo tuve tos seca durante dos o tres días, fiebre y fuerte dolor de cabeza pero a mi padre el miedo, el traslado desde su casa a un lúgubre pabellón y quizá también la enfermedad se lo llevaron por delante al quinto día del diagnóstico con noventa y dos  años a sus espaldas. No pude ir al funeral. Nos dijeron que era muy contagioso y que afectaba más a las personas mayores. Los vecinos estaban aterrorizados, fuimos el primer pueblo de la provincia donde se hizo visible el foco del virus.
En las noticias dicen que las grandes ciudades ya están llenas de gente infectada y que van en aumento, colapsando los servicios de urgencia sanitarios.
Todavía está decretado el estado de alarma y no se puede salir de casa. Yo ya estoy dado de alta, pero para cuando acabe el arresto domiciliario general me espera un calvario con todos mis paisanos, una frontera creada al amparo de las fobias y el miedo inducido que seremos incapaces de salvar. Aunque la enfermedad ya pasó y ahora ya tengo anticuerpos que me protegen e impiden que la pueda transmitir a otras personas, tengo que seguir aislado, es una orden del Gobierno. Además la gente desconfía de mí y nadie me saluda ya como antes, puede que alguno esté deseando denunciarme, para que me aparten lejos o me encierren en la cárcel.
La guardia civil y la policía están siendo especialmente severas en la aplicación de la normas de confinamiento, lo sé porque he visto vídeos de algunas ciudades donde aparecen abusos con detenciones agresivas contra gente inofensiva. Personas que tienen la necesidad de salir porque no soportan el confinamiento, gente que no está acostumbrada a pasarse el día viendo la televisión o mirando internet sino que su tiempo de ocio lo invierten paseando, corriendo o simplemente respirando aire exterior. Lo sé también porque en el pueblo a Tobías lo multaron en el huerto, quizá el argumento sea que es más contagioso permanecer cultivando tus hortalizas en soledad que ir a comprar la verdura a un supermercado o a sacar tabaco en el estanco, que sí son actividades permitidas. Ante la ambigüedad de la ley, interpretable solo por los guardias, las amenazas con multas cuantiosísimas se reparten por doquier sin sentido, salir con el perro pero llevar unos prismáticos colgados del cuello les parece una aberración, salir de trabajar del hospital hablando con una compañera con la que has estado ocho horas codo con codo después de haber recibido calurosos aplausos de los mismos policías que ahora te quieren denunciar, también está perseguido, ir a trabajar en moto, bicicleta o vestido con chándal está igualmente prohibido.
Apunto y grabo todo esto porque si algún día deciden relajar este estado de alarma, nadie querremos hablar ya de esta horrible pesadilla.
Una tarde de la semana pasada salí a correr, tal  y como suelo hacer siempre. Terminé pronto la tarea que tenía planeada y deseaba trotar dando una vuelta de una hora. Me llevé como siempre el perro de mi hermana, curiosamente salir a pasear perros también está permitido. A unos tres kilómetros ví a un hombre caminando por las fincas con otro perro también desatado. Pensé que sería otro escéptico negacionista insolidario, como les gusta llamarnos a los desobedientes. Iba hablando con el móvil, ni siquiera cruzamos nuestras miradas para saludarnos, pero a los cinco minutos vi un coche de la guardia civil por la carretera paralela al camino por el que yo circulaba, me agazapé tras unos juncos para no ser visto y emprendí el camino de vuelta a casa. Para no encontrarme de frente con la patrulla, cogí un sendero poco transitado, que queda protegido por una hilera de chopos plantados en el talud de una antigua acequia, pero al llegar al final del mismo volví a encontrarme con el hombre del perro suelto, esta vez atado y me llamó la atención: “¿No sabe que no se puede salir a correr?”- Seguí adelante y no contesté: “Eh, eh, deténgase venga aquí”, yo seguía adelante y de repente me espetó: “Hijo de puta por tu culpa está muriendo gente” y entonces no me pude contener y me giré para gritarle “Por la tuya desgraciado que te he visto también con el perro suelto”. Me amenazó con llamar a la guardia civil y en aquel momento me arrepentí de haberle contestado, justo cuando caí en la cuenta de que era un policía camuflado de paisano. Volví a correr ahora con más fuerza. Mi perro me seguía de cerca y comprendí que el poli había estado llamando a sus compañeros desde el primer momento en que me vio. Yo sabía que tenía un estrecho margen de maniobra, porque llevaban un rato buscándome y ahora me tenían prácticamente acorralado. Al llegar al río no me lo pensé dos veces y salté al agua para cruzarlo, pero mi perro titubeó unos segundos. Cuando me di la vuelta para llamarlo empezó a ladrarle al coche patrulla que venía por el camino donde él se encontraba, delatando inconscientemente el lugar donde nos hallábamos. Estaba perdido, solo me quedaba abandonarlo. Entre las zarzas vi llegar al coche de la guardia civil por el otro lado del río, entonces me aparté y seguí corriendo entre la maleza. Hubo un solo instante en que tomamos contacto visual el guardia que bajó del coche y yo. Al momento desaparecí entre los huertos colándome por la puerta trasera de mi casa. Malditos agentes, solo valen para perseguir y detener a quienes no hacemos nada malo, cuando hay un matón mafioso suelto, no ponen tanto empeño, mejor lo dejan ir, no vaya a ser que les lastime.
Tuve que mentir para recuperar al perro diciendo que se me había escapado por la puerta trasera de casa. Tras quitarme la ropa empapada y ducharme llamé al teléfono de emergencias para denunciar la desaparición del perro de mi hermana. Los guardias que se quedaron junto al pobre y asustado animal no se lo creyeron, pero no podían asegurar que fuese yo el que había escapado por los pelos de sus garras y de la trampa tendida por su topo, que fue el principal culpable de aquella situación. Con su fallida treta puso en contacto a varias personas, que de lo contrario no hubieran estado conmigo aquella tarde.
Al final tuve que salir a correr por las noches. Salía para mantener esa pizca de desobediencia, para estar en forma y para ver algo más allá de las paredes de mi casa, para tomar la temperatura del ambiente opresor y para respirar el aire exterior de otro modo. Mirando tan solo las sombras de la caverna la sugestión del miedo es todavía mayor. Hay que estar preparado, uno de los instrumentos de la doblegación y el sometimiento, además del desánimo y la desesperanza es la flaqueza. Les pasó a los judíos en los campos de concentración con los nazis. Perdieron el poco valor que tenían para rebelarse cuando podrían haberlo hecho, pero el miedo y el desfallecimiento los llevó al abandono como personas y abocados a una astenia colectiva inducida se dejaron asesinar como corderillos. Hubo muy pocas insurgencias, la brutalidad siempre vence a la cobardía.
Pero una de esas madrugadas en las que salía a desfogarme y a restablecer un ápice de la rebeldía necesaria para no sentirme como un auténtico borrego de corral, comencé a trotar bajo un manto de nubes luminosas que ocultaban la luna llena primaveral de pascua. Empezaron a caer algunas gotas en un conato de lluvia, pero yo seguía adelante intentando no reblar. Corrí unos tres kilómetros hasta unas ventas abandonadas donde una ermita derruida todavía tiene visible su cripta subterránea con los nichos sepulcrales abiertos al aire. Al llegar allí, como tantas otras noches que pasaba, afine el oído para comprobar que no había nadie tras los muros y me dispuse a pasar deprisa, pero un tintineo extraño me detuvo en seco. No se veía absolutamente nada, el campanilleo seguía y a los pocos segundos escuché un sonido gutural. No acerté a adivinar si eran palabras humanas o sonidos de algún animal, pero era continuo como una conversación por lo bajo. Rápidamente di la vuelta y me marché para casa, no quise quedarme a averiguar, si era la guardia civil o un pastor tardío que pudiera denunciarme. Nuevamente el miedo me tenía amordazado.
Por eso me he escapado al monte, porque no aguanto más, no soporto sentirme culpable ni verme perseguido sospechando de cualquiera que pueda delatarme. Cada vez que intento ser yo, tengo que cargar con el arrepentimiento cristiano que nos han metido durante siglos. Me voy por el repudio que siento a todos los que me persiguen, blandiendo argumentos totalmente incoherentes.
Desde la mirada aterrada e infraternal de un vecino hasta las decisiones de alto calado en la cúpula del Estado, nos han tratado como a seres malditos, como a demonios. 
Los jóvenes no pueden verse con sus amigos ni con sus parejas. Aquel que sale a la calle mira con miedo alrededor porque todo el mundo sospecha de otros por temor a las denuncias. Esto ha generado una gran fractura social. Hay quien dice que con este encierro vamos salir fortalecidos, que quizá nos haya servido para detenernos y reflexionar, para calmarnos, para aprender a vivir más sosegados con menos prisas valorando las cosas esenciales, pero no deberíamos necesitar que nos lo ordenaran ni siquiera que nos lo sugirieran y mucho menos que nos lo induzcan en la dirección que les interesa. Yo digo que es un tremendo ejercicio aleccionador fortuito. Sobre todo para los niños y adolescentes que serán los adultos del futuro. A ellos les estamos enseñando a obedecer sin rechistar, sin posibilidad de organizarse para replicar, a no ser díscolos, a potenciar la picaresca solitaria para salir a escondidas o con excusas banales como sacar al perro y luego quedar a fumar con un amigo tras un muro, pero no a comprender ni a tomar de forma responsable decisiones correctas por sí mismos.
Me voy por no tener que sacar las katanas, por no desempolvar la escopeta del abuelo. Nunca he querido hacer daño a nadie si no es que me lo van a hacer a mí, pero mantenerme encerrado es también un agravio muy severo, quizá el más grande que me hayan hecho nunca.
Hoy me he despertado sobresaltado, estábamos escondidos en un bar clandestino subterráneo de un pequeño pueblo. El camarero mantenía la persiana bajada, el ambiente estaba muy animado, risas silenciosas, humo, cerveza y copas corrían por las mesas, nosotros habíamos acudido en el coche de Marta desde nuestro pueblo, habíamos montado siete personas en un vehículo de cinco asientos. Circulamos por una carretera secundaria bien entrada la noche. Si nos paraban nos iban a multar de todos modos. Veníamos Elisa, Pablo, Judit, Izarbe, Fito, Marta y yo. Dentro del bar había muchos más. Los coches los habíamos aparcado desperdigados por varias callejuelas. A eso de las cinco de la madrugada yo salí a vigilar la carretera para comprobar que no hubiese controles y poder desalojar antes de que se hiciese de día. No había policía en las calles pero para mi sorpresa habían colocado vallas en las salidas principales del pueblo amarradas al asfalto mientras nosotros disfrutábamos de la fiesta, si intentábamos retirarlas el ruido despertaría a los vecinos o alteraría a otra patrulla escondida donde quisiera que estuviese. Estábamos rodeados. Me he despertado sudoroso y con el latido acelerado, estaba solo en mi cama y tenía 20 años más que en el sueño. En los noventa no se hubieran atrevido a hacernos esto. Durante las últimas décadas los jóvenes han sido acostumbrados a divertirse encerrados, a relacionarse cibernéticamente. Están matando gente en las calles de una ciudad imaginaria en guerra, masturbándose en relaciones virtuales, ligando o haciéndose fotos eróticas que cuelgan instantáneamente para obtener la mayor aprobación de sus contactos. Lo tenían fácil los poderes fácticos, pero no es moral aprovecharse de ello y ahondar más en aleccionar a una juventud sumisa, obediente y sin creatividad para desarrollarse a sí misma.
El maldito confinamiento al que nos han condenado, es un arresto domiciliario sin juicio previo. Nos han cortado el acceso al exterior como en un campo de concentración, so pena de enfrentamientos fortuitos con la guardia civil y duras penas económicas en función del criterio del agente de la autoridad que aprovecha para abusar de ella y de las réplicas que puedan hacerle para justificar el paseo.
Incívicos nos llaman. Si esto es la civilización prefiero no pertenecer a ella, aunque nos hayáis ocupado toda la tierra fértil sin posibilidad de un pequeño hueco para otros seres que deseamos apartarnos. 
Si no tengo libertad ¿para qué quiero seguir viviendo? No nos dejan tener sentido común. Todo es por imposición.
Nos quieren encarcelados y controlados, pero vivos porque somos los esclavos del sistema. Nos necesitan para mantener sus privilegios y sentirse por encima de nosotros. Les ha salido demasiado bien la jugada a los poderosos. Han conseguido doblegar a la población a nivel mundial en tan solo unas semanas. Excepto unos pocos países que han apelado a la responsabilidad individual de sus ciudadanos, el resto hemos caído bajo el yugo de una dictadura global. Sólo un puñado de ciudadanos aislados, solitarios y sin capacidad de organizarse para reivindicar su libertad, han desobedecido las normas del decretado estado de alarma y están siendo duramente castigados. ¿Cómo puede ser que en nuestro país haya más sancionados que infectados y algunos de ellos detenidos y ya condenados a penas de prisión? Hay más controles policiales que test del coronavirus. ¿Cómo puede ser que le tengamos más miedo a la guardia civil que a la enfermedad?¿Qué está pasando aquí?
La libertad es un derecho básico y fundamental adquirido al nacer, incluso por encima de otros, poder moverse en el entorno en el que vives es una ley natural y universal para todos los animales. La libre circulación no debería limitarse para nadie. 
Algunos dicen que esto es una guerra sin balas ni bombas entre las más grandes economías mundiales, pero la verdadera batalla se librará entre clases. Nos intentarán llevar a un esclavismo atroz, solo los grandes saldrán beneficiados. Por favor no os equivoquéis de bando esta vez.
Que el virus haya sido tan contagioso les ha venido de perlas para que la expansión sea rápida y global arrastrando con ella el pánico, como una enorme mancha de aceite. Puede que me lo pegara otra persona, o quizá se lo robé yo, dejando que sus virus saltarán sobre mi cuerpo y se instalarán en mis células, pero no pueden culparme de contaminar a nadie. No estamos agrediendo a la gente, ni tampoco los que nos oprimen se han vuelto de repente tan buenos como para querer proteger a todo el mundo. 
Los jefes sanitarios salen en vídeos haciéndoles el juego al gobierno, los policías y guardias civiles denunciando a la gente y los militares dando un espectáculo lamentable de cazafantasmas fumigando las calles con lejía, para que los pobres hipocondriacos y enfermos mentales, que pueblan nuestra sociedad, todavía se ahoguen más en la angustia de sus fobias.
Nos han tratado con un paternalismo repelente y denigrante. No nos dejan decidir quedarnos en casa, aislarnos del resto y conducir nuestra propia vida para no contagiar ni ser contagiados. Todo es por obligado cumplimiento sin posibilidad de participar en las decisiones que sí me afectan. Así la posible solidaridad, obligada, pasa a ser imposición simplemente. 
Este tratamiento patriarcal que nos han aplicado nos deja a la altura de nivel de responsabilidad de un niño de tres años. Nos hemos tragado el anzuelo hasta el esófago clavando sus tres puntas en el interior y no somos capaces, ya no de extraerlo, sino ni siquiera de reconocerlo. Si fuéramos medianamente inteligentes nos lamentaríamos y pediríamos perdón a nuestra capacidad de raciocinio, pero la ignorancia es todavía más peligrosa que la maldad.
¿Dónde queda la facultad natural que tiene el hombre responsable de obrar de una manera u otra o de no obrar? Han fulminado nuestra libertad de elegir hacer bien las cosas, nos tratan como a animales y luego se quejan de los quebrantamientos de la norma. La picaresca es la respuesta natural a esta opresión.
¿Cómo se me puede decir a mí que por mi culpa está muriendo gente si llevo practicando el aislamiento social durante toda mi vida? Nunca he estado en China, ni en Italia y aún tiene que llegar el día en que suba al primer avión. Pocas veces me habrán visto entre multitudes. Ellos han sido capaces de traer esto desde fuera y ahora quieren que nos reprimamos todos. Han dejado que se meta la comadreja en el gallinero y al advertir que ya estaba dentro han cerrado la puerta con todas las gallinas dentro. Han dejado que se rociara bien el país con el virus y ahora nos encierran a todos durante un tiempo para que haga efecto, como si fuéramos molestas moscas de verano.
¿Quién tiene que decirme a mí cómo me tengo que comportar? Me inundan sensaciones diferentes frente a la pandemia, cuando estoy escuchando o viendo medios de comunicación me muevo a pensar que es muy gordo lo que está pasando y cuando me alejo de ellos y me abstraigo pienso que aquí no ha ocurrido nada extraordinario. Es cierto que viendo la tele, escuchando la radio, leyendo redes sociales es muy difícil apartarte de la realidad que nos están pintando, pero cuando me he escapado al monte lo veo todo con otros ojos, es como si salieses a otro escenario y te das cuenta de que en el fondo no ha cambiado prácticamente nada, excepto el pensamiento y los comportamientos humanos. 
Han manipulado las cifras porque interesaba justificar esta gran crisis y las medidas restrictivas de movilidad, no han hecho los análisis a la inmensa mayoría de afectados y han contabilizado muertes de pacientes que tenían otras patologías anteriores incluso más graves, por lo que el porcentaje de fallecidos es altísimo colocando a nuestro país en los primeros puestos a nivel mundial en cuanto a número de decesos. A alguien le interesa que estos datos se vean así de escandalosos.
Pero esto no es como el cólera, la peste ni la gripe española. De no tener televisión, radio o teléfonos móviles ni nos hubiésemos enterado.
Y aún en el caso de que hubiera sido un virus altamente letal nadie debería haber tenido el derecho de quitarnos la libertad. La libertad de elegir si queremos exponernos al peligro o no, la libertad de elegir si queremos vivir seguros o arriesgarnos como lo veníamos haciendo diariamente, sin estar siempre pendientes de todo lo que nos puede pasar o lo que a otros podamos causar, consumiendo más de lo necesario, contaminando, comiendo más de lo que necesitamos, fumando o cogiendo el coche para ponernos frente a otros en una carretera estrecha y a una velocidad que podría provocar un choque frontal mortal para todos. Hasta ahora nadie se había atrevido a prohibir la conducción de vehículos, fumar o ingerir alimentos sin control.
En nuestro país mueren cerca de 40000 personas en cada uno de estos meses de principio de primavera todos los años. Han disfrazado las cifras para que parezca mucho más alarmante. ¿Qué tiene de raro que ahora hayan muerto entorno a 10000 personas en marzo por esta enfermedad y que vayan a morir 15000 en abril, muchos de ellos con otras patologías añadidas que igualmente hubieran perecido? Por algún motivo les interesa sostener que esto es una gran catástrofe, cuando en realidad la muerte es un proceso natural insalvable.
Tanto hemos dado la espalda durante años al fin de la vida de las personas del primer mundo, jugando a ser inmortales y siempre jóvenes, que ahora nos espanta que se mueran aquellos que creíamos invencibles. Hemos ocultado los funerales y los cadáveres a los niños para no generarles un trauma y se les pervierte con otras informaciones mucho más perversas.
Estaría muy bien que uno se muriera siempre de alegría porque le ha tocado la lotería y con la excitación que le diera esa noticia tuviera un paro cardíaco, pero la mayoría de las veces no es así, una u otra enfermedad acaba por parar tu corazón viejo y gastado.
Ahora justifican el confinamiento diciendo que con estas medidas se ha salvado a miles de personas por quedarnos encerrados en casa. Yo no quiero que nadie me proteja y menos de esta manera. Si ese argumento fuera válido, deberíamos encarcelarnos para siempre, seguro que así moría menos gente. No habría accidentes de tráfico, laborales ni deportivos. No habría ahogamientos veraniegos en las playas ni en los ríos, se cometerían menos asesinatos, pero esta no es la vida que yo quiero, también los canarios encerrados en una jaula mueren aunque sea de aburrimiento con un plumaje mucho más deslustrado que si hubieran vivido el libertad aunque un halcón los hubiese podido cazar.
¿Podemos afirmar que ETA le salvó la vida a Ortega Lara porque podría haber muerto por accidente de coche en uno de los viajes in itinere que hacía a diario desde su casa en Burgos a la prisión Logroño donde era funcionario, cuando lo metieron en un zulo de Mondragón durante más de quinientos días de secuestro?
¿Cómo puede ser que digan que tenemos la mejor sanidad pública del mundo si aun tomando las medidas más restrictivas de aislamiento de Europa, estamos a la cabeza en número de infectados y muertos a nivel planetario? Si esto hubiese sido efectivo realmente, tendríamos cifras como Suecia donde apenas ha parado la actividad humana dejando a criterio de cada persona las medidas de protección a tomar. Su gobierno mucho más avanzado que el nuestro, se ha limitado a recomendar, no a prohibir.
Aquí ya se habían ensayado experimentos de esta índole con diferentes niveles de éxito. Tras el incendio forestal del Alto Tajo en 2005 donde murieron once bomberos se prohibió durante unos días salir al monte en toda España con la excusa de no poner en riesgo más masa forestal ni vidas humanas. Unos años después se prohibió fumar en los bares y poco tiempo más tarde se bajó durante unos meses la velocidad de las autovías a 110Km/h, todos ellos sirvieron para tomar la temperatura a una sociedad asustada, siempre bajo el pretexto de los muertos, anulando la capacidad de decisión responsable de los ciudadanos sometidos al yugo de la amenaza policial. Todos estos exámenes salieron más o menos según lo esperado por el Gobierno. Tras ello las  restrictivas  decisiones de carácter autoritario y de pérdida de derechos se han tomado sin demasiados escrúpulos sobre la perspectiva de una sociedad dormida sin capacidad de protesta, pero la reina de todas las pruebas ha sido esta pandemia, que a nivel mundial ha conseguido demostrar que somos totalmente gilipollas. ¿Qué leyes podrán imponer a partir de ahora para amordazarnos más de lo que estamos? Las que quieran, sin límites ni complejos, quizá normas dictatoriales que ni siquiera imaginamos.
No digo que esto se haya preparado, creando un virus, impulsando su propagación y retrasando las medidas de protección inicialmente para que se extendiera, pero está claro que se ha aprovechado vilmente la ocasión para imponer unas medidas opresivas sin precedentes.
A mi juicio las prohibiciones están fuera de sentido, ¿debería el estado prohibir las relaciones sexuales por el riesgo de contagio de SIDA? Naturalmente no. Se debe dejar a criterio de cada individuo la responsabilidad de hacerlo o no y de protegerse con profilácticos, aun a riesgo de su propia vida. Subir a una atracción de feria, montar en moto o escalar sin cuerda son actividades que quien las practica debe atenerse al riesgo que comportan. El que no quiera polvo que no vaya a la era.
Hasta ahora ingenuamente creíais que estabais a salvo, pero en realidad nunca lo habéis estado, es solo una sensación. Es muy difícil curarte de una enfermedad grave si estás realmente enfermo, o salvarte de un grave peligro inminente, la muerte siempre acecha detrás de cualquier esquina. Vivir, en sí mismo, es un alto riesgo con la certeza de que en algún momento impreciso morirás. Un mal golpe, un accidente, un derrame… hay miles de maneras cotidianas de morir. En esencia es una de las funciones principales de los seres vivos. Pero el miedo nos inunda ante esa posibilidad. 
Cuando declararon que esta enfermedad era ya una pandemia, titubeaban en la decisión, como si se  estuvieran sopesando cuál era el momento más oportuno para anunciarlo. Tras esto se decretó el estado de alarma. Escalonadamente iban endureciendo las medidas, como el enfermero que te da unas palmaditas en el glúteo antes de clavarte la aguja. Suavemente nos metieron en esta situación inconcebible unas semanas atrás. Contundentes pero precavidos para que todo el mundo fuese asimilando la mentira poco a poco, fue todo un proceso de contra aprendizaje. Cada nueva noticia alarmante y terrorífica, cada restricción, cada nuevo miedo se basaba en lo creído en el periodo anterior, generalmente de un día para otro. En vuestro fuero interno sois todavía más egoístas que yo, nuestro terror no se basa en la solidaridad sino en el deseo de perpetuaros. ¿Cuáles son vuestros sueños, vivir más de 200 años? ¿Qué pretendemos, alcanzar una población mundial de cien mil millones de personas? Quien no haya entendido que la vida tiene un final no ha comprendido nada.
¿De verdad pensasteis que un virus como este podría acabar con una especie tan malvada como la nuestra?

Me diréis que era tiempo de quedarse en casa, que soy un egoísta, que si no soy capaz de aguantar sin salir durante unas semanas no soy humano. Sé que soy capaz de aguantar esto y mucho más, lo que no quiero es obedecer sin poder cuestionarme lo que me ordenan, debería tener derecho a poder decidir y eso es lo que han querido poner en juego. Y no, ahora no era el momento de quedarse. En realidad ha sido una oportunidad única y especial en la que han visto la posibilidad de saber hasta qué nivel pueden tenernos controlados. Después vendrán los homenajes a las víctimas para decir que hemos conseguido vencer a la enfermedad juntos. Harán un monumento para los mártires que han caído, cuando en realidad la mayoría hubiera muerto igual por cualquier otra causa sin tardar demasiado. Puede que haya algún muerto cuyo deceso haya sido exclusivamente a causa del coronavirus, pero esto no justifica que nos quiten la libertad y menos de esta forma tan artificiosa. Sobretodo eliminando nuestra propia decisión de cómo actuar. Puedes salir al estanco pero no puedes ir a tu huerto porque si no todo el mundo de repente se pondría a cultivar un trozo de tierra. Si creen que no somos capaces de actuar con responsabilidad, su condición de representantes del pueblo debe quedar invalidada pues nosotros mismos los hemos elegido o eso es lo que pretende darnos a entender esto que llaman democracia. Nos siguen tratando como a niños y eso no lo soporto. No hay nadie más que nadie, por mucho que lo hayamos elegido como delegado, una cosa es que sea nuestro portavoz y otra que tome decisiones por nosotros, son cosas muy diferentes.
Ahora la policía nos trata como delincuentes. Los insolidarios que no queremos quedarnos confinados somos el principal peligro para la nación. El principal peligro, pero no por contagio del virus sino porque la posible propagación de nuestro espíritu subversivo, perturbador y crítico puede promulgar apología a la desobediencia y la insumisión. Tienen miedo de que se les desmonte la gran mentira que han creado.
Cuando pase todo esto pretenderán que les agradezcamos que nos hayan salvado la vida, pero el mal ya estará hecho. Les importará un carajo que se descubra que todo fue una falacia, ya les hemos demostrado que pueden con nosotros, la siguiente sumisión será mucho más sofisticada, quizá no podamos darnos cuenta aunque estemos atentos.
Demasiada adrenalina la que he gastado huyendo yo que no he contaminado a nadie. No se han confirmado más casos en el pueblo, nunca me gustó ir a los bares y lo único que pretendo es aislarme más, desaparecer en el monte, que es donde siempre me he sentido libre. La gente ahora está confinada en sus casas con una precaución desmesurada, solo pueden salir a las ventanas y balcones. Cualquiera que te vea fuera te amenaza con llamar a los guardias para que te detengan y te sancionen y uno se ve perseguido como un demonio maldito al que todos desean quemar en la hoguera. Por eso tenía que salir a las horas en que nadie me ve y regresar de noche. Por eso me he escapado, por el odio que genera la envidia que les provoca a los “solidarios” verte escapar, se sacarían un ojo con tal de verme a mí totalmente ciego.
Mis vecinos me dicen: “quédate en casa”. El argumento de mayor peso es, “si no podemos salir nadie tú tampoco”. En vez de luchar conmigo contra la represión que nos han impuesto me recomiendan obedecer imbuidos por el miedo y el pánico a morir.
Les basta con que les dejen salir a comprar, a trabajar y a repostar, allí la gente se ve y charla, pero no entienden que salgas a hacer deporte, caminar o dar paseos al sol, no sea que contamines a las plantas y se enfaden aquellos que nunca tuvieron estos gustos porque ahora les da envidia. Si no pueden salir a sus bares, parques y lugares de recreo a reunirse con sus amigos, nunca admitirán que te vayas solo a no ver a nadie. En cambio aquellos que pueden salir con el perro, excepción bastante absurda comentada en la primera comparecencia del presidente como una ocurrencia en un ataque de indulgencia durante el anuncio del terrible estado de alarma, hacen fotos para que los que no tienen mascota puedan ver cómo está el campo. 
Luis García Berlanga o José Luis cuerda nunca tuvieron una oportunidad tan fácil para hacer un guion sin tener que estrujar la imaginación. A pesar de su gran creatividad imaginativa les fue imposible encontrar un disparate en la ficción tan salvaje como este, de lo contrario hubieran rodado otra gran comedia.
A los que os habéis tragado la mentira de que el contagio masivo nos podía matar a todos, a los que aceptáis la manipulación sin un ápice de espíritu crítico, a los que os dejáis llevar por el comité de crisis, a los que formáis una opinión de acuerdo a lo que mandan los medios, a los que obedecéis sin rechistar, a los que con ánimo "bondadoso" nos recomendáis quedarnos en casa esgrimiendo argumentos falaces incluso aportando las ventajas que puede darnos no salir porque formáis parte subliminal de estado opresor, a todos los que denunciáis a vuestros semejantes porque actúan diferente, a los que seguís lo que dice el líder aunque sea un mentecato, a las organizaciones pro derechos humanos, feministas, sindicalistas que no habéis desplegado el pico sino para recomendarnos obedecer, a los que jaleáis los abusos policiales desde vuestras ventanas o desde vuestros teléfonos móviles comentando los vídeos que mandan contra gente inocente que solo desear escapar o simplemente no se quiere someter. A todos vosotros adiós, no contéis conmigo para nada, para nada. Me habéis decepcionado profundamente como sociedad, como civilización y como especie ¿Cómo es posible que no os hayáis dado cuenta de que nos han vuelto a vencer? Nos hemos dejado derrotar. La psicosis colectiva inyectada con una pericia inusitada nos hace más débiles y han sabido usar con malicia la inoculación del miedo, para que se extendiera rápidamente la propagación del terror.
Por eso me he ido, por el asco que me dais. Por el miedo a los perros que utilizáis para controlar el rebaño, por vuestra complicidad e inmovilismo a partes iguales.
Os dedicasteis a anular mi libertad, a insultarme por salir y luego a perseguirme y encima queréis que colabore. Por mí os podéis ir todos al infierno.
Habéis acabado con la mínima posibilidad de una nueva revolución contra el poder, les habéis demostrado que haréis todo cuanto os pidan en cualquier circunstancia, basta con alarmaros un poco, con que alguien os haga volver a ver la posibilidad de morir. Han conseguido fosilizar, lo que rescataron las primeras democracias. Todas las doctrinas terminan liderándolas y apoderándose de ellas aquellos que las repudiaban para luego transformarlas haciéndolas serviles a sus propios intereses. 
No somos quienes creemos ser, ni siquiera somos capaces de aparentarlo. Para lo único que sí estáis preparados es para la caza de brujas. No, esto no es solidaridad, es pánico y perfidia contenida. 
Han aprovechado durante años para meternos en un estilo de vida sedentario para que seamos más manejables y sumisos, videojuegos en red, películas y fútbol en la televisión, pornografía accesible a golpe de click, o ¿creías que todo esto era tan fácil de conseguir por gracia divina? Internet ha sido un cepo para tenernos amarrados como a las vacas mientras las vacunan o les dan de comer, para que no se muevan de su sitio. Dicen que todos los países han sometido a su población a confinamiento, no es del todo cierto, no todos lo han hecho del mismo modo, pero es verdad que medidas restrictivas de circulación en mayor o menor medida se han impuesto. ¿Cómo iban a dejar pasar los poderes públicos una oportunidad como esta de ver cómo se comportan sus sociedades frente a una imposición de obediencia severa total aderezada con pavor?
Esta ha sido una gran prueba en la que hemos dado sobresaliente como ovejas asustadas para los perros del estado. Ya saben que no hace falta ponernos en un peligro real ni matar a millones de personas para doblegarnos, además nuestros jefes nos necesitan vivos para trabajar por ellos. ¿Para qué sirven los perros en un ganado? ¿Para proteger a las ovejas? Desde luego que no, ellos son los primeros que huyen cuando viene un oso. Sirven para vigilar que las reses se comporten bien, que vayan todas juntas, que no se metan en los cultivos llenos de tierna hierba fresca, para que no se descarríen y vayan obedientes al matadero, si alguna no hace caso será perseguida, maltratada y mordisqueada.
En el fondo me duele profundamente que hayamos sido tan ingenuos, que haya sido tan fácil. Ciertamente me habéis defraudado. No sirven para nada los conocimientos adquiridos en la escuela ni en las universidades, simplemente somos loros parlanchines solo capaces de repetir las consignas que han querido enseñarnos, no para despertar la mente libre y crítica, sino para impedir la construcción de un pensamiento propio que rompa con los cánones impuestos. Si no enseñamos a las personas a pensar por sí mismos todos los esfuerzos educativos serán en vano.
Me han perseguido por desobediente, díscolo y disidente. Han declarado el estado policial con un toque de queda que no se había vuelto a repetir desde el final del maquis tras la guerra civil en un dictadura como la de Franco a la que yo y estos que ahora gobiernan no dudamos de tachar de aberración, y no, la situación no lo requería, es más, no lo debería de haber requerido nunca. Los que nos prometieron derogar la ley mordaza y nunca lo intentaron, han decretado un arresto domiciliario general, vigilado y castigados por las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado. Varias semanas totalmente encerrados, algo inaudito y sin precedentes, además han aceptado varias excepciones, unas de necesidad como ir a trabajar y transportar comida y otras privilegiadas como salir a controlar. Esto claramente no atiende a una emergencia sanitaria de alto contagio y peligrosidad, sino a una prueba de doblegación de la humanidad. Ha sido una guerra claramente biológica contra el pueblo llano, han intentado no matarnos porque nos necesitan pero controlados para que no se revelen las masas, son como pastores de un ganado peligroso, les damos de comer, pero toman medidas para evitar la rebelión porque podría acabar con ellos. El poder consiste en tener a muchas personas a tu servicio que trabajen para ti. Les hemos demostrado que con el miedo nos tienen manejados a su antojo.


Por fin he llegado a Cueva Sorda. Estoy agotado, tantas cavilaciones, la vigilancia continua para no ser visto y la acelerada carrera por salir del pueblo me han dejado consumido física y mentalmente, así que inmediatamente voy a tender mi saco directamente sobre el suelo de la caverna y mañana será otro día. Seguro que aquí duermo tranquilo como un lirón.


Día 2: El paraíso.
Ya ha salido el sol. Hoy voy a recuperarme por completo, aquí nadie me va a molestar, comeré un poco de lo que he traído en la mochila y me daré una vuelta por los Aguanosos para ver si las últimas lluvias han llenado el aljibe. Me he traído un rollo de alambre. Pasaré por la Rambla de los Espartales, todavía hay allí un majano donde está instalada una conejera que siempre fue muy prolífica, seguro que mañana ha caído alguno en los lazos que pondré en los agujeros de los caños. Bajaré también a las estrechas praderas del barranco del Horcajo, seguro que allí estarán grandes las berzas, esta noche coceré un puchero con ellas. Ah y también tendré que traer algo de leña seca para encender un pequeño fuego. Bueno, andando que hoy tengo mucha tarea, voy a dejar aquí el teléfono apagado, la batería no durará siempre y en las lomas no creo que me sirva para nada.


Ya está, ya he vuelto, el móvil solo tiene un treinta por ciento de batería, pero yo he tomado el sol y he cargado bien mis pilas. Me siento como nuevo, no he visto a nadie por el monte en todo el día ni de lejos. Aquí voy a estar muy tranquilo, como tampoco dejan salir a los cazadores es muy difícil cruzarme con alguien, quizá el día que vea alguno sea la señal de que ya han relajado las normas de confinamiento, pero por el momento tienen al menos para un mes más. Hoy he podido comprobar como desde aquí no se nota ni el más mínimo trastorno sobre en la faz de la tierra. Sentado en esta piedra es como si no existiera el resto de la humanidad, ni un solo ruido de la civilización, solo el meloso cantar de los pajarillos o el leve zumbido de una abeja en busca del delicado néctar en las minúsculas florecillas del tomillo.
Aquí no hay nadie más conmigo que la paz y la armonía, dan ganas de echarse una siesta al sol sobre la losa de piedra caliente.

Salir del pueblo ayer fue lo más angustioso, el recorrido urbano trazado por las callejuelas menos transitadas me producía un estrés agobiante, detrás de cada esquina me imaginaba aparecer a una persona y en el peor de los casos al coche de la guardia civil encendiendo su sirena para detenerme, pero conforme me iba alejando soñaba que tenía cada vez más cerca el objetivo y que el reto podía alcanzarse sin percances. Pasar del asfalto a la tierra de los caminos fue como ir avanzando hacia una libertad ancestral. Cuanto más estrecho era el camino y más tortuosa la senda, más libre y seguro me sentía, más cerca de la soledad. Poco a poco el miedo se disipa y con el paso de las horas cuando intuyes que ya nadie te puede estar siguiendo, la mente empieza a relajarse, aunque la obsesión traída del mundo urbano por verte siempre vigilado te sugestione con una paranoia de la que cuesta tiempo desintoxicarse.
Les ha pasado también a los animales salvajes, con el paso de los días y los humanos encerrados, han empezado a acercarse a pueblos y ciudades ocupando carreteras y calles.
Pero por fin llegué, justo ayer al anochecer, cuando el canto chillón y silbante de los pequeños mochuelos, me anunciaba la libertad, la tranquilidad y la quietud de este paraje. Aquí se está divinamente. Voy a apagar el móvil de nuevo, quizá mañana le quede algo de batería y pueda grabar otro rato. Para cuando se me apague he traído esta pequeña libreta, donde iré anotando lo que se me ocurra, quizá algún día pueda publicarlo y lo pueda leer alguno de los no convencidos, o de los convencidos me da igual, esto es lo que pienso y lo que me han hecho sentir. Voy a encender el fuego y coceré las berzas. Tengo ganas de contemplar desde aquí como cae el sol tras las montañas del Alto del Campanar y al llegar la noche deseo cerrar los ojos y descansar para entrar al placer inmenso de un sueño completamente tranquilo como el de anoche.

Día 3: La primavera
Acabo de despertarme. Diez por ciento de batería. He dormido como un lirón. Hace otra mañana espléndida, afuera se ve un sol radiante. Desde que estoy aquí los amaneceres ya no me despiertan al alba. Se nota que la primavera está en marcha. Desde dentro del saco oigo el zumbido de un enjambre. Se habrá escapado del cercano colmenar de Manuel, que al no ser la apicultura su actividad económica principal, tampoco tiene permitido venir a cuidar de sus abejas y por eso se le escapan cuando salen nuevas reinas y enjambran para duplicar la colonia llevándose con ellas a la mitad de la población de cada caja. Ahora este enjambre estará buscando un nuevo lugar donde instalarse, espero que no quieran apoderarse de la cueva, que ahora es mi hogar, aunque si se meten en algún agujero cercano podré intentar robarles algo de miel. Pobre Manuel, él también estará angustiado y preocupado por sus colmenas, es una afición que tiene desde hace años y ahora nadie desde arriba le apoya para poder venir a trabajarlas por no ser profesional. Será que los aficionados contagian más que los profesionales o que estos últimos quieren eliminarse a la competencia. Voy a salir a ver qué intenciones lleva esta muchedumbre de abejas.

Joder, joder, no es un enjambre es un puto drone, un maldito drone, me han encontrado, tengo que intentar derribarlo. 

Y así terminaba su relato, no sé si consiguió abatirlo o no, si le tiró una piedra o el propio teléfono. Quizá los agentes del Seprona y algún forestal le estaban esperando de cerca para darle caza, pero si el drone encontró a Miguel es porque geolocalizaron su teléfono móvil y lo estaban siguiendo. Si lo hubiesen atrapado y metido entre rejas, el teniente general de la guardia civil se hubiera encargado de publicitarlo en sus comparecencias diarias como una captura heroica. Yo escuchaba todas las ruedas de prensa del comité de crisis durante el estado de alarma, nunca he visto tantos telediarios. Los diferentes jefes de los cuerpos de seguridad y los ministros asociados solo informaban de lo que consideraban sus éxitos, de la corrupción dentro del gobierno, de la colaboración interesada con el tráfico de drogas y otros fracasos nunca decían nada. De Miguel Hontanar no se ha hablado, quizá nunca sepamos lo que ha sido de él, pero en el pueblo se rumorea que una tarde los dos agentes de la patrulla motorizada del Seprona que subieron a la ermita de San Cristobal, vieron la puerta abierta cuando siempre había tenido un candado abrazando el pasador del cerrojo exterior. Desmontando de sus vehículos de dos ruedas se introdujeron dentro para ver si todo estaba en orden, nada más entrar a la oscura estancia y mientras sus ojos se adaptaban de la luz intensa de la tarde a la lobreguez del interior del santuario, una sombra salió rápidamente de detrás de la puerta, deslizándose hacia el exterior como un fantasma. La puerta se cerró de golpe y oyeron chirriar la varilla del cerrojo que quedó bloqueado por fuera. Tuvieron que ser rescatados a la mañana siguiente por el cabo de la guardia civil y un compañero suyo cuya mujer lo contó entre cuchicheos a las compañeras de trabajo en la residencia de ancianos. Las ruedas de las motos estaban pinchadas y la gasolina derramada por el suelo.


jueves, 23 de enero de 2020

CARNIVAL


CARNIVAL 1

A Kreg le pareció muy extraño que aquel hombre que portaba una vieja mochila raída sobre su espalda hubiera subido hasta allí. Se dio un gran susto al verlo aparecer de repente asomado a la cumbre de la aguja rocosa que estaba a punto de tomar como posadero. Kreg aterrizaba allí todos los días, justo después de volver del comedero a eso del mediodía. Aquella tarde no esperaba a ver a nadie y mucho menos a un mamífero bípedo ocupando la que creía su plaza de observación más habitual. Venía planeando valle arriba con el buche lleno, aunque esta vez no demasiado, cada vez venían más buitres a comer al muladar. El momento de la comida era una encarnizada batalla por conseguir un buen bocado de carroña entre los aletazos de decenas de compañeros que se afanaban por llegar hasta los cadáveres y a veces era difícil arrancar un buen pedazo. Cuando aparecía el delicioso camión maloliente de Sarga, la empresa pública encargada de la recogida de reses muertas, se organizaba una gran algarabía, los centenares de grandes aves que permanecían apostadas en las vallas y en los cortados cercanos se tiraban en picado hacia el centro de la explanada donde tenía previsto bascular el camión y nada más que aparecía la primera pata de entre el montón de ovejas que traían en avanzado estado de descomposición se formaba un tumulto de plumas, empujones y arañazos que hacía muy difícil poder llegar hasta la ansiada carne. Desde la crisis de la vacas locas este se había convertido en el único modo de poder conseguir comida, ya nadie tiraba los cuerpos sin vida de sus animales al campo, en todo caso podía encontrarse muerta una cabra, un zorro, o un corzo que últimamente estaban extendiéndose por la zona, pero si no se tenía la suerte de estar entre los primeros en divisar las plumas de los cuervos brillando en la lejanía mientras esperaban a las garras fuertes y los potentes picos de los buitres para empezar a desgarrar la piel, podía ser demasiado tarde para llegar a tiempo y quedarse solo con el esqueleto del pobre animal fallecido ya devorado. Por eso Kreg siempre acudía a tiempo al nuevo muladar, aquello era más seguro pero también más concurrido, el resto de sus compañeros también lo sabían y algunos días se tenía menos suerte que otros ante tanta competencia.

Cuando vio al hombre extraño escalar hacia la cumbre por la cara de atrás, Kreg frenó estrepitosamente con sus alas antes de posarse sobre sus enormes garras en la piedra. Si hubiese sido otro buitre el que estaba ocupando su habitual posadero habría entrado en disputas con él para echarlo, pero al reconocer una forma humana en el perfil de la figura que iba a coronar la cumbre, giró de forma enérgica su vuelo y se lanzó de nuevo hacia el abismo sobre el cañón del Guadalope, alejándose de su atalaya y de aquel extraño hombre.

El hombre extraño se sentó en la cumbre cuando la alcanzó y se quedó observando el paisaje alrededor bajo sus pies. Se le veía alegre y contento por haber llegado a la cima, aunque también se habría visto en apuros al ser sorprendido, mientras permanecía acurrucado contra la roca para no caer cuando inesperadamente irrumpió la enorme ave con el sonido de sus fuertes aleteos. Sin duda se había emocionado por el acontecimiento tan inusual y por la adrenalina liberada ante el riesgo provocado por lo inesperado en esa posición. 
Kreg comenzó a volar en círculos cuando llegó a la ladera soleada de los Órganos de Montoro y observándolo todo en cada giro desde la distancia, encontró un sitio libre en la cornisa superior del diedro Abraxas, al que se acercó a gran velocidad. Con la majestuosidad que le caracterizaba frenó elevando ligeramente el vuelo para posarse con la suavidad de un vilano de diente de león sobre la estrecha repisa. Frente a frente se observaban en la lejanía.  Al cabo de un rato el hombre extraño miró su reloj, se incorporó, realizó unos extraños aspavientos probablemente en forma de saludo, al mismo tiempo que gritaba hacia el valle con estridentes voces KREG KREG KREG y destrepó de la cumbre hasta la plataforma pétrea de la base. Se largó por donde había venido sin dejar rastro, deshaciendo el camino del cresterío que conduce a La Latonera. 
Poco antes de que la sombra alcanzase su mínimo del día, Kreg vio alejarse un coche por el camino de Hoya Serbal.

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CARNIVAL 2
Al mediodía siguiente Kreg voló de nuevo desde el muladar hasta su posadero habitual, pero una duda se cernía sobre su mente. Cuando llegó, dio dos vueltas a la aguja rocosa sobrevolándola en círculo para comprobar que no hubiese sorpresas y como parecía que allí no había nadie, se posó para descansar y hacer bien la digestión de la ración que había podido atrapar entre la tumultuosa concentración de carroñeros.
Todavía daba el sol en su plumaje y una pequeña brisa levantaba levemente jirones en su pecho donde Kreg lucía una pequeña zona más oscura de lo habitual entre sus dos calvas rosadas por debajo del cuello anillado de blanco plumón manchado todavía con pequeños lamparones de sangre reciente impregnada al introducirse casi por completo bajo la piel de los animales muertos para arrancar sus partes blandas. Replegó su pequeña cabeza, recogiéndose sobre sí mismo y se quedó adormiscado. Aquella tarde, como casi todos los días, Kreg volvía a descansar tranquilo posado en su Atalaya. El aire era fresco, ondeaban algunas hojas en los chopos de ribera al fondo del valle, pero el sol calentaba su cuerpo desde las patas hasta el pelado cráneo. Sus párpados inferiores tapaban casi por completo sus ojos, pero una mínima abertura le permitía seguir vigilante oteando levemente el horizonte. De repente algo le despertó del sopor en el que estaba sumido, le pareció adivinar un movimiento extraño entre las ramas de las sabinas y la espesura de gillomos anclados a la parte superior de la cresta que arrancaba desde la montaña hasta su roca creando un vacío de centenares de metros a ambos lados del filón calcáreo, una muralla que separaba su torreón de vigilancia hacia el abismo creado por el río.
Atento a ese fenómeno puso sus sentidos alerta, abrió los ojos sobresaltado, giró su cuello torcido y observó con atención los movimientos del intruso, pasados unos segundos advirtió una forma humana entre el ramaje y reconoció al hombre extraño que había estado ocupando su plaza el día anterior. Venía despacio agarrándose a los troncos de los árboles y parecía sofocado, cuando alcanzó la losa de piedra, que hacía de enorme balcón a los pies del atalaya, Kreg estiró su cuello y tensó sus músculos dispuesto a despegar, pero el extraño hombre se sentó a descansar. Sus miradas se cruzaron y Kreg entreabrió sus alas, el hombre extraño realizó un leve saludo levantando su mano, respiraba fuerte y cuando recuperó el resuello dijo:
-Hola- y continuó con un sonido estridente -KREG- como si intentase traducir su saludo a un idioma imaginario.
La situación para el gran pájaro era de alerta, al mínimo movimiento que hiciese el hombre extraño con intención de seguir subiendo, se lanzaría al vacío para escapar volando. Todavía les separaban veinte metros de desnivel, espacio suficiente para favorecer un margen de maniobra más que amplio.
El hombre extraño continuaba recuperando la respiración agitada ahora cabizbajo, Kreg ya no veía en él la peligrosidad intuida inicialmente, aunque seguía sin fiarse.
El hombre extraño volvió a mirarle y con un profundo suspiro que parecía poner fin a su sofoco comenzó a hablarle:

-Hola KREG……. iba a llamarte buitre o pajarraco, pero entre los humanos estos son apelativos denigrantemente despectivos y la verdad no sé por qué, así que te llamaré Kreg, independientemente de lo que pueda significar.-
Rio con una breve carcajada y continuó:
-Algo más coherente sería llamar “persona” a un animal cuando no se comporta adecuadamente, eso sí sería un insulto quizá más razonado, pero curiosamente entre nosotros es un halago- volvió a reír.
-Creo que voy a quedarme un tiempo por aquí,... si tú me das tu permiso claro. Me ha encantado la zona, la ascensión ayer a esta aguja me pareció impresionante, pero hoy no voy a quitarte el privilegio de ocupar el mejor lugar de observación de esta montaña, sé que es más tuyo que mío. Desde ahí uno se siente único, seguro, invencible y privilegiado, es como si les robaras por un tiempo el trono a los dioses... Me gustaría ser como vosotros, los mamíferos terrestres no tenemos esa posibilidad natural de flotar en el aire contrarrestando la gravedad que nos ata a la tierra a la que un día todos volveremos. Me encantaría revelarme contra mi propia condición… pero bueno por lo menos he podido llegar hasta donde tú descansas. El camino no es fácil, aunque ahora ya sé por dónde recorrerlo sin que se me haga imposible agarrarme y cada día que pase me lo conoceré mejor  y lo haré más rápido, sin miedo, porque pienso venir a verte ¿sabes?… de momento no todos los días, todavía tengo algunas cosas que hacer en la civilización, pero pienso volver, volveré, quizá algún día me quede aquí para siempre, este lugar me parece el paraíso, pero hoy tengo que volver Kreg, seguro que nos iremos viendo.
Cuando el hombre extraño hizo ademán de levantarse, Kreg extendió sus alas por completo y con un pequeño impulso se dejó deslizar a través de aire. El hombre extraño corrió a verlo planear hacia la ermita de San Pedro y luego lo vio perderse en la lejanía tras los cortados del Mirador de Montoro, por donde cae el sol engullido tras las gargantas del Guadalope. El hombre extraño notablemente emocionado deshizo el camino agarrado al filo de la cresta y desapareció ladera arriba.

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CARNIVAL 3
Siéntese Señor Bragaza.
Hemos estudiado a fondo los resultados de sus últimos análisis y parece que el tratamiento no está surtiendo el efecto que debiera.
Ya, ya, sé que ha sido muy molesto y no ignoro lo doloroso de la situación, pero teníamos que intentarlo, no nos quedaban muchas alternativas ya. Hemos hecho todo cuanto estaba en nuestra mano. 
Sin embargo, nos ha llegado un informe con los últimos avances puestos en práctica en un hospital de Navarra con excelentes resultados derivados de una terapia novedosa descubierta en la Universidad George Washington con quien tienen suscrito un convenio de colaboración en proyectos de este tipo. Consiste en una nueva técnica de medicina de precisión, una estrategia terapéutica dirigida y personalizada basada en la propia genética del paciente.
Conozco personalmente al Dr. López aquí está su tarjeta, póngase en contacto con él y dígale que va de mi parte, ellos le informarán pormenorizadamente del proceso a seguir, es uno de los mejores hospitales de Europa en este campo. Aquí no disponemos de más recursos, no obstante ya sabe que estamos a su entera disposición, por favor no dude en llamarnos y mantenernos informados, le ayudaremos en todo cuanto esté a nuestro alcance.

CARNIVAL 4

-¿Has visto eso Kreg? ¡Qué pasada!. Es un quebrantahuesos, ¡Cuánto tiempo llevaba deseando ver un ejemplar por estas tierras! ¿Has visto cómo se me ha acercado cuando he llegado? Yo creo que ha pasado a menos de cinco metros volando por encima de mi cabeza. Estoy emocionadísimo, un quebrantahuesos en Montoro. ¡Uaaaah! En el Pirineo sí que he visto varios ejemplares pero aquí nunca, ¡Qué alucine! Y pensar que eran una chorrada los señuelos con estatuas simulando individuos de la misma especie posados en las crestas sobre las rocas de la Cueva Muñoz que pusieron hace veinte años, a mí me parecía imposible ver uno vivo por aquí y mira por donde lo he ido a ver yo. Nadie de mis amigos ornitólogos se lo va a creer-.

El hombre extraño había llegado visiblemente excitado de emoción a la base de la aguja donde ya había subido en varias ocasiones. Kreg cada día se asustaba menos de él aunque siempre permanecía alerta durante su estancia. Aquella mañana, cuando llegó despegaron a volar varias aves posadas en las rocas cercanas. Una de ellas era más oscura y tenía el final de la cola en forma  de una  punta de flecha ancha. Sin duda alguna se trataba de Alós o de Amic dos jóvenes quebrantahuesos reintroducidos por el ser humano y puestos en libertad en el parque natural de la Tinença de Benifassá para su repoblación en el Maestrazgo, pero que ahora vagaban despistados de comedero en comedero mezclados con los buitres de otras zonas.
A Kreg no le molestaba que vinieran allí estos cometuétanos, no le hacían la más mínima competencia, se quedaban quietos en el muladar hasta que hubiera terminado la batalla y solo cuando quedaban limpios los esqueletos era el momento de estos recién llegados para entrar en acción. 

-Te preguntarás por qué vengo a visitarte tantas veces a esta piedra ¿Verdad?, bien, pero antes de revelarte ese secreto quiero que sepas algunas cosas más de mí. Lo primero es que no soy un ser agresivo contra nadie ajeno a mi persona así que nada tienes que temer de mí, lo segundo es que a los necrófagos siempre os he admirado con un profundo respeto y auténtica devoción porque quizá seáis las únicas criaturas que no matáis a otros para alimentaros y lo tercero es que, como ya habrás podido comprobar mientras me ves llegando aquí, me encanta el riesgo, aunque a veces sea un tanto simulado y no tan real como aparenta, pero esa posibilidad remota de tener la muerte pisándome los talones me atrapa, me centra plenamente la atención, todos mis sentidos y mis más pequeños movimientos se coordinan como engranajes perfectos en una maquinaria de precisión. Aunque claro, siempre cabe la posibilidad de que algo falle, un resbalón, una piedra que se suelta, un murciélago que te asusta y se asusta al salir de una grieta en la que has metido la mano, una tormenta, etc... mil situaciones posibles que pueden hacerte caer.  En ese caso el equipo que formamos las altas rocas, tú y yo sería algo de lo más completo e imbricado ¿no te parece?.- rio alegre, irónico y sarcástico el hombrezuelo parlanchín. 

Hubo un tiempo que escalaba junto a otras personas, incluso Angeline, mucho menos apasionada que yo en esta actividad, venía conmigo en muchas excursiones hasta que un día … -
El hombre extraño, tragó saliva, se sentó despacio en su piedra habitual y con la cabeza apoyada en sus manos comenzó a balbucear, pensativo y nostálgico:
Nunca pude imaginarme que no me esperaran, no para una cosa así, pero para cuando llegué al refugio allí ya no quedaba nadie. La puerta estaba cerrada con la llave que hay que devolver al ayuntamiento de Arnes cuando te vas, firmando en la hoja en la que aparecen el nombre y el DNI de uno de los excursionistas y que certifica que todo se ha quedado en perfecto estado y recogido.
Hay doce kilómetros hasta el pueblo y ya era de noche, y aunque hacía buen tiempo para estar a mediados de marzo, no estaba la temperatura tan cálida como para pasar la noche al raso, así que tuve que encaramarme hasta la ventana de atrás, la que siempre ha cerrado mal, y con un suave empujón colarme al dormitorio común que hay encima del fogón junto a la chimenea. A la mañana siguiente quedaría con Juan el pastor y cuando terminase de echar de comer a sus vacas y me bajaría con él hasta el pueblo para coger el autobús hacia Tarragona.
Me costó conciliar el sueño a pesar de lo cansado que estaba. Es cierto que yo dije que volvería a media tarde, pero con estas cosas nunca sabes realmente cuando vas a regresar. No era de extremada importancia el que me hubiesen dejado allí, yo no tenía que trabajar al día siguiente como el hermano de Angeline, es más no me hubiera importado quedarme más tiempo con ella, aquellas montañas me parecían un paraíso y con los almendros y las flores de romero anunciando el principio de la primavera todavía era más acogedor.
Tenía ganas de subirme a la moleta del Molló antes de irnos para aprovechar esa última tarde de domingo en la que todos se afanan sin demasiada ilusión en una recogida de trastos que a mí siempre se me hace eterna, pero Angeline estaba cansada después de tres días de paseos y aventuras intensas, por eso me fui solo. Quizá la confianza de haber repetido aquellas maniobras más de mil veces, me hizo perder la concentración y el nudo que unía las cuerdas en el descenso se quedó atascado. Tardé más de dos horas en desembarazarlo, porque tuve que volver a subir hasta él, habiéndome quedado colgado en una cornisa que para nada tiene un acceso sencillo. Es cierto que me la jugué un poco, si se me hubiese soltado uno de aquellos bolos a los que me agarraba mientras daba pasos en travesía sobre un cortado de más de cuarenta metros no te estaría contando esto ahora, pero siempre me ha gustado ponerle un poquito de emoción al asunto. Saber que te puedes caer si la cosa no va bien. Que exista una mínima posibilidad de no conseguirlo, fácil pero no demasiado.
Cuando a veces cuentas emocionadamente las sensaciones que experimentas colgando del vacío o los pasos expuestos de la ruta que acabas de hacer, donde has acabado con las manos llenas de arañazos y el cuerpo medio molido siempre hay alguien que te pregunta: 
Pero entonces… ¿Por qué escalar?
No es fácil dar una respuesta que conecte con tu interlocutor, ni siquiera que sea compartida por todas las personas que aman esta actividad porque hay más de “cien  clases de escaladores”, de los que cada uno busca su propio sentido a lo que hace, pero te diré como dicen muchos que para mí la escalada siempre fue una vía de escape:
¿Un escape de qué? 
Bien sabía ya entonces que con la escalada no iba a hacerme rico, ni siquiera podría ganarme el sustento con ella, es una actividad de nula utilidad y es cierto que sin dinero en las sociedades humanas actuales es muy difícil integrarse. Para comer, para dormir, para vestir, para viajar incluso si un día lo necesitas para curar una enfermedad o las lesiones de  un accidente y no lo posees, puedes tener un grave problema, y por eso la gente se caga de miedo ante la posibilidad de que te ocurra algo peor. A nadie le gusta estar expuesto sin una seguridad que lo cubra todo aunque sea totalmente ficticia, porque el peligro, por mucho que te protejas, está ahí para todos. Por muy acaudalado que seas, la muerte siempre acecha en el momento más inesperado. Por eso yo elegí tomar el camino de la filosofía del todo me da igual. Por eso escogí estar siempre escalando, porque estar colgado ahí arriba a cientos de metros sobre el suelo me liberaba, me aportaba esa sensación de saber que en cualquier momento te puede pasar. Verlo palpablemente con mis propios ojos teniendo la vida a borde de tus dedos y de la punta de mis pies le daba a mi existencia un aliciente mucho más intenso que el día a día urbano de cualquier mortal y me ayudaba a abstraerme de toda la corteza postiza social que llevamos por disfraz en un acercamiento a una vida más natural, expuesta a los peligros sin maquillaje, a llevar un deambular desnudo en el paisaje, a prescindir de lo superfluo, apariencia, seguridad, posición social, poder, pertenencia al grupo, etc… 
Mucha gente se frustra profundamente por no poder complacer los deseos de inclusión social o de pareja, por temor a no ser aceptado tal como eres por los demás, por no poder alcanzar una expectativa demasiado alta impuesta por uno mismo pero marcada por las referencias sociales. Perdí a un ser muy querido en esta batalla, en la tesitura crucial de si merece la pena seguir o no. De los millones de maneras que existen de morir, yo por aquel entonces preferí evitar aquella.
Está claro que fui yo el que me equivoqué, yo el que no puse a cargar la batería del teléfono antes de salir de casa, yo el que llegué tarde, yo el que me arriesgué, sabía que me esperaría un bronca con Angeline, pero en realidad fueron una serie de incidentes los que me llevaron a esa situación que, aunque causados por mí, eran inesperados. Yo estimaba no tardar más de tres horas y empleé casi seis en bajar. Cuando llegué no sabía si se habían ido hacía una hora o cuánto tiempo llevaban conduciendo de vuelta a casa, pero la verdad es me quedé un poco chafado.
Todos ellos sabían el riesgo que comporta estar colgado de una cuerda de algo menos de un centímetro de grosor más aún cuando está atada a un anclaje de dudosa resistencia. Todos conocían el riesgo de la escalada. 
No me dolió demasiado quedarme solo, lo que me trajo a la cabeza las cavilaciones más asombrosas fue el hecho de que se largaran de allí sin lograr cerciorarse de que yo había podido bajar y estaba bien, vivo y a salvo ya en el refugio.
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CARNIVAL 5

Algunos días el hombre extraño se sentaba en su piedra habitual y parecía reflexionar en voz alta, como si estuviese preparando una conferencia frente al espejo:
-El ser humano nunca debería haber salido del paleolítico, ese fue su principal error, neolitizarse, empezar a cultivar, a domesticar y a criar animales en cautividad. Aquel nuevo periodo acabó con la vida nómada y fue el comienzo de un cambio irreversible que nos domesticó también como especie y permitió que variáramos las condiciones ambientales y con ellas la vida de animales y plantas. Es cierto que es un proceso que nos ha traído hasta aquí tal como somos. Quizá sin la entrada en el neolítico nos hubiésemos extinguido, pero hay que tener en cuenta que desde entonces solo han pasado unos pocos miles de años frente a los dos millones y medio en los que nos desarrollamos como homo sapiens sobreviviendo al igual que cualquier animal más.
Hoy prácticamente hemos ocupado y dominado todos los hábitats de la superficie terrestre, adaptándolos a nuestro antojo y necesidades y no al revés como había venido siendo de forma natural hasta que empezamos a sedentarizarnos, un cambio radical, muy rápido y exponencial que aceleró y sigue acelerando vertiginosamente la introducción de la especie humana en cualquier ecosistema sin esperar a que los cambios en nuestro genoma nos hagan más afines al ambiente. De este modo las adaptaciones naturales en forma de mutaciones que hacían más resistentes a los individuos ante una determinada circunstancia ya no priman. Hoy una persona con antepasados autóctonos en la costa mediterránea puede pasarse días en las cumbres más altas del Himalaya gracias a la ropa técnica y a las botellas de oxígeno presurizado para tener incluso mejores perspectivas de superviviencia en altura que cualquier sherpa a pecho descubierto descendiente de cientos de generaciones expuestas a la altitud y al frío que le han proporcionado mayores niveles de volumen de plasma sanguíneo que al resto de comunidades. Sin duda alguna no somos originarios de allí, ni de muchos de los lugares del planeta donde nos hemos instalado, porque en realidad provenimos de un único lugar de África donde las condiciones climáticas eran lo suficientemente favorables para no necesitar pieles de otros animales con las que protegernos de las inclemencias del tiempo.
La domesticación y la agricultura permitió generar grandes civilizaciones donde lo que se heredaba además de las características fisológicas de los progenitores, eran también los bienes acumulados, el poder y en algunos casos la sabiduría y los conocimientos descubiertos por los antepasados u otros congéneres. Esto nos ha llevado a un crecimiento desproporcionado y vertiginoso de la población que aún continúa y a un aumento del “bienestar personal” auspiciado por el consumo indiscriminado de recursos. 
Puede parecer muy bonito quemar combustibles fósiles para darnos dos duchas de agua caliente al día y disponer de calefacción para tener las viviendas a veintitantos grados centígrados durante todo el invierno, conducir vehículos para viajar mucho más rápido de lo que nos permite nuestra velocidad natural, volar a la otra punta del globo para ver mundo o bajar a las profundidades del océano, pero hay que tener en cuenta que somos casi el único ser vivo que consume más materias primas de las que puede procesar su cuerpo, es decir vivimos por encima de nuestras posibilidades. Además nos hemos acostumbrado a gastar en función de lo que disponemos y cuanto más tengamos más consumimos. El hombre derrocha agua si tiene pantanos, deja las luces encendidas si la energía le sale barata, desecha los despojos de los alimentos si tiene otros de mejor calidad, tira las botellas de vidrio y bolsas de plástico si se las regalan...
El crecimiento continuo no puede ser eterno, es inmoral y perecedero en el tiempo por definición en un planeta finito como el nuestro. A mí me da la risa cuando oigo a pseudocientíficos de ficción decir que buscan exoplanetas donde alojarnos cuando hayamos acabamos con este.-
El hombre extraño se levantó intentando no alterar demasiado a Kreg con sus movimientos bruscos y entonó una canción del grupo de rock Acero escrita por Jorge Pérez Lorenzo, Kapi:
- ¿Dónde nos vamos a ir?  Todos a la mierda.- y volvió a reir a carcajadas en solitario. 
-Pero ¿qué pretenden?, colonizar un lugar extraño que probablemente sea hostil en múltiples aspectos para nuestra salud. No entienden que nosotros somos exclusivamente de aquí, todas nuestras características son fruto de adaptaciones que a lo largo de miles de millones de años se han ido añadiendo en nuestros genes pero solo para este planeta concreto y particular. Ninguno entiende que nosotros somos los hijos malcriados de la maltratada madre tierra y allí donde vayamos no sabremos ni siquiera respirar y no comprenden que por grande que sea el universo y pueda tener algún planeta parecido, nuestro crecimiento exponencial no puede ser eterno, tiene que tener un final. Y aun en el caso improbable de que existiese otro idéntico a la Tierra en otro confín del espacio y pudiésemos viajar hasta él, si ya hemos destrozado uno, por favor que no intenten reventar otro. ¿Qué desean? ¿Contagiar y contaminar otros mundos con nuestra insaciable avaricia?
Está visto que los humanos, no tenemos conciencia de las consecuencias de nuestros actos, puede que las reflexionemos ligeramente, pero seguimos comportándonos como si no fuera con nosotros. Yo mismo solo soy un puto hipócrita, me quejo de las emisiones en la quema de combustibles y soy el primero que viene en coche hasta aquí porque me resulta más cómodo. Aunque quizá pronto deje de hacerlo, lo he venido haciendo durante décadas sin decidirme a dejar ya de moverme de un lugar lejano a otro solo por capricho, porque en realidad no es necesario, no lo fue durante de miles de años y ahora nadie puede argumentar que lo necesita de modo irrenunciable. Así que si la superpoblación de humanos y su estilo de vida de los últimos siglos ha producido una devastación casi total de los ecosistemas originales en los que incluso la atmósfera y los océanos, receptores de residuos y transportadores de los mismos gracias a su naturaleza fluida, se están viendo seriamente afectados, diré que “aquel que tiene resaca por haberse emborrachado obtiene un merecido premio que él solito se ha buscado”.
Sin duda estamos al final de ese periodo llamado neolítico, en las puertas de acabar con aquello que iniciaron los que empezaron a roturar la tierra para sembrar semillas y no tener que vagar buscando plantas y frutos con los que alimentarse, los primeros que encerraron a algunos animales para que criaran más y comérselos luego. Puede parecer apocalíptico, pero en los diez mil años que llevamos con esto se han producido civilizaciones cada vez más numerosas y con más necesidades de recursos naturales, actualmente somos ya más de siete mil quinientos millones de personas en el mundo y casi todos desean una vida como la del más rico de todos nosotros. Los más esperanzados sueñan con una evolución hacia una transición ecológica y tecnológica donde obtengamos la energía solo del sol y las fuerzas renovables derivadas, los más extravagantes con emigrar a otros planetas.
Lo peor de todo es, que como consecuencia de nuestros actos, el resto de seres vivos también lo estáis pagando muy caro, algunos de ellos ya se han extinguido y otros mueren por culpa de nuestras actividades, por ejemplo con el diclofenaco, antiinflamatorio usado masivamente en la ganadería por los veterinarios, que ha causado y está causando tantos estragos en la población de carroñeros porque se acumula en los cadáveres que fueron medicados con este fármaco en dosis altamente mortales para los buitres.
Yo de ser vosotros me revelaría. Solo con que los buitres tuvieseis un ápice de la maldad que poseemos los humanos, os habría valido para desarrollar un sistema de caza mínimamente sofisticado, basado en el lanzamiento de objetos desde las alturas, un rebaño de ovejas o de cabras montesas es un blanco no demasiado difícil para bombardearlo con piedras desde el aire, cuando las reses sanas huyesen despavoridas la víctima quedaría sola y desamparada para poder dar cuenta de sus restos con tranquilidad. Ya no tendríais que ir solo a comer a los muladares cuando venga el camión cargado de excedentes de cadáveres de animales que murieron enfermizos. Además podríais aplicarlo también contra quienes favorecen vuestro acoso y vuestras enfermedades, los mismos que os colocan aerogeneradores y líneas eléctricas con las que chocar si no se vuela muy atento en un espacio aéreo antes inmaculado. Siempre ha habido reuniones multitudinarias de personas al aire libre, antes las procesiones religiosas a las ermitas y ahora los festivales y las manifestaciones, podría parecer que los humanos son más agresivos y perversos, pero en realidad solo son unos cobardes, a la primera piedra que cayese ninguno iba a ponerse a defender al resto y se dispersarían como ratas, aún con más celeridad y desconcierto que unos simples corderitos, dejando allí a las víctimas hasta que solo quedasen huesos.-
Kreg giró el cuello cuando el hombre extraño terminó de hablar, pero no se movió cuando este se levantó, lo observaba como reflexionando, pero no se lanzó a volar.

CARNIVAL 6
Todavía recuerdo cuando me gustaba ponerme borracho, bueno en realidad nunca dejó de gustarme, lo que ocurre es que ahora me contengo y solo lo hago en contadas ocasiones. Por eso, entre otras cosas, creo que me refugié en la escalada. Yo de niño era un bicho rebelde, ideábamos las más endemoniadas travesuras con tal de trasgredir las normas de los adultos, incluso le llegamos a poner piedras al tren en los raíles con la firme intención de que descarrilase como en las películas, menos mal que la física nos quitó la razón aplicando la gravedad y la ley del impulso mecánico de una masa tan grande como la de aquellos convoyes legendarios del ferrocarril que contra unas simples piedras apenas notaba un pequeño chasquido convirtiéndolas en una galleta de harina silícea muy fina. Luego llegaron los primeros cigarrillos, la cerveza, los licores, los primeros porros y un cercano coma etílico casi todos los fines de semana. Hasta que un buen día decidí descubrir los domingos por la mañana sin resaca y comencé a salir a la montaña. La escalada me ayudó a apartarme del hábito del alcohol y de su entorno estupefaciente, mientras estás colgado en la pared no puedes hacer otra cosa que agarrarte con las cuatro extremidades a la roca y si quieres sentirte realizado debes evitar beber la noche anterior, así que todo te lleva a portarte bien, si deseas tomarte en serio llegar cada vez más alto y a través de una creciente dificultad en las rutas, aunque sea practicando una actividad tan absurda como alcanzar la cima para volver inmediatamente otra vez al suelo firme. Sin duda en sus inicios fue en parte un juego sustitutivo del ocio nocturno, pero sobre todo una pasión creciente por apurar mis límites, por desmentir lo que creía imposible de realizar con mi cuerpo, por romper esa barrera del miedo y la indecisión. Hasta que el juego se convirtió en adicción y la adrenalina en el bálsamo de una recompensa. Una droga aparentemente más sana que otras, pero con una exposición al riesgo que, valorada a largo plazo, quizá pueda dar un peor resultado estadístico en los daños ocasionados que una buena sucesión de fiestas ininterrumpidas, sobre todo si escalas sin cuerda.


Puede que sea una obsesión sí, pero ¿cuántas actividades humanas no lo son?


Algunos nos decían que éramos unos irresponsables, y es cierto que cualquiera que se expone a un peligro en algo no necesario lo es. Una amplia multitud de disciplinas que practica el hombre moderno del primer mundo con mayor o menor grado de riesgo son de todo punto prescindibles. Conducir un coche, viajar en avión, en barco o en tren, montar en atracciones de feria o el simple hecho de nadar son acciones para nada necesarias en la vida de una persona y sin embargo se dedica un esfuerzo importante en poder ejecutarlas por el mero hecho de satisfacer el disfrute lúdico a sabiendas de los peligros que conlleva el ejecutarlas. Incluso quien gusta de saborear la buena comida en un grado desmedido de apetito se expone a los riesgos derivados de la obesidad. La escalada es una más de ellas, pero en mi caso me pregunto, ahora desde la distancia, si no estuve siempre buscando ese lado cercano a una grave lesión o a la muerte para escapar. La autoagresión que supone tomar drogas sin control puede compararse con los golpes, sobreesfuerzos, arañazos y la incertidumbre de una caída desde una gran altura. Practiqué lo uno y después lo otro como si mi objetivo en el fondo fuese perder la guerra absurda y sin sentido que siempre me pareció la vida, una batalla sucia en un mundo competitivo y feroz, en la que no me gustaba ni me pegaba el papel de triunfador.


Pero me decanté por lo segundo coincidiendo con la opinión de la mayoría de los médicos que aseguran que una existencia basada en el deporte es mucho más sana que una vida sedentaria por los bares. Yo no les daba la razón, solo elegí lo que más placer me reportaba. Yo creo que escalaba por tener presente y cercana la posibilidad de poder morir en cualquier momento. La seductora y terrible idea de poder caer y desaparecer me llenaba de miedo y tensión pero a su vez me seducía y me excitaba tanto que deseaba estar en ese estado cuanto más tiempo mejor y cuantas más veces al año más bueno, hasta el punto de no sentirme a gusto y rabiar aquellas semanas en las que no podía escalar.


Claro que a ti Kreg mi obsesión te parecerá una torpe chorrada. Tus majestuosos vuelos y las acrobacias al aterrizar en una roca, para luego saltar al vacío, echan por tierra mis engrandecidas experiencias por estar lejos del suelo y la sensación de flotar en la pared. En parte por eso os envidio. No porque quiera parecerme a vosotros, nunca he pretendido ser como alguien, pero sí por esa libertad que emana en vuestra forma de comportaros. La grandiosa silueta de vuestro vuelo tranquilo surcando los cielos es para mí todo un emblema.


Siempre me ha importado una mierda lo que consigan hacer los demás. Los problemas cotidianos y en general lo que pasa fuera de mi entorno más cercano se evapora cuando escalo, porque nunca sé si voy a poder presenciar el siguiente amanecer. El hecho de sentir la provisionalidad y la incertidumbre me hace querer seguir viviendo con intensidad, en contra de mis anhelos por alcanzar el fin de mis días en la rutina que me veo sumido socialmente.


A los humanos nos educan para adaptarnos a una vida civilizada e inventada que te haga encajar en su juego y evite la espontaneidad rebelde de un disidente a esa imposición, una estructura rígida que se perpetúa. Educación, obediencia, trabajo, familia, son conceptos que se inculcan desde que eres un bebé aplacando los deseos ancestrales de cualquier ser vivo basados en la libertad del individuo, asumiendo los peligros que eso conlleva.
Hay quien se adapta muy bien e incluso consigue fama por ser un buen ciudadano que cumple las normas de urbanidad y destaca en alguna disciplina. La gente lo admira y lo felicita y si sabe darle la repercusión mediática suficiente triunfa socialmente, aunque toda su existencia sea una birria de vanas expectativas a veces falsamente cumplidas, al amparo de unos valores inventados que nada tienen que ver con lo que somos en realidad. Pero se comulga con ellos y se le ríen las gracias a quien a veces no se las merece. La clave dicen es ser amable, cordial y no enfrentarse con nadie diciéndole lo que piensas en realidad, a no ser que vayas a deshacerte en halagos.

Si en esto consiste la inteligencia emocional yo prefiero seguir siendo gilipollas. Nunca he podido tragar con eso. No puedo callarme lo que pienso y por eso me rechazan en muchos círculos, tachándome de díscolo e incluso a veces de cobarde por no atreverme a aceptar las normas sociales comportándome como lo hacen los demás, por demostrar que en realidad siempre he estado huyendo.


Alex fue uno de mis amigos de andanzas desde muy temprano y también un gran compañero de aventuras y fatigas hasta una edad bastante avanzada. Habíamos tenido bastantes encontronazos pero siempre terminábamos perdonándonos sin decir nada, obviando lo que había ocurrido, pero una de aquellas tardes de borrachera se puso muy cabezón y me la lió muy fuerte, yo me alejé de él para no llegar a mayores y a la mañana siguiente le escribí un mensaje:


“No pude dormir en toda la noche, las continuas cavilaciones no me dejaban conciliar el sueño. Espero que llegaras bien. Aunque en realidad me importa lo mismo. Es triste, pero así de miserables y mezquinos son los sentimientos que me han traído con esos desvelos hasta el alba. Quizá esta acción que ahora cometo sea propia de cobardes, como bien te encargaste de calificarme en repetidas ocasiones. Parecía como si me estuvieras provocando para que yo saltará y tener una mínima excusa y así aumentar el nivel de agresividad y sacudirme, cosa que intuí que harías si me hubiese pasado al lado opuesto, a decirte lo mismo que tú me estabas diciendo. Sí, puede que sea una persona cobarde, pero en este instante no le tengo miedo a nada ni a nadie. Cobarde al menos por aguantar una relación así. Cobarde por no plantar cara real a una actitud desafiante, provocadora y amenazante. Cobarde por no ponerme a tu altura. No gracias, no necesito amores ni amistades que me protejan, con licencia para insultarme, intimidarme y si se tercia agredirme. Lejos de ti, no conozco a nadie que me haya insinuado últimamente la intención de hacerme daño, luego no hace falta que sigas dispuesto a dar tu vida por mí. Ya está, hoy he dicho basta. Me dije que no lo consentiría y he decidido estrenar la libertad que no he podido tener en esas conversaciones censuradas subliminalmente por una violencia latente cuya delgada línea roja nunca me atreví a acariciar. Me voy por no seguir, no siento cómoda mi mente en ese tipo de ambiente. Me da igual si también piensas que huir siempre fue de cobardes, pero no me apetece volver a revivir una situación así. Quizá el alcohol agrave el mal comportamiento de las personas, pero en este caso creo que solo te ayudó a sacar a la luz lo que realmente llevabas dentro. Me veo en la obligación moral de evitarlo, por eso digo adiós a esos encuentros que me reportan agrios recuerdos, emborronando lo que único merece la pena. El maltrato se debe eliminar de raíz en sus primeros brotes, a la primera mirada violenta, antes del primer insulto y de cualquier imposición verbal. No intentes seguirme, allá donde voy se desprecia a las personas como tú”






Cuando encontraron su coche empotrado contra el muro de hormigón del puente sobre la curva, nada se pudo hacer y se me cayó en mundo encima. El choque frontolateral sin frenada previa, había dejado totalmente deformado y aplastado el habitáculo. El tremendo golpe no había dejado hueco para tener una mínima posibilidad de salir con vida de allí. Todos creyeron que fue un accidente.




CARNIVAL 7
-Hoy me han quitado el carnet Kreg, bueno quiero decir que hoy me caduca y como la semana pasada no quisieron renovar mi aptitud para conducir en el reconocimiento médico, a partir de hoy soy ilegal al volante, dicen que no tengo reflejos y que veo poco. Vaya chorrada veo lo suficiente y yendo a baja velocidad puedo reaccionar a tiempo para no provocar un accidente.


Lo peor van a ser mis hijos, se compincharán con los agentes de la guardia civil y querrán precintarme el coche, pero no me voy a dejar, no lo admitiré. La gente joven cree que puede decidir sobre los demás, porque se ven superiores en agilidad, fuerza y espontaneidad, pero si se miran las estadísticas de accidentabilidad es mucho mayor en su franja de edad. Creer que pueden con todo les hace bajar las precauciones y aumentan la velocidad, incluso se molestan si alguien va más lento que ellos, por eso quieren quitarnos de en medio con la excusa de que somos un peligro, cuando en realidad sienten que les suponemos un estorbo. Pues no les voy a dar el placer de colaborar con su insolidaridad, voy a seguir a lo mío si no me renuevan el carnet pues iré sin él. Reflejos y agilidad… que suban a donde yo llego todos los días y les hablaré yo de juventud mal llevada.


Claro que ¿quién va a querer venir con un viejo moribundo que le habla a los buitres? Si todavía estuviera Angeline tampoco me dejaría venir en coche, pero ahora viviendo en soledad puedo hacer lo que me dé la gana. ¿O no Kreg?- gritó el hombre extraño levantándose y tirando un piedra lejos hacia el abismo sin importarle quién pudiera haber debajo-.

En ese momento Kreg pareció sentirse aludido y abrió ligeramente sus alas, la brisa estiró sus plumas y ya parecía que levitaba cuando pasaron cerca dos compañeros suyos, en dirección al comedero. Kreg se abalanzó hacia delante y con un pequeño salto se dejó caer hacia el vacío, a los pocos segundos estaba planeando por encima de la atalaya. El hombre extraño, gritó:


-Hasta mañana Kreg-


Y se quedó mirando a los tres, observando como comenzaban a ganar altura girando en círculos, rodeando una columna imaginaria que se movía lentamente ladera arriba.


Cuando hubieron desaparecido de su vista, el hombre extraño se afanó en amontonar losas de piedra construyendo una especie de castillete equivalente a su altura, como un peirón para colocar encima un santo. Cada poco se detenía visiblemente cansado. Con cada roca que movía se apoyaba en el torreón para respirar profundamente. Al final se quedó estudiándolo desde varios ángulos colocándose en una determinada posición para tomar de referencia con sus propias medidas, probando la ergonomía del conjunto. Cuando se dio por satisfecho emprendió el camino de vuelta escalando en travesía la rutinaria cresta que le devolvía a la montaña en cuya ladera oriental al lado de la fuente de los llanos de la Latonera siempre aparcaba, en un claro al final del camino viejo.


CARNIVAL 8
A la mañana siguiente el hombre extraño apareció con un artefacto alargado colgado del hombro, se lo cambiaba de lado a cada paso que daba por la roca porque se le enganchaba contra la piedra y contra los matojos desequilibrándolo. Atravesó con mayor dificultad que en ocasiones anteriores pero lo consiguió de nuevo. Tenía memorizados y dominados todos los pasos.
Kreg observaba de reojo como había aumentado la torpeza habitual de este asiduo visitante y posado como de costumbre en la cumbre habitual se limitó a mirar.
Cuando el hombre extraño llegó a su meta volvió a sentarse a descansar.

-Ya estoy aquí de nuevo Kreg-
El hombre extraño miró en derredor contemplando nuevamente el paisaje como si lo inhalara a través de sus ojos.
-¡Pero qué casa más bonita tienes! No entiendo porque no se protege un lugar tan genuinamente natural como este, el sitio lo merece con motivos más que de sobra, no porque yo lo haya elegido como lugar de peregrinación sino porque biológica y geológicamente hablando es un enclave singular riquísimo, pero cuando hablo de protección lo digo en serio, evitar por todos los medios que el paisaje sea agredido. No como pretenden los vecinos de Montoro, que ya han decidido hincarle el diente al profundo cañón de Valloré, para sacarle partido al turismo. Modificándolo, colocándole peldaños, vallas y pasarelas, solo consiguen restarle naturalidad. Además no son necesarios, los accesos siempre fueron transitados por los lugareños buscando aquellas cornisas más evidentes para no tener que picar ni instalar elementos ajenos discordantes con el paisaje. Así convierten un espacio natural en un parque temático accesible a hordas de personas que, lejos de conocer los peligros que alberga se adentran en un entorno frágil pero a la vez agreste y expuesto a los elementos. Vienen llamados por la curiosidad que les insuflan a través de panfletos, oficinas de turismo y páginas web, pero llegan realmente desinformados. No en vano las pasarelas ya han sido dos veces arrasadas por tormentas y no será la última vez que ocurra. Han malgastado el dinero público en agredir, destrozar y alterar lo que dicen que pretenden proteger. Ese es el perfil del perfecto maltratador con su lema "no dejaré nunca que nadie te haga daño". Han hecho caso omiso a los carteles que rezan "No dejes tu huella donde los siglos se han abstenido de hacerlo". Ahora ya está abierta la caja de pandora. Cualquier destrozo adicional posterior solo será la continuación de la maquiavélica tarea que han empezado. Quizá quieran convertir estos lugares apartados y solitarios en un resort como Chamonix, lleno de cables, teleféricos, carreteras, túneles, bares, tiendas y abarrotado de turistas que van a admirar el Mont Blanc. Con dirigentes así lo tenemos jodido Kreg. Encima me critican por haber pasado por esas horribles estructuras metálicas que llaman pasarelas después de decir que a mí no me gustan. Que yo lo haga no quiere decir que no esté mal. Puedo haber volado en avión, colocado tornillos y clavos en algunas paredes pero no puedo argumentar que eso es inocuo para la naturaleza.
Mira Kreg no muy lejos de aquí, en las masadas de arriba hay unos setares muy prolíficos, hace unos años el dueño lo cercó, con una valla de más de tres metros de altura circundando todos sus terrenos, para que no entrará ningún animal, paradójicamente el mayor beneficiado he sido yo, puesto que ya nadie va a recoger setas allí, excepto el dueño en contadas ocasiones y yo que conozco un agujero por el que me cuelo. ¿Eso quiere decir que estoy a favor de la valla? pues no, aunque me beneficie comprendo el flaco favor que le ha hecho al ecosistema, instalando esa muralla metálica que no deja circular libremente a la fauna, desequilibrado la balanza presa-depredador y con ella toda la cadena trófica. Es una frontera infranqueable, ya sé que para vosotras las aves no, pero incluso en un despiste, un día de niebla podéis chocar contra ella, eso no estaba antes ahí, no por naturaleza.
A los enamorados de los paisajes no nos gusta que los modifiquen, porque nos parecen una obra de arte de la erosión y otras fuerzas de la naturaleza que los modelan y los esculpen paso a paso, milenio a milenio, como un escultor sosegado y divino. Puede que obviemos que pudieron ser catástrofes, terremotos u otros cataclismos quienes ejercieron el mayor influjo, pero una cantera, una mina, una carretera nos producen una profunda repulsa. Los enamorados de los animales quieren veros en libertad, sin importarles mucho la batalla librada por la supervivencia de cada individuo. Pero algo dentro de todos los que amamos la naturaleza y rechazamos las agresiones nos dice que deseamos regresar a una biosfera no modificada por el hombre. Es más intenso admirar el paisaje y la vida que habita en ella que intentar vivir acomodado en un mundo irreal modificado a tu antojo. La religión está hecha para retorcidos, me ha resultado difícil empezar a ver con mis propios ojos otra realidad, porque aunque me declaro ateo desde hace años, la tengo la metida en lo más profundo de mi conciencia. Solo sirve para justificar todo tipo de maldades en pos del bien de la comunidad lavándoles bien la conciencia. Si me preguntarán ahora por si he cumplido mis sueños, les diría que yo recuerdo los sueños casi todas las mañanas al despertar, a veces son cosas bonitas y también tengo pesadillas. Siempre dije que la vida era como un helado, si la vives muy intensamente se te acaba antes y aunque la vivas tranquilamente esta se te acaba derritiendo. Mi condición de irreverente me ha llevado a ser siempre un disidente. Nuestros líderes hicieron siempre su voluntad sin preguntarnos. Aquel que decía que protegía la naturaleza se dedicaba a destrozarla y todos les hemos ayudado un poco, contribuyendo de una manera u otra a contaminar este planeta, utilizando los nuevos inventos de vida rápida y “cómoda” que se nos han ido ofreciendo, siguiendo las modas más vanguardistas difundidas a base de una potente red publicitaria hasta el punto de llegar a recalentar nuestra delgada atmósfera, la que nos da de respirar a todos, a los que han contaminado y a los que no. Lleváis millones de años volando con vuestros propios medios naturales, aprovechado solo las corrientes de viento para ir de un lugar a otro limpiando la tierra de cadáveres, ¿por qué tenéis que pagar los desastres producidos por los hombres?, ¿no se entiende verdad? Pero es así de triste y además intuyo que imparable. Desde vuestra posición apenas tenéis capacidad para evitarlo y además uno no puede autoculparse de lo que hacen otros, aunque sea por omisión, aquella frase de: “el mundo no sucumbirá en manos de los que lo destrozan sino en las de aquellos que no hacen nada por evitarlo” es una falacia con intención de restar responsabilidad a quien comete la malvada agresión. Así que, si es verdad que el cambio climático va a traer huracanes, endemoniadas tormentas con millones de rayos y centellas, terremotos y otros desastres naturales lo siento por los que no lo habéis creado, pero por mí puede empezar cuando quiera.
Ni Greta Thunberg viajando en un velero para llegar a cada cumbre climática como icono juvenil de la revolución ecológica ni Kaarlo Pentti Linkola pescando en su kayak para sobrevivir sin calefacción ni agua corriente les sirven de ejemplo a una sociedad tan bien acomodada al capitalismo como la nuestra, a cuyos individuos no les hacen el más mínimo efecto, en el intento de cambio de costumbres, los actos ejemplarizantes de estos dos escandinavos, más bien los miramos raro.
Sin embargo, las personas por lo general tienen una obsesión continua y exacerbada por la seguridad, o eso parecen dar a entender, todo el mundo se estremece de pánico si anuncian una tempestad, una epidemia o si hay incendios: “no salgáis de casa que es muy peligroso” nos dicen los que no han hecho nada por evitarlo y hasta nos lo intentar prohibir, o castigar con amenazas a aquel que cometa imprudencias.

Nunca me planteé si me quedaba mucho tiempo de vida o no, creía que eso nunca lo podría llegar a saber, por más que me acercara a los acantilados destrepara sin cuerda algunos tramos o me atase a algunos matojos de dudosa consistencia, nunca tenía la certeza de cuál iba a ser el fatídico momento de mi muerte. Eso hacía mucho más interesantes los días puesto que le añadía un aliciente de emoción explosiva que llenaba de alegría mi cerebro para volver a casa con una sonrisa de oreja a oreja, lleno de excitación por haber superado otra aventura peligrosa.
Es curioso, lo que me hacía seguir adelante rescatándome de la siempre acechante depresión y el probable intento de suicidio, era esa cercanía con el peligro que me podía conectar directamente con la muerte y sin embargo me alejaba de alguna manera de ella. Así he pasado años en equilibrio entre estos dos abismos, enganchado a esa droga que te aporta ímpetu para seguir adelante y al mismo tiempo pone en riesgo tu vida.
Sin embargo siempre pensé en la forma de salir de aquí como algo muy accesible, de hecho mi inquietud principal siempre era la de poder escapar de cualquier sitio, como una claustrofobia a la vida. Lo primero que hacía al llegar a un lugar cerrado era estudiar mentalmente las posibles salidas de emergencia. La vida para mí era concebida como un pequeño local antiguo y andrajoso.
Por eso tenía planificado desde muy joven la forma morir. Claro que como por aquel entonces desconocía la fecha exacta de mi destino final nunca perdí demasiado tiempo en asegurar ese trance y ya que legalmente no podía dejarlo por escrito como mis últimas voluntades, decidí dejar pendiente ese trámite que por el momento no me urgía demasiado ¿para qué perder tiempo en barnizar mi propio ataúd?
Pero en este país lejos del enterramiento clásico, la donación del cuerpo para la ciencia o la incineración no hay ninguna otra forma posible legal de terminar con los restos mortales de una persona. La primera siempre me pareció una guarrada especulativa y acumulativa que en las ciudades plantea un serio problema de espacio a la larga, no hay suelo para tantos antepasados, la segunda, la entrega de un juguete a los estudiantes e investigadores en medicina para que sigan avanzando en la tan ansiada utopía de la inmortalidad, que aunque no logren deriva en un imparable aumento poblacional mundial y en un intenso envejecimiento de la población y la última un gasto innecesario de energía que lleva a los familiares, empujados por un exotismo incomprensible, a arrojar cenizas por cualquier espacio natural convirtiendo el aire en un cementerio continuo e interminable donde esnifarnos a sus muertos es una cuestión, además de gratuita, involuntaria.
Yo tenía claro desde joven que la naturaleza había dispuesto para los seres vivos un mecanismo de reciclaje perfecto, la culminación de la cadena trófica. Los hombres tendríamos que dejar de creer que somos la cúspide de una pirámide, porque en realidad formamos parte de un círculo infinito donde todo es renovable.
Hoy, Kreg, no me queda más remedio que contarte paso a paso como deseo entrar en la gloria. Es mi único legado, el de una vida que digamos ha sido más o menos entretenida, pero que de un tiempo a esta parte se ha convertido, en un reto difícil de llevar, dónde no cabe albergar una mejoría sustancial, básicamente por dos motivos, uno de ellos es mi edad,1 porque ya no soy un chaval y mi agilidad no podría recuperarse a los niveles de hace tres décadas y el otro la enfermedad que me acecha. Mi último ingreso en el hospital fue caótico y parece que se acerca otro. Desfallecimiento, dolores punzantes y continuos, vómitos, desmayos... Mis hijos y mi hermana solo se preocupaban por quién debía quedarse a pasar las noches conmigo, incluso llegaron a proponerme contratar a una persona para que me cuidase, sin darse cuenta de que el que menos quería estar allí era yo, no hay peor habitación de hotel que la de un hospital y aún así la verdadera incomodidad la llevaba yo por dentro. No me iba a aliviar en nada tener allí sentada a una persona aburrida y contra su voluntad si no fuera por el escaso dinero negro que le iban a pagar. Lo de menos era permanecer solo o acompañado para asimilar una carga que nunca te terminas de creer.
Dicen que la actitud ante este tipo de enfermedad es crucial, como si fuese algo místico, una enfermedad del espíritu o algo así. Quizá mi estado de ánimo es el resultado de una larga cadena de decaimientos morales. Decía Celia Cruz en una de sus más famosas canciones “que la vida es un carnaval” una fiesta, un festival donde tenemos que aprovechar su breve duración para disfrutar al máximo, vivir cantando.
Me he pegado media vida escalando, un fin de semana tras otro respirando el aire puro de las cumbres más escarpadas, sintiendo el vacío bajo mis pies, contemplando una y otra vez las estampas más sublimes de los paisajes más maravillosos que hayan podido admirar unos ojos ni en sus mejores fantasías oníricas, creo haber cumplido con la máxima de la famosa cantante cubana, pero ahora tocan a rebato. Estuve continuamente rozando aquello de lo que ahora no me puedo alejar.
Me acostumbre a liberar endorfinas para sentirme mejor como la única forma de escaparme de toda opresión y el estrés. Estando con Angeline también lo conseguía, pero cuando ella se crispaba por cualquier nimiedad a mí me parecía que estaba insinuando no querer estar tan compenetrada conmigo y yo me zafaba a buscarlo de otro modo. Ella me reprochaba que yo solo deseaba irme a la montaña a escalar con mis amigos, yo le decía que era para no pudrirme como una manzana olvidada en el fondo de un frutero. Necesitaba de mi dosis semanal de adrenalina, me había convertido en un completo y verdadero drogadicto.
Pero ahora solo me queda esto necesito sentir algo muy fuerte, aumentar mucho el nivel, una llama que me haga ver que puedo alcanzar el reto.


Quizá si Alex no se me hubiera adelantado habría aprovechado para irme con él, pero esto es algo muy íntimo, cuando escalas con alguien debes extremar las precauciones para que nada te pueda pasar. En los manuales siempre están alertando, "si no lo haces por ti, hazlo por los demás", evítales el sufrimiento. No puedes ponerte en ese extremo cuando estás junto a otros, no solo por salvar al compañero del shock y la angustia de ser el primer testigo, del estrés de convertirse en el principal coordinador de una emergencia, localizar al accidentado, desanclarse, buscar rápido cobertura en un terreno muy abrupto y participar en la posterior y ardua tarea del rescate, sino también porque con alguien al lado es mucho más difícil intentarlo, concentrarse para un trance tan crucial, tan privado, una decisión que puede costar horas ejecutar, sería imposible con alguien cerca que pueda impedírtelo o incluso conseguir salvarte en el último momento. Esto necesita prepararse con todo tipo de garantías, sino como le cuentas luego a la gente que te arrepentiste y que no lo volverás a intentar, todo serían reproches. Además está prohibido por ley, te podrían incluso encerrar. Por eso he elegido este lugar, un espolón inaccesible, pero dónde nadie me tuviese que ayudar a llegar, lo suficientemente alejado del coche para que nadie me pueda seguir o espiar, un lugar elevado y habitual reposo de buitres, un espacio que aunque pueda ser vigilado por un agente forestal nunca le diera tiempo a llegar.
Lo siento Kreg puede que te dé un buen susto, pero cuando se te pase podréis daros un buen festín tus amigos y tú. Tranquilo llevo más de dos semanas sin ingerir medicamentos que contengan diclofenaco, me he tomado la molestia de leerme los prospectos de mis pastillas, si en el pasado alguna vez lo tragué ya se habrá eliminado por la orina.
En realidad siempre he querido que fuera así, pero si alguna vez lo he insinuado, nadie me ha tomado en serio, todos han sonreído como si acabase de soltar una ocurrente y estrafalaria extravagancia llena de originalidad, y del notario mejor ni hablar, nadie me hubiera llevado a los buitres aunque se termine aprobando la eutanasia, cuyos detractores paradójicamente la rechazan por defender la vida y la dignidad humana cuando han sido los principales favorables a no dejar entrar migrantes, a dejarlos morir ahogados en el mediterráneo mientras tratan de cruzar el estrecho y son también los más cercanos partidarios de los militares golpistas que ejecutaron los fusilamientos masivos de miles de republicanos en la Guerra Civil Española. También están en contra del derecho al aborto. No quieren dejar que nadie libremente interrumpa parte de su propia vida, es como si desearan que no muriéramos ninguno de sus contrarios ni tampoco nuestros hijos para poder tener contra quién verter su odio y ansia de venganza si volvieran a darse la condiciones que les permitieran hacerlo. A mí siempre me fascinaron los mecanismos cerebrales para intentar justificar la incoherencia.
Por eso terminé planeándolo así.
La muerte es parte de la vida y tanto una como la otra son derechos naturales fundamentales de cada individuo. Por mucho que pertenezcamos a una especie determinada, sea muy social como la nuestra o no, el límite de la unidad biológica que nos hace indivisibles es lo que realmente determina nuestra propiedad en todos los aspectos. Nadie ajeno a nosotros debería tener derecho a determinar nuestro destino.
Ni mis hijos ni mi hermana entenderían que quiera morirme. Espero que después de esto sí. He programado este testamento, que a ti te cuento de viva voz, en las redes sociales para se publique con retraso y lo lean mañana al amanecer, justo antes de que preparen el operativo de búsqueda, cuando todo esté acabado y perfectamente recogido. Mi decisión exclusiva y legítima de no continuar, esté bien, esté mal, sea un enfermo terminal o aunque estuviese en plena forma física, es mía. Nadie tiene derecho a dictarle a otros cuándo deben morir o cuánto tienen que vivir.
En este puntal del Estrecho de la Herrería, donde tantas veces he subido a contemplar Montoro de Mezquita bajo el sol poniente, en el rellano donde he establecido mi balcón en equilibrio con grandes bloques sueltos entre rocas resquebrajadas he decidido venir a morir, al otro lado sé que no hay nada. Este altar natural paradisíaco me ha servido para comunicarme contigo, tú y tus compañeros me elevaréis a los cielos, las criptas que bajo las losas se abren paso hacia las profundidades servirán de refugio a mis raídos huesos, el pináculo que lo jalona y que te sirve de Atalaya será mi lápida sin epitafio. Mi cuerpo y mi alma se han impregnado con la paz que transmiten estas perspectivas únicas que desde la cumbre se observan con el Guadalope serpenteando desde los estrechos hasta acariciar lánguidamente con su suave y persistente lengua la base de las verticales paredes de los Órganos de Montoro. No hay mejor sudario.
Te parecerá una escena escatológica, apocalíptica y destructiva Kreg, en otra época hubiese dejado que hubiesen aprovechado mis órganos dados en donación, pero ahora están podridos. Yo fui donante hasta que empezaron a cobrar los rescates en montaña, nunca quise que me vinieran a salvar de ningún apuro, pero yo creía en un sanidad universal, pública y gratuita y como había gente con pocos recursos a los que también les gustaba la montaña no deseaba que ningún organismo les cobrase por el hecho de haber cometido un error. Todos cometemos estupideces que pueden acarrear consecuencias graves, no hay que añadir un castigo adicional a aquellos que tienen la desgracia de sufrir un accidente. Desde el que come triglicéridos sin control hasta el que se lanza desde un acantilado enfundado en un traje con alas.-


El hombre extraño empezó a desenfundar el artefacto que había traído colgado a la espalda:
-Hoy me entrego a ti en cuerpo y alma, la verdad es que tengo miedo, ¿cómo no? Hubiera intentado tirarme desde donde tú estás, pero no sé si hubiese sido capaz, después de tantos años escalando sé que en la caída hubiera tenido tiempo para pensar y eso acojona. Tiene que ser algo instantáneo y sin vuelta atrás, así que he decidido desempolvar esta escopeta de caza que mi padre tuvo escondida en un baúl hasta el día de su muerte. El día siguiente a su funeral la cogí para que no entrara en el reparto de la herencia, mi hermana nunca supo de su existencia-.


El hombre extraño colocó la culata apoyada en una de las piedras del peirón que había construido la tarde anterior, sacó una varilla larga terminada en una pequeña horquilla, abrió su boca y abrazó el doble cañón con los labios, respiraba muy fuerte y su cuerpo tiritaba temblando por completo, el sudor mojaba toda su frente y escurría a chorros por su rostro soltando gotas que salpicaban los tubos de acero en cada resoplido. Colocó la varilla sobre el gatillo y apretó los ojos con fuerza.


Ante el tremendo estruendo Kreg saltó sobresaltado, se estremeció y sus músculos le hicieron adoptar una pose que parecía haber sido empujado por la onda expansiva de la explosión. Al extender sus alas recuperó el equilibrio y al instante se puso a planear alejándose a gran distancia sin echar la vista atrás.
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CARNIVAL 9
Kreg vio amanecer al día siguiente desde la punta central de los Órganos de Montoro. A pesar de ser muy temprano ya se veían brillar las irisadas plumas negriazuladas de algunos córvidos sobre la cumbre del atalaya, símbolo y aviso de comida muerta abandonada en el monte. Al momento se vieron volar varios buitres hacia allí. A Kreg le costó un poco despegar, entreabrió sus alas y se lanzó al vacío para alcanzar la sustentación necesaria con la velocidad respecto al aire, pero aunque el miedo del estruendo de la tarde anterior le había desconcertado se encaminó hacia allí movido por la curiosidad. Esta vez dio una vuelta más en círculo alrededor de su Atalaya para comprobar que el hombre extraño seguía allí tirado, en el suelo, con la cabeza destrozada y llena de sangre. Observó cómo se abalanzaban sobre él decenas de compañeros en busca de su preciado trozo de comida. -¿A qué sabría la carne humana?- se preguntó Kreg. Al principio le dio reparo picotear el cuerpo del hombre que tantos días le había acompañado, pero comprendió que si esperaba a decidirse, sus compatriotas iban a devorarlo por completo en cuestión de minutos, así que si quería probarlo tenía que hacerlo ya. Se posó sobre la gran losa de piedra y a saltos se introdujo entre la frenética multitud.
No sabía si el comer carne humana incrementaba la inteligencia, pero aquella mañana tras ingerir un pequeño trozo de la primera persona que probaba en su vida, pasaron por su mente aquellas veladas diarias donde el hombre extraño hablaba sin parar mientras él le observaba con detenimiento.

Pero después de aquel carnaval carroñero empezó una larga cuaresma para los buitres de Montoro.
El verano llegó a destiempo y con malos augurios, el viejo camión de Sarga que traía los cadáveres se estrelló bajando por el barranco de los Degollados, pinchó una rueda y se salió de la carretera, terraplén abajo. Para colmo habían empezado los turnos de vacaciones en la empresa y no había más vehículos, ni conductores disponibles para cubrir las necesidades del Muladar de Montoro de Mezquita.
-Amigo amigo Nastasio
amigo amigo Braganza
tratante de machos viejos 
carne para las picarazas-.
le había oído canturrear alguna vez al hombre extraño.

Aquella semana fue infernal, el sofocante calor veraniego había llegado antes que otros años, decenas de buitres se marcharon aprovechando las corrientes ascendentes térmicas para alcanzar gran altitud y poder planear hacia otras zonas lejanas en busca de algo de comida, ¿quién sabe? quizá al otro lado del gran río, hasta la sierra de Guara, los Mallos de Riglos o el Pirineo, pero Kreg estaba acostumbrado a vivir allí. Desde que nació, apenas se había separado de Montoro y de sus accidentadas montañas, y solo esperaba, bajo la incesante insistencia tiránica del rugir de sus tripas, ver aparecer un nuevo camión de cadáveres tras la curva de la masada de las Monjas para volver a descargar en el muladar ricos manjares tal y como lo habían venido haciendo regularmente hasta que llegó el calor. Pero pasaban los días y aquello nunca ocurría. Solo veían bajar coches y autobuses en dirección a las pasarelas de Valloré.
Así que una mañana, harto de esperar, decidió comprobar si los cientos de personas que se acercaban para contemplar Montoro de Mezquita paseando por sus senderos traían algo de comida que pudieran dejar abandonada en los peñascos. Se posó sobre la aguja de la cabra y desde allí observó como un niño cogido de la mano de su padre perdía una galleta que caía rodando por el sendero, pero rápidamente los gorriones se tiraron a por ella. Kreg veía con desesperación desde el acantilado como los pajarillos la iban desmigajando y la hacían desaparecer. La mañana fue desesperante, llegaban coches y más coches cargados de personas y hasta algún camión con antenas en forma de paellera de los que salían personas con cámaras para grabar los paisajes y los acontecimientos del día, incluso le apuntaban a Kreg apostado en la piedra y a otros compañeros volando, pero ni un solo atisbo de comida y fue entonces cuando al borde del desmayo se agarró a una roca agrietada y perdiendo el equilibrio cayó hacia el abismo arrastrando con sus garras una piedra suelta, por suerte reaccionó y abrió rápidamente sus alas para volver a planear, pero el guijarro provocó un gran estrépito al estrellarse al fondo del valle. Algunos de los viandantes se volvieron a mirar hacia el lugar de donde provenía el estruendo del impacto, pero al poco siguieron caminado hacia el mirador.
Kreg estaba exhausto, le temblaban las alas así que tuvo que buscar rápidamente un posadero cercano al sendero por donde pasaban los turistas. Recuperó el resuello y sufrió un espejismo, creyó ver unas cabras muertas a lo lejos, afinó la mirada pero en realidad eran ramas de un enebro seco, con tanta gente deambulando por allí a diario la fauna terrestre se había mudado a otros valles y era muy difícil encontrar un animal salvaje fallecido, a Kreg ya no le quedaban fuerzas para viajar lejos. Así que tal y como estaba posado en la cresta decidió probar algo extraordinario arrojar una roca sobre el Mirador de Montoro que a esa misma hora estaba repleto de personas apoyadas en la débil valla de cuerdas y postes de madera que más que de protección servían como elemento ornamental. Estaban de postureo, haciéndose fotos con el pozo de Valloré y el conjunto geológico de la rocha de la Galvica como telón de fondo. Kreg cogió la piedra más grande que pudo albergar entre sus garras y a la desesperada se lanzó como un Kamikaze hacia el mirador, no veía muy bien y el desfallecimiento cada vez era mayor, no sabía si iba a poder llegar hasta allí o se desplomaría antes pegado a la piedra, pero una ráfaga frontal de bochorno le elevó unos metros y justo cuando pasó por encima del tumulto de personas curioseando por las alturas soltó la piedra de sus garras golpeando fuertemente en la cabeza del turista más alto, que cayó rodando acantilado abajo estrellándose contra una repisa situada a media pared. Kreg se posó al otro lado del río aterrizando de malas maneras y a los pocos minutos empezó a ver aparecer los primeros buitres dirigidos y dispuestos a entrar en contacto con el cadáver. Mientras tanto los turistas huían despavoridos y sin control, lejos de Mirador, solo los más valientes y curiosos se quedaron para asomarse e intentar localizar visualmente a la víctima. Kreg vio peligrar su comida, si se quedaba allí los demás buitres llegarían antes que él, así que a duras penas volvió a levantar el vuelo para alcanzar la cornisa donde se encontraba el hombre despeñado.
Cuando se posó ya había algunos compañeros que habían empezado a desgarrar el cuerpo todavía caliente, pero justo entonces empezaron a llover piedras desde arriba procedentes de los humanos que gritaban desaforadamente contra aquel festín que empezaba a perpetrarse. Kreg se abalanzó entre empujones hacia el cuerpo sin vida abatido por él mismo, pesaba más el hambre que el bombardeo lapidario. Entre zarandeos y desgarros el cuerpo volvió a caer unas decenas de metros más casi hasta el suelo y allí lejos de la vista del mirador  el esqueleto de la víctima quedó completamente rosigado en menos de diez minutos. 
A partir de aquel día, hombres vestidos de verde y con botas altas vinieron dispersados. Unos llegaron con cuerdas para rescatar el escuálido esqueleto, otros volvieron con armas como la que portaba el hombre extraño el día de su muerte y abatieron a disparos a unos cuantos compañeros que caían desde el cielo como sacos tirados desde un avión y a Kreg le agujerearon las puntas de dos plumas. Decidió alejarse de la zona del mirador y abandonar Montoro. 

PD: Nunca sabremos si Kreg volverá a cometer otro asesinato como aquél aún en el caso de que llegue a faltarle la comida durante otra semana como aquella, ni si entendió alguna palabra de aquel hombre extraño que le hablaba desde las rocas. Tampoco sabremos si el Señor Nastasio Braganza, desaparecido en circunstancias extrañas entre unas agujas rocosas sobre el estrecho de la Herrería y del que solo se pudieron localizar sus restos mortales en forma de un esqueleto que tuvo que ser reconocido mediante pruebas de ADN por la policía científica, pudo inculcarle algún conocimiento antimonárquico a esta gran ave. Pero impactar contra la cabeza del mismísimo Jefe de Estado que había llegado en visita oficial a conocer el Maestrazgo es demasiada casualidad. Cuando Felipe VI murió en Montoro de Mezquita, nadie quiso publicar que su cuerpo fue devorado por los buitres ni que fue atacado por una piedra lanzada desde el cielo como un castigo divino. Los medios de comunicación hablaron de un infarto cerebral cuando visitaba el nuevo parque natural del Guadalope. Pero lo que nadie le reconocerá nunca a Kreg es la principal y verdadera apertura del debate sobre la continuidad de monarquía que se produjo a raíz de aquello, hasta los numerosos partidarios de Froilán, que aparecieron de la noche a la mañana, sacaban argumentos para defender la vuelta de la supremacía hereditaria del varón sobre la mujer en el trono de España.

FIN