KÍA
Su padre parecía preocupado, le resultaba muy extraño que su hija no se
animase a imitarle, dejarse caer extendiendo sus alas para deslizarse en el
aire y comenzar a planear en paralelo al suelo como si se flotase. Aquel nido
era un lugar perfecto para aprender a volar, estaba incrustado en un acantilado
limpio, libre de maleza y al resguardo del racheado y frío cierzo, por eso y
porque ninguno de sus anteriores hijos había sido tan tardano empezaba a
impacientarle aquella actitud creyendo que Kía tenía realmente un serio problema.
El verano estaba ya muy avanzado y pronto debería empezar a cazar por sí sola. En
el fondo Kía se sentía muy bien en el nido, era un lugar muy confortable y
acogedor y todos los días tenía la comida a punto cuando sus padres volvían de
cazar, pero todavía no había oído la llamada de su independencia, no tenía la
más mínima intención de abandonar el nido tan pronto, por eso no encontraba la
necesidad de empezar a aprender a volar.
Al fondo, por detrás de su padre apareció Kana. Mamá era una experta
buscando los bocados más tiernos y apetitosos. Esta vez oscilaba como un
péndulo entre sus garras un lagarto ocelado que le serviría de suculento postre.
Cuando su padre llegó al nido un potente golpe de viento hizo que Kía se
agachase para no desestabilizarse, aunque la intención de Kronn era justamente
la contraria, incitarle para ver si de una vez por todas se decidía. Le ofreció
la presa sin soltarla de sus garras y Kía con muestras de agradecimiento
comenzó a hincar su pico y a estirar con fuerza para arrancar a tiras la
sabrosa carne que iba a empezar a engullir.
A los pocos segundos se posó
también su madre, ambos le demostraban mucho cariño y por eso deseaban lo mejor
para ella. “Aliméntate bien que hoy tenemos que intentarlo” dijo soltando el
lagarto, pero Kía, disimulando no haber oído nada, se afanó en dar buena cuenta
de toda la comida que le habían traído.
Cuando hubo terminado y aprovechando la brisa, su madre extendió las alas
para demostrar que solo con tensar sus plumas remiges podía apoyarse en el aire
sin apenas tocar el suelo, pero cuando llegaba el turno de Kía en vez de imitarle
se retraía aferrándose a la solidez del
nido. Su padre fuera de sus casillas no entendía porque no deseaba
probar ese placer tan delicioso de saltar y alcanzar, a gran velocidad, el otro
lado del valle. Aborrecido se lanzó al vacío gritando “¡Así debes hacerlo Kía!”
Y se dejó caer unos metros para enlazar
como en un gigantesco tobogán un planeo constante sin apenas perder altura,
pero la falta de motivación y el miedo de la joven águila hizo que no quisiera
asomar siquiera la cabeza. Cuando volvió para atrás en un vuelo circular
ascendente le gritó amenazante desde lo alto “¡Cómo quieras a partir de mañana
no tendrás comida!” La madre miró con cara de asombro a su pareja, pero
comprendía que habían agotado todos los recursos posibles para estimularle.
Poner la comida que más le gustaba en el borde del nido solo conseguía que se
animara a estirar el cuello agachada hasta cogerla por el extremo más cercano
con la punta del pico sin necesidad de mirar abajo; colocar tiras de carne en
las ramas superiores de la encina o en otros salientes cercanos; dar gritos de
peligro como si viniese un depredador, hacer vuelos rasantes veloces eran todo
tipo de artimañas que sus padres probaban en vano, puesto que Kía prefería
pasar hambre a tener que despegar. “¿Quién sabe si luego podré regresar?-
pensaba ella “¿Y si doy en el suelo quién me remontará de nuevo a casa?”.
Pero ahora su padre estaba dispuesto apostar fuerte y había amenazado muy
seriamente con abandonarla si no tomaba ya la decisión. La voz con que lo había
dicho no dejaba espacio para la negociación y le conocía muy bien, nunca daba
un paso atrás cuando se comprometía.
Al tercer día, Kía sentía desfallecerse, cómo podían ser tan crueles,
solo se acercaban al nido para dar envidia, pero nunca a menos de quince
metros, exhibiendo las suculentas presas que comían en un risco cercano, todo para
que viese de cerca como engullían los delicados bocados de carne fresca. La
boca se le hacía agua. Su estómago no paraba de rugir y sus ojos suplicaban de
pena, pero cuando veía desaparecer la última brizna de comida por la comisura
del pico de sus padres el cielo se le caía encima, otro día más sin probar
bocado, la tarde se le iba a hacer eterna y angustiosa. Y aún así el pánico a
volar se sobreponía a aquella necesidad vital.
Pero en la mañana del quinto día de aquel caluroso mes de julio ocurrió
algo inesperado que cambio el curso de su vida y la de todos los animales de la
sierra de Sant Just.
Un chirriante ruido de cadenas de hierro los despertó alarmados. Kana y Kronn
alzaron el vuelo inmediatamente “¿Qué era lo que provocaba semejante estruendo?”
Cuando alcanzaron la altura suficiente para tener una perspectiva adecuada
vieron como una enorme máquina amarilla avanzaba por la loma arrancando árboles
y arrastrando piedras sin piedad. La cara de asombro y estupefacción de ambos
no podía dar crédito a lo que estaban viendo. “¿Por qué venían los humanos
ahora a destrozar la paz de la montaña? ¿No les bastaba con poseer la práctica
totalidad de los valles? Ahora también querían apoderarse de la loma”. Lo peor
era que la máquina se estaba acercando hacia la parte superior del acantilado
justo encima del nido. Una enorme rabia se apoderó de los dos y hubieran
deseado arrastrar por los pelos al humano que conducía la máquina pero los
cristales le protegían y aquel monstruo de acero, que con su enorme pala
delantera arrasaba todo a su paso, les causaba demasiado pavor.
De repente se acordaron de que Kía corría peligro, en pocos minutos la
máquina llegaría al borde e iba a volcar todo lo que arrastraba por delante
pared abajo.
“Rápido tenemos que sacarla de allí como sea”.- “!Pero si no sabe volar¡”-
“Hay que intentarlo o le aplastarán”.
Kía permanecía en su nido mirando con cara de asombro hacía el cielo.
¿Qué eran esos chirridos?¿Por qué bajaban sus padres en picado gritando hacia
ella?.
“Kía tenemos que irnos ya, abre tus alas por favor”, pero Kía volvió a
retraerse, pensando que era una nueva estratagema para animarla a saltar.
“Va en serio Kía, debemos de irnos van a destruir nuestro nido, tienes
que apartarte de ahí”
Pero Kía bajaba la cabeza y apretaba cada vez con más fuerza las ramas
del nido con sus garras.
“No va a servir de nada quedarte ahí, te aplastarán”
Cuando empezaron a caer las primeras piedras, Kía estaba más asustada que
nunca y se había apretado contra la pared, intentaba levantarse, pero el pánico
se lo impedía, su cuerpo se había bloqueado por completo.
Caían piedras y ramas sin cesar, rebotando contra todos los salientes que
al tiempo se astillaban en minúsculos proyectiles, algunos de los cuales
rebotaban contra sus plumas. El cielo parecía una lluvia apocalíptica de tierra,
polvo, guijarros y ramas, pero Kía prefería no mirar.
De repente una enorme roca chocó contra el extremo saliente del nido y
Kía salió despedida contra el vacío.
“¡Abre las alas Kía, ahora!- gritó
con fuerza su padre.
La joven águila se vio privada de la estabilidad del suelo, jamás había
sentido esa falta de gravedad que te sube las entrañas hacia la boca del
estómago y comenzó a caer dando vueltas entre rocas y maleza.
“Abre las alas Kía! Volvió a oír a su padre mientras se aceleraba hacia
el abismo. Pero tal vez, como si su instinto de supervivencia tomara las
riendas de la caótica situación, ante esa falta de un control consciente,
involuntariamente hizo ademán de extenderlas y la propia velocidad del aire
hizo que las estirase al máximo, comenzando automáticamente a planear hacia el
valle abierto dejando atrás la nube polvorienta que la había arrastrado.
Era una sensación extraña, las plumas de su pecho se pegaban contra su
piel, el aire era más fresco de lo normal. Los elementos del paisaje se movían
a gran velocidad, pero aún así tenía miedo. Sus padres habían desaparecido y
Kía solo miraba a un suelo que tarde o temprano llegaría a ella, porque en
realidad no sabía remontar aprovechando las corrientes ni batir fuertemente las
alas como les había visto hacer a ellos y percibía como poco a poco perdía
altura. De repente a su lado apareció su madre, había descendido a toda
velocidad para ayudarle a controlar el vuelo y a los pocos segundos su padre se
colocó al otro lado de ella. “Muy bien Kía, así se hace. Ahora tenemos que
buscar un sitio para aterrizar. ¿Ves aquella enorme carrasca? Tienes que visualizarla
e intentar que tus alas y tu cola te dirijan hacia ella.
“¿Y si no llego o me paso y caigo en el suelo? ¡Jamás podré volver a
elevarme!”
“No te preocupes, todo saldrá bien” -intentó tranquilizar su madre.
Conforme se acercaban al suelo el nerviosismo ante no saber como actuar
al llegar a las ramas de la enorme encina hacía que su cuerpo temblase
desestabilizando aún más el vuelo. Su padre se adelantó para mostrar como se
debía entrar hacía la parte superior del árbol y frenar en el momento preciso
antes de apoyar las patas sobre una rama sólida. Su madre permanecía al lado intentando
tranquilizarle, dándole instrucciones en la medida de la posible, pero el
mecanismo de aterrizaje se desencadenó al igual que había comenzado el accidentado
vuelo. Su instinto volvió a tomar las riendas y apareció con el cuerpo
totalmente tumbado y las alas abiertas sobre las hojas pinchudas de una gran
rama, parecía que hubiese querido abrazar todo el árbol fuertemente para no
desprenderse de él nunca más.
El fortuito vuelo había sido todo un éxito y sus padres respiraban
aliviados. Kía tardó más de media hora en incorporarse y autoconvencerse de que
había sido capaz de conseguirlo. Perfeccionar iba a ser solo cuestión de tiempo
y práctica.
Lo malo era que se habían quedado sin hogar y tendrían que cambiarse de
valle. Aunque Kronn y Kana estaban felices de haber podido salvar a su hija, de
vez en cuando soltaban un grito de protesta hacia las alturas contra esa
máquina infernal que los había expulsado y puesto en peligro.
Aquella noche durmieron desterrados e intranquilos sobre la gran
carrasca.
Ninguno sabía por aquel entonces qué era lo que realmente pretendían los
humanos con aquellas obras. Kía no podía imaginarse que, seis meses más tarde,
aquella limpia y pura loma iba a llenarse de enormes tubos de color blanco con
una fantasmagórica estrella de tres puntas que no pararía nunca de girar velozmente,
provocando un ruido continuo que rompería el perfecto silencio reinante hasta
entonces.
Cambiaron de valle desplazados por aquella invasión eólica de múltiples
artefactos, pero para Kía aquel sería ya siempre su hogar, el lugar donde vio
las primeras luces del mundo, donde recibió el primer calor maternal y donde
había disfrutado de la mejor casa que pudiera imaginar. Sus padres le
prohibieron volver por allí, pero a ella le despertaba una curiosidad enorme saber
donde había estado ubicado el nido donde nació y poder observarlo desde varios
ángulos tal y como hacían sus padres cuando le llevaban comida.
Ahora que ya empezaba a controlar el vuelo de forma autónoma permitiéndose
el lujo de hacer vuelos rasantes contra los acantilados, deseaba ir a visitarlo con todas sus fuerzas.
Lo tenía bien advertido, no podía separarse todavía de ellos, algún otro
águila que viera invadido su territorio podría atacarle; cazadores que desearan
trofeos en los comedores de sus casas o vieran competencia en las águilas como
depredadores podían dispararle; coches en los caminos donde se cazan las
culebras más gordas y los ardachos más luminosos podían atropellarle y miles y
miles de peligros más que acechaban a los incautos como ella.
Pero Kía cada día se sentía más feliz y autónoma y estaba decidida a
ampliar sus horizontes aprovechando el primer descuido que tuviese su madre,
fingiendo ir a cazar un poco más allá tendría la excusa perfecta.
Se sentía pletórica cayendo en picado hacia el suelo en busca de alguna
presa que a menudo se escapaba y ascendiendo de nuevo hacia el sol con los fuertes
impulsos de sus enormes alas, planeando al atardecer, observando como caía la
enorme bola de fuego anaranjada engullida por las montañas más lejanas. ¡Qué
tonta había sido esperando tanto tiempo para saltar! Su padre tenía razón, volar
era uno de los mayores placeres para un águila.
Lo tenía prohibido, pero tenía que ir a verlo, no sabía cómo de grandes
eran aquellas máquinas blancas colocadas a pocos metros sobre su antiguo nido,
tampoco sabía que aquellas hojas afiladas como uñas y que giraban a una
velocidad vertiginosa eran capaces de seccionar un tronco de pino con solo
acariciarlo, ni que decenas de compañeros de vuelo, buitres, alimoches y búhos,
estaban sucumbiendo en sus fauces atrapados por la corriente y las turbulencias
que se generaban con aquellas puntiagudas palas.
Pero ella quería probarlo todo, quería volar junto a ellos pasar al otro
lado y volver a circular en sentido favorable del aire, podía esquivar todo lo
que se pusiese por delante, había mejorado muchísimo la técnica de las
acrobacias.
Pero ni en la peor de sus pesadillas podría haber soñado, que una vez que
te ha tocado solo sientes un intenso escozor mientras pierdes la estabilidad y comienzas
a caer formando tirabuzones imposibles de parar, por mucho intentes cualquiera
de los consejos de vuelo que te han enseñado tus padres. No imaginaba que el intenso
dolor marea mucho más que el continuo giro incontrolado del paisaje, ni que en
su último aliento vería la mano de un agente forestal levantando en el aire su
ala seccionada, caída a pocos metros de ella después del tremendo golpe contra
el suelo, ni que se le nublaría la vista poco a poco mientras se ahogaban en su
garganta estridentes gritos de angustia.

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