miércoles, 15 de abril de 2020

DIARIO DE UN CONFINADO


Hacía una tarde espléndida de final de primavera cuando llegué a las inmediaciones de Cueva Sorda. Me paré a descansar en las paredes donde crece grande el té todos los veranos y desde donde se otea un amplio horizonte meridional del valle hasta lo alto de la sierra de PalomeraTanto tiempo de confinamiento nos ha dejado extenuados y en vez de organizar la fiesta con la que todos soñaban, solo nos han dejado alejarnos en solitario en estos primeros días en los que empezamos a recuperar parte de la libertad que alguna vez creímos tener. En Cueva Sorda parece que uno se ha apartado completamente del contacto con los humanos, se desdibujan los caminos y no llegan las labores agrícolas porque un manto de piedra y arbustos lo cubre todo. Me senté a disfrutarlo simplemente contemplándolo despacio. Una aromática fragancia ascendía hasta mi nariz cada vez que rozaba un tomillo, a lo lejos vi correr dos corzos con sus blanquecinas nalgas saltado en una agitada pero grácil carrera y la silueta de un águila apareció sobrevolando las rocas de los colmenares por encima de mi cabeza. La idílica composición inundaba mis sentidos y me llené de plenitud en el gozo de un escenario tan perfecto.
Cueva Sorda es una cavidad generada por disolución de la roca en la parte baja de un pequeño acantilado de tan solo cuatro metros de altura. Su tamaño de habitación pequeña te permite estar plantado y bien podría albergar una cama de matrimonio. La relativa espaciosa estancia permanece siempre muy luminosa porque su puerta da al sur con una boca redondeada donde se puede pasar de pie y observar desde dentro gran parte de lo que hay en el exterior.
Aquella tarde, dos meses después de la desaparición de Miguel Hontanar, encontré algo que me sorprendió muchísimo al asomarme al interior de cueva. Al lado de unos palos chamuscados ya fríos había una pequeña cacerola apoyada sobre unas piedras. Un saco de dormir colgaba de un saliente en la roca y en una grieta vertical que bajaba desde el techo hasta un hueco donde se alojaba una taza metálica de porcelana había encajada una pequeña libreta. El cuadernillo estaba totalmente en blanco salvo en la última hoja donde unas letras en lápiz me llamaron la atención, “miguelhontanar@gmail.com” y a renglón seguido “miguel74hont”.

Hice una foto a las anotaciones y merodeé por los alrededores durante el resto de tarde hasta la puesta de sol, cogí algunas ramitas de tomillo muy florido y regresé de nuevo al pueblo con la bicicleta. En cuanto llegué a casa, encendí el ordenador e introduje en la aplicación de correo electrónico esas letras escritas en la última hoja de la misteriosa libreta. La cuenta existía y su contraseña coincidía. Se abrió el correo. En principio no había nada extraño en sus mails: la factura de la luz, un mensaje del banco y propaganda de amnistía internacional para colaborar económicamente. Esos eran los últimos tres correos. Todo era normal, ningún mensaje del paradero posterior a su desaparición.
Decidí clicar en el Drive y en el documento más reciente me encontré con una serie párrafos, a veces inconexos y otras repetitivos, con ideas que sin duda le iban surgiendo a Miguel y las grababa por voz desde su teléfono móvil mientras caminaba o descansaba, para dejar constancia de su aventura. El texto decía así:

Día 1 La Fuga 
Hoy mientras huía, a la hora en que todo el mundo aprovecha para la siesta, he cruzado por encima del puente de la carretera que va a Molina de Aragón. No puedo dejar de pensar en la expresión de aquel camionero con cara de pocos amigos que ha pasado pitando largamente y señalándome con el dedo. Los disidentes tenemos ya un estigma imborrable marcado con un rechazo social totalmente generalizado. El miedo de saberme perseguido, no solo por la justicia sino por la mayoría de mis congéneres, me ha hecho verme completamente solo sin ningún apoyo donde refugiarme, apestado por quienes no quieren saber de mí, si no es para comprobar que sigo encerrado, aislado y confinado, sin posibilidad de contacto físico con nadie, excepto para aplaudir a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y a los sanitarios cada anochecer a modo de homenaje. Si intento salir de casa me veo viviendo como un forajido, aunque tenga muy clara la certeza de no estar haciendo  absolutamente nada malo. Sé que no soy culpable de nada, pero me quedo con la sensación de estar pecando, al menos desde su doctrina. 
Yo creía que con escapar fuera de las fronteras del pueblo donde ya nadie me reconozca podría estar a salvo, pero está claro que existe un consenso contra aquellos que no comulgan con las normas. No existen ya la indulgencia ni la comprensión. Los convencidos repudian a aquellos que pensamos diferente, nadie nos quiere escuchar. Nunca fue tan potente ni tan generalizada una unidad intransigente y sin complejos hacia las objeciones. Palabras como emergencia, pandemia, crisis sanitaria, alarma, contención se han convertido en las letanías de un credo que se repite constantemente y no dejan lugar en la mente de los humanos para sopesar otras opciones de pensamiento.
Maldita enfermedad y maldita humanidad. Cuando nos diagnosticaron como positivos nos apartaron a un hospital de campaña improvisado en un viejo pabellón a las afueras de Guadalajara. Los militares nos sacaron del pueblo como medida de prevención y urgencia. Iban vestidos como astronautas y algunos se quedaron fumigando toda la casa. Yo no sé si nos contagió aquel turista inglés que alquiló la casa rural de al lado o fue mi vecina que había venido de Italia hacía unos días, ¡qué más da! Quizá nos llegó por el aire o por el agua, pero dicen que algunas personas que no manifiestan síntomas, son los portadores más peligrosos. Yo tuve tos seca durante dos o tres días, fiebre y fuerte dolor de cabeza pero a mi padre el miedo, el traslado desde su casa a un lúgubre pabellón y quizá también la enfermedad se lo llevaron por delante al quinto día del diagnóstico con noventa y dos años a sus espaldas. No pude ir al funeral. Nos dijeron que era muy contagioso y que afectaba más a las personas mayores. Los vecinos estaban aterrorizados, fuimos el primer pueblo de la provincia donde se hizo visible el foco del virus.
En las noticias dicen que las grandes ciudades ya están llenas de gente infectada y que van en aumento, colapsando los servicios de urgencia sanitarios.
Todavía está decretado el estado de alarma y no se puede salir de casa. Yo ya estoy dado de alta, pero para cuando acabe el arresto domiciliario general me espera un calvario con todos mis paisanos, una frontera creada al amparo de las fobias y el miedo inducido que seremos incapaces de salvar. Aunque la enfermedad ya pasó y ahora ya tengo anticuerpos que me protegen e impiden que la pueda transmitir a otras personas, tengo que seguir aislado, es una orden del Gobierno. Además la gente desconfía de mí y nadie me saluda ya como antes, puede que alguno esté deseando denunciarme, para que me aparten lejos o me encierren en la cárcel.
La guardia civil y la policía están siendo especialmente severas en la aplicación de la normas de confinamiento, lo sé porque he visto vídeos de algunas ciudades donde aparecen abusos con detenciones agresivas contra gente inofensiva. Personas que tienen la necesidad de salir porque no soportan el confinamiento, gente que no está acostumbrada a pasarse el día viendo la televisión o mirando internet sino que su tiempo de ocio lo invierten paseando, corriendo o simplemente respirando aire exterior. Lo sé también porque en el pueblo a Tobías lo multaron en el huerto, quizá el argumento sea que es más contagioso permanecer cultivando tus hortalizas en soledad que ir a comprar la verdura a un supermercado o a sacar tabaco en el estanco, que sí son actividades permitidas. Ante la ambigüedad de la ley, interpretable solo por los guardias, las amenazas con multas cuantiosísimas se reparten por doquier sin sentido, salir con el perro pero llevar unos prismáticos colgados del cuello les parece una aberración, salir de trabajar del hospital hablando con una compañera con la que has estado ocho horas codo con codo después de haber recibido calurosos aplausos de los mismos policías que ahora te quieren denunciar, también está perseguido, ir a trabajar en moto, bicicleta o vestido con chándal está igualmente prohibido.
Apunto y grabo todo esto porque si algún día deciden relajar este estado de alarma, nadie querremos hablar ya de esta horrible pesadilla.
Una tarde de la semana pasada salí a correr, tal  y como suelo hacer siempre. Terminé pronto la tarea que tenía planeada y deseaba trotar dando una vuelta de una hora. Me llevé como siempre el perro de mi hermana, curiosamente salir a pasear perros también está permitido. A unos tres kilómetros ví a un hombre caminando por las fincas con otro perro también desatado. Pensé que sería otro escéptico negacionista insolidario, como les gusta llamarnos a los desobedientes. Iba hablando con el móvil, ni siquiera cruzamos nuestras miradas para saludarnos, pero a los cinco minutos vi un coche de la guardia civil por la carretera paralela al camino por el que yo circulaba, me agazapé tras unos juncos para no ser visto y emprendí el camino de vuelta a casa. Para no encontrarme de frente con la patrulla, cogí un sendero poco transitado, que queda protegido por una hilera de chopos plantados en el talud de una antigua acequia, pero al llegar al final del mismo volví a encontrarme con el hombre del perro suelto, esta vez atado y me llamó la atención: “¿No sabe que no se puede salir a correr?”- Seguí adelante y no contesté: “Eh, eh, deténgase venga aquí”, yo seguía adelante y de repente me espetó: “Hijo de puta por tu culpa está muriendo gente” y entonces no me pude contener y me giré para gritarle “Por la tuya desgraciado que te he visto también con el perro suelto”. Me amenazó con llamar a la guardia civil y en aquel momento me arrepentí de haberle contestado, justo cuando caí en la cuenta de que era un policía camuflado de paisano. Volví a correr ahora con más fuerza. Mi perro me seguía de cerca y comprendí que el poli había estado llamando a sus compañeros desde el primer momento en que me vio. Yo sabía que tenía un estrecho margen de maniobra, porque llevaban un rato buscándome y ahora me tenían prácticamente acorralado. Al llegar al río no me lo pensé dos veces y salté al agua para cruzarlo, pero mi perro titubeó unos segundos. Cuando me di la vuelta para llamarlo empezó a ladrarle al coche patrulla que venía por el camino donde él se encontraba, delatando inconscientemente el lugar donde nos hallábamos. Estaba perdido, solo me quedaba abandonarlo. Entre las zarzas vi llegar al coche de la guardia civil por el otro lado del río, entonces me aparté y seguí corriendo entre la maleza. Hubo un solo instante en que tomamos contacto visual el guardia que bajó del coche y yo. Al momento desaparecí entre los huertos colándome por la puerta trasera de mi casa. Malditos agentes, solo valen para perseguir y detener a quienes no hacemos nada malo, cuando hay un matón mafioso suelto, no ponen tanto empeño, mejor lo dejan ir, no vaya a ser que les lastime.
Tuve que mentir para recuperar al perro diciendo que se me había escapado por la puerta trasera de casa. Tras quitarme la ropa empapada y ducharme llamé al teléfono de emergencias para denunciar la desaparición del perro de mi hermana. Los guardias que se quedaron junto al pobre y asustado animal no se lo creyeron, pero no podían asegurar que fuese yo el que había escapado por los pelos de sus garras y de la trampa tendida por su topo, que fue el principal culpable de aquella situación. Con su fallida treta puso en contacto a varias personas, que de lo contrario no hubieran estado conmigo aquella tarde.
Al final tuve que salir a correr por las noches. Salía para mantener esa pizca de desobediencia, para estar en forma y para ver algo más allá de las paredes de mi casa, para tomar la temperatura del ambiente opresor y para respirar el aire exterior de otro modo. Mirando tan solo las sombras de la caverna la sugestión del miedo es todavía mayor. Hay que estar preparado, uno de los instrumentos de la doblegación y el sometimiento, además del desánimo y la desesperanza es la flaqueza. Les pasó a los judíos en los campos de concentración con los nazis. Perdieron el poco valor que tenían para rebelarse cuando podrían haberlo hecho, pero el miedo y el desfallecimiento los llevó al abandono como personas y abocados a una astenia colectiva inducida se dejaron asesinar como corderillos. Hubo muy pocas insurgencias, la brutalidad siempre vence a la cobardía.
Pero una de esas madrugadas en las que salía a desfogarme y a restablecer un ápice de la rebeldía necesaria para no sentirme como un auténtico borrego de corral, comencé a trotar bajo un manto de nubes luminosas que ocultaban la luna llena primaveral de pascua. Empezaron a caer algunas gotas en un conato de lluvia, pero yo seguía adelante intentando no reblar. Corrí unos tres kilómetros hasta unas ventas abandonadas donde una ermita derruida todavía tiene visible su cripta subterránea con los nichos sepulcrales abiertos al aire. Al llegar allí, como tantas otras noches que pasaba, afine el oído para comprobar que no había nadie tras los muros y me dispuse a pasar deprisa, pero un tintineo extraño me detuvo en seco. No se veía absolutamente nada, el campanilleo seguía y a los pocos segundos escuché un sonido gutural. No acerté a adivinar si eran palabras humanas o sonidos de algún animal, pero era continuo como una conversación por lo bajo. Rápidamente di la vuelta y me marché para casa, no quise quedarme a averiguar, si era la guardia civil o un pastor tardío que pudiera denunciarme. Nuevamente el miedo me tenía amordazado.
Por eso me he escapado al monte, porque no aguanto más, no soporto sentirme culpable ni verme perseguido sospechando de cualquiera que pueda delatarme. Cada vez que intento ser yo, tengo que cargar con el arrepentimiento cristiano que nos han metido durante siglos. Me voy por el repudio que siento a todos los que me persiguen, blandiendo argumentos totalmente incoherentes.
Desde la mirada aterrada e infraternal de un vecino hasta las decisiones de alto calado en la cúpula del Estado, nos han tratado como a seres malditos, como a demonios. 
Los jóvenes no pueden verse con sus amigos ni con sus parejas. Aquel que sale a la calle mira con miedo alrededor porque todo el mundo sospecha de otros por temor a las denuncias. Esto ha generado una gran fractura social. Hay quien dice que con este encierro vamos salir fortalecidos, que quizá nos haya servido para detenernos y reflexionar, para calmarnos, para aprender a vivir más sosegados con menos prisas valorando las cosas esenciales, pero no deberíamos necesitar que nos lo ordenaran ni siquiera que nos lo sugirieran y mucho menos que nos lo induzcan en la dirección que les interesa. Yo digo que es un tremendo ejercicio aleccionador fortuito. Sobre todo para los niños y adolescentes que serán los adultos del futuro. A ellos les estamos enseñando a obedecer sin rechistar, sin posibilidad de organizarse para replicar, a no ser díscolos, a potenciar la picaresca solitaria para salir a escondidas o con excusas banales como sacar al perro y luego quedar a fumar con un amigo tras un muro, pero no a comprender ni a tomar de forma responsable decisiones correctas por sí mismos.
Me voy por no tener que sacar las katanas, por no desempolvar la escopeta del abuelo. Nunca he querido hacer daño a nadie si no es que me lo van a hacer a mí, pero mantenerme encerrado es también un agravio muy severo, quizá el más grande que me hayan hecho nunca.
Hoy me he despertado sobresaltado, estábamos escondidos en un bar clandestino subterráneo de un pequeño pueblo. El camarero mantenía la persiana bajada, el ambiente estaba muy animado, risas silenciosas, humo, cerveza y copas corrían por las mesas, nosotros habíamos acudido en el coche de Marta desde nuestro pueblo, habíamos montado siete personas en un vehículo de cinco asientos. Circulamos por una carretera secundaria bien entrada la noche. Si nos paraban nos iban a multar de todos modos. Veníamos Elisa, Pablo, Judit, Izarbe, Fito, Marta y yo. Dentro del bar había muchos más. Los coches los habíamos aparcado desperdigados por varias callejuelas. A eso de las cinco de la madrugada yo salí a vigilar la carretera para comprobar que no hubiese controles y poder desalojar antes de que se hiciese de día. No había policía en las calles pero para mi sorpresa habían colocado vallas en las salidas principales del pueblo amarradas al asfalto mientras nosotros disfrutábamos de la fiesta, si intentábamos retirarlas el ruido despertaría a los vecinos o alteraría a otra patrulla escondida donde quisiera que estuviese. Estábamos rodeados. Me he despertado sudoroso y con el latido acelerado, estaba solo en mi cama y tenía 20 años más que en el sueño. En los noventa no se hubieran atrevido a hacernos esto. Durante las últimas décadas los jóvenes han sido acostumbrados a divertirse encerrados, a relacionarse cibernéticamente. Están matando gente en las calles de una ciudad imaginaria en guerra, masturbándose en relaciones virtuales, ligando o haciéndose fotos eróticas que cuelgan instantáneamente para obtener la mayor aprobación de sus contactos. Lo tenían fácil los poderes fácticos, pero no es moral aprovecharse de ello y ahondar más en aleccionar a una juventud sumisa, obediente y sin creatividad para desarrollarse a sí misma.
El maldito confinamiento al que nos han condenado, es un arresto domiciliario sin juicio previo. Nos han cortado el acceso al exterior como en un campo de concentración, so pena de enfrentamientos fortuitos con la guardia civil y duras penas económicas en función del criterio del agente de la autoridad que aprovecha para abusar de ella y de las réplicas que puedan hacerle para justificar el paseo.
Incívicos nos llaman. Si esto es la civilización prefiero no pertenecer a ella, aunque nos hayáis ocupado toda la tierra fértil sin posibilidad de un pequeño hueco para otros seres que deseamos apartarnos. 
Si no tengo libertad ¿para qué quiero seguir viviendo? No nos dejan tener sentido común. Todo es por imposición.
Nos quieren encarcelados y controlados, pero vivos porque somos los esclavos del sistema. Nos necesitan para mantener sus privilegios y sentirse por encima de nosotros. Les ha salido demasiado bien la jugada a los poderosos. Han conseguido doblegar a la población a nivel mundial en tan solo unas semanas. Excepto unos pocos países que han apelado a la responsabilidad individual de sus ciudadanos, el resto hemos caído bajo el yugo de una dictadura global. Sólo un puñado de ciudadanos aislados, solitarios y sin capacidad de organizarse para reivindicar su libertad, han desobedecido las normas del decretado estado de alarma y están siendo duramente castigados. ¿Cómo puede ser que en nuestro país haya más sancionados que infectados y algunos de ellos detenidos y ya condenados a penas de prisión? Hay más controles policiales que test del coronavirus. ¿Cómo puede ser que le tengamos más miedo a la guardia civil que a la enfermedad?¿Qué está pasando aquí?
La libertad es un derecho básico y fundamental adquirido al nacer, incluso por encima de otros, poder moverse en el entorno en el que vives es una ley natural y universal para todos los animales. La libre circulación no debería limitarse para nadie. 
Algunos dicen que esto es una guerra sin balas ni bombas entre las más grandes economías mundiales, pero la verdadera batalla se librará entre clases. Nos intentarán llevar a un esclavismo atroz, solo los grandes saldrán beneficiados. Por favor no os equivoquéis de bando esta vez.
Que el virus haya sido tan contagioso les ha venido de perlas para que la expansión sea rápida y global arrastrando con ella el pánico, como una enorme mancha de aceite. Puede que me lo pegara otra persona, o quizá se lo robé yo, dejando que sus virus saltarán sobre mi cuerpo y se instalarán en mis células, pero no pueden culparme de contaminar a nadie. No estamos agrediendo a la gente, ni tampoco los que nos oprimen se han vuelto de repente tan buenos como para querer proteger a todo el mundo. 
Los jefes sanitarios salen en vídeos haciéndoles el juego al gobierno, los policías y guardias civiles denunciando a la gente y los militares dando un espectáculo lamentable de cazafantasmas fumigando las calles con lejía, para que los pobres hipocondriacos y enfermos mentales, que pueblan nuestra sociedad, todavía se ahoguen más en la angustia de sus fobias.
Nos han tratado con un paternalismo repelente y denigrante. No nos dejan decidir quedarnos en casa, aislarnos del resto y conducir nuestra propia vida para no contagiar ni ser contagiados. Todo es por obligado cumplimiento sin posibilidad de participar en las decisiones que sí me afectan. Así la posible solidaridad, obligada, pasa a ser imposición simplemente. 
Este tratamiento patriarcal que nos han aplicado nos deja a la altura de nivel de responsabilidad de un niño de tres años. Nos hemos tragado el anzuelo hasta el esófago clavando sus tres puntas en el interior y no somos capaces, ya no de extraerlo, sino ni siquiera de reconocerlo. Si fuéramos medianamente inteligentes nos lamentaríamos y pediríamos perdón a nuestra capacidad de raciocinio, pero la ignorancia es todavía más peligrosa que la maldad.
¿Dónde queda la facultad natural que tiene el hombre responsable de obrar de una manera u otra o de no obrar? Han fulminado nuestra libertad de elegir hacer bien las cosas, nos tratan como a animales y luego se quejan de los quebrantamientos de la norma. La picaresca es la respuesta natural a esta opresión.
¿Cómo se me puede decir a mí que por mi culpa está muriendo gente si llevo practicando el aislamiento social durante toda mi vida? Nunca he estado en China, ni en Italia y aún tiene que llegar el día en que suba al primer avión. Pocas veces me habrán visto entre multitudes. Ellos han sido capaces de traer esto desde fuera y ahora quieren que nos reprimamos todos. Han dejado que se meta la comadreja en el gallinero y al advertir que ya estaba dentro han cerrado la puerta con todas las gallinas dentro. Han dejado que se rociara bien el país con el virus y ahora nos encierran a todos durante un tiempo para que haga efecto, como si fuéramos molestas moscas de verano.
¿Quién tiene que decirme a mí cómo me tengo que comportar? Me inundan sensaciones diferentes frente a la pandemia, cuando estoy escuchando o viendo medios de comunicación me muevo a pensar que es muy gordo lo que está pasando y cuando me alejo de ellos y me abstraigo pienso que aquí no ha ocurrido nada extraordinario. Es cierto que viendo la tele, escuchando la radio, leyendo redes sociales es muy difícil apartarte de la realidad que nos están pintando, pero cuando me he escapado al monte lo veo todo con otros ojos, es como si salieses a otro escenario y te das cuenta de que en el fondo no ha cambiado prácticamente nada, excepto el pensamiento y los comportamientos humanos. 
Han manipulado las cifras porque interesaba justificar esta gran crisis y las medidas restrictivas de movilidad, no han hecho los análisis a la inmensa mayoría de afectados y han contabilizado muertes de pacientes que tenían otras patologías anteriores incluso más graves, por lo que el porcentaje de fallecidos es altísimo colocando a nuestro país en los primeros puestos a nivel mundial en cuanto a número de decesos. A alguien le interesa que estos datos se vean así de escandalosos.
Pero esto no es como el cólera, la peste ni la gripe española. De no tener televisión, radio o teléfonos móviles ni nos hubiésemos enterado.
Y aún en el caso de que hubiera sido un virus altamente letal nadie debería haber tenido el derecho de quitarnos la libertad. La libertad de elegir si queremos exponernos al peligro o no, la libertad de elegir si queremos vivir seguros o arriesgarnos como lo veníamos haciendo diariamente, sin estar siempre pendientes de todo lo que nos puede pasar o lo que a otros podamos causar, consumiendo más de lo necesario, contaminando, comiendo más de lo que necesitamos, fumando o cogiendo el coche para ponernos frente a otros en una carretera estrecha y a una velocidad que podría provocar un choque frontal mortal para todos. Hasta ahora nadie se había atrevido a prohibir la conducción de vehículos, fumar o ingerir alimentos sin control.
En nuestro país mueren cerca de 40000 personas en cada uno de estos meses de principio de primavera todos los años. Han disfrazado las cifras para que parezca mucho más alarmante. ¿Qué tiene de raro que ahora hayan muerto entorno a 10000 personas en marzo por esta enfermedad y que vayan a morir 15000 en abril, muchos de ellos con otras patologías añadidas que igualmente hubieran perecido? Por algún motivo les interesa sostener que esto es una gran catástrofe, cuando en realidad la muerte es un proceso natural insalvable.
Tanto hemos dado la espalda durante años al fin de la vida de las personas del primer mundo, jugando a ser inmortales y siempre jóvenes, que ahora nos espanta que se mueran aquellos que creíamos invencibles. Hemos ocultado los funerales y los cadáveres a los niños para no generarles un trauma y se les pervierte con otras informaciones mucho más perversas.
Estaría muy bien que uno se muriera siempre de alegría porque le ha tocado la lotería y con la excitación que le diera esa noticia tuviera un paro cardíaco, pero la mayoría de las veces no es así, una u otra enfermedad acaba por parar tu corazón viejo y gastado.
Ahora justifican el confinamiento diciendo que con estas medidas se ha salvado a miles de personas por quedarnos encerrados en casa. Yo no quiero que nadie me proteja y menos de esta manera. Si ese argumento fuera válido, deberíamos encarcelarnos para siempre, seguro que así moría menos gente. No habría accidentes de tráfico, laborales ni deportivos. No habría ahogamientos veraniegos en las playas ni en los ríos, se cometerían menos asesinatos, pero esta no es la vida que yo quiero, también los canarios encerrados en una jaula mueren aunque sea de aburrimiento con un plumaje mucho más deslustrado que si hubieran vivido el libertad aunque un halcón los hubiese podido cazar.
¿Podemos afirmar que ETA le salvó la vida a Ortega Lara porque podría haber muerto por accidente de coche en uno de los viajes in itinere que hacía a diario desde su casa en Burgos a la prisión Logroño donde era funcionario, cuando lo metieron en un zulo de Mondragón durante más de quinientos días de secuestro?
¿Cómo puede ser que digan que tenemos la mejor sanidad pública del mundo si aun tomando las medidas más restrictivas de aislamiento de Europa, estamos a la cabeza en número de infectados y muertos a nivel planetario? Si esto hubiese sido efectivo realmente, tendríamos cifras como Suecia donde apenas ha parado la actividad humana dejando a criterio de cada persona las medidas de protección a tomar. Su gobierno mucho más avanzado que el nuestro, se ha limitado a recomendar, no a prohibir.
Aquí ya se habían ensayado experimentos de esta índole con diferentes niveles de éxito. Tras el incendio forestal del Alto Tajo en 2005 donde murieron once bomberos se prohibió durante unos días salir al monte en toda España con la excusa de no poner en riesgo más masa forestal ni vidas humanas. Unos años después se prohibió fumar en los bares y poco tiempo más tarde se bajó durante unos meses la velocidad de las autovías a 110Km/h, todos ellos sirvieron para tomar la temperatura a una sociedad asustada, siempre bajo el pretexto de los muertos, anulando la capacidad de decisión responsable de los ciudadanos sometidos al yugo de la amenaza policial. Todos estos exámenes salieron más o menos según lo esperado por el Gobierno. Tras ello las  restrictivas  decisiones de carácter autoritario y de pérdida de derechos se han tomado sin demasiados escrúpulos sobre la perspectiva de una sociedad dormida sin capacidad de protesta, pero la reina de todas las pruebas ha sido esta pandemia, que a nivel mundial ha conseguido demostrar que somos totalmente gilipollas. ¿Qué leyes podrán imponer a partir de ahora para amordazarnos más de lo que estamos? Las que quieran, sin límites ni complejos, quizá normas dictatoriales que ni siquiera imaginamos.
No digo que esto se haya preparado, creando un virus, impulsando su propagación y retrasando las medidas de protección inicialmente para que se extendiera, pero está claro que se ha aprovechado vilmente la ocasión para imponer unas medidas opresivas sin precedentes.
A mi juicio las prohibiciones están fuera de sentido, ¿debería el estado prohibir las relaciones sexuales por el riesgo de contagio de SIDA? Naturalmente no. Se debe dejar a criterio de cada individuo la responsabilidad de hacerlo o no y de protegerse con profilácticos, aun a riesgo de su propia vida. Subir a una atracción de feria, montar en moto o escalar sin cuerda son actividades que quien las practica debe atenerse al riesgo que comportan. El que no quiera polvo que no vaya a la era.
Hasta ahora ingenuamente creíais que estabais a salvo, pero en realidad nunca lo habéis estado, es solo una sensación. Es muy difícil curarte de una enfermedad grave si estás realmente enfermo, o salvarte de un grave peligro inminente, la muerte siempre acecha detrás de cualquier esquina. Vivir, en sí mismo, es un alto riesgo con la certeza de que en algún momento impreciso morirás. Un mal golpe, un accidente, un derrame… hay miles de maneras cotidianas de morir. En esencia es una de las funciones principales de los seres vivos. Pero el miedo nos inunda ante esa posibilidad. 
Cuando declararon que esta enfermedad era ya una pandemia, titubeaban en la decisión, como si se  estuvieran sopesando cuál era el momento más oportuno para anunciarlo. Tras esto se decretó el estado de alarma. Escalonadamente iban endureciendo las medidas, como el enfermero que te da unas palmaditas en el glúteo antes de clavarte la aguja. Suavemente nos metieron en esta situación inconcebible unas semanas atrás. Contundentes pero precavidos para que todo el mundo fuese asimilando la mentira poco a poco, fue todo un proceso de contra aprendizaje. Cada nueva noticia alarmante y terrorífica, cada restricción, cada nuevo miedo se basaba en lo creído en el periodo anterior, generalmente de un día para otro. En vuestro fuero interno sois todavía más egoístas que yo, nuestro terror no se basa en la solidaridad sino en el deseo de perpetuaros. ¿Cuáles son vuestros sueños, vivir más de 200 años? ¿Qué pretendemos, alcanzar una población mundial de cien mil millones de personas? Quien no haya entendido que la vida tiene un final no ha comprendido nada.
¿De verdad pensasteis que un virus como este podría acabar con una especie tan malvada como la nuestra?

Me diréis que era tiempo de quedarse en casa, que soy un egoísta, que si no soy capaz de aguantar sin salir durante unas semanas no soy humano. Sé que soy capaz de aguantar esto y mucho más, lo que no quiero es obedecer sin poder cuestionarme lo que me ordenan, debería tener derecho a poder decidir y eso es lo que han querido poner en juego. Y no, ahora no era el momento de quedarse. En realidad ha sido una oportunidad única y especial en la que han visto la posibilidad de saber hasta qué nivel pueden tenernos controlados. Después vendrán los homenajes a las víctimas para decir que hemos conseguido vencer a la enfermedad juntos. Harán un monumento para los mártires que han caído, cuando en realidad la mayoría hubiera muerto igual por cualquier otra causa sin tardar demasiado. Puede que haya algún muerto cuyo deceso haya sido exclusivamente a causa del coronavirus, pero esto no justifica que nos quiten la libertad y menos de esta forma tan artificiosa. Sobretodo eliminando nuestra propia decisión de cómo actuar. Puedes salir al estanco pero no puedes ir a tu huerto porque si no todo el mundo de repente se pondría a cultivar un trozo de tierra. Si creen que no somos capaces de actuar con responsabilidad, su condición de representantes del pueblo debe quedar invalidada pues nosotros mismos los hemos elegido o eso es lo que pretende darnos a entender esto que llaman democracia. Nos siguen tratando como a niños y eso no lo soporto. No hay nadie más que nadie, por mucho que lo hayamos elegido como delegado, una cosa es que sea nuestro portavoz y otra que tome decisiones por nosotros, son cosas muy diferentes.
Ahora la policía nos trata como delincuentes. Los insolidarios que no queremos quedarnos confinados somos el principal peligro para la nación. El principal peligro, pero no por contagio del virus sino porque la posible propagación de nuestro espíritu subversivo, perturbador y crítico puede promulgar apología a la desobediencia y la insumisión. Tienen miedo de que se les desmonte la gran mentira que han creado.
Cuando pase todo esto pretenderán que les agradezcamos que nos hayan salvado la vida, pero el mal ya estará hecho. Les importará un carajo que se descubra que todo fue una falacia, ya les hemos demostrado que pueden con nosotros, la siguiente sumisión será mucho más sofisticada, quizá no podamos darnos cuenta aunque estemos atentos.
Demasiada adrenalina la que he gastado huyendo yo que no he contaminado a nadie. No se han confirmado más casos en el pueblo, nunca me gustó ir a los bares y lo único que pretendo es aislarme más, desaparecer en el monte, que es donde siempre me he sentido libre. La gente ahora está confinada en sus casas con una precaución desmesurada, solo pueden salir a las ventanas y balcones. Cualquiera que te vea fuera te amenaza con llamar a los guardias para que te detengan y te sancionen y uno se ve perseguido como un demonio maldito al que todos desean quemar en la hoguera. Por eso tenía que salir a las horas en que nadie me ve y regresar de noche. Por eso me he escapado, por el odio que genera la envidia que les provoca a los “solidarios” verte escapar, se sacarían un ojo con tal de verme a mí totalmente ciego.
Mis vecinos me dicen: “quédate en casa”. El argumento de mayor peso es, “si no podemos salir nadie tú tampoco”. En vez de luchar conmigo contra la represión que nos han impuesto me recomiendan obedecer imbuidos por el miedo y el pánico a morir.
Les basta con que les dejen salir a comprar, a trabajar y a repostar, allí la gente se ve y charla, pero no entienden que salgas a hacer deporte, caminar o dar paseos al sol, no sea que contamines a las plantas y se enfaden aquellos que nunca tuvieron estos gustos porque ahora les da envidia. Si no pueden salir a sus bares, parques y lugares de recreo a reunirse con sus amigos, nunca admitirán que te vayas solo a no ver a nadie. En cambio aquellos que pueden salir con el perro, excepción bastante absurda comentada en la primera comparecencia del presidente como una ocurrencia en un ataque de indulgencia durante el anuncio del terrible estado de alarma, hacen fotos para que los que no tienen mascota puedan ver cómo está el campo. 
Luis García Berlanga o José Luis cuerda nunca tuvieron una oportunidad tan fácil para hacer un guion sin tener que estrujar la imaginación. A pesar de su gran creatividad imaginativa les fue imposible encontrar un disparate en la ficción tan salvaje como este, de lo contrario hubieran rodado otra gran comedia.
A los que os habéis tragado la mentira de que el contagio masivo nos podía matar a todos, a los que aceptáis la manipulación sin un ápice de espíritu crítico, a los que os dejáis llevar por el comité de crisis, a los que formáis una opinión de acuerdo a lo que mandan los medios, a los que obedecéis sin rechistar, a los que con ánimo "bondadoso" nos recomendáis quedarnos en casa esgrimiendo argumentos falaces incluso aportando las ventajas que puede darnos no salir porque formáis parte subliminal de estado opresor, a todos los que denunciáis a vuestros semejantes porque actúan diferente, a los que seguís lo que dice el líder aunque sea un mentecato, a las organizaciones pro derechos humanos, feministas, sindicalistas que no habéis desplegado el pico sino para recomendarnos obedecer, a los que jaleáis los abusos policiales desde vuestras ventanas o desde vuestros teléfonos móviles comentando los vídeos que mandan contra gente inocente que solo desear escapar o simplemente no se quiere someter. A todos vosotros adiós, no contéis conmigo para nada, para nada. Me habéis decepcionado profundamente como sociedad, como civilización y como especie ¿Cómo es posible que no os hayáis dado cuenta de que nos han vuelto a vencer? Nos hemos dejado derrotar. La psicosis colectiva inyectada con una pericia inusitada nos hace más débiles y han sabido usar con malicia la inoculación del miedo, para que se extendiera rápidamente la propagación del terror.
Por eso me he ido, por el asco que me dais. Por el miedo a los perros que utilizáis para controlar el rebaño, por vuestra complicidad e inmovilismo a partes iguales.
Os dedicasteis a anular mi libertad, a insultarme por salir y luego a perseguirme y encima queréis que colabore. Por mí os podéis ir todos al infierno.
Habéis acabado con la mínima posibilidad de una nueva revolución contra el poder, les habéis demostrado que haréis todo cuanto os pidan en cualquier circunstancia, basta con alarmaros un poco, con que alguien os haga volver a ver la posibilidad de morir. Han conseguido fosilizar, lo que rescataron las primeras democracias. Todas las doctrinas terminan liderándolas y apoderándose de ellas aquellos que las repudiaban para luego transformarlas haciéndolas serviles a sus propios intereses. 
No somos quienes creemos ser, ni siquiera somos capaces de aparentarlo. Para lo único que sí estáis preparados es para la caza de brujas. No, esto no es solidaridad, es pánico y perfidia contenida. 
Han aprovechado durante años para meternos en un estilo de vida sedentario para que seamos más manejables y sumisos, videojuegos en red, películas y fútbol en la televisión, pornografía accesible a golpe de click, o ¿creías que todo esto era tan fácil de conseguir por gracia divina? Internet ha sido un cepo para tenernos amarrados como a las vacas mientras las vacunan o les dan de comer, para que no se muevan de su sitio. Dicen que todos los países han sometido a su población a confinamiento, no es del todo cierto, no todos lo han hecho del mismo modo, pero es verdad que medidas restrictivas de circulación en mayor o menor medida se han impuesto. ¿Cómo iban a dejar pasar los poderes públicos una oportunidad como esta de ver cómo se comportan sus sociedades frente a una imposición de obediencia severa total aderezada con pavor?
Esta ha sido una gran prueba en la que hemos dado sobresaliente como ovejas asustadas para los perros del estado. Ya saben que no hace falta ponernos en un peligro real ni matar a millones de personas para doblegarnos, además nuestros jefes nos necesitan vivos para trabajar por ellos. ¿Para qué sirven los perros en un ganado? ¿Para proteger a las ovejas? Desde luego que no, ellos son los primeros que huyen cuando viene un oso. Sirven para vigilar que las reses se comporten bien, que vayan todas juntas, que no se metan en los cultivos llenos de tierna hierba fresca, para que no se descarríen y vayan obedientes al matadero, si alguna no hace caso será perseguida, maltratada y mordisqueada.
En el fondo me duele profundamente que hayamos sido tan ingenuos, que haya sido tan fácil. Ciertamente me habéis defraudado. No sirven para nada los conocimientos adquiridos en la escuela ni en las universidades, simplemente somos loros parlanchines solo capaces de repetir las consignas que han querido enseñarnos, no para despertar la mente libre y crítica, sino para impedir la construcción de un pensamiento propio que rompa con los cánones impuestos. Si no enseñamos a las personas a pensar por sí mismos todos los esfuerzos educativos serán en vano.
Me han perseguido por desobediente, díscolo y disidente. Han declarado el estado policial con un toque de queda que no se había vuelto a repetir desde el final del maquis tras la guerra civil en un dictadura como la de Franco a la que yo y estos que ahora gobiernan no dudamos de tachar de aberración, y no, la situación no lo requería, es más, no lo debería de haber requerido nunca. Los que nos prometieron derogar la ley mordaza y nunca lo intentaron, han decretado un arresto domiciliario general, vigilado y castigados por las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado. Varias semanas totalmente encerrados, algo inaudito y sin precedentes, además han aceptado varias excepciones, unas de necesidad como ir a trabajar y transportar comida y otras privilegiadas como salir a controlar. Esto claramente no atiende a una emergencia sanitaria de alto contagio y peligrosidad, sino a una prueba de doblegación de la humanidad. Ha sido una guerra claramente biológica contra el pueblo llano, han intentado no matarnos porque nos necesitan pero controlados para que no se revelen las masas, son como pastores de un ganado peligroso, les damos de comer, pero toman medidas para evitar la rebelión porque podría acabar con ellos. El poder consiste en tener a muchas personas a tu servicio que trabajen para ti. Les hemos demostrado que con el miedo nos tienen manejados a su antojo.


Por fin he llegado a Cueva Sorda. Estoy agotado, tantas cavilaciones, la vigilancia continua para no ser visto y la acelerada carrera por salir del pueblo me han dejado consumido física y mentalmente, así que inmediatamente voy a tender mi saco directamente sobre el suelo de la caverna y mañana será otro día. Seguro que aquí duermo tranquilo como un lirón.


Día 2: El paraíso.
Ya ha salido el sol. Hoy voy a recuperarme por completo, aquí nadie me va a molestar, comeré un poco de lo que he traído en la mochila y me daré una vuelta por los Aguanosos para ver si las últimas lluvias han llenado el aljibe. Me he traído un rollo de alambre. Pasaré por la Rambla de los Espartales, todavía hay allí un majano donde está instalada una conejera que siempre fue muy prolífica, seguro que mañana ha caído alguno en los lazos que pondré en los agujeros de los caños. Bajaré también a las estrechas praderas del barranco del Horcajo, seguro que allí estarán grandes las berzas, esta noche coceré un puchero con ellas. Ah y también tendré que traer algo de leña seca para encender un pequeño fuego. Bueno, andando que hoy tengo mucha tarea, voy a dejar aquí el teléfono apagado, la batería no durará siempre y en las lomas no creo que me sirva para nada.


Ya está, ya he vuelto, el móvil solo tiene un treinta por ciento de batería, pero yo he tomado el sol y he cargado bien mis pilas. Me siento como nuevo, no he visto a nadie por el monte en todo el día ni de lejos. Aquí voy a estar muy tranquilo, como tampoco dejan salir a los cazadores es muy difícil cruzarme con alguien, quizá el día que vea alguno sea la señal de que ya han relajado las normas de confinamiento, pero por el momento tienen al menos para un mes más. Hoy he podido comprobar como desde aquí no se nota ni el más mínimo trastorno sobre en la faz de la tierra. Sentado en esta piedra es como si no existiera el resto de la humanidad, ni un solo ruido de la civilización, solo el meloso cantar de los pajarillos o el leve zumbido de una abeja en busca del delicado néctar en las minúsculas florecillas del tomillo.
Aquí no hay nadie más conmigo que la paz y la armonía, dan ganas de echarse una siesta al sol sobre la losa de piedra caliente.

Salir del pueblo ayer fue lo más angustioso, el recorrido urbano trazado por las callejuelas menos transitadas me producía un estrés agobiante, detrás de cada esquina me imaginaba aparecer a una persona y en el peor de los casos al coche de la guardia civil encendiendo su sirena para detenerme, pero conforme me iba alejando soñaba que tenía cada vez más cerca el objetivo y que el reto podía alcanzarse sin percances. Pasar del asfalto a la tierra de los caminos fue como ir avanzando hacia una libertad ancestral. Cuanto más estrecho era el camino y más tortuosa la senda, más libre y seguro me sentía, más cerca de la soledad. Poco a poco el miedo se disipa y con el paso de las horas cuando intuyes que ya nadie te puede estar siguiendo, la mente empieza a relajarse, aunque la obsesión traída del mundo urbano por verte siempre vigilado te sugestione con una paranoia de la que cuesta tiempo desintoxicarse.
Les ha pasado también a los animales salvajes, con el paso de los días y los humanos encerrados, han empezado a acercarse a pueblos y ciudades ocupando carreteras y calles.
Pero por fin llegué, justo ayer al anochecer, cuando el canto chillón y silbante de los pequeños mochuelos, me anunciaba la libertad, la tranquilidad y la quietud de este paraje. Aquí se está divinamente. Voy a apagar el móvil de nuevo, quizá mañana le quede algo de batería y pueda grabar otro rato. Para cuando se me apague he traído esta pequeña libreta, donde iré anotando lo que se me ocurra, quizá algún día pueda publicarlo y lo pueda leer alguno de los no convencidos, o de los convencidos me da igual, esto es lo que pienso y lo que me han hecho sentir. Voy a encender el fuego y coceré las berzas. Tengo ganas de contemplar desde aquí como cae el sol tras las montañas del Alto del Campanar y al llegar la noche deseo cerrar los ojos y descansar para entrar al placer inmenso de un sueño completamente tranquilo como el de anoche.

Día 3: La primavera
Acabo de despertarme. Diez por ciento de batería. He dormido como un lirón. Hace otra mañana espléndida, afuera se ve un sol radiante. Desde que estoy aquí los amaneceres ya no me despiertan al alba. Se nota que la primavera está en marcha. Desde dentro del saco oigo el zumbido de un enjambre. Se habrá escapado del cercano colmenar de Manuel, al que por no ser la apicultura su actividad económica principal, tampoco le dejan venir a cuidar de sus abejas y por eso se le escapan cuando salen nuevas reinas y enjambran para duplicar la colonia llevándose con ellas a la mitad de la población de cada caja. Ahora este enjambre estará buscando un nuevo lugar donde instalarse, espero que no quieran apoderarse de la cueva, que ahora es mi hogar, aunque si se meten en algún agujero cercano podré intentar robarles algo de miel. Pobre Manuel, él también estará angustiado y preocupado por sus colmenas, es una afición que tiene desde hace años y ahora nadie desde arriba le apoya para poder venir a trabajarlas por no ser profesional. Será que los aficionados contagian más que los profesionales o que estos últimos quieren eliminarse a la competencia. Voy a salir a ver qué intenciones lleva esta muchedumbre de abejas.

Joder, joder, no es un enjambre es un puto drone, un maldito drone, me han encontrado, tengo que intentar derribarlo. 

Y así terminaba su relato, no sé si consiguió abatirlo o no, si le tiró una piedra o el propio teléfono. Quizá los agentes del Seprona y algún forestal le estaban esperando de cerca para darle caza, pero si el drone encontró a Miguel es porque geolocalizaron su teléfono móvil y lo estaban siguiendo. Si lo hubiesen atrapado y metido entre rejas, el teniente general de la guardia civil se hubiera encargado de publicitarlo en sus comparecencias diarias como una captura heroica. Yo escuchaba todas las ruedas de prensa del comité de crisis durante el estado de alarma, nunca he visto tantos telediarios. Los diferentes jefes de los cuerpos de seguridad y los ministros asociados solo informaban de lo que consideraban sus éxitos, de la corrupción dentro del gobierno, de la colaboración interesada con el tráfico de drogas y otros fracasos nunca decían nada. De Miguel Hontanar no se ha hablado, quizá nunca sepamos lo que ha sido de él, pero en el pueblo se rumorea que una tarde los dos agentes de la patrulla motorizada del Seprona que subieron a la ermita de San Cristobal, vieron la puerta abierta cuando siempre había tenido un candado abrazando el pasador del cerrojo exterior. Desmontando de sus vehículos de dos ruedas se introdujeron dentro para ver si todo estaba en orden, nada más entrar a la oscura estancia y mientras sus ojos se adaptaban de la luz intensa de la tarde a la lobreguez del interior del santuario, una sombra salió rápidamente de detrás de la puerta, deslizándose hacia el exterior como un fantasma. La puerta se cerró de golpe y oyeron chirriar la varilla del cerrojo que quedó bloqueado por fuera. Tuvieron que ser rescatados a la mañana siguiente por el cabo de la guardia civil y un compañero suyo cuya mujer lo contó entre cuchicheos a las compañeras en la residencia de ancianos donde trabaja. Las ruedas de las motos estaban pinchadas y la gasolina derramada por el suelo.