sábado, 25 de agosto de 2018

Primer premio de microrrelatos de Cuevas de Almudén 2018

Todavía lo recuerdo, quizá fue solo un instante, pero se me quedó grabado a fuego en la mirada con todo lujo de detalles. Tú bailabas con serenidad dentro de tu círculo de amigos y a mí, no más de tres segundos, me dio por observarte. Quizá, de otras veces, me pareció reconocerte o quizá tu cara, tu pelo y tu silueta me llamaron la atención. Estabas lejos, a otro lado de tumulto de personas que saltaban mirando directo a los Bronson, pero esas cálidas noches de junio en Mezquita, al calor de la música en la calle bajo un incomparable cielo estrellado, invitan a la magia y a la imaginación. Quizá se cruzó durante una milésima de segundo la brillante luz azul de tus ojos, quizá por alguna especie de hiperestesia tu mente sintió que te observaba y te giraste mirándome, pero cuando los vi abiertos hacia mí, dentro de ellos se hizo de día y fuera se iluminó la noche. Jamás vi nada tan intenso. Mis párpados no aguantaron el desafío y sucumbieron retirando mi visión hacia el suelo para intentar disimular. En el fondo solo supieron decirte: lo siento, lo reconozco, me has pillado en fuera de juego.

domingo, 4 de febrero de 2018

CABOS SUELTOS

Cuando llamó a la puerta, hacía poco rato que se había hecho de noche. En el mes de diciembre Fabián encerraba el ganado antes de las seis y se quedaba en casa, tirado en el sofá, al lado de la estufa para calentarse los pies y el resto del cuerpo, frente al televisor, hasta la hora de la cena. Después de todo un día de invierno por el monte, solo le apetecía descansar.
Generalmente veía las noticias y el tiempo, pero aquella tarde había sucedido algo tan inusual, en esta parte de Teruel donde nunca ocurría nada, que ocupaba todo el espacio del informativo.  
En estos pueblos no se acostumbra a tener mirilla detrás de la puerta, ni cadena de retención, incluso hasta hace poco las casas solían estar abiertas, sin llave, con lo que no era necesario tocar el timbre ni esperar a que te abrieran, sino que se empujaba la puerta y una vez dentro se llamaba al anfitrión a voz en alto.
Pero desde que se generalizaron algunos robos por el Maestrazgo la gente estaba más intranquila. El vaso lo colmó la gota aquella noche que ataron a Matilde en Tronchón para robarle siete mil euros a las tres de la madrugada. Semejante canallada, a una mujer tan amable que se entregaba por completo en contentar a su clientes con sus exquisitas y copiosas recetas al más estilo casero y con ingredientes de pueblo, había alarmado tanto a toda la contornada, que los vecinos de todos aquellos pueblos y masadas habían quedado perturbados con una sensación de indefensión absoluta, solitarios y aislados en medio de una región de terreno tan despoblada como extensa, una comarca en la que nunca se imaginaron que pudiera pasar nada malo. Cualquiera pensaba que con los cuatro gatos que quedaban no se podía ya liar ningún altercado de aquella magnitud. La tranquilidad era una seña de identidad propia de la zona.
Fabián y Rosa habían invitado en varias ocasiones a comer a algunos amigos en casa Matilde y la conocían bien.
En aquel altiplano, noticias como esta resuenan mucho y perduran en el tiempo, aunque al final la gente acaba haciendo vida normal ¿qué otra cosa podrían hacer?
Oyó los ladridos de Marcelo desde el corral y al poco, dos fuertes golpes en la aldaba de la puerta, esa que les hizo Paco el Herrero forjada a martillo en la fragua con forma de cabeza de cabra montés y a la que agregó dos pequeñas puntas de cuerno pegadas para decorarla.
Retiró los pies descalzos del cojín donde los tenía apoyados mirando con sus plantas hacia la lumbre tras el cristal ennegrecido de la estufa. Se calzó en ellos las pantuflas y se dirigió a la entrada diciendo “Ya va, ya va”.
Creía que sería algún vecino suyo que venía para charlar un rato, o Juan Chanaca que deseaba arreglar el alquiler de la hierba de sus campos para la próxima temporada, a fin de que pudiesen pastar las ovejas una vez recogida la cosecha.
Ni por asomo se le pasó por la cabeza pensar que quien tocaba a la puerta pudiera estar relacionado con aquello que estaban emitiendo en el telediario. Acababan de decir, que el perseguido estaba atrincherado en un Bar de la ciudad y con rehenes.
Nada más abrir el pestillo, el visitante empujó la puerta violentamente y antes de darse cuenta tenía el negro cañón de una pistola apuntándole directamente a la cara a no más de dos palmos. Fabián solo pudo levantar sus dos manos en solicitud de calma. No daba crédito a lo que estaba ocurriendo en su propia casa. La mirada penetrante del asaltante no dejaba lugar a dudas y Fabián se rindió a la evidencia suplicando con un gesto más de tranquilidad que de clemencia. Ni siquiera le paso por la cabeza abalanzarse sobre él. Su mujer y su hija habían salido al recibidor y a Rosa se le escapó un entrecortado grito tapando acto seguido la boca de la menor que tenía delante abrazándola hacia sí.
En el pueblo nadie sospecharía que estaba allí. La ciudad entera estaba aterrorizada. Las calles estaban desiertas pensado que el tiroteador estaba escondido escurriéndose entre los coches aparcados, pero aquí en lo más profundo de la sierra todos creían que huiría hacia otro lado, camino de la costa o hacia el norte donde poder encontrar más gente y más carreteras para camuflarse mejor.
Fabián y Rosa habían decidido construir su casa en las afueras del pueblo, junto a la carretera con una mejor salida hacía cualquier lugar y en contacto directo con el sol y el campo. El extraño hombre de gris había aparcado el coche en el cobertizo por lo que no se vería desde la carretera, aunque pasase la patrulla de la Guardia Civil.
El pistolero obligó a Fabián a colocarse una anilla de las esposas que llevaba ancladas en su muñeca izquierda en cuya mano portaba una botella de vodka.
Apestaba a alcohol pero no le temblaba el pulso. Su semblante parecía firme y decidido a no titubear, si notaba algo raro no dudaría en disparar.
“Necesito cama, dormir”, dijo el intruso en un intento por pronunciar bien el castellano.
De modo que Fabián miró a Rosa que estaba aterrorizada también y con un gesto ocular casi imperceptible dirigió su mirada hacia el dormitorio y condujo a su opresor hasta allí.
Se tumbaron juntos en la cama, esposados y en silencio, antes de apagar la luz pulsando la tecla del interruptor con la punta de la Beretta.

Con lo que Fabián había sido… Nunca tuvo miedo a nada ni a nadie. Una persona grande y fuerte como él podía con todo, pero en ese preciso instante no se atrevió a contradecir al intruso. Naturalmente Fabián no podía dormir. El asaltante había dejado su botella de vodka en la mesita e intentaba dormitar resoplando.
Con lo fácil que sería echarse encima de él y estrangularlo hasta que no pudiera respirar. Lo cogería como a un conejo y duraría muy pocos minutos. Su agonía sería rápida aunque llevara pistola.
Fabián no se creía su propia inmovilidad, él estaba acostumbrado a matar sus propios animales para comer. El matacerdo quizá fuese la más escandalosa de todas las matanzas, por los gritos que profería el pobre animal apresado por varias personas y un gancho que tiraba de su mandíbula inferior, pero lo había hecho tantas veces que cada vez le parecía más natural.
Quizá no fuese tan diferente matar a hombres como aquel, sobretodo un peligroso asesino que aquella tarde ya se había llevado a tres por delante. Solo era cuestión de aguantar con sangre fría el momento de hacerlo. Recordó cuando su tío Jesús tuvo el altercado con el Jefe del Servicio Nacional del trigo. Se lo tiró a la cara con un puñado en señal de desprecio, toda la cosecha iba a ser tasada como de mala calidad. Jesús cogió semejante sofoco por la humillación que creyó se moría de disgusto. Así que una tarde pidió al taxista que lo llevase al bar donde el Jefe del Servicio echaba la partida con sus amigos. Sin mediar palabra le descargó tres tiros en el pecho que lo dejaron destrozado. Al principio todos los del bar se echaron al suelo, bajo las mesas, pero Jesús había terminado su trabajo para unos cuantos años que pasó en el calabozo previa paliza que recibió de los del bar tras tirar la pistola al suelo.
Fabián no tenía tantas agallas como su tío y aunque en este caso sabía que se convertiría en un héroe, era muy arriesgado intentarlo.
Si al menos hubiera tenido allí alguna de sus herramientas a mano…

Sabía que no iba a venir nadie a rescatarlos. “Quizá algún día se pueda perseguir a los delincuentes con un minidrone hasta su captura definitiva”- pensó, pero lo cierto es que hoy la poca Guardia Civil que se acerca por aquellos pueblos no es ni mucho menos suficiente para cubrir la seguridad de todo el territorio. Además hay mucha rotación de agentes. Cada vez que llegaban nuevos al cuartel, las multas vuelan y hasta que se acostumbran a la forma de vida de los lugareños hay que andar con ojo. Como aquella vez que lo denunciaron por llevar a Marcelo en el asiento del copiloto. “Pero si siempre había ido ahí, es donde más le gusta ir a mi perro”, Marcelo se plantaba sobre el asiento delantero e iba observando la carretera o el camino cada vez que cogían el coche.
El intruso no tardó ni tres cuartos de hora en levantarse, no podía conciliar el sueño,  se le había notado intranquilo durante todo momento. Cerró los ojos pero no había soltado la pistola ni un solo segundo. Fabián tenía la mirada clavada en el techo, solo lo observó algún breve instante y de reojo.

Volvió a apuntar a Fabián y le obligo a levantarse despacio. Salieron al pasillo de nuevo y el extraño hurgó en sus bolsillos hasta que encontró la llave de las esposas. Después se llevó la pistola hacia los labios, sugiriendo silencio,  “No pulicia o yo mato a ti”- dijo.
Se fue por donde había venido, Fabián se escurrió rendido pared abajo con la espalda deslizándola hacia el rodapié. Al instante llegaron su mujer y su hija corriendo para abrazarlo.
A las pocas horas se supo que había sido encontrado tirado a 200m de la furgoneta tumbado en el suelo tras sufrir un accidente. La guardia civil lo había detenido.

Fabián, Rosa y su hija, aunque todavía perturbados, respiraron por fin aliviados.

domingo, 28 de enero de 2018

GOLDEN SPIKE


I
Sucedió en el Geolodía 2017 en Guipúzcoa celebrado ese año en Zumaia. Irune había invitado a Carlos a asistir. Su profesor y director de tesis Arnaldo Ilarri iba a explicar las secuencias de las ritmitas en la costa vasca relacionándolas con los diversos cambios climáticos que se han sucedido desde el origen de los tiempos. Las ritmitas, según explicó el profesor, son aquellas sucesiones de capas en la roca que conforman un paquete de estratos depositados en un fondo marino, cuyo contacto entre un filón y el siguiente corresponde a una ruptura en el proceso de sedimentación debido a un cambio climático asociado a un ascenso o descenso del nivel del mar que por diversas causas extingue o modifica parte de la vida de las plataformas marinas continentales dejando grabado, entre cada capa, un evento a menudo relacionado con los movimientos astronómicos de la Tierra y la Luna. Ese paquete de estratos en conjunto da lugar a una secuencia repetitiva de delgadas capas de piedra en la que los geólogos son capaces de reconocer ritmos y series, determinados por los ciclos de Milankovic.
Zumaia era el paradigma de la representación fósil de este tipo de fenómenos, puesto que la erosión del mar había dispuesto en sus acantilados toda una extensa y maravillosa colección de estratos visibles, perfectamente alineados, limpios y ordenados, que a lo largo de esa parte de la costa guipuzcoana estaban expuestos como las hojas de un gran libro sobre la historia de la Tierra.
“De hecho aquí en Zumaia se han registrado dos eventos a escala mundial que quedaron grabados para siempre en la roca, convirtiéndose este en el único lugar del mundo donde se han colocado dos clavos de oro: uno de ellos certificando una bajada repentina del nivel del mar de unos 80m, hace ahora sesenta y un millones de años y el otro marcando un cambio de polaridad magnética a mediados del Paleoceno. Además hemos estado a punto de conseguir el tercer clavo de oro que al final se llevó Tunicia, pero que aquí queda también perfectamente representado. Se trata de la frontera temporal de los periodos Cretácico y Paleógeno reflejada entre nuestros estratos con una fina capa de arcilla oscura con trazas anormalmente altas de iridio en el famosísimo nivel K/T que marcó la extinción de los dinosaurios debida al gran impacto del meteorito que se estrelló contra la península del Yucatán hace ahora sesenta y seis millones de años, creando una oscura nube contaminante que envolvió por completo el planeta acabando con el setenta y cinco por ciento de las especies. Es por eso que hoy celebramos por todo lo alto la puesta en valor de este lugar agradeciendo al Gobierno Vasco estos accesos que ha tenido a bien construir y financiar y al Ayuntamiento de Zumaia por dar el permiso a las obras de este nuevo camino equipado amarrado a la roca que nos acerca con pasarelas de acero de alta resistencia hasta los afloramientos más emblemáticos. Además hay que reconocer que se ha hecho de una forma muy amable respetando siempre el entorno y con el menor impacto medioambiental, para alterarlo lo menos posible, pero con el objetivo claro de que todo el mundo pueda venir, con la seguridad de no resbalar y caer, a conocer nuestro santuario geológico del Geoparque de la costa vasca”- terminó diciendo entre aplausos el doctor Ilarri.
Se habían colocado escaleras de hierro y plataformas con suelo de tramex que elevadas sobre la playa circundaban los acantilados para poder llegar, con comodidad, a los dos golden spikes que como pareja eran únicos en el mundo.
A Carlos le había encantado ese lugar desde que lo trajeron por primera vez sus padres y cada vez que lo visitaba se enamoraba más de él. Se extasiaba al atardecer observando el horizonte anaranjado como un fuego en brasas fundiendo el cielo contra el lineal corte oscuro del mar cantábrico. Se sentaba en una repisa del acantilado y pasaba horas acariciando suavemente con los dedos los estratos pensando en todo lo que encerraban debajo. Sentía la sensación de estar visitando un templo sagrado. Tocar el nivel K/T era para él como acicalar la lápida del gran panteón de los dinasaurios.
La amistad de Irune con el hermano de Carlos había hecho que se conocieran en Zaragoza, en la gala anual de Sampuz, la Sociedad de amigos del museo Paleontológico de la Universidad de Zaragoza, donde el hermano de Carlos recibía un premio en 2016 por una publicación sobre cumbres rocosas de Aragón. En aquella ocasión hablaron durante toda la cena. Les tocó juntos en la mesa de los invitados que acompañaban al galardonado.
Irune, ya terminado su grado de Geología, había elegido un tema candente para su tesis “La influencia de cambio climático en los acuíferos de la Cordillera Ibérica”, y Carlos estaba obsesionado con las cuevas todavía por descubrir en las caudalosas galerías que suponía iban a parar al nacimiento del río Pitarque. Con ese pretexto los presentó su hermano.
La ascendencia materna de Irune le había hecho pasar los veranos en Teruel, tan lejos de las húmedas costas vascas y de la superpoblación propia de aquella región excesivamente industrializada cuya extensión no llegada a la mitad de la desértica provincia del sur de Aragón. Quizá por eso se había terminado enamorando de la Cordillera Ibérica y de sus desiertos demográficos con paisajes tan poco humanizados, que le evocaban la más absoluta y romántica soledad. Irune estaba pensando en instalarse definitivamente en lo que ahora llaman algunos la antigua Celtiberia. Las surgencias de Cella, el río Queiles o los Ojos de Cimballa, eran para Irune un milagro de la naturaleza sin parangón y tenerlos tan cerca suponía para ella vivir en el paraíso. Con su estudio estaba decidida a desvelar los secretos de las copiosas fuentes surgidas de una tierra tan árida como aquella y su delicado equilibrio.
El Geolodía es una convocatoria divulgativa de la Sociedad Geológica Española que se celebra anualmente en cada provincia donde todos los primeros fines de semana de mayo los geólogos exponen y acercan, en un entorno natural y singular al aire libre, los secretos y curiosidades de la historia de la Tierra, con el fin de hacer visible la importancia de esta disciplina en la vida de los seres humanos y en la supervivencia de nuestro planeta. Precisamente esta iniciativa se estrenó en Teruel junto a los famosos y emblemáticos Órganos de Montoro. Hacía ya doce años de aquello, pero aunque a Carlos le encantó aquella apuesta, las circunstancias año tras año le habían impedido repetir a pesar de ser un apasionado de esta disciplina. Los estudios de geología en la universidad siempre fueron para él un sueño pendiente de comenzar, le atraía mucho más la historia de La Tierra que cualquier logro alcanzado por el ser humano.
También estaba enamorado de la naturaleza, de sus espacios vírgenes, se definía a sí mismo como un contemplador de paisajes y se dedicaba durante horas a recorrer parajes recónditos observando los perfiles recortados contra el horizonte, intentando averiguar los desdibujados valles en la lejanía, para viajar hasta ellos e introducirse después en cualquier barranco angosto y acariciar las suaves formas redondeadas de sus paredes admirando la potencia descomunal del agua al engendrarlos. Le encantaba deslizarse al interior de las arrugas de un paisaje perfectamente moldeado con el paso del tiempo. Cualquier paseo por un entorno natural le revitalizaba, rejuvenecía su mente y le devolvía a casa como si fuese una persona nueva.
En su primera conversación con Irune, le habló de la cantidad de cavidades subterráneas a las que se podía acceder en la zona celtibérica. La cueva la Obriga y su aporte a los Ojos del Cabriel, Bocanegra, el Recuenco, la Cueva del Tornero con doce kilómetros de galerías eran algunas de las más impresionantes.  Irune lo escuchaba maravillada. Qué mejor para un geólogo que poder visitar sitios tan inaccesibles y recónditos que lograran resumir con la mera contemplación visual tomos enteros de libros sobre paisajes kársticos e hidrogeología.  A Carlos le encantaba que su interlocutora se interesara tanto por sus propuestas, y terminaron por acordar aquella noche que él la llevaría visitar algunas de esas cuevas, aunque se les pasó por alto poner una fecha concreta.
Varios festivales les hicieron coincidir y terminar siempre hablando del mismo tema. Así que al final, y para evitar que esos “ya quedaremos” pudieran caer en saco roto y ligeramente avergonzados por las sucesivas postergaciones. Irune le dijo sin reparos: -¿Por qué no te vienes el próximo 6 de mayo a Zumaia? Tengo que acompañar a mi director de tesis. Podemos aprovechar y nos damos una vuelta por el norte y me enseñas La cueva de la Leze, ese río subterráneo tan  bonito e impresionante al que te llevó tu amigo, en el que me contaste que os metíais bajo una montaña por un barranco entre Alsasua y Salvatierra cruzando de un lado a otro. Nos pilla de camino y de paso concretamos alguna incursión en alguna de estas cuevas turolenses que me comentas-.
En realidad se la presentó su hermano, pero él creía conocer a Irune desde la infancia. Era uno de esos recuerdos vagos que no sabes si has vivido de verdad o los ha fabricado tu imaginación. ¿Veraneaba en el pueblo de al lado? Creía recordar su mirada risueña y penetrante, pero si la hubiese visto seguro que ahora la reconocería sin titubeos. Y si la había olvidado ¿dónde se había metido durante todo ese tiempo?
Así que cuando le dijo que sí a su propuesta, su corazón empezó a inquietarse porque parecía hacerse realidad algo que aparentaba llevar largo tiempo esperando.
El profesor Arnaldo había hablado de amabilidad a la hora de poner los hierros que recorrían los acantilados de Zumaia y a Carlos le vino a la memoria una visita que hizo con el colegio a la Central Nuclear de Santa María de Garoña cuando todavía estaba en funcionamiento. Jamás vio una presentación tan amable y unos parques exteriores tan cuidados como aquellos. Los pavos reales extendían su cola mientras a unos metros una bomba atómica supuestamente controlada fisionaba uranio altamente radiactivo con el fin producir electricidad a borbotones, que luego podría ser derrochada a cientos de kilómetros. Pensó que la amabilidad no era suficiente argumento para justificar una obra de esas características y que a veces puede servir para maquillar y esconder algunas acciones de todo menos honorables.
Así que cuando terminaron los aplausos de la intervención del profesor Arnaldo, lleno de nerviosismo levantó la mano bien alto para preguntar, pero el murmullo de la gente que daba por terminada la inauguración y la falta de ímpetu de Carlos para pedir a gritos su atención hizo que su solicitud se desvaneciera ante la atónita mirada de Irune, que fue la única que advirtió el brazo alzado de Carlos.
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II

-Sí,  eso es, color azul vivid metalizado, transmisión 4x4 y cambio automático.
-Dijimos tapicería de piel color ciruela, asientos eléctricos ajustables y calefactados, claro.
-Sí, y climatizador por zonas también.
-Las llantas de aleación, creo que eran el modelo R3H8.
-Sí tiene que ir a nombre de Merche Mateo, el DNI ya se lo dimos por correo.
-No, yo no puedo figurar, ya me entiende, los funcionarios no podemos recibir regalos.
-Ya, ya sé que no es exactamente un regalo, pero puede que algún envidioso quiera buscarle tres pies al gato y nos quiera preparar un altercado.
-Está claro que todo el mundo lo hace, de algún sitio hay que sacar para sufragar el tiempo que echamos por nada y los viajes con el vehículo propio siempre de aquí para allá haciendo más horas que un reloj. Lo que no podamos cobrarnos en jornales lo tendremos que sacar en materiales.
-Sí, dile a Manuel que lo del proyecto del acondicionamiento del barranco Hondo y  la Hoz Mala lo tengo ya casi terminado. Van un centro de interpretación en cada uno y unos cinco kilómetros de pasarelas, dos escaleras colgantes y tres puentes.
-Sí cuatrocientos mil euros el primero y trescientos noventa y cinco mil el segundo.
-Sí les he preparado yo mismo tres presupuestos distintos que necesitan como mínimo para el concurso público con nombres de empresas que colaboran con nosotros, así les facilitamos la tarea y no pierden el tiempo buscando quien se lo pueda hacer, tampoco creas que somos tantos los que nos dedicamos a esto. Los alcaldes y el presidente de la comarca están de acuerdo. Tienen muy claro que hay que revitalizar el turismo o esto se nos hunde. En esta provincia no queda nadie y la despoblación avanza como una mancha de aceite. Hay que hacer algo, vertebrar los parques turísticos poniendo en valor su naturaleza y patrimonio, sino terminarán cerrando todo: restaurantes, hoteles, escuelas y servicios médicos.
-Sí, si sale adelante, ya quedamos con Manuel que aprovecharía para hacer la rehabilitación de mi casa en el pueblo mandando una cuadrilla de los que vayan para darle un repaso.
-Sí, sí, me han asegurado que en las bases van a poner que la empresa constructora tiene que estar afincada en la comarca, Manuel ya ha tramitado el cambio de domicilio social, como otras veces.
-Así que ya vamos hablando, tú ve preparando lo que hemos acordado, me pasaré por allí a la semana que viene y cerramos todo con Manuel.
-Vale de acuerdo me quedaré a comer con vosotros y a lo que se tercie luego.
-Da recuerdos a todos por ahí, un abrazo. Adios, adiós.


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III
Al día siguiente partieron de Donosti temprano en el coche de Irune, traían en él las mochilas cargadas con los trajes de neopreno de Carlos, los arneses y la cuerda, para descender el río Artzanegui a su paso por el interior de la cueva de la Leze. Es cierto que los ánimos estaban un poco más enfriados que el día en que llegaron, todavía resonaban en los oídos de Carlos las preguntas de Irune cuando volvió de reunirse con su profesor:
-Pero, ¿tú estás loco o qué?, el profesor Ilarri es mi director de tesis ¿Cómo ibas a decirle semejante barbaridad en público? Me corta la cabeza. ¡Qué peligro tienes, madre mía! Te ha visto llegar conmigo y hubiera creído que era de tu misma opinión.-
No es que Carlos quisiera reventar la charla, ni siquiera había venido a formular preguntas incómodas, pero hacía ya un tiempo que había perdido la fe en los seres humanos que se hacían pasar por profetas defensores de la naturaleza.
Es verdad que las olas conseguirían con el paso de los siglos arrancar la cantidad de andamiaje que recubría ahora el monumento geológico de Zumaia, pero a Carlos le producía una agresión visual terrible que le dañaba el paisaje y sus recuerdos de forma displicente e irreversible.
Tenía demasiados ejemplos en la cabeza de cómo el hombre modificaba el medio en el que se asentaba a su antojo sin demasiado respeto, quizá con demasiada falta de sensibilidad o sin una necesidad imperiosa de hacerlo, a veces obrando solo por dejar su impronta bien visible, otras por conseguir recursos desaforadamente, pero nunca pensando en que aquellas huellas no se podrán borrar para restablecer el paisaje primitivo.
Las autoridades argumentaban a menudo que se hacía para proteger de acciones vandálicas o para poner en valor el patrimonio natural, pero en realidad se estaba cometiendo una agresión en sí misma contraria precisamente a su objetivo original. Recordó la puerta de la Cueva del Recuenco en Ejulve donde se colocó una reja para que evitar que entraran intrusos que pudiesen molestar a los murciélagos o romper estalactitas, para al tiempo darse cuenta de que quién más molestaba a los murciélagos era la propia reja que no les dejaba pasar para entrar y salir de la cueva. Años más tarde terminó haciéndose lugar visitable restringido a un público que contrate a una empresa concreta de guías de aventura.
Carlos pensaba que el ser humano no era capaz de considerar cualquier rincón de la Tierra como una gran obra de arte, ni advertir que cualquier modificación sentenciaba a los siguientes visitantes, homínidos o no, a no poder contemplar cómo era aquello, en pleno estado natural, antes de que llegásemos nosotros a modificarlo.
-Ya, pero es que ponerme en contra de mi profesor puede salirme muy caro. ¿Tú sabes la de puertas que puede abrirme laboralmente? Al margen de que tengo que acabar la tesis con él, tiene una empresa con su mujer, Proesna creo que se llama, de acondicionamiento de espacios naturales que ahora están trabajando mucho por Teruel y ya me ha dicho que desea abrir allí una oficina insinuándome varias veces que necesita a alguien para hacer las evaluaciones de impacto medioambiental. Yo no digo que no se hayan equivocado en el geoparque pero hombre tratar de ponerme en evidencia de esa manera. Mira si termino trabajando para ellos trataré de que no se hagan las cosas de un modo tan agresivo. Menos mal que no te dejaron hablar, yo ya me estaba poniendo de todos los colores.
Llegaron a Eguino a eso de las once de la mañana, lloviznaba pero la temperatura era buena.
Consultaron la reseña para saber con seguridad cómo llegar al comienzo del cañón y tener clara la altura de todas las cascadas. Carlos no recordaba exactamente los pasos.
Subieron la enorme cuesta de hierba y matorral hasta llegar al “Ojo del Búho” , un túnel de acceso natural que con un espectacular rápel de 60 metros acorta bastante la llegada. Al asomarse, el ensordecedor ruido del agua colándose río abajo por la cueva ya empezaba a resultar inquietante. Carlos comenzó el descenso explicándole de nuevo a Irune como hacerlo. Ella había practicado anteriormente, pero no lo hacía con tanta frecuencia como él. Estaban emocionados y al llegar abajo Irune grito de alegría. Le estaba encantando la actividad y eso que no habían llegado a la entrada de la cueva todavía, pero el paisaje circundante era un extraordinario abismo rocoso engulléndose el curso de agua de montaña que discurre por el hayedo de Ugarraundi.
Las primeras cascadas todavía tenían luz solar en penumbra, pero al descender la tercera tuvieron que encender necesariamente sus luces frontales. Dentro cambiaba hasta el sonido y la sensación de estar bajo tierra era total. La oscuridad y agua cayendo como enormes duchas sobre sus cuerpos y los meandros amarmitados escondiéndose tras cada revuelta les hacía pensar que aquel río jamás saldría al exterior, pero poco a poco se volvieron a clarear las paredes de la gruta y por fin vieron la luz del sol. Estaban extasiados, pocos lugares de los que habían visitado en su vida eran tan auténticos como aquel. Se habían disipado todos sus problemas y la vida parecía nueva otra vez. Antes de llegar al coche Irune ya estaba preguntado cómo era la cueva de la Obriga y si necesitarían el mismo material que habían utilizado en esta.
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IV
-Egun on ¿Irune?... Nada te llamaba porque ya tengo casi todo cerrado para abrir la oficina de Teruel, así que si todavía sigues dispuesta a trabajar con nosotros, en breve podemos hablar del contrato.
-Precisamente estamos buscando a alguien comedido, responsable, que sepa tratar con la gente, y creemos que tu perfil encaja bastante bien con lo que buscamos
-En principio mi idea es que acabes tu tesis, es algo que a mí personalmente me interesa mucho. Por lo tanto vas a tener tiempo para ello, quizá empecemos a media jornada y luego ya se irá viendo cómo avanza la faena. Te pondríamos un coche de empresa, el que que ahora voy a quitarme, para que pudieras desplazarte por los caminos, en fin está seminuevo, aunque lleve unos cuantos kilómetros, solo tiene dos años.
-Sí, están surgiendo bastantes proyectos por Teruel, parece que desde turismo quieren revitalizar la provincia y disponen de unas partidas presupuestarias, procedentes de un fondo de inversiones que tienen, para trabajar en esto de la despoblación, es una de las provincias más grandes y muchos pueblos están al borde del cierre.
-Sí hay proyectos de todo tipo y repartidos por todas las comarcas: una ferrata en el Jiloca, en el maestrazgo un camino equipado con pasarelas por el Guadalope que se unirá a otro desde las Cuencas Mineras, varios en la sierra de Albarracín, también en la comunidad de Teruel y en Gúdar, Andorra… sí, sí está saliendo faena, o sea que el trabajo va a ser para varios meses seguro y con muchas posibilidades de continuar.
- ¿Quién? ¿Ese de las rastas que iba contigo el día de Zumaia?... Ah ¿Es de Teruel? … Anda ¿Hicistéis barranquismo? ... este fin de semana cueva ¡Qué completo! Pues precisamente he quedado con el alcalde de El Vallecillo, para un tema sobre el centro de interpretación de la cueva de la Obriga. ¡Es la más larga de la provincia!
-Bueno de momento es mejor que no digamos nada de esto, porque todavía está en el aire y sobre todo hay que intentar alejarse de activistas antisistema que siempre están protestando por todo, porque en realidad no saben lo que quieren…. No, no digo que tu amigo lo sea, pero sí que te pido la máxima discreción, nunca se sabe si nos pueden crear problemas o incluso llegar a paralizar una obra. En estas cosas hay mucho dinero en juego, ya lo sabes e incluso intereses políticos.
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V
Aún no había pasado una semana y ya estaban embarcados hacia su nueva aventura, tenían que aprovechar la tremenda sequía que estaba insistiendo desde hacía meses sin ninguna intención de llover. Ahora los niveles freáticos estarían más bajos que nunca y en las cuevas con agua era más fácil entrar así. Sobre todo en la Obriga del Vallecillo donde a los pocos metros hay un sifón que según contaban en épocas de crecida obligaba a bucear durante un tramo angustioso.
-Yo creo que la gente no es consciente del milagro que supone que el aire sea capaz de absorber agua desde el mar y transportarla cientos de kilómetros tierra adentro. Damos por hecho que tiene que llover, pero a poco que hubiese cambiado nuestra atmósfera no sería posible la lluvia y la vida en el interior, lejos del mar, sería inviable. Me fascina la capacidad de estas llanuras para filtrar el agua hacia el subsuelo y almacenarla para manar puntualmente en los nacimientos de los ríos dosificándola durante meses. Que sean capaces de mantenerla es otro milagro de la geología. Capas de calizas filtrantes que se superponen a otras impermeables de arcillas donde se mantiene el agua hasta aflorar en superficie, hacen un conjunto similar a una gran esponja sobre un cristal. Me parece todo tan mágico, que aunque llevo años estudiándolo todavía me cuesta creer que sea fruto de la casualidad.
Pararon en Cella al punto de la mañana. La fuente llevaba seca también varios meses. Carlos la había estado visitando regularmente durante las últimas semanas, comprobando como descendían los niveles mínimos a un ritmo de unos dos centímetros por día aproximadamente. De modo que iba abriéndose un camino libre en la grieta inferior de manantial, cada vez más grande, descendiendo hacia el agujero norte, donde ahora se veían varios cántaros y ánforas rotas en el fondo, clavadas en el lodo, vestigio de que en épocas pasadas también se llegó a secar y obligó a la población a bajar hasta aquella profundidad para recoger agua.
-En la facultad nos enseñaron como la alternancia de lutitas y calizas y dolomías a menudo da lugar manantiales, en este caso las arcillas del Keuper, último piso del Triásico, son las que retienen el agua, que discurre por las galerías horadadas en calizas de la formación Cortes de Tajuña que hace contacto inmediato al ser aquí la primera capa del Jurásico.
-Yo pienso que esto no lo excavaron los templarios, es otra leyenda más como tantas otras que rodean a los misterios que la gente no puede desvelar. Estoy convencido de que es un manantial totalmente natural que discurría por el fondo de la vega inundando lo que ahora son las huertas y que simplemente se canalizó, circunvalándolo con este aro de piedra en sillería que en el siglo XVIII diseñó Domingo Ferrari, para poder desecar el cauce natural y hacerlo cultivable, además de aprovechar mejor el agua para riegos. La fuente siempre estuvo ahí, con sus épocas caudalosas y algún periodo transitorio de sequía. De no ser así sido jamás se habría construido una ciudad romana tan importante que cuando pasó sed necesitó de un acueducto como el que viene desde Albarracín excavado veinticinco kilómetros en la roca. Los romanos eran muy rápidos haciendo obras ciclópeas, en tiempo de paz obligaban a los legionarios a trabajar en ellas, quizá en unos meses pudieron tenerlo terminado.
Tomaron fotos de las grietas descendentes por las que parecía venir el agua en épocas lluviosas y recogieron muestras de algunas piedras pobladas de unas algas de color rosa brillante que les llamaron mucho la atención por la aparente fluorescencia que presentaban al aplicarles la luz de la lámpara frontal. Salieron de la fuente, tomaron un café en el bar contiguo del mismo nombre y continuaron camino hacia El Vallecillo.
Llegaron a la entrada de la Cueva de la Obriga poco antes de las diez. Todo estaba listo, para acometer la exploración, era un día perfecto, un cazador con sus perros de batida atravesó el barranco y los saludó mientras se cambiaban picoteando el almuerzo para coger fuerzas. Entre risas nerviosas comentaban la osadía que los iba a llevar tierra adentro, pero el miedo estaba patente por la incertidumbre de la proeza que deseaban acometer. Carlos no había podido nunca ver la cueva por completo pero hoy tenía el presentimiento de que sería capaz de atravesar el sifón y volver para ayudar a Irune con la cuerda. Así que una vez hubieron preparado todo el material y repasado minuciosamente cada accesorio, cerraron el coche y se decidieron a entrar.
La primera galería siempre estaba llena de mosquitos, había que pasar rápido y con la boca cerrada para evitar tragarlos, pero una vez llegados a los pequeños lagos de los troncos el ambiente subterráneo se imponía y cualquier indicio de vida iba haciéndose más improbable.
Un pozo de unos quince metros de profundidad era la dificultad vertical más importante de la gruta, una vez abajo el sifón aguardaba oculto con la sorpresa y la duda servidas. Se detuvieron un instante a mirar y estudiar cómo atravesarlo.
En el lado izquierdo de la galería de acceso al sifón hay una Virgen del Pilar clavada en el barro porque en el año 1983 el primer turolense que intentó pasar casi se ahoga.
La primera vez que se cruzó este sifón fue en 1963, con escafandras y botellas de oxígeno en el que Josep Subils consiguió abrir un hito en el espeleobuceo, pues era la primera vez en España que se conseguía semejante hazaña. El sifón que actualmente lleva su nombre, ya había sido intentado un año antes en apnea por el mismo espeleólogo que lamentablemente perdió la vida dos años más tarde intentando atravesar otro en la Fou del Bor en la provincia de Barcelona.
-¿Sabes? Ayer leí en el periódico que ahora quieren abrir un centro de interpretación en El Vallecillo sobre esta cueva. Ciento cuarenta mil euros vale la broma, parece que últimamente en la administración, a pesar de la crisis, llevan el dinero bastante abundante para algunas cosas. Lo que peor que veo de este tipo de iniciativas, es el efecto llamada a las masas que va a provocar por el mero hecho de ver bonitas las fotografías que se van a exponer, los visitantes desearán entrar en tropel. Hasta ahora la cueva se ha ido visitando esporádicamente por amantes de la espeleología que deseaban conocerla y respetarla creyendo que merece la pena el esfuerzo, pero a partir de la apertura del Centro se masificará y como ha pasado en tantas otras decidirán que hay que restringir el acceso. Así que hoy puede ser nuestra oportunidad única para conocerla libremente. Luego habrá que pagar y contratar un guía. Asfixian con abrazos a la persona que aman por que la quieren proteger.
Carlos se tiró al agua con el neopreno abrochado hasta la capucha, al llegar al vértice del sifón se dio cuenta de que faltaban diez centímetros para que el agua tocase en el techo, por lo que se puso muy contento al ver desaparecido el peligro que supone quedarse atrapado en medio sin poder respirar. Cruzó una y otra vez en sentido contrario para informar felizmente de que no había nada que temer y juntos superaron este que se suponía era el escollo más grande de la cavidad.

La alegría les inundaba más que la escasa agua que hoy contenía el temible pero breve sifón, ahora ya desobturado y se abrazaron para celebrarlo.

Con las linternas repuestas en el casco y la llama del carburero reavivada continuaron para adentro, ya sin temor, pero con una curiosidad enorme por conocer las maravillas que encerraba semejante conjunto kárstico subterráneo de más de tres kilómetros de recorrido conocido.
Visitaron las sala de la colada donde encontraron un esqueleto de murciélago, la impresionante sala blanca, con una gatera de continuación formada una reja de estalactitas y estalagmitas por las que había que pasar de lado y a rastra. La impresionante sala Carme Tarrés donde se detuvieron a tomar múltiples fotografías entre sus enormes columnas, colocando luces oblicuas, pues el flash de la cámara iluminaba el vaho y un polvillo blanco en suspensión que hacía que las imágenes se grabaran borrosas. Desde allí bajaron por rampa descendente hacia lo más llamativo de la cavidad. Un río subterráneo vivo transporta el agua filtrada desde parajes externos sobre la montaña como la Fuente del Buey hasta los Ojos del Río Cabriel. Agua carbonatada que sigue disolviendo y escavando las galerías erosiona las paredes con formas acuchilladas en marmitas perforadas lateralmente y formas puntiagudamente afiladas. El agua saturada depositando carbonato cálcico crea las más bellas formaciones de calcita alrededor de los lagos y en caídas de agua, gours y grandes banderolas de luminosa cal color canela decoran los suelos, paredes y techos de la gruta.
El río les encantó. Lo recorrieron de extremo a extremo desde el sifón más alto al inferior, nadando por sus pasillos inundados duchándose en las cascadas con el agua más pura y limpia que pueda imaginarse. Tanto disfrutaron, maravillados por lo que se les ofrecía a la contemplación visual y al deleite de sus ojos, que olvidaron mirar el reloj y solo el cansancio de sus cuerpos sirvió como indicador del paso de tiempo. Al salir al exterior ya de noche cerrada, solo los pinos y las estrellas que se dejaban entrever entre sus ramas indicaban que no entraban de nuevo en una sala de grandes dimensiones. La experiencia fue apoteósica, una experiencia que jamás podrán olvidar y el mayor viaje subterráneo a la entrañas de un montaña que Irune había realizado en su vida y que perdurará en su mente largos años relacionando sin parar sus conocimientos teóricos sobre hidrogeología con la historia del nacimiento de un río representada en vivo y en directo.
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VI
Carlos terminó afincándose en Pitarque, los meses de paro de su contrato fijo-discontinuo en el retén forestal, suponían precariedad e inestabilidad laboral, pero le venían bien para sus aficiones. Un amigo del pueblo, le prestó una casa de monte para dormir. Durante el día estaba siempre fuera, rastreando el terreno y buscando su preciado tesoro. Estaba más animado que nunca. Contra todo pronóstico la sequía seguía haciendo mella. Iban ya para ocho meses desde que apenas llovía. Carlos sabía que aquella pequeña nevada de diez centímetros no calaría en una tierra tan reseca y que sería incapaz de dar aportes hídricos al subsuelo. La tasa de avance hacia el acuífero era más pequeña que la que provocaba la sublimación del anticiclón estacionario anclado en las Azores, un fenómeno ya permanente que parecía no querer abandonar nunca la península ibérica. Cuando cayeron aquellas primeras y escasas nieves en el puente de la constitución, todo el mundo tenía la esperanza de que el final del otoño devolvería las precipitaciones robadas de forma generosa. Los agricultores se habían lanzado a sembrar el cereal de invierno porque no creían que pudiera durar eternamente esta ausencia de humedad, pero nada, después de aquella fugaz precipitación seguía sin caer ni una gota. Carlos se había exiliado a la Peñarrubia, se estableció allí porque su corazón no tenía más refugio que el sueño de la tranquilidad en una casa de monte. La bucólica visión de Pitarque en la lejanía, los escasos ganados pastando por las laderas y el grandioso cortado de la Peña de la Virgen, lo dejaban extasiado. Aquel valle le parecía el mismísimo paraíso. Hasta entonces solo había venido a visitarlo esporádicamente pero ahora tenía todo el tiempo para dedicarlo a su íntima relación con el paisaje. Hacía ya varios años que, siguiendo la estela de los primeros exploradores de cuevas venidos del noreste peninsular durante las últimas décadas del siglo XX, él intentaba encontrar algún indicio de gruta, preguntando a pastores y lugareños, observando detenidamente las laderas cercanas al río, para visualizar algún atisbo de agujero o grieta que pudiese avanzar montaña adentro. Pero la gran cueva soñada se resistía. El hallazgo se les hizo también imposible a los pioneros catalanes durante el tiempo que estuvieron explorando. Aquellos que iniciaron las llamadas “operaciones turolensis”, entre los que se encontraban los espeleólogos Francesc Cardeña y los hermanos Subils tuvieron la oportunidad bien aprovechada de ser los descubridores de cuevas tan importantes como las de Cristal en Molinos y los primeros en forzar el sifón de la Obriga. Después de ellos muchos se habían adentrado en estas sierras y en los valles del Malburgo para intentar algo similar, descubrir una primera, pero nadie había conseguido algo tan grandioso después. Pitarque seguía teniendo ese halo de misterio tan especial cincuenta años más tarde.  Carlos sabía que el olvido y el tiempo podían jugar ahora en su favor, él podía venir cuanto quisiera, en tan solo una hora se presentaba en el collado de San Cristóbal y de allí a la losa de los planos y a la Peñarrubia no quedaba nada. Además el cambio climático cada vez traía periodos de sequía más largos. Siempre pensó en la locura que suponía partir desde Barcelona en aquellos años sesenta donde las carreteras eran poco más que caminos asfaltados y los coches no alcanzaban velocidades mayores de ochenta kilómetros por hora, sin pensar en la de transbordos en trenes y autobuses que había que combinar si no disponían de vehículo propio que era lo más habitual. A lo sumo podían organizar intentos de unos pocos días muy espaciados en el tiempo. Carlos no tenía prisa. Durante todo el mes de diciembre fue encontrando marcas cuadradas de spray rojo en todas aquellas oquedades que ya habían sido revisadas por los primeros exploradores sin obtener conexión con las galerías interiores del río subterráneo que conducía al nacimiento. Sabía que ya en el año 1989 unos espelobuceadores de Barcelona habían intentado una exploración subacuática en el Ojal del malburgo por donde salía la mayor parte del agua, pero los canales eran tan pequeños que no cabían con las botellas de oxígeno atadas a la espalda. Muchos años más tarde, durante otra sequía veraniega, Carlos también había intentado sin éxito introducirse con traje de neopreno por aquellos huecos, en los que aunque no brotaba el agua seguían inundados en todos los posibles pasos, incluso transitó la gatera de la chimenea avanzando quince metros reptando por laminadores muy estrechos hasta que se topó también con el agua que lo bloqueaba todo.
Pero Carlos sabía que en este recién estrenado siglo tendría una oportunidad, y si alguna vez  se desobstruían tenía que ser en una sequía como esta, así que antes de que se pusiese a llover o nevar sin tregua había que intentarlo. Nadie recordaba un estío tan prolongado e interminable que se comiese el otoño y el principio del invierno y en efecto el nivel freático estaba más bajo que nunca. Aun así los supuestos agujeros por los que manaba un caudal desaforado en épocas caudalosas estaban todavía obturados por el agua.
La Obriga lo había alentado de nuevo a intentarlo como última oportunidad, así que se dedicó a revisar gateras y simas por los alrededores que pudiesen conducir a las imaginarias galerías que deseaba encontrar. Al fin y al cabo no le quedaba otra opción que esperar a que  se siguiesen secando poco a poco los ojales para poder intentarlo.
Él sabía que la forma más fácil de entrar a una cueva-río es por una antigua surgencia, pero todo hacía indicar que Pitarque no la poseía. Así que por donde normalmente salen hasta mil quinientos litros por segundo es probable que exista un agujero por el que pueda caber una persona, aunque sea retorciéndose como un lagarto. Era preciso tener paciencia.
Carlos había visitado la Cija de Fortanete o de la Rama, cinco kilómetros aguas arriba en dirección a Cañada de Benataduz, cerca del pico de los Santos Adones. La grandiosa sima tenía una profundidad de 113m y se suponía que formaba parte del sistema subterráneo y kárstico del Pitarque, aunque no se habían obtenido pruebas positivas de coloración de aguas.
Metido en el valle de Zoticos, esta vez veinte kilómetros hacia el sur pero en la misma cuenca del Malburgo, se había adentrado también por los estrechos laminadores de Bocanegra. De haber encontrado conexión hubiese resultado ser una de las cuevas más largas del mundo.
Bien entrado enero y tras unas vacaciones de navidad metido en harina, recordó aquella gatera en la que tras una zarza y bajo una pared rocosa a escasos metros del Ojal de los Planos había visto salir agua durante una primavera lluviosa. No tenía demasiada esperanza en ella porque la primera vez que pudo entrar cuando el verano la secó, la estrechez y la incomodidad de sus recovecos junto con los restos de ropa, un guante y una cuerda que encontró, indicando claramente que ya había sido explorada también, lo desanimaron un poco. Pero recordó un pozo en la parte inferior que permanecía inundado cortando el paso.
Aquella mañana se dirigió hacia el nacimiento con todo el material necesario para meterse por algún hueco. Exploró de nuevo la chimenea y alcanzó cincuenta metros de recorrido, treinta y cinco más que la primera vez. Pero el pasillo inundado por el que avanzada, buzaba ligeramente hacia el interior y al poco se fue sumergiendo, el agua de nuevo taponaba el techo por completo.
Aun así el ojal del Malburgo permanecía muy seco, tanto que sin quitarse el traje acuático probó suerte buscando con los pies alguna burbuja para pasar la cabeza un poco más adentro. Y tomando bocanadas de aire en esos pequeños huecos intentó avanzar de nuevo. La sensación era muy inquietante, pues era necesario recordar con claridad cuáles eran los pasos que te habían llevado hasta allí para luego poder retornar de forma fiable. En uno de esos avances hacia las posibles burbujas de aire empotradas en el techo se metió un saliente de piedra en el ojo y decidió que se había acabado el juego o terminaría ahogado en un falso nicho. Así que dolorido en el párpado buceó en largas brazadas de nuevo al exterior. Necesitaba más aberturas o no se atrevería a intentarlo. Así que al salir decidió quemar su último cartucho del día. Buscó la gatera tras los matorrales,  retiró unos cuantos bloques de piedra que obstruían parcialmente la entrada y se coló de nuevo en busca del pozo y el sifón. El mono sobre el neopreno se enganchaba por todos los salientes de la roca, al llegar al laminador del barro, todavía se notaban la huellas que excavó en él para que pudiesen pasar sus escápulas apoyadas en el suelo y sus pectorales oprimidos por el techo.
Pero por suerte al llegar a la parte baja del sifón vio que este mantenía una abertura aérea de unos quince centímetros, así que ni corto ni perezoso se calzó de nuevo el casco, que se había quitado para pasar mejor y una vez de pie, empezó a descender. Al acercase al hueco oyó el bramar el agua a través de las galerías y por primera vez supo que estaba a punto de conseguirlo.
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VII
Hola Irune.
Te he llamado, pero imagino que estarás en clase o reunida en la facultad. Te escribo con tanta urgencia porque creo haber encontrado algo grandioso en Pitarque y quiero compartirlo contigo.
Me gustaría que quedásemos para verlo el próximo sábado si es que estás ya por aquí. Te va a encantar, yo estoy todavía alucinando, no puedo terminar de creérmelo, es algo grandioso. Bajaré a dormir el viernes a Teruel. Saldré de allí por la mañana. Ya me dirás si puedes y te recojo, perdona mi nerviosismo, pero estoy ansioso por enseñártelo. Seguro que puedes sacarle un gran partido para tu tesis, esto es perfecto, increíble, tiene de todo, incluso un estrato donde estoy seguro que se podría colocar un clavo de oro, el Golden Spike que, como me contaste, está todavía sin asignar en el límite Turoniense-Coniacense, aquel que se disputan Alemania, Polonia y Colorado, aquí se ve perfecto entre las dolomías Barranco de los degollados y las calizas grises de la formación Órganos de Montoro. Y qué te voy a contar de otras tantas formaciones maravillosas que he podido ver flanqueando los grandes lagos que hay allí dentro, multitud de concreciones de formas inverosímiles y colores muy variados, tantas y tantas cosas que no me da tiempo a relatarte con detalle ahora. Pero por favor, sobre todo no se lo digas a nadie más todavía, juntos valoraremos si es conveniente o no comunicarlo, tengo miedo de que quieran modificarla y llenarla de gente. Ya sabes, que han sido capaces de hacerlo en muchos otros espacios naturales de Teruel. A la administración le resulta muy goloso todo esto.
No te entretengo más, esperaré atento tu respuesta, perdona mi impaciencia.
Va a ser brutal te lo aseguro.
Chao.
Un abrazo.
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VIII
Aquella noche Carlos durmió intranquilo. Se acostó pronto, pero a pesar de tener todo el material preparado para su cita con Irune no terminaba de conciliar un sueño profundo. Por fin llegaba el día de enseñarle su gran descubrimiento en las galerías subterráneas del nacimiento del río Pitarque, algo que él creía que le serviría para terminar de completar su formación como Hidrogeóloga, situándose ambos como los primeros descubridores de aquella importantísima y enorme tan ansiada gruta.
Cuando Irune le contestó al correo diciendo que sí, Carlos se volvió loco de contento. Irune le contó que volvía a Teruel porque al lunes siguiente, tenía un reconocimiento médico debido a la excelente noticia de su próximo empleo ¡La iban a contratar para una nueva una oficina de evaluaciones de impacto medioambiental!
El despertador sonó a la hora programada, todavía era de noche. Carlos se levantó somnoliento, y fue directo al lavabo. Había que ponerse en marcha. Media hora más tarde recogía a Irune en la puerta de su casa. Ella también estaba ya preparada y al parecer muy ilusionada.
No habían vuelto a coincidir desde la ruta organizada por el club de montaña el día en que bajaron a las fuentes de Escuaín, adentrándose por la boca de la cueva hasta la cascada Silvia. Fueron momentos mágicos para ambos y para el anfitrión que les mostraba el sistema “Badalona”, la mayor integral que se conoce cuyo conjunto de simas, pozos y galerías desciende más de mil metros desde el circo de Gurrundué o los planos de Revilla hasta la garganta por la que surge el nacimiento del río Yaga, en pleno parque nacional de Ordesa y Monte Perdido. Solo llegaron a visitar la parte final de la cueva entrando por la surgencia principal de la boca inferior, pero les resultó fabuloso e impactante esta forma de estudiar el funcionamiento de los ríos y el tránsito de las aguas subterráneas por el interior de las montañas.
Aquel amanecer camino al Maestrazgo, tras recoger a Irune en Teruel, pararon en el Pitarquejo, masada situada en una apertura del valle que queda flanqueada por enormes y enhiestas crestas rocosas plagadas de pliegues serpenteantes. Desayunaron en el bar del pueblo. Irune cogió una servilleta y en la misma mesa donde se estaban tomando el café trazó sobre el papel la silueta de la península ibérica, acto seguido empujó con los dedos en dirección Gerona-Cádiz, a continuación cortó con las uñas las crestas creadas en los pliegues producidos en la parte que correspondía al sur de Aragón y volvió a comprimir esta vez en dirección Valencia-Euskadi.
“-Ves esto es lo que le ocurrió al pliegue serpenteante que me acabas de enseñar. Hace veinticinco millones de años la orogenia alpina tuvo su máxima compresión en la dirección en que la placa ibérica chocaba contra Eurasia, aquellos anticlinales elevados se fracturaron por el centro comenzando a erosionarse hasta quedar desventrados, diez millones de años más tarde la placa africana empujó de nuevo con gran intensidad pero esta vez de forma oblícua, de tal modo que los primeros pliegues, convertidos para entonces en flancos verticales que se habían quedado aislados, comenzaron a arrugarse replegándose como una serpiente. ¡Ves que maravilla! Esto es algo poco común en la mayoría de los relieves del mundo. Así que podemos tratar a esta zona como un lugar único geológicamente hablando-”
Irune estaba entusiasmada. Pitarque tenía muchos motivos para ser un referente geológico, no solo por el hecho de poder ser candidato al clavo de oro, que Carlos proponía. Sino porque en conjunto era todo un espectáculo paisajístico. Donde se podían reconocer multitud de elementos geomorfológicos, unidades del relieve que afloraban en los potentes acantilados. Un GSSP (Global Boundary Stratotype Section and Point) es una capa de roca que marca un punto límite a escala planetaria entre dos estratos de edad diferente. El clavo dorado que se coloca para marcarlo es una pica de acero recubierta de bronce que concede la Comisión Internacional de Estratigrafía al lugar del mundo que mejor representa en sus rocas el evento geológico, marcando el final de un piso y el principio de la siguiente. Se han definido un centenar de ellos, pero hasta la fecha solo se han colocado sesenta y ocho, por lo que el resto quedan pendientes de decisión por parte de la comisión para elegir el yacimiento más representativo.
Salieron caminando desde el pueblo con las mochilas bien cargadas. Irune aprovechaba cualquier elemento del paisaje para asociarlo a sus conocimientos.
“-Mira allí se ve perfecto el cambio de buzamiento en los estratos, que vienen descendentes desde Fortanete y justo a la altura del nacimiento comienzan a cambiar la pendiente para colocarse cuesta arriba hasta llegar al corte de los acantilados en la Peñarrubia. Esto explica muy bien el punto de surgencia tan caudaloso que tiene Pitarque, entre las capas de calizas y margas de la formación Mosqueruela y las últimas capas de arcillas de la formación Utrillas, que hacen de lámina impermeable para que el agua se mantenga y salga a la superficie.-”
Una hora de camino les dio para disfrutar de las magníficas perspectivas que ofrece el amplio cañón, más profundo y sombrío cuando te vas adentrando en él, absorbidos por el bosque de galería y los extensos pinares que coronan las laderas, donde se refugian aprovechando el roquedo la cabra montés y el buitre leonado.
Cuando llegaron al mermado río que todavía tenía un caudal limpio y claro capaz de llenar las pozas y hacer cantarines sus rápidos, cruzaron el puente hacia la surgencia seca del Malburgo para adentrarse tras los matorrales hasta la boca de la gatera por donde Carlos se había introducido. Se colocaron los trajes de neopreno y sobre él un mono de trabajo. Las mochilas y el resto del material, excepto las luces frontales, linternas de repuesto y una cámara compacta, debían quedarse fuera, el pasillo era tan estrecho que era imposible pasar con nada más. La soledad del lugar, sobre todo a partir de ese punto, hacía que se pudiese dejar cualquier pertenencia al aire libre porque era seguro que nadie la iba a tocar.
Se introdujeron con los pies por delante al ser un tubo inicialmente descendente, unos metros más adentro un pequeño ensanchamiento permitía darse la vuelta en un ejercicio de contorsionismo. Cruzaron el laminador resoplando y respiraron aliviados cuando pudieron plantarse en la galería vertical de la cuerda fija, ahora solo quedaba descender hasta el agua y pasar al otro lado. Carlos que ya conocía el paso inicio la travesía.
Al salir del sifón, Irune se quitó el agua de la cara con las manos retirándose el pelo y cuando por fin abrió los ojos su mandíbula inferior se desplomó sin poder cerrar sus labios ante el asombro de la enorme bóveda que cubría la grandiosa sala de la que colgaban estiradísimas estalactitas formando alargadas cortinas sobre un amplio lago que alimentaba las dos surgencias del ojal de los Planos. Los agujeros, que suponían situados abajo a la izquierda, no se veían, ni tampoco la luz exterior pero en dirección a ellos giraban dos pequeños torbellinos de succión que producían un sonsonete rítmico similar al de un motor de dos tiempos. Su mirada hizo varios barridos a lo largo y alto de la ciclópea sala hasta que se terminó cruzando con los ojos brillantes de Carlos que esperaban su respuesta. Los brazos abiertos de ambos, alzados en señal de victoria, terminaron fundidos en un potente abrazo jubiloso.
Antes de comenzar a caminar flanqueando el lago, Carlos apuntó:
“-Hay que fijarse detenidamente por dónde hemos entrado ya que al volver puede ser un problema no encontrar la salida situada en este agujero tan pequeño dentro de este rincón de una gran sala, luego todo parecerá diferente por eso yo siempre que cambio de galería me doy la vuelta para ver la imagen que me encontraré de regreso y poder recordarla mejor-”
Irune propuso salir a buscar el flash automático de luz indirecta que había traído, pero que se había dejado en la mochila junto con el palo selfie y un minitrípode, necesarios para sacar buenas fotografías en la oscuridad. Carlos torció el gesto pero decidió salir al exterior a acompañarla.
Al asomar la cabeza por la gatera una sorpresa mayúscula los dejó helados a ambos.
“-Señorita Etxebarría García, qué sorpresa verla aquí-”
Carlos miró inquisidor a Irune, que no se explicaba nada de lo que estaba ocurriendo, el profesor Otegui prosiguió.
“¿Sorprendida? Les presento al consejero de turismo de la comarca del Maestrazgo, el Sr. Romero, Manuel mi socio y mis dos fieles espeleólogos Arcaiz y Bittor. Creía señorita Irune que estábamos juntos en esto y la verdad es que me ha sorprendido que no me comentara nada, ayer se dejó el correo abierto en mi despacho y no pude evitar leer que habían descubierto esta gruta. La verdad es que va a dar un valor añadido importantísimo a este paraje, ya de por sí extraordinario, sobre todo cuando abramos el túnel de entrada a la galería principal y esté terminada la carretera asfaltada desde Fortanete junto con el ascensor de bajada para personas discapacitadas que eliminará todas las barreras arquitectónicas existentes. Lo tenemos todo concertado con el Sr. Romero y la Excelentísima Diputación Provincial. Va a ser una ruta natural fabulosa, quizá una de las mejores de Europa, pero díganme una cosa, ¿de verdad creen que es tan evidente el estratotipo de la base del Coniacense? Será el primer Golden Spike situado bajo tierra del mundo”.
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IX

De repente un fuerte estruendo lo despertó. Estaba sudoroso, su corazón palpitaba acelerado. Todo estaba oscuro. Todo excepto los números luminosos de su radio despertador. Todavía faltaba media hora para las siete. Carlos se incorporó nervioso, confuso y asustado, no podía creer que todo hubiese sido una horrible pesadilla, lo había vivido tan intensamente que parecía real. Puso la cabeza entre sus manos, no iba a intentar volver a dormirse. Lo peor de despertarse a media noche es cuando solo te quedan unos minutos para levantarte. El angustioso ensueño lo había dejado turbado, tanto que tenía miedo de volverlo a sentir e incluso pavor de que pudiera hacerse realidad semejante premonición. Así que alargó el brazo hasta su mesita y abrió el Whatsapp, curioseó mensajes nuevos de varios grupos y al fin abrió el chat privado con Irune:
“Me he levantado con un fiebre tremenda, creo que no voy a poder ir, lo siento Irune ya quedaremos otro día”
Tras releer el mensaje, Carlos apretó al botón enviar y se levantó decidido. Desayunó rápido y en su coche solo cargó una palanca, dejó en la estantería todo el material de espeleología, la mochila y el saco de dormir. Había tenido dudas mientras decidía contárselo o no a Irune, pero ahora lo veía todo mucho más claro. La pesadilla le ayudó a elegir. Llegó a Pitarque al despuntar el alba y se encaminó hacia el nacimiento a buen paso.
Al llegar a su destino, se subió al gran bloque que bloquea el cauce como frontera entre el tramo seco y la fuente. Se plantó sobre él, con la respiración todavía agitada y haciendo un barrido panorámico con su mirada a todo lo que le rodeaba, aceptó con aplomo  que la decisión irrevocable ya había sido tomada.
Bajo hasta la boca de la cueva por la que transitó dos días antes, a punto de anunciar a Irune su descubrimiento y se puso a trabajar como un poseso. Llenó la gatera de grandes bloques justo por donde apenas se cabía para pasar hasta la galería principal. Lo cerró todo como si fuese parte del cauce. Con ayuda de la palanca desgajó una gran losa para que cayese encima del agujero simulando un desprendimiento. Ahora todo quedaba realmente oculto como había permanecido hasta entonces. Sin caminos ni cables de acero, sin barandillas ni chapas de hierro, sin escaleras ni pasarelas, simplemente quedó la cruda belleza natural de la roca. Carlos nunca se vio seducido por los maquillajes, que en ocasiones ocultan la realidad para transformarla en lo que los ojos de otros querrían ver, haciendo más fáciles y accesibles las fantasías irreales, lo inalcanzable, ocultando la propia forma original del ser sin respetar su natural hermosura para acabar borrando los rasgos distintivos a cualquier precio.
Aún no habían pasado ni tres días, cuando una potente borrasca centrada en Alborán provocó fuertes lluvias en el litoral mediterráneo. En algunos puntos del Maestrazgo se registraron hasta ochenta centímetros de nieve.
Carlos sonrió feliz. Las carreteras estaban bloqueadas, pero el agua pronto volvería a brotar inundándolo todo.

FIN

domingo, 22 de abril de 2012

Villaverde


VILLAVERDE
 (Cuento preseleccionado en la primera edición del concurso Miguel Artigas en 2001 y publicado en la revista de la Asociación Cultural del Torrijo del Campo en 2002)


     No hace demasiados siglos, en el fondo de un estrecho y fértil valle, a caballo entre los términos de Torrijo del Campo y Rubielos de la Cérida, se asentaba un bonito y pequeño poblado de piedra, habitado por unas cuantas familias dedicadas por completo a la ganadería de caprino y lanar.
     Villaverde, cuyas ruinas aún hoy se conservan o por lo menos en parte, estaba rodeado de montes salpicados de carrascas y rebollos que los resguardaba del frío viento en invierno y del sol en verano, donde sesteaba plácidamente el ganado en las horas de más calor. El abastecimiento de agua estaba asegurado con la balsa, una pequeña depresión ubicada medio kilómetro más arriba, que se llenaba con las fuertes nevadas de invierno. Más abajo e incluso en el mismo poblado se construyeron pozos para el abastecimiento humano y para el riego de los pequeños huertos sembrados principalmente de legumbres y hortalizas.
     La vida allí transcurría relativamente tranquila. Los adultos, en su quehacer diario ocupaban al completo las horas de luz solar. Las mujeres, en su mayoría, se dedicaban a las tareas domésticas y al cuidado del ganado joven, mientras cultivaban la huerta. Los hombres, en cambio, cuidaban del ganado en el monte, iban de caza, recogían la leña y bajaban de cuando en cuando al valle para comprar harina y vender corderos o algún que otro choto.
     Los más pequeños permanecían en el pueblo hasta que se consideraban adultos para ayudar en el trabajo.

     Leonor nunca conoció a su madre, murió nada más dar a luz a su hermano Luis. Los dos mellizos vivían en casa con su abuela Romualda y con su padre, al que no veían en casi todo el día. Romualda les enseñaba a leer en un viejo libro de misa, que el último párroco le regaló y aunque Luis ponía empeño, Leonor aprendió antes todo lo que su abuela les decía.
     Por la noche, al calor de la hoguera del fogón, la abuela contaba viejas historias, con las que hasta el padre de los mellizos, a pesar de haberlas oído ya más de cien veces, quedaba boquiabierto. Decía que en Villaverde siempre había existido un duende, un hombrecillo invisible a su antojo, que salía a rondar aprovechando la penumbra nocturna. Por el día se escondía en el interior de un gran chopo seco en los aledaños del pozo "El Puntal", allí dormía y soñaba con las maquiavélicas travesuras que haría en la siguiente ronda. Subía al pueblo alrededor de las doce y entraba en las casas para alimentarse con pan, huevos y leche de cabra, ya que éste era su menú favorito. Algunas noches bebía vino y a menudo se enfurecía maldiciendo su soledad y comenzaba a romper cacharros en la cocina. -"Una vez estando en casa de la Marcelina, bien entrada la media noche, empezamos a oír ruidos en la sala de arriba, salimos al patio aterrorizadas y vimos bajar una silla por las escaleras andando como si fuese un hombre"- contaba con entusiasmo y voz sigilosa la abuela Romualda.
     A Leonor le fascinaban las historias que su abuela contaba a la luz de las llamas y que después de oírlas les enviase a la cama advirtiéndoles que se durmieran rápido con los puños apretados para que no los encontrasen los duendes despiertos.
     Le encantaba ser niña, pero sabía muy bien que eso no duraría siempre. Su abuela cada día se hacía más mayor y su padre pronto necesitaría que le echasen una mano.
     Pronto fue llevada al ganado para aprender a ordeñar a las cabras y empezaba a estar menos tiempo en casa con su abuela y con su hermano, al que le daba pena dejar sólo.
     Luis siempre fue más débil, nació pesando mucho menos que Leonor, y nunca tuvo tanto apetito como ella, ni tanta vitalidad y por ello casi siempre caía enfermo al entrar el invierno.
     Aquella mañana de Noviembre Leonor salió con su padre para recoger la leche, de la que siempre, a escondidas de regreso a casa, bebía buena parte. Al contrario que a su hermano, le encantaba abocarse al cántaro caliente para saborear aquel tierno sabor de la leche recién muida.
     Al llegar a casa, la abuela ya se había levantado y acercándose a Leonor y le dijo: -"Hija tu hermano está muy enfermo y tiene muy mal color, ve a avisar al curandero"-.
     Se asomó a la habitación donde reposaba Luis y salió corriendo para avisar a Serafín el curandero.
     Largo rato estuvo Serafín observando y tocando a Luis con cara de preocupación, duda y desconcierto. Nunca había tenido un paciente de estas características, aunque comentó que en la casa de al lado también había caído enfermo el tío Bartolo. Sin saber muy bien que hacer, aconsejó seguir la receta que siempre había funcionado con los enfermos de estados febriles y diarreas.
     No había pasado un mes cuando el vecino murió y el estado de salud de Luis cada día era más grave, lo que desconsolaba a la familia y en especial a Leonor.
     Además en el pueblo habían aparecido más casos.
     A finales del mes de noviembre un desgarrador escalofrío, recorrió el infantil cuerpo de Leonor, arrancando dolorosamente parte de su alma, al enterase por medio de las lágrimas de su padre que había ocurrido lo inevitable.
     Leonor salió corriendo como fuera de sí hacia el bosque y subida en una enorme piedra, rompió a llorar desconsoladamente.
     Pasó la noche fuera preguntándose por qué a su hermano, por qué a ellos. Cuando pudo serenarse intentó hablar con las brillantes estrellas del firmamento procurando comunicarse con él y con su desconocida mamá. - "Se que estás ahí Luisico, pero no te vayas por favor"- pensó en voz baja, suplicando con los susurros entremezclados de llanto y lágrimas que le hacían ver las luces más puntiagudas. 
     Cuando el frío caló por completo en su alma y en sus huesos, las lágrimas ya se le habían secado y la cruda y cruel realidad le hizo regresar al pueblo maldiciendo aquel lugar infectado por una enfermedad mortal que afectaba ya a más de medio vecindario.
     Llegó a casa y su padre la estaba esperando sentado en la vieja silla de la entrada, se miraron, comenzaron a temblarles los labios y fuertemente abrazados rompieron a llorar de nuevo, después salió Romualda y los abrazo a su vez a los dos.
     La epidemia no tardó mucho en extenderse a casi la totalidad de las gentes de Villaverde y cada día había dos o tres entierros. La situación era alarmante y desolador. A Serafín el curandero, ya con indicios de estar infectado, no le daba tiempo de recoger las escasas plantas medicinales que en esta época salían. Pero aún así y a pesar de saber que sus pócimas no servían, el seguía con empeño y auténtica devoción intentando salvar a sus paisanos.
     -"Hija mía"- dijo Romualda a su nieta, con mucha seriedad y la sabiduría de la experiencia, -"Dios ha querido que tú y yo no estemos infectadas todavía, pero has de saber que tarde o temprano nos llegará, así que deberás estar preparada para marcharte......creo que tu padre, también está cayendo enfermo, esta mañana ha vomitado dos veces"-  La niña rompió a llorar y se tiró a abrazar a la abuela que con caricias, besos y sonrisas intentaba disfrazar tanta desolación y tristeza.
     El mismo día que su padre murió lo hicieron cinco más y se podían contar con los dedos de una mano las personas que quedaban en el pueblo.
     -"Leonor, Leonorcita, ven aquí, siéntate conmigo"- dijo con voz dulce la abuela Romualda. La niña se sentó a la orilla de la cama. La abuela acarició su cara, retirando el pelo de su flequillo muy suavemente, y con voz baja y muy grave dijo:   -"¿Te acuerdas de aquella paloma que empujada y arrastrada por el viento de una gran y feroz tormenta apareció solita en una isla desierta y que su espíritu lleno de valentía y serenidad le hizo decidir atravesar el océano guiada por una estrella en la noche?"- La niña asintió con la cabeza esperando a que la abuela prosiguiese. -"Bien, pues ahora tú eres esa paloma, busca la estrella en tu corazón y agárrala con fuerza"- dijo la abuela acentuando el tono de voz con las últimas fuerzas que le quedaban.
     -"Coge la manta de lana que hay en mi armario, llena la cestilla de pan, huevos, longanizas y queso, ponte ropa de abrigo y llévate las dos cabras-" dijo tapándole los labios con el dedo índice para evitar que llorara: -"Aquí no vamos a quedar nadie, es el momento de que te marches"-.
Sin poder evitarlo los ojos se les encharcaron y con voz tintineante le dijo: -"Partirás  mañana al amanecer, cogerás el camino del pozo "El Puntal", rambla abajo, y al poco verás otro más pequeño con brocal de piedra maciza, allí pararás a almorzar y descansar. Divisarás un amplio valle con alamedas en el centro. Después partirás yendo siempre en la dirección del sol poniente hasta llegar a un pueblo llamado Torrijo del Campo, allí te acogerán."-
    
     A la mañana siguiente la niña se despertó al alba y tal y como había indicado la abuela preparó todo con el cuidado y el orden que le caracterizaba y con una serenidad pasmosa en una niña de nueve años, se acercó al lecho de su moribunda abuela y la beso en la frente. Se retiró lentamente caminando hacia atrás. Su último gesto recíproco fue una sonrisa de esperanza, que la abuela devolvió como diciendo "Hasta luego, cuídate bonita".

     Al salir del pueblo echó la vista atrás, deteniéndose un instante cogió gran cantidad de aire por la nariz y con los ojos cerrados decidió seguir el consejo de su abuela.

     Llegó a Torrijo poco antes del mediodía, tal y como había predicho la abuela la acogieron en una casa de gente humilde y buen corazón.

     Tardaron muchos años en subir a Villaverde, el pueblo del que Leonor partió para no volver jamás. Las tierras fueron repartidas entre los vecinos de Torrijo y decidieron no reconstruir aquel lugar que un día asoló una mortal epidemia de las que por entonces contagiaban y arrasaban esta parte del mundo.